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Instrucciones para abrazar la tristeza

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Ana María Jiménez Rodas

No siempre estamos en condiciones de sonreír con gracia a todo lo que el mundo nos presente. A veces nos sentimos nostálgicos, tristes, llenos de recuerdos de lo que fue, de lo que dejó de ser. Retornar a la tristeza y sentir dolor es tan satisfactorio como sentir felicidad. Es por eso que una vez más le escribo a la tristeza. No le escribo con lágrimas, le escribo  mirando a los ojos a esta mujer de gran presencia para retarla, para abrazarla y darle calor.

Para abrazar a la tristeza es necesario detenerse frente al espejo. Emprender este viaje implica valentía, pues sumergirse en la propia mirada es tan difícil como sostenerle la mirada al amor. Mírese al espejo, fije sus ojos en los de ese ser que se refleja en tan valioso objeto. Note la perfección de su mirada, sus pupilas alteradas ante la mirada inquisidora de su propio ser, el color profundo de sus ojos… Cuando haya logrado entrar en su propia mirada va a encontrar una serie de recuerdos que harán brotar unas cuantas lágrimas. No se preocupe, saboree cada una de las  gotas de este líquido capaz de erizar el alma.

Identifique los recuerdos que más dolor le causan, mírelos, acarícielos, sonríales sin miedo alguno. Ahora se siente triste, está completamente desnudo frente a la tristeza. Note como ella lo mira, como lo desgarra con su cuerpo poderoso, como le llena de sentimientos, de caricias vivas que le recuerdan que éste es sólo un viaje más a lo profundo del alma.

En este punto su cuerpo puede sentirse débil, por eso es importante que tenga cerca un lugar donde apoyarse, puede ser un amigo, un bastón o una silla. Usted decide. Cuando sienta la necesidad de apoyarse, hágalo… no dude un segundo, abrazar la tristeza en un acto personal, pero un poco de ayuda no está de más.

Después de encontrarse de frente con todo esto que hace que su encuentro con la tristeza se realice, llénese de fuerza, tome aire. Ya emprendió el viaje, en este punto tiene dos opciones, dejar de sostenerle la mirada a la tristeza o mirarla hasta intimidarla y hacer que la nobleza surja en ella y la pueda abrazar. Si decidió bajar la mirada, es la tristeza quien ha ganado. En sus batallas cotidianas la tristeza lo venció, lo llenó de temor; le advierto, después de que el temor lo invada es casi imposible renacer.

Supongamos, entonces, que usted decidió continuar con la batalla. No deje de sostener la mirada, no se deje intimidar, intimide. Nunca se podrá tener dominio absoluto sobre la tristeza, pero siempre se podrá manejar la situación. Ahora prepare sus brazos, llénelos de energía positiva y prepárese, porque la tristeza es robusta. Cuando sus brazos estén llenos de magia acérquese a la tristeza, rodéela con el maravilloso calor de su cuerpo, siéntala, escuche como su corazón se acelera. Justo aquí debe llorar, prepare a sus mejillas para recibir el sabor salado del líquido que brota de sus ojos. Aférrese a la tristeza, deje que ella también lo sienta, deje que ella sienta como su alma es capaz de enfrentarla.

El abrazo puede ser tan extenso como usted lo decida. Abrazar la tristeza no le asegurará felicidad total, pero le dará la oportunidad de hacer las paces con el dolor, con los otros seres que le generaron dolor. Asegúrese de que el abrazo sea fuerte, que reconforte su alma, que calme sus lágrimas, que dilate sus pupilas, que le de calor a su sangre y grandeza a su espíritu.

Recuerde que la tristeza no se va, pero después de este abrazo se apacigua su presencia. Recuerde que este sentimiento hace parte del equilibrio natural de su existencia. Es maravilloso sentir que las lágrimas corren y que el alma se libera, sentir que estamos vivos y que sentimos; que después podemos dibujar sonrisas en nuestros rostros y buscar la felicidad. Abrace la tristeza tanto como sea necesario, abrace sus recuerdos, sus sueños y sus miedos.

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