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Flannery O´Connor, imaginación y perversidad

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Daniella Sánchez Russo

A las mujeres les palpita la sangre, a las escritoras les arde su condición de humanidad. Esa fragilidad de saberse finitas, de conocer a perfección su condición de mortales y aún así tratar de perpetuar la vida gastando ese fragmento de tiempo en el entendimiento de que no son las mujeres ideales para tejer, casarse o dar a luz. Porque la pesadumbre de sus días será alimento para otros; porque pueden pretender ser felices con tal de que el verbo se condense en la garganta y se libere por las manos; porque no en vano Sor Juana Inés escribe:

“Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá prodréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario,
que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.”

Pero más que la búsqueda o no de la felicidad, lo curioso de las escritoras, de los escritores en general, es el encuentro con su ritmo, ese compás negro que se revela en una estrofa, en el título de una obra literaria, en los personajes concebidos. ¿De dónde salieron estos últimos?  ¿De una calle o del demonio que se lleva adentro? De donde salió ese viejo ciego de Flannery O´Connor que en su cuento ‘El Lince’, olfatea al  mismo gato cada noche y cada vez lo siente más cerca, ese anciano que puede indicarle a los cazadores el lugar exacto por donde se dirige el animal, que se angustia con el miedo de ser atacado por una fiera que no conoce en vista. Un viejo que puede estar representando a la misma escritora olfateando su muerte, una muerte que, a diferencia del personaje, se dio a sus treinta y nueve años.

Nacida en Savanahh, Georgia, en 1925, Flannery O´ Connor, aunque de familia irlandesa, fue una escritora que se dedicó a recalcar, con su genio lúcido y atormentado, los pueblos de las tierras del sur de Estados Unidos, en especial de su lugar de procedencia. Con el mismo paisaje de Faulkner: blancos agricultores arriba de negros esclavos, O´Connor logró captar el otro lado de la historia, el lado oscuro de ella. Si bien el cuento de Faulkner, Una rosa para Emily, trata de una mujer blanca que dormía con su enamorado muerto cada noche y que recibía encomiendas del mundo exterior por medio de un negro esclavo, los cuentos de la escritora se enfocan en ese que estaba abajo, en esa clase apaciguada, que, como sus piernas afectadas por una grave enfermedad de la sangre,  carecía de poder.Flannery O' Connor

De sus estudios, se conoce que luego de formarse en ciencias sociales en  la Universidad de Georgia, obtuvo una beca para el master de creación literaria en la Universidad de Iowa, de donde se desprendieron sus primeros cuentos a través de su tesis. Sin embargo, diagnosticada de lupus en el año 51 y a escasos 26 años de vida, la escritora se enfrascó en una granja en Milledgeville para dedicarse a la literatura y a la cría de pavos reales. El mundo oscuro que se venía  gestando desde sus primeras creaciones literarias se exacerbó entonces con el aislamiento de su humanidad, condición que si antes le constaba trabajo entender, ahora era un complejo recurrente en su soledad. 

No es difícil, entonces, imaginar a la escritora deambulando por los pasillos de la casa en la que permaneció encerrada los últimos trece años de su vida teniendo, quizás, una conversación con el fantasma de Candelario Obeso, poeta negro de Mompox, que, como ella, utilizó el recurso de la dialéctica para darle forma a los sonidos por medio de la palabra escrita. Si el negro de Obeso dice  ¡Qué trijte que ejtá la noche! (Canción der bogá ausente), el negro de O’ Connor le contesta ‘Eres un ignorante, eso es to’ (El negro artificial). Pero mientras que el negro de Obeso concibió, como su creador, una cultura libertina y apartada de la religión que le entregaba voz propia a las mujeres de su época, los personajes de O´Connor le cogen la mano al catolicismo y entregan, por medio de oraciones muchas veces expuestas, un aire de temor hacia un Dios desconocido y sin embargo caracterizado por el don de la ubicuidad.

O´Connor, escritora con imaginación suficiente para aislarse por más de una década  y con la locura y la perversidad necesarias para combatir a sus personajes (falsos profetas, criminales, idiotas, ancianos delirantes, niños perversos) agita, en su literatura, esa condición humana que tanto debió arderle, aún, en sus pocos años de vida. En sus historias, personajes como ‘El Desequilibrado’, asesino en serie y prófugo de una cárcel de Florida  del cuento ‘Un hombre bueno es difícil de encontrar’, pareciera crear en el cuerpo del lector la misma sensación que describe el apodo de su protagonista y en el momento de la lectura del cuento ‘El Lince’, ese viejo Gabriel, católico, negro y ciego, pareciera ser cada uno de nosotros, confrontando la muerte y aún así esperanzados en la inmortalidad:

“No había ni un negro en cien kilómetros a la redonda que pudiera oler como él. Oyó otra vez los arañazos, no venían del mismo lugar, venían del rincón de la casa donde estaba la gatera. Toc… toc… toc. Era un murciélago. Sabía que era un murciélago. Toc… toc. “Acastoy”, susurró. No es ningúnmurciélago. Afirmó los pies para levantarse. Toc. “El señor m’espera –murmuró–. No va quererme con toda la jeta rota. ¿Por qué no te vas, lince, por qué vienes a buscarme?”.

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(*) Periodista de El Espectador.

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