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La angustia en la que habito

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Por: Luisa Rendón Muñoz

Con unas ansias que no se consumen en el vacío voy llevando mis días. Algunos van acompañados de un cigarrillo, otros van de la mano del goce de algunos amigos y otros, como los domingos, van cargados con la nostalgia de los días perdidos.

Cuando hablo con un psicólogo me dice que las ansias me acompañarán todos los días de mi vida y que quizás ese dolor en la barriga desaparezca solo con dormir. Si le hablo a un doctor sobre mi desvelo en las noches, me recomienda dejar de ir al psicólogo porque es ahí donde habitan mis miedos. Si le hablo a un párroco sobre la inquietante angustia que me acompaña en las tardes de abril, me recomienda que incline mis oídos ante el mundo para que no escuche mis pesares sino la contaminación de los otros seres. Si le hablo a un soñador, me recomienda que los libros no me respaldan en la realidad de mis ansias, pero sí me ayudan a sopesar la angustia que me acompaña todos los días.

En estos días hubiese querido hablarle a Freud, contarle que mi angustia no me hace querer volver a mi infancia ni me hace querer enamorarme profundamente de mi padre. En mis días de angustia, trato de tener una conversación con Dios y lo que resume mi llanto me hace entender que esta vez la respuesta no me corresponde escucharla a mí.

Hay días, por ejemplo, que mi piel no quiere sentir el contacto de un abrazo ni el regocijo de un beso, si no, simplemente, saber que el aire que respira es tan apropiado como para hacerme sentir que estoy en el territorio vivido y no solo en el habitado.

No sé qué tanto estas letras hayan tocado a los otros, ni qué tanto la angustia haya saboreado las inquietantes mentes que no paran de pensar, de soportar la vida.  Hoy sólo sé que mientras exista la posibilidad de catar la angustia, mientras se siente el desliz de un lápiz sobre el papel, vale la pena habitar un cuerpo con angustia que se arriesga a ser capaz  de escribir, de vivir, de sentir y de meditar.

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