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Genealogía del miedo

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Por: Andrea Sañudo T.

Cuando tenía 16 años me enamoré por primera vez. Fue un amor tóxico, dañino y abusivo. Mi cuerpo y mi mente fueron objetos del hombre que decía amarme y antes de encontrar la fuerza para irme, él se aseguró de dejar mi cuerpo marcado para que nunca lo olvidara, para que nunca dejara de dolerme y para que siempre que alguien me preguntara de dónde venían las cicatrices me invadiera esa profunda tristeza y sensación de derrota de no haber podido enfrentar a tiempo a un abusador, de no haberme ido y de no haber pedido ayuda.

El tiempo parece ser el mejor amigo. El tiempo, la terapia y otras mujeres que me salvaron la vida, me dijeron que merecía amarme y ser amada. Me hablaron de feminismo y me invitaron a ser parte de este ejercicio pedagógico que me permite narrarme todos los días como feminista.

Sin embargo, la vergüenza persiste y el miedo es como mi sombra.

Con el paso de los años miro a mi alrededor y estoy rodeada de mujeres maravillosas, luchadoras grandísimas, ¿hombres?, no tanto, ¿parejas masculinas?, menos. Conocer a un varón para mí es muy difícil, siempre temo que mi baja autoestima me lleve a caer de nuevo en las manos de un misógino, manipulador y violento. Incluso con el tiempo, se ha reafirmado ese temor a compartir espacios que convoquen solo hombres, siempre pienso: “si a este tipo le da por hacerme algo, yo no voy a tener cómo defenderme”. Y no, no me tienen que decir que todos los hombres no son abusadores, yo eso lo sé de sobra, de hecho en los últimos dos años he conocido hombres absolutamente maravillosos, algunos de ellos feministas y considero que el universo se manifiesta en ellos para decirme que lo suelte, que lo deje ir.

Pero no es fácil dejar de temer, dejar de pensar en lo que puede volver a ocurrir, más aún si todos los días me encuentro en la mirada del espejo; yo junto a mi desnudez, y atada a ella los recordatorios  de lo que hace un abusador. Y una vez más, tengo que obligarme a pensar que no fue mi culpa, que yo no me lo busqué, que no soy débil, y que trabajo mucho, todos los días, para ser más fuerte y para decirle a otras mujeres que irse es posible, que volver a empezar puede ser una realidad y que se puede amar bonito y bien.

Y es que no, no es fácil saberse víctima de violencia de género en una sociedad tan machista que señala casi que por igual a la mujer que denuncia y a la que no lo hace, sociedad que en pleno 2016 todavía es capaz de manifestar que “si te golpean es porque lo mereces” y que todavía se cree que lo que sucede dentro de los hogares no es político y no es de interés de la sociedad.

Argumentar “por qué no se va” o “por qué vuelve” desconoce el arquetipo femenino que se construye sobre una profunda falta de autoestima y se desenvuelve en el amor romántico, que impide que las mujeres se reconozcan víctimas, entendiéndose como participantes, culpándose del maltrato e incluso creyendo que lo merecen. Salir de una relación abusiva, porque no se puede o no se quiere –antes o después de que escale- tienen muchísimos factores que son particulares en cada mujer.  Sin embargo, ni siquiera esta complejidad multidimensional legitima al maltratador o disminuye su responsabilidad, NUNCA lo hace, y eso es lo que como sociedad debemos naturalizar.

¿Yo? Yo sobreviví, y cada día les digo a otras mujeres que es posible, construyo  otras herramientas para identificar potenciales agresores y les digo a las mujeres que hagan lo que yo espero hacer sí vuelve a pasarme,  y es irme ante la primera señal de agresión o falta de respeto, reivindico la terapia y trabajo para curarme, para sanar y para volver a amar sin miedo.

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