El Magazín

Publicado el elmagazin

Klose, el nombre de la desconfianza

klose

Fernando Araújo Vélez 

Su destino fue el gol, y su salvación, desde que llegó a Kusel, Alemania, de Polonia y Francia, y no sabía una sola palabra de alemán. No tenía con quién hablar, y se la pasaba soñando con balones y triunfos y celebraciones y copas. Un día, en la escuela, el muchachito se entreveró en un partido de recreo, y entonces comenzaron a quererlo. A quererlo desde el término exacto de la palabra, porque lo necesitaban. Era el niño de los goles, el niño que frotaba la lámpara y decidía los juegos más complicados, como el de este sábado contra Ghana en el Mundial de Brasil. Siguió inmerso en sus silencios, pero  ya no porque lo apartaran, sino porque era un niño de pocas palabras.

Cuando se hizo grande, fue el mismo hermético sujeto de antes. Taciturno, de andar desconfiado, de mirar oblicuo, Miroslav Klose se comportaba en la calle como lo hacía dentro de la cancha. Desconfiaba, tal vez porque los demás desconfiaban de él por haber nacido en Polonia (Opole, 9 de junio del 78). Desconfiaba del vecino, como del defensa que lo iba a marcar. Desconfiaba del señor de la tienda de abarrotes, como del portero rival. De esa desconfianza surgieron sus goles, los 274 en los distintos clubes en los que jugó, y los 15 que lo convirtieron en el máximo anotador de la historia de las copas del mundo, junto a Ronaldo Nazario da Lima.

Contra Ghana, desconfió. Fue a buscar el remate de cabeza de uno de sus compañeros que podía equivocarse, y se equivocó. Y la pelota le quedó a él, como casi siempre, y sólo tuvo que tocarla. Luego se fue a celebrar, como el puño levantado, a su estilo, aunque luego haya dicho que no le salió bien el festejo, que estaba bajo de forma. Contra Brasil desconfió del portero rival, Julio César, y buscó el rebote y anotó su gol 16 en Copas del mundo, récord absoluto hasta el momento. Una vez más, desconfió, como 10 años atrás, cuando jugaba con el Werder Bremen y en un partido entró al área, se enfrentó a un defensa, lo pasó, se resbaló y cayó. El árbitro pito penalti. Klose se levantó y le dijo que no, que no había sido falta, que se había caído nada más.

Sin embargo, la falta ya estaba sancionada. El juez no se arrepentió. Por las reglas, por su mismo orgullo. Klose agarró la pelota, la puso en el punto penal, tomó impulso, y a la manera de los viejos integrantes del Corintian inglés de comienzos del siglo XX, que no aceptaban anotar goles desde allí, pateó decididamente hacia afuera. Luego siguió con su juego, serio, taciturno, como queriéndole decir al mundo que lo que había hecho era común y corriente, que era lo que debía hacerse, y por ello  no merecía premios ni ovaciones. Ese año, 2004, le dieron el trofeo al fair play de la liga germana de fútbol. Él no lo quiso aceptar.

Famosos, exóticos e individualistas, místicos o introvertidos, los centrodelanteros son una raza de futbolistas aparte. Pueden alcanzar la gloria por un gol, pero también caer al infierno por errar una clara opción. Siempre tuvieron la llave para abrir el último portón, el de las victorias y la libertad. Alguien se la dio, se la robaron, la tomaron prestada, la compraron, la heredaron, la cambiaron por un par de sutilezas o se la raparon a algún desprevenido transeúnte. Por ella le vendieron el alma al diablo, un diablo que bien podía ser fama o dinero, millones de dólares, inmortalidad o euforia. Un diablo que a veces era Dios y hacía que la pelota que ellos habían tocado entrara en el arco enemigo sobre el minuto 90 de una final, y a veces era diablo, y los tentaba, y luego, en un instante, soplaba y el balón se iba contra un palo, afuera.

