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La broma infinita de Milan Kundera

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Milan Kundera. Foto de Catherine Hélie / Éditions Gallimard

Juan David Torres Duarte

El escritor checo lanzó ‘La fiesta de la insignificancia’. Esta novela recuerda la estructura de otros de sus clásicos como ‘La broma’ y ‘La insoportable levedad del ser’. Sin embargo, presenta un rasgo nuevo: un análisis irónico de un mundo temeroso de todo.

La lucidez no es un milagro, sino una virtud de la disciplina. Tal vez sea un milagro médico también, o una forma de la locura, pero sobre todo ello la lucidez es el modo de combatir el aburrimiento. De reírse de él. La fiesta de la insignificancia es, por ello, una broma de dos cantos: broma contra la modorra que produce la represión; broma contra la vejez, que es ineludible pero susceptible de burlas. Milan Kundera cumplió ochenta y cinco años y, a pesar de la edad y de las críticas y del modo en que muchos hablan del retiro de escritores que llegaron a esa edad —Imre Kertész, Philip Roth—, supo escribir una novela que debe ser leída varias veces. Quizá sea ese el modo en que las buenas novelas se sostienen en el tiempo: con una lectura es y será siempre insuficiente.

De ese modo también se revelan los clásicos, si Italo Calvino tenía razón. Cada vez que se los lee —cada vez que se los relee—, el lector encuentra sin excepción un nuevo punto, una arista que antes había eludido, un plano que, quizá a la luz de nuevos acontecimientos personales o de un conocimiento que ha adquirido hace poco, le entierra hondo las palabras. La fiesta de la insignificancia tiene esa cualidad cada vez más escasa. Escrita en francés, publicada por Gallimard en su lengua original y por Tusquets en español —traducción de Beatriz de Moura—, los medios dicen que es una excelente “despedida” del autor checo.

Quizá, y sólo quizá, esta será su última novela, pero no es en ningún sentido una despedida. Kundera, como los clásicos, sabe abrir puertas desconocidas en vez de repasar las mismas habitaciones de la casa vieja, bella y desvencijada que es el mundo. Su técnica, es muy probable, es la misma: una novela dividida en siete partes —como La insoportable levedad del ser, como La broma— que, es muy probable, corresponden a los modos musicales que Kundera explica en El arte de la novela. Sus diálogos serán tal vez del mismo tono irónico y filosófico que sostienen los personajes de La ignorancia. No hay descripciones físicas; hay conceptos e historias que se entrecruzan para dar vida a un sentido más profundo, más denso.

Todo aquello se ha visto ya en la obra de Kundera. Pero esta novela tiene algo más. Es una broma. Una gran broma. A su modo, una gran mentira. Aquí el dictado matemático de que menos por menos da más es aplicable: mentira sobre mentira produce una verdad. En breve, la novela acude a la historia de cuatro amigos en un momento más o menos nostálgico, más o menos fracasado y esperanzador —porque ambas sensaciones vienen juntas—, en un París siempre despierto, de luces abiertas. Hay una mujer aquí y allá que los atrae, algunas relaciones que los repelen. En medio está Stalin, que es el personaje de una historia que cuenta uno de los amigos, esencial para la línea de la novela.

Kundera articula el relato de este modo: presenta a sus personajes, los pone en situación, entonces cruza una vieja historia de una biografía —las memorias de Kruschev— que determina el aura de la novela e incluso define a sus personajes. La vieja historia es muy simple: Stalin contaba a sus lugartenientes que había ido a cazar y encontró en el bosque veinticuatro perdices alineadas sobre una ramazón. Sólo tenía doce cartuchos, de modo que —decía Stalin— mató a las primeras doce, retornó a casa, tomó varios cartuchos, volvió y mató a las restantes.

Kruschev lo llamó mentiroso por hacerlos creer esa historia. Stalin dijo que era una broma. Kundera, a través de sus personajes, concluye que después de la guerra y la invasión, ya nadie sabe qué es una broma y qué no. Europa perdió el sentido del humor. “Es una escena profética —dice Ramón a Calibán al recordar la historia de Stalin—. Anunciaba realmente un tiempo nuevo. ¡El crepúsculo de las bromas!”.

Kundera, sin embargo, rescata el sentido del humor. Visto de otro modo, tal vez le da un buen entierro. En cualquiera de los dos casos, la broma se convierte en un elemento a su vez desgraciado y liberador. Una forma de aceptar y resignarse y también una forma de abrigar la esperanza, tardía y fría. Todos sus personajes —Calibán, Alain, Ramón, Charles— están encerrados en esa doble espiral: sonríen y sienten melancolía; se juntan y beben, pero están más solos que nunca.

De repente, mientras van criándose en la novela como habitantes de una ciudad que es contraria a su carácter, se convierten en una mentira, en una gran farsa. La broma infinita. Calibán actúa como paquistaní; su amigo lo secunda, como un modo de la diversión —del combate contra el aburrimiento—; Alain recuerda su vida y quiere beber, pero la botella de Armagnac que ha guardado con tanto celo da al suelo y se quiebra entera. Nada les permite mantener un estatus, un ánimo. Caen, caen sin remedio: cae la botella, también caen los ángeles, cae una mujer de puente en un sueño para hundirse en aguas cruzadas. Siempre la broma termina mal, porque Europa ha perdido el sentido del humor.

Todos son, en ese sentido, la mala hora de Stalin. No son fiables ni su pensamiento ni sus actos, y en esa mentira radica toda su grandeza. Deben ser bailarines del teatro infinito que significa vivir: vivir, que es un modo del fingimiento. Deben actuar, creer en su propio puesto en el mundo, pero todo desaparece con el ridículo, toda pretensión de seriedad se diluye por la influencia de ese medio, por la flacidez de la conquista y el amor, por el frágil aspaviento de la personalidad. Estamos en la época de la posbroma: el tiempo de la seriedad que siempre será, sin remedio, ridícula.

Al contar la historia de Stalin, el personaje dice que esa podría ser la historia del comienzo de una nueva era. ¿Cuál era? El tiempo en que el remordimiento será kitsch; el tiempo en que las ideas no serán más que un modo de la indecencia. La falta de humor es, sobre todo, producto de un creciente miedo. Miedo a la existencia, miedo al futuro, miedo al fracaso, miedo al pecado, miedo a la experiencia, miedo a la economía, miedo a la pérdida. El plano de humor que expone La fiesta de la insignificancia es también una de las caras del terror. “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia —dice Ramón—. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla”.

La broma quiere evadir el miedo; su pérdida lo acepta y se arrodilla ante él. Europa y el mundo entero temen y no encuentran la forma de evadirse. Se han convertido en servidores del miedo. La novela de Kundera es un antídoto ante la gran marcha del horror.

 

 

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