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La hazaña y el placer de correr

Con esta escultura se recuerda a Filípides en Maratón, Grecia.
Con esta escultura se recuerda a Filípides en Maratón, Grecia.

La Media Maratón de Bogotá reunió a los mejores atletas de Colombia y algunos de los mejores fondistas del mundo. Exaltación del deporte más importante en la historia de la humanidad.

Nelson Fredy Padilla (*)

Sea realidad o ficción, porque no hay prueba científica de ello, no hay mejor episodio de la historia que refleje lo heroico del atletismo que la hazaña de Filípides (algunos textos hablan de Tersipo), el soldado ateniense que simboliza la maratón de 42 kilómetros desde el año 490 antes de Cristo. Cuentan las leyendas que trotaba entre Atenas y Esparta, a lo largo de 166 kilómetros, para llevar noticias. Dicen que el soldado, fondista, periodista, con agua y unas pocas viandas, recorrió a pie 240 kilómetros durante dos días para pedir ayuda a los espartanos cuando los persas invadieron la ciudad griega de Maratón. Y se inmortalizó luego al correr los 42 km desde el frente de batalla en Maratón hasta Atenas para anunciar que los griegos habían vencido. Enseguida murió, no por el agotamiento sino por las heridas de combate.

El 31 de julio se corrió la tradicional media maratón de Bogotá y resulta oportuno evocar el deporte que simboliza la búsqueda de los límites de la resistencia física y mental del ser humano, la motivación central de los Juegos Olímpicos. Todos hemos visto alguna vez atletas en la calle o, por un momento nos hemos creído la fantasía de llegar a serlo. Generalmente ocurre en el colegio o en la universidad, pero muy pronto uno se da cuenta de que se trata de la disciplina deportiva más extrema que hay y que a nivel competitivo, no recreativo, está reservada para superhombres. “Una disciplina de vida”, como nos repetía Silvio Marino Salazar, nuestro profesor de atletismo en la Universidad de la Sabana a comienzos de los años 90, campeón nacional y campeón suramericano y centroamericano en 5.000 y 10.000 metros.

Nunca he visto tanta flexibilidad y resistencia en un atleta. Él le atribuía su fenotipo no sólo a sus raíces afrocolombianas sino a la costumbre de los niños de Tumaco de correr haciendo equilibrio por los caminos tablados de los barrios palafíticos de ese puerto y al entrenamiento en la arena de las playas del Pacífico. Fue uno de los colombianos que hizo historia en la famosa carrera brasileña de San Silvestre, junto a los legendarios Víctor Mora y Domingo Tibaduiza. Recuerdo que muchas reuniones familiares del 31 de diciembre, especialmente en los años 80, sólo eran interrumpidas para ver la transmisión por televisión u oírla en radio de la corrida internacional por las calles de San Pablo.

Esa emoción de ver ganar a Mora sobre atletas de cuatro continentes pasó a ser casi un mito y sólo pudo ser revivida en 2003 cuando Alirio Carrasco, contra todo pronóstico y en una increíble reacción durante el último kilómetro, venció en la Media Maratón de Bogotá al africano Ben Kimondiu y Patrick Ivuti, dos kenianos de nivel mundial. Desde entonces siempre los vemos pasar de primeros, no porque los atletas colombianos y suramericanos en general sean menos capaces que ellos. Es por simple selección natural, como diría Darwin. Ellos nacieron para correr y son corredores únicos como Filípides. Basta recordar a Abebe Bikila, el atleta etíope, dos veces ganador de la Maratón Olímpica, siempre recordado porque prefería hacer los 42 kilómetros descalzo.