Decían y repetían que alguien les había dibujado un arco en la frente, o entre ceja y ceja, pero la verdad era que les habían tatuado la palabra gloria en el alma. Por un pedazo de gloria le negaban una opción de gol decisivo a sus compañeros, por un pedazo de gloria podían enfrentarse contra cinco o seis defensores dispuestos a romperles la pierna, por un pedazo de gloria se aferraban a la pelota y cobraban hasta los saques de arco sin intuir siquiera que errar un penalti podía ser su condena, su eterna condena. Vanidad, por tu culpa he perdido, como decía una canción en los 70. Vanidad de vanidades, todo es vanidad, como estaba escrito en el libro del Eclesiastés.

“Los centrodelanteros siempre fueron diferentes. Egoístas, irresponsables, locos. Se les puede reconocer entre millares de personas, pues siempre van a hacerse notar”. Jorge Bermúdez los definía unas semanas atrás y recordaba el día en que conoció a Martín Palermo, con su pelo platinado y su andar de western. “Sólo al verlo uno sabía que era nueve (centrodelantero)”. Palermo erró tres penaltis contra Colombia en una Copa América, hizo goles de chilena y con la pierna rota, de taco y con el alma en vilo en Boca Juniors y Estudiantes de La Plata. Siempre buscó, casi siempre encontró.

Martín Caparrós escribió que su carrera tenía mayor mérito que la de Messi, pues Palermo no tenía ninguna facilidad, era duro, una especie de robot, y aprendió en interminables sesiones de práctica. Lo bautizó “el optimista del gol”, pues creía que cualquier situación podía derivar en una oportunidad. Palermo era y fue gol. Formó parte de esa raza distinta de futbolistas que viven entre el cielo y el infierno. Algunos de ellos hubieran sacrificado la vida de un contrincante con tal de anotar, “si intentas oponerte te saco la cabeza de un tiro”. Otros habrían llegado hasta el soborno, o incluso llegaron hasta allí, “si te lanzas un segundo tarde repartimos el premio”.

Las historias cuentan que allá en los años 30 del siglo XX, el brasileño Leónidas les daba unos cuantos billetes a sus compañeros de equipo si le colaboraban para que hiciera goles. Los hizo y por cientos, comenzando por uno sin zapatos en el Mundial del 38, y la gran mayoría estuvo marcada por sus infinitas aptitudes, pero también anotó muchos goles por sus prebendas. Leónidas vivía de anotar goles. Contra el que fuera y como fuera. Con la camiseta de Brasil, con la de Botafogo, la de Peñarol o la de São Paulo. Con una pierna o con la otra, de cabeza, con el muslo, de taco o de chilena, como uno que le hizo a Polonia en el Mundial del 38 y fue anulado, pues el árbitro no sabía que ese tipo de jugadas estaban permitidas.

A su público poco le importaba si sacaba de la galera un conejo en la mitad de la cancha, si robaba balones, si defendía o marcaba. Si se había echado polvo de arroz en la cara y el cuerpo para jugar como blanco en un país que segregaba a los negros, incluso en el fútbol, o si se tomaba un par de tragos antes de cada partido. Si se sentaba encima de un balón como lo hizo el colombiano Eduardo Vilarete en pleno Maracaná, 1977, o si se rompía la tibia y el peroné. Él tenía que hacer goles. Los goles eran su sello, su firma, como ocurría con el argentino Guillermo Stábile, máximo anotador en la Copa del 30, con ocho tantos en cuatro juegos.

Stábile había nacido como un aristócrata burgués en el barrio de Parque Patricios, Buenos Aires. Era fino, veloz, delgado y en sus inicios jugaba de puntero. Sin embargo, un día, en la Copa del Mundo de 1930, fallaron el goleador de Argentina, Nolo Ferreyra, y su reemplazo, Norberto Cherro, los dos, afligidos y atemorizados por una amenaza de muerte que había impartido Benito Mussolini desde Italia contra Luis Monti, pues Mussolini pretendía que se nacionalizara para obtener la Copa del 34. Solidarios con el compañero, renunciaron a la camiseta de Argentina y al Mundial. A Stábile le tocó entonces meterse entre los defensas rivales.

