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Fuego fatuo

Néstor Solera Martínez

Iriarte, el ratón de biblioteca de Iriarte, el maldito y odiado de Iriarte era en el Colegio Seminario el ejemplo a seguir, caramba, sí, puesto que,  en cualquier huequito que él tuviera en las clases corría a la biblioteca que estaba en el segundo piso a leer, a leer, a leer…, por lo que, los profesores, nos fustigaban a los demás estudiantes cada vez que se les antojaba, Hagan como Iriarte, carajitos, lean, no sean  flojos, no les da pena y vergüenza, ¡ahhhh…!, y ante tanta pejiguera, el resto de la manada (éramos más de 40 adolescentes en trance de pasar a adultos), no hacíamos más  que refunfuñar, maldecir y poner apodos a ese cara de armadillo con orejas de conejo de Iriarte, que nos citaba libros que ninguno de nosotros conocía y que nos ponían en ridículo en las clases y nos hacían sentir como gusanos o cucarachas que uno puede aplastar y restregar contra el piso con la suela de los zapatos  y… era tanta ya mi rabia y mi complejo de inferioridad que si no cambiaba, o me salía de ese colegio o tenía que ahorcar en plena clase a  ese tal Iriarte patas de alambra y,  en medio de mis obnubilaciones, imprecaciones y ceguera me decidí  retrechero ir a la biblioteca a leer para enfrentar a ese pedante una mañana de llovizna poética en la que entré con abulia, con frío, medio mojado a ese recinto y lo primero que vi fue a ese enano de dientes de piraña, sentado en una esquina de la grande sala de lectura con un libro que leía y que le tapaba medio la cara,  Allí está, murmuré, y lee el vergajito,  aunque noté que deslizaba la vista de manera furtiva hacía algún punto del otro lado de la barrera de madera en donde se encontraban los libros dispuestos sobre estanterías metálicas y, sí, me dirigí inseguro al sitio en donde atendían el pedido de los libros, y vi en el fondo a una mujer medio agachada  que colocaba libros en la hilera del centro, e inquieto, me acodé sobre la barandilla y esperé, cuando, al instante, vi venir hacia mí un cuerpo enfundado en un pantalón de seda color crema y en una blusa de tela blanca (qué estampa, qué belleza, qué buen gusto, pensé) que caminaba como si sus sandalias no tocaran la tierra y, ya frente a mí, unos ojazos negros que parpadeaban como  alas de mariposas que vuelan, por lo que me quedé sin aliento, sin aire en los pulmones, sin voz, A la orden, jovencito, qué desea, dijo una voz suave y tierna que salía de una boca de labios rosados,  y levantó un par de brazos delgados, aceitunados, velludos y con sus dos manos de dedos finos hizo pantallas sobre mis ojos al verme lelo, y yo que  respiro, tartamudeo, Qui-quie-quie, quiero… pre-prestar un libro, un libro…  y la mujer-bibliotecaria que nota  mis nervios y sonríe y deja ver unos dientes nacarados y noto que me ausculta, me sopesa, me ayuda,  Qué libro, muchacho, dice, y yo que recupero el aliento, Bueno, tráeme los Veinte poemas de amor de Pablo Neruda, quiero leer esos poemas, y esa mariposa que dice, Muy bien y camina hacia un sitio ya fijado en la estantería  como si levitara y deja ver unas caderas, unas nalgas que dan ganas de correr tras ella y desnudarla, llevarla a la cama y poseerla una y otra vez hasta saciar las ansias y… una vez regresa tomo el pequeño libro en mis manos y digo Gracias, pero antes de darme vuelta la bibliotecaria me pide mi nombre, Daniel, le digo, y ella con los ojos ávidos me dice que se siente complacida de que yo haya venido a la biblioteca y me extiende su delicada mano derecha, Me llamo Isabel, susurra, ¡Qué maravilla!, digo, y no puedo evitar mirar de soslayo el borde de sus senos traslúcidos al tiempo que siento el calor de esa mano que no quiero soltar en medio de un corazón que me palpita,  y ella, Isabel, que me mira con unos ojos dulces de enamorada –eso creí e imaginé emocionado durante muchos días-,  y yo perturbado, camino tropezando con los sillas que encuentro a mi paso y  me instalo en una mesa distante de la de Iriarte y en la que puedo ver de cerca a Isabel, que en  mi sueño interior metaforizo con ese sol que todos los días ilumina nuestra galaxia, nos despierta, nos da calor, energía y la vida como un dios del amor, el amor, el amor… sí, claro que sí, y abro el libro para fingir y veo de reojo al ratón de Iriarte que escribe ahora en un cuaderno, y que, de pronto, levanta la vista y mira enternecido hacia donde yo también quiero mirar, mirar, mirar…. y,  desde ese día, caramba, yo me volví adicto a la biblioteca, sí, claro, en cualquier momento que se presentara ahí estaba prestando un libro o dos o tres aparentando leer  y, en especial, para contemplar a esa mujer que veía inalcanzable para mi edad y a la que imaginaba erotizado acostada conmigo en una