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La esperanza del alma

 

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Por: Andrés Felipe Sanabria

A Yulieth.

Cuando llegaba a la playa, a la hora en que despuntaba el sol, y el mar tenía esa fragancia de un numen dorado que tuviera los sueños de Dios en la nostalgia de lo que nos ha enamorado tocando los puntos más sutiles de nuestro cuerpo, ella trazaba en el agua las letras de su nombre.

Cuando caminaba sentía que todos los pétalos eran el objetivo de una flecha que rasgaba su alma mientras ella las probaba y sonreía dándoles un sabor. Salía a la calle del pueblo y saludaba a las negras que todavía tenían en sus salmos fervientes a los santos que pateaban a los politiqueros del país. Pero ella había renunciado a la capital por ese saludo, por el mar del pacífico que tocaba un violín visual que nada más las ballenas podían contestar.

Yulieth, Yulieth, Yulieth, escuchaba en las noches atestadas de estrellas, y ella seguía acariciando el mar con su nombre. Una noche hubo una tormenta que estaba dejando sin techos al pueblo. Entonces a Yulieth le cayó una hoja con la forma de ese nombre que ella buscaba, porque no era el suyo, ni el de todos, ni el de los días, ella buscaba la forma que nos daba vida. Y corrió a la playa, y tocó a la tormenta parándola con una flor azul que sólo crecía allí. El aire se tornó cada vez más tenso. Y como si fuera la novena sinfonía, ella no se movió ni un segundo.

Al otro día, los niños salieron a ver porque la tormenta no había acabado con el pueblo. Y había un Y que unía y desunía el tiempo, y Yulieth estaba dormida alrededor de las flores azules.

Yulieth- Dijo uno de los niños.

Ya sé por qué jamás dormiré- Contestó Yulieth.

Y esa noche el agua del mar no tocó esa Y que habían formado las manos y el amor de lo divino de las cosas en la esperanza del alma.

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