Desde allí comenzó a anotar y a anotar. Después del Mundial lo vendieron al Génova. Ya llevaba el cartelito de goleador. Él mismo se había transformado en un goleador, con la obstinación y el “yo soy el salvador” de los goleadores, con sus mañas, sus trampas y virtudes. Era uno de los portadores de las llaves mágicas de la gloria, e igual que Leónidas, dejó su herencia marcada en campos y campos regados de goles y goles. Después de ellos surgieron los Seeler, Eusebios, Artimes, Kocsis y Labrunas de los años 50 y 60. Fuertes, grandotes, algo torpes, lentos, despiadados, suicidas y vanidosos. Los “nueve”, que llevaran el número o no en la espalda, eran “nueves”.

muller

En 1970 surgió para el mundo el ícono de la especie, Gerard Müller. Jugaba con el 13, pues, decía, no creía en supersticiones. Era pesado, lento, poco dúctil. El antiícono del goleador. Sin embargo, hacía goles con la espalda, con los tobillos, con la pierna izquierda y la derecha, de cabeza, desde el suelo y desde el aire, desde las esquinas y desde el centro del área. Fue el máximo anotador de la Copa del Mundo del 70 (10 goles) y el hombre que definió la final del Mundial del 74 a favor de Alemania, pero le daban una pelota y devolvía un ladrillo desportillado. Pocos tan negados como él. Casi ninguno tan goleador.

Era tosco, burdo, pero sabía moverse sin la pelota. Leía con antelación hacia dónde podía llegar el balón. Conocía los tiempos del fútbol, las pausas y sus dinámicas, y, ante todo, era obstinado. Soñaba con el gol, lo anhelaba y lo buscaba. No había nada distinto para él. Iba a cada rebote. Creía en sus compañeros y dudaba de sus rivales. Chocaba y se levantaba, y volvía a estrellarse, hasta que encontraba una opción en la mitad de la nada y la embocaba. Entonces salía a correr como un poseído, los brazos abiertos tirados hacia atrás y la boca, mitad sonrisa, mitad grito. Después de su retiro, 1981, se dio a la bebida. Necesitaba una emoción que reemplazara al gol.

El adiós de Muller fue el hola para Paolo Rossi, Gary Lineker, Hugo Sánchez, Gabriel Batistuta, Hristo Stoichkov, Ronaldo Nazario de Lima, Miroslav Klose y Zlatan Ibrahimovich. Uno estuvo envuelto en líos de apuestas clandestinas (Rossi). Otro dejó para la posteridad una frase: “El fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre gana Alemania” (Lineker). Uno más se enfrentó a zares y emperadores (Stoichkov), y algunos parecían salidos del estilista antes de cada partido (Ronaldo, Batistuta ). El último de la raza, Ibrahimovich, publicó sus memorias, Yo soy Zlatan Ibrahimovich. Dijo que su declive en el Barcelona se había iniciado en 2010, cuando Joseph Guardiola decidió poner de “nueve” a Lionel Messi y postergarlo a él.

Los dos, Messi e Ibrahimovich, uno en la cancha y el otro fuera de ella, se han convertido de un tiempo para acá en los referentes ideales de la “raza nueve”. Caprichosos, egoístas, impredecibles e incluso irresponsables, tienen las llaves del portón de la gloria. Cargan con el peso de la historia, pues de ellos dependen las victorias. Cuando caen en un marasmo de esterilidad, el mundo los extraña. Luego, porque sí, sin motivos, sin razones, vuelven a la senda del gol. Ni ellos ni Cristiano Ronaldo ni Carlos Tévez ni Radamel Falcao son excepciones a la norma. Surgen cuando menos lo espera el rival, luego de varios minutos e interminables toques intrascendentes. Entonces la tocan, es gol, y salen a correr hacia las cámaras, siempre hacia las cámaras.

 

 

Comentarios