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Jaume Vallcorba

Vallcorba

Andrés Caro*

El sábado pasado murió el editor catalán Jaume Vallcorba Plana, fundador y director de las editoriales El Acantilado y Quaderns Crema. Tenía 65 años.

Para los lectores, editores y libreros colombianos, El Acantilado es un símbolo de la editorial independiente. Sus libros con portadas oscuras y con franjas rojas, anaranjadas o amarillas son de Shakespeare, Zweig, Pessoa, Chateaubriand, Montaigne, Goethe, Tolstoi, Chesterton, Kipling (pero también Imre Kertész o Danilo Kis) y tantos otros autores ya clásicos que para nosotros eran apenas conocidos. Y es que Vallcorba pensaba que el mejor editor era el que le daba a los lectores no los libros que quería, sino los que aún no sabía que quería (esta es una frase de Kurt Wolff, el editor de Kafka y autor publicado por El Acantilado en 2010): aquellos libros a los que el lector podría volver y volver, aquellos que le expandirían su espíritu, y que , aunque escritos hace años –e incluso siglos o milenios (piénsese en su edición de De la Naturaleza, de Lucrecio)–, son aquellos que tienen un mensaje vigente. Como él mismo dijo en una entrevista: “Yo creo (…) que en un catálogo como el que yo procuro construir debe establecerse un diálogo muy fructífero entre los autores contemporáneos y los antiguos, de tal modo que los unos se ilustren a los otros. En su conjunto todos ellos van marcando un espacio de reflexión, un marco, en el que cualquier obra que se introduzca va a tener relieve por el contexto en el que se encuentra. (…) No es tanto publicar un clásico, sino publicar un texto que nos ilustra sobre nuestro presente y nuestro ser. Es decir que puede entrar a formar parte de nosotros como un organismo vivo, no como un conocimiento seco que guardamos en una biblioteca”.

Su manera de editar era, como él, muy elegante. Y acá debemos entender la elegancia como la definió Rafael Argullol en su Brevario de la aurora, publicado por El Acantilado en 2006: “Elegancia [es] el dominio del espacio que compensa de la imposibilidad de dominar el tiempo”. Libros transparentes, sin decoraciones innecesarias, sin adornos. Libros con un papel de un color cremoso y no blanquísimo, libros con tipos separados y seleccionados minuciosamente. Libros sin erratas. Libros que se abren al lector y lo reciben, recreando lo que Vallcorba esperaba de los lectores de los libros que editaba: que se abrieran a un libro, a un autor, y lo recibieran. Libros que cambiaran un espíritu y que permanecieran en la memoria.

Vallcorba fue también autor y profesor. En El Acantilado publicó una Lectura de la ‘Chanson de Roland’ y De la primavera al Paraíso, dos libros de teoría e historia literaria que tratan, el primero, del cantar de gesta francés y, el segundo, de la poesía medieval en la Europa occidental.

Argullol, en el libro ya mencionado, dice que la muerte no existe.

Para Vallcorba esto es cierto. Su vida queda en los libros que generosa y prolijamente dio a conocer y nos entregó; en esos libros que, ellos mismos, negaron la muerte y les dieron nueva vida a autores que no habíamos conocido quienes hablamos y leemos en español.

*Estudiante de derecho y literatura de la Universidad de los Andes.

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