mullida cama besándole su boca húmeda, su cuello grácil, acariciándole los pezones de sus senos eléctricos y poseyéndola en medio de sobijos, gritos, chillidos, palabras de amor   y… asimismo, iba a la biblioteca  para descubrir… qué importa,  no hay que ser ningún Sherlock Holmes, y me sentaba en un sitio apartado y desde ahí veía a ese enano  con su cuello de enano al borde de la mesa –qué risa me daba ver ese cuello al borde de la mesa, que muy fácil me resultaba guillotinar- que fijaba por momentos la vista en las hojas de los  libros  y en otros escribía con un lapicero en su cuaderno algo que creía podían ser apuntes de las lecturas que hacía o yo no sé qué, pero que, sí sé que miraba y miraba de manera disimulada a Isabel y yo intrigado, celoso me preguntaba ¿Qué escribirá en verdad, ese ratoncillo, qué?, hasta que una mañana de aguaceros intermitentes de octubre en el que hubo un largo receso de clases no me aguanté más el entripado y me acerqué por detrás y  vi que escribía un poema que empezaba con la palabra Isabel, Epa, le dije tocándole la espalda, con que escribiéndole a Isabel, no, y poco de lectura, no, e Iriarte al verse descubierto, nervioso, no sabía qué decir, Mira, mira, mira…, repetía, y como no encontraba las palabras acertadas me pidió que me sentara con los ojos evasivos, la cara pálida, ruborizada  y yo, Claro ratoncillo, y me senté a su lado y luego  que lo serené dándole golpecitos de ánimo en uno de sus hombros le expresé que eso nos pasaba a todos, que era natural, que a mí me gustaba la poesía y que la más grande poesía estaba ligada con el amor, que me leyera algunos, que no tuviera temor y… el pichón de poeta se sintió comprendido y me leyó todos los poemas que quiso, unas veces con voz susurrante, en otras afectadas, en muchas declamatorias, y yo intrigado, curioso, inquisitivo, indagué por si Isabel era la única musa de esos versos, y ese dientes de piraña al ver que yo era sincero me confesó que sí y además que él venía a la biblioteca no a leer de verdad como creían los profesores, sino a ver a Isabel de la que estaba locamente enamorado y escribirle poesías, y como si tuviera en las manos sangrante el corazón me dijo que ya no aguantaba más esa locura de amor, por lo que pensaba declararle lo más pronto posible esa pasión a lo que ese enclenque llamó La flor más bella del universo, La mujer perfecta, La dulce manzana, El agua pura de beber, y yo Ajá, ajá, ajá, con unas ganas de darle una trompada en uno de sus ojos,  pero antes de que acabara ese mundo romantiocoide, de adjetivos y de retórica procedió a leerme el último  poema que había escrito y que él consideraba el mejor  y… una vez lo leyó me pidió mi opinión  como si tuviera el mundo agarrado por las patas, y yo ansioso le dije irónico y señalándole con el dedo índice que “éso”  me parecía un flojo poema de influencia  nerudiana en cuyo primer verso, “Isabel, cuerpo de mujer”, sobraban las tres últimas palabras, pues, le hice ver, si uno dice Isabel ya se sabe que es una mujer, e Iriarte se derrumbó ante la evidencia como una hoja seca que cae de un árbol en medio de una ventisca, y se desplomó aún más cuando yo le susurré en el oído derecho para acabar de joderlo que Isabel era mi novia y que muy pronto me pensaba casar con ella, e Iriarte que cae en la trampa y pierde  el control y me golpea en la cara con sus puños de enano, Cretino, mentiroso, me grita y sale alocado de la biblioteca vociferando, Maldita sea, Malditas las mujeres, Maldita Isabel…  y corre hacia el campo de futbol y rompe el cuaderno debajo de un alto árbol de mango, lo tira al fango, lo pisotea y luego  se sube a las ramas más altas de ese árbol y todos que creemos que se va a tirar como una iguana acosada, en medio de voces atemorizadas que suplican, Muchacho, Cuidado, Mira, mira… Que la vida es una sola, y no, carajo, el enanito que se pone a llorar y a gritar incoherente de rama en rama como un mico, Isabel, Isabel, Isabel…, Cretino, cretino, cretino…,  Cuerpo de mujer, cuerpo de mujer…, Bazofia, bazofia…, De otro, de otro… Mentiroso, mentiroso…  y, extrañados  –menos yo-, profesores y estudiantes e Isabel presenciamos ese acto a la vez ridículo, grotesco y de dolor debajo de ese árbol en el que uno de los profes al enterarse del engañifa, gritó con los brazos en lo alto, Iriarte, puro fuego fatuo, puras apariencias, y lo más grave o lo más sublime fue que ese día murió un  farsante, un poeta y el amor imaginario de Iriarte, pobrecito…, al igual que yo, sí, al igual que yo, pensé, y me quedé callado contemplando al saltimbanqui que esperaba que de un momento a otro se cayera por sí  solo y se reventara contra el suelo, praaaaa, como una guanábana madura.

 

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