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Ernesto Sábato: la flecha del siglo

Sábato
Gerardo Albarracin retrata a Sábato. / Flickr – Arco_Iris

Santiago Triana

Su última novela, ‘Abaddón el exterminador’, fue publicada hace 40 años. La prolífica vida de Ernesto Sábato, como físico y escritor, lo convirtieron en un conocedor profundo del hombre, de quien supo sus problemáticas y a quien propuso soluciones desde su óptica. Perfil.

Cuando murió, Ernesto Sábato contaba ya 99 años. 88 de ellos los vivió en el siglo XX, tal vez uno de los períodos más convulsionados de la historia. Las guerras mundiales, las disputas políticas y económicas entre el bloque socialista encabezado por la extinta Unión Soviética y los Estados Unidos, las revoluciones, las dictaduras y demás son los hechos más llamativos de este siglo, que Sábato, desde las letras, y siendo la luz de varias generaciones, atravesó como una flecha puntiaguda.

El día de San Juan de 1911, regido bajo el signo de Cáncer, nació Ernesto Sábato en Rojas, un típico pueblo argentino de inmigración, zona agrícola cercana a la pampa, cuyo paisaje estuvo pintado en su memoria por casi cien años. Décimo de once hermanos, todos hombres, Sábato era miembro de una familia que más parecía una dictadura, según él, porque no era fácil para su madre, ni tampoco para cualquier persona, lidiar con once varones de difícil carácter. “Era una familia de educación muy severa, nuestros padres eran muy severos, y más bien estábamos regimentados como en un ejército”, recordaba.

Su padre, de quien en su niñez tenía una imagen terrorífica, era tal vez más severo que su madre. Sin embargo, Sábato mismo reconocería con el tiempo que él era un hombre “severo, candoroso, muy violento, y ahora con los años me doy cuenta de que era profundamente generoso y bueno”.

Víctima constante de fuertes contradicciones internas desde su juventud, el futuro escritor habría de encontrar en sus años universitarios una forma inequívoca para lograr la paz y la tranquilidad que le habían sido esquivas desde sus primeros años.

El físico

Contrario a lo que el grueso de los amantes de la literatura piensa, Ernesto Sábato no fue escritor toda su vida. Antes de lograr un vuelco importante en el estilo de las letras argentinas al lado de otros grandes como Roberto Arlt, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar, estudió física en la universidad. Entre los números y en medio de tanta exactitud, encontró el orden que tanto precisaba en aquel momento. “Cuando yo descubrí las matemáticas, los teoremas, encontré una gran paz, un orden que yo necesitaba en medio del caos, y así me precipité casi, por decirlo de alguna manera, en el mundo de las matemáticas”, explicaba, respondiendo a una pregunta que no pocas personas se hacen, aún en la actualidad.

Según Sábato, cada persona busca lo que no tiene y él, en ese momento, carecía del orden que las matemáticas brindan por sí mismas. Para ilustrar su situación ponía como ejemplo al pintor abstraccionista ruso Vasili Kandinsky, de quien decía que, a partir de lo reflejado en sus primeros cuadros expuestos en Múnich, era un hombre “tumultuoso, romántico y expresionista”, pero que llegó al abstraccionismo en una búsqueda de algo de lo que él mismo carecía. “Él llega al arte abstracto y geométrico por una necesidad inexorable de su espíritu, una búsqueda de lo que él no tenía”, afirmaba Sábato.

A pesar de la experiencia con el orden extremo y la paz que generaba para Sábato, en algún momento se daría cuenta de que, a pesar de la importancia de estos dos elementos, él no podría ser una persona, en el amplio sentido de la palabra, encerrándose para toda su vida en la cuadrícula que la física y las matemáticas representaban.

El político

“Yo soy de un temperamento anárquico. Cuando uno piensa en anarquistas piensa inmediatamente en una persona que pone bombas. No, hay anarquistas que son incapaces de matar una mosca, son pacifistas. Los mejores”. Así se definía Ernesto Sábato, quien condenaba cualquier tipo de violencia o dictadura totalitaria que redujera las libertades del individuo.

Sábato despreciaba a los que él mismo llamaba “revolucionarios de salón”, aquellos que se iban a Europa, a París y a Londres, a hacer la revolución en América Latina. “Creo que el hombre, si tiene una idea, tiene que luchar por ella a fondo, con toda entereza y con toda responsabilidad”, sentenciaba con gran seguridad. Y ponía como ejemplo a una persona con quien distaba en varios aspectos ideológicos, pero a quien admiró por su capacidad de entrega por sus ideas. “Yo puedo discrepar, y he discrepado, con ideas de [Che] Guevara, pero ante un hombre como Guevara yo me pongo de pie. En cambio, de la misma manera, detesto a las personas que hacen la revolución en América Latina desde París o Londres. Eso no me gusta nada”.

A principios de la década de 1930, en tiempos universitarios, entró al movimiento comunista en Argentina, del cual salió en 1934 movido por la decepción que le generaron los crímenes del estalinismo en la Unión Soviética. De no haber abandonado el comunismo, habría estado seguramente combatiendo en la Guerra Civil Española, que estalló en 1936, y en la que lucharon varios de sus antiguos compañeros. “Pienso que Marx ha sido un gran pensador, sin duda alguna, pero me fui alejando de su filosofía. Ya en esos años, en los últimos años, tenía graves dudas, pero mi alejamiento se debió sobre todo a Stalin, y a los crímenes del estalinismo”, explicó Sábato en una entrevista para la Radiotelevisión española en 1977.

La Argentina de esos tiempos, debido a la fuerte inmigración europea, recibió a varios militantes del anarcosindicalismo español, con quienes Sábato tuvo una gran simpatía. Desde aquellos tiempos, decía, “cada vez más me he ido afirmando en la idea de un socialismo con libertad. Yo no quiero justicia social sin igualdad, tampoco quiero libertad sin justicia social, porque es una pseudolibertad”, lo cual él mismo traducía en la necesidad de la pluralidad, la importancia del diálogo, y el perfeccionamiento de la sociedad manteniendo siempre el “respeto sagrado por la persona”.

Éstas ideas iban moldeando al pensador que habría de iluminar las tinieblas que tenía el siglo XX a partir de su posterior papel de escritor, desde donde logró, con coherencia y persistencia en las luchas personales, hacer una radiografía profunda del ser humano que cayó en una profunda crisis moral y ética desde aquellos tiempos.

La transición

En uno de sus viajes a París tuvo sus primeros contactos con el movimiento surrealista. Además, llegó allí ya con la idea de abandonar la ciencia. “Sabía que iba a ser una catástrofe para mis amigos, para mí mismo, para mis profesores, maestros que yo quería”, decía al respecto. Sentía, además, que la ciencia ya había cumplido el papel restaurador que tuvo en un comienzo, y que la vocación por