Sin embargo, nuestros atletas siguen entrenándose para contrarrestar con disciplina el talento natural que hace de los africanos los reyes del deporte. Y contamos con materia prima y con ventajas geográficas y climáticas. Si a ellos los favorece el desierto y la llanura del continente negro, nuestro valor agregado son las montañas de los Andes. Me lo explicó y me lo demostró el campeón nacional de semifondo y de montaña, en Suramérica y en Europa, Jacinto López. A raíz de la medalla de bronce del brasileño Vanderlei Cordeiro de Lima en la maratón de los olímpicos de Atenas 2004, viajamos a Paipa, Boyacá, a hacer un reportaje para la revista ‘Cromos’ sobre el centro de entrenamiento de altura que había creado López y que se había convertido en el laboratorio de atletas africanos, americanos y europeos.

Vanderlei debió ser medalla de oro si no fuera por Cornelius Horan, un aficionado loco que lo agarró de la camiseta y lo tiró contra el público. Perdió casi dos minutos y sólo llegó de tercero. A pesar de que todo el estadio Panathinaiko lo ovacionó y de que el Comité Olímpico Internacional lo consoló con la medalla Pierre de Coubertain al mérito deportivo, el dolor y las lágrimas se tomaron Brasil y Paipa. El secreto de Paipa radica en que los deportistas viven allí uno o dos meses hasta multiplicar sus glóbulos rojos haciendo rutinas a 3.000 metros de altura o más y cuando regresan a correr a nivel del mar su capacidad de resistencia es muy superior. Un doping natural.

Acompañamos a Jacinto un par de días para comprobarlo junto a deportistas de África y Brasil, quienes a lo único que se resistían era a la sopa de legumbres y a la de cebada.

Por eso allí en Paipa funciona una de las escuelas de atletismo para todas las categorías más rigurosa del país. Además de circuitos como el del Lago de Sochagota, cuentan con una bella y muy técnica pista olímpica donde se veían niños desde los cinco años jugando a correr y gritando que habían ganado la de oro, la de plata o la de bronce. El pionero proyecto de López se convirtió ahora en el programa “Transformando vidas” y se anuncia como el primer Laboratorio Nacional de Atletismo de Semifondo y Fondo. Con apoyo oficial los niños más talentosos de Boyacá son concentrados en Paipa, dotados de uniformes y asesoría técnica mientras estudian patrocinados en colegios locales.

Este ambiente competitivo y el beneficio comprobado de la altura fue el que trajo a Bogotá este año a una nueva legión de africanos en cabeza de Geoffrey Mutai, el hombre que ha corrido más rápido una maratón en toda la historia. Lo hizo este año en Boston con 2 horas 3 minutos y 1 segundo, aunque no fue homologada como marca oficial porque el recorrido tenía un tramo en bajada que superaba los requerimientos de la Federación Internacional.

Y si miramos el atletismo desde el punto de vista recreativo, Colombia también se ha vuelto un punto de referencia gracias a la reivindicación del deporte a través de un fenómeno social como las ciclovías. Ahora cada año hay en las principales ciudades del país no menos de treinta carreras atléticas, la mayoría con fines benéficos, en las que se reúnen entre 5.000 y 45.000 corredores de todas las edades. Y no lo hacen en busca de medallas sino de recreación, salud y superación personal. Con mejorar el récord unos segundos cada año basta para seguir tomando la partida. La novelista y atleta recreativa Joyce Carol Oates define así el arte de correr:Si existe alguna actividad más feliz, más estimulante, no tengo idea cuál podría ser. Al correr, la mente vuela con el cuerpo; la misteriosa florescencia del lenguaje parece latir en el cerebro al ritmo de nuestros pies y el balanceo de nuestros brazos”. Corran, corramos. Como dice el poema de Robert Browning: “¡Corre, Filípides, una carrera más! ¡Tendrás tu recompensa!”.

Y después de que lo hagan, con las pulsaciones en absoluto reposo, les recomiendo leer la novela ‘Correr’, escrita por Jean Echenoz, inspirada en la vida del mítico maratonista checo ganador de medallas de oro en 5.000 y 10.000 metros y en la maratón en los Olímpicos de Londres (1948) y Helsinki (1952): Emil Zatopek, la reencarnación de Filípides.

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(*) Editor dominical de El Espectador.

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