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Hasta que acabe el sol

Horacio Benavides. /Cromos
Horacio Benavides. /Cromos

Andrés Felipe Yaya

Gastón Baquero escribe minuciosamente un poema de un río que sólo existe en los ojos de los habitantes nacidos en sus orillas. El río tiene peces de color fuego y ante la mirada, aguda y lenta, de las gentes que pasan por allí es invisible. Las cosas, encarnadas de costumbre, viven en nosotros como la soledad en el desierto y la soledad en el cielo. Las coloraciones íntimas, dulces, finísimas, que han movido nuestro pasado, resuenan cercanas en nuestros pasos. Están ahí, como la luna en la inmensidad de pliegues del mar.

Y así: del pasado, con poemas claros, límpidos y precisos, Horacio Benavides construye su obra. Escribe bajo la voz lejana y cautelosa de Bolívar Cauca. Allí nació, rodeado de montañas, de caminos de herradura por donde sube el arriero con su mula. El arriero, solo, colorado, con alma de niño, silbando canciones para olvidar el camino. Sudando, de trecho en trecho, amarra la carga. Tres palpadas secas, ruidosas en el muslo de la bestia, llena de súbito el aire de una extraña música de cascos y piedras, de soledad y distancia. El arriero viendo la amplitud del monte, vuelve la cabeza atrás. Olvida sus miedos.  El sol entra vivo, chispeante, estrellándose con el verde del monte, en un silencio donde ya germina la idea de poesía. Allí Benavides recibió el miedo; la escritura del cocuyo volando mansamente en el vacío que anochece. Recibió la quietud que llena la vida; la voz silenciada de los sauces, de la maleza: su forma de mirar, de escuchar, de esperar.

Callado y sin apuros

se dice sus cosas

se la gurda

 

De una tinta

más oscuro hecho

sabe que

a quien se lleva el agua

el agua lo recuerda

no lo vuelve

 

Pero espera

 

(Sauce)

 

Camino despacio a un lado de Horacio. Lejos, encima de nosotros, el cielo está blanco y las calles, de tiempo en tiempo nos hacen una vieja chambrana que nos cerca.  Caminamos y la voz de los vendedores desgrana un humo gris, constelado, curtiendo el aire con un pasmoso desasosiego. Entre las calles anchas, sucias, bullosas, la palpitación crece. En el corazón  la sensación de otra gente es asustadiza; de repente, grave y enhiesto se levanta por encima de las nubes, del sol, de la vida. Desde nuestra distancia vemos todo el dibujo, la existencia de la ciudad alumbrada por un vivísimo resplandor. El paso de Horacio es leve, suave y con una danza continua. Hay algo de poesía en su caminar:

Se va aquietando

y lentamente

va guardado

la cabeza

 

Como si se hundiera

de espaldas

en la bondad de su origen

 

(El adiós de la tortuga)

La presencia del silencio acompaña a Horacio. Su actitud es tranquila. Gris su barba, negro el cabello, en sus manos está el presente de todas sus historias. Poco a poco, con paciencia, va hilando esas historias en poemas. Ahora, la poesía colombiana qué pensará, con extrañeza de Horacio, el poeta que ahora anda por las calles, tumultuosas y agitadas,  de Pereira. La luz resalta su figura. La misma luz, sin forma siempre, que ha estado en los ojos, en la vida del poeta. El sol que nos alumbra siempre ha existido aunque hoy es diferente. El presente sol es dichoso, encendido, jugoso. Debemos de caminar por  todas las calles, buscando el silencio que pide su corazón. La serenidad  de las cosas, Horacio con viva emoción, las encuentra en el paisaje.

El trajín nos llevó a un café en un callejón fresco, limpio, cerca del Bolívar. Sentados, comenzamos un dialogo ameno, lleno de simpatías. Mirando hacia la calle, con sonrisa delicada, cuajada de estrellas, habla de poder poner cámaras en todas las calles para observar a la gente, sus gestos, su caminar. Pienso entonces: él a veces es esa cámara que capta desde el silencio, sin participar de nada. Observa y sonríe. Reflexiona, da un paso al pasado y escribe.  La sonrisa se pronuncia más cuando ve pasar a un niño. O cuando ve un músico que pasa con su instrumento al hombro. Suspira, sonríe y dice: “va para su oficio”. La observación y la reflexión es el instrumento de su obra:

Escucho risas

En la hondonada

 

Resplandores

De oscuros anhelos

 

(-34)

 

La risa de Horacio es pausada, suave y en sus manos siempre hay una costumbre: una encima de la otra. Las dos finas y limpias. Una recibiendo de la otra, la otra vaciando hálitos de luz. Esa luz de su pasado. Sus manos son pequeñas. Sus manos, una noche donde las estrellas fulgen con los matices de las cosas. Horacio habla de sus poemas, de la violencia que cuenta en ellos. Recuerda a sus poetas.  Y sigue, fino, sensitivo, paciente, hablando que hay que hacer de nuestra casa un poema. En la casa, dice, vamos buscando formas para darle vida, un poco de nuestras obsesiones. En sus palabras, en sus gestos, resplandece un vivo amor por su oficio. En la casa al igual que un poema entramos y salimos:

Siempre entramos en la casa

con los ojos cerrados

La casa nos toca de seda

nos viste de armadura

No hay teléfono

más extenso que el suyo

ni talle más pleno que su luz

De la cama subimos

al aroma del tinto

del tinto por las ramas

al mantel perdido  (…)

 

 

(La casa)

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