El Magazín

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La ciudad de los laberintos

 

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Mariana Camacho

Un paseo por las entrañas del jardín surrealista de

Edward James en la huasteca mexicana.

El camino finaliza nueve horas después de salir del terminal de buses del norte de la Ciudad de México. La Huasteca, esa imprecisa unión de sierras, reservas y corredores biológicos ya nos ha devorado completamente y entre las sombras de los caminantes nocturnos de los pueblos potosinos hemos llegado a Xilitla, que huele a plataneras y a café.

El bus nos ha dejado a las afueras del pueblo de Xilitla y debemos esperar a que amanezca, encontramos una cafetería con un letrero que reza “abierto las 24 horas” y esa revelación parece confortarnos junto a un café de olla, un café campesino hecho con panela, o como dicen en México, con piloncillo.

No comentamos nada. El vendedor de la cafetería se nos acerca y nos dice que debemos esperar, las pozas del inglés loco y excéntrico  las abren hasta las 10 de la mañana. El tiempo como el camino serán largos, hará calor y es mejor tranquilizarse escuchando unos buenos huapangos.

Por supuesto, vamos a las pozas, al jardín surrealista de “Don Eduardo”. Somos tres y según nuestro interlocutor venimos de Monterrey. En ese momento entran tres hippies europeos a la cafetería, ellos también se volverán parte del paisaje.

La temperatura sube, nuestra taza de café hace rato ha terminado y decidimos emprender camino con las mochilas al hombro. Dejamos atrás el pueblo, pequeño y montañoso, parecido a esos pueblos cafeteros y faldudos colombianos.

Llegamos al jardín. Al entrar, un hombre canoso y viejo, con un bastón y un loro en el hombro, nos recibe, nos dice que será nuestro  guía en la medida que lo permitamos y nos pregunta si queremos empezar por el inicio o por el final. Hemos respondido que por el final. Nos ha preguntado si queremos perdernos. Hemos respondido que no.

La primera petición del viejo es que nos desnudemos. Le hemos suplicado que por favor nos deje usar nuestros vestidos de baño y él ha accedido a cambio de dejar afuera del jardín a la razón. Lo convencemos de que la hemos dejamos afuera, no sabemos cómo  y  entramos para ver una película en el edificio del cinematógrafo. Allí encontramos la huasteca, enmarcada entre un par de columnas diseñadas para que los loros se aparearan y luego salieran a volar y poblar la huasteca. No hay película, pero sobran los sonidos y las imágenes. El viejo nos observa con extrañeza, luego se queda dormido.

Encontramos una cabaña, pero no sabemos por dónde subir, encontramos unas escaleras, pero al subir notamos que no llevan a ningún sitio, observamos unas flores, pero las flores no son frágiles, son duras y de concreto. Los pájaros habitaron aquí, por alguna razón pensamos que a ellos nos les debe importar que las escaleras no llevaran a algún sitio, que los puentes no tuvieran finalidad. Pero no somos pájaros, lamentamos. Subimos y bajamos varias veces la escalera.

Muy pronto, siete serpientes de concreto asoman sus ligeros cuerpos, están de pie y junto a ellas dos bailarinas de ballet, dos flores impetuosas y bellas, que recuerdan que Edward James  alguna vez estuvo enamorado de una mujer muy grácil, la bailarina austriaca Tilly Losch, y que ella rompió su corazón.

Seguimos nuestro recorrido y se hace inevitable no observar los hongos, las flores, los bambús y las ballenas de concreto que aparecen a nuestro alrededor. En la mitad de la naturaleza más majestuosa, un hombre decide hacer flores de concreto, frías y gigantes flores de concreto que le ayudarán a resolver el duelo por las orquídeas perdidas.

Don Eduardo llegó a México por primera vez en 1944, no venía huyendo de la guerra, a diferencia de otros artistas surrealistas como Leonora Carrington o Remedios Varo. Era rico, excéntrico, un mecenas,  el famoso Edward James que pintó Magritte de espaldas. Al llegar a México se obsesionó con la idea de crear algo que le permitiera la comunión de lo artificial con la naturaleza y darle forma a su imaginación, desbocada por los relatos del Shangri- La  y por los cuadros surrealistas que coleccionaba. Por eso decidió comprar un terreno en México, gracias a la ayuda de su amigo, Plutarco Gastélum. Allí se dedicó a cultivar orquídeas.

“Pero un día llovieron cenizas del cielo y quemaron todo”, nos repite el viejo que aparece a nuestro lado mientras nos dirigimos a la casa de bambú. Cuentan los campesinos  que nunca había nevado en la huasteca y que en el año 1962 pasó por primera vez, devastando el jardín de orquídeas de Don Eduardo y que esta es la razón de la invención del jardín. Las flores del  jardín debían sobrevivir, ser más poderosas que la agreste naturaleza.

Seguimos nuestro recorrido entre puentes que no terminan, entre caminos que se cortan inexplicablemente, como en los cuadros de mundos imaginarios de Escher, entre signos masones, entre cortinas de bambúes de concreto que protegen de la luz a la huasteca y a los deseos y sueños  de don Eduardo, deseos de tener una flor para siempre.

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A esta altura del camino, ya empezamos a entender el laberinto y hemos optado por ir y regresar con resignación si encontramos un nuevo camino que termina en nada. Hemos optado por no esperar nada.

Vamos en camino hacia las pozas y hacia la casa de tres pisos que podrían ser cinco. Entonces observamos al viejo guía tomándose un baño en un ojo gigante. Está feliz. Alrededor suyo, en la pupila irritada, nadan pequeños peces de color rojo que rozan sus piernas y partes íntimas. Soltamos una carcajada, porque el viejo es de lo más excéntrico y por eso preferimos seguir solos. Pasamos en silencio por su lado y su loro advierte nuestra presencia. Entonces simulamos ser unas de las flores de concreto de don Eduardo.

Al fin nosotros también aprendimos a ser parte del jardín.

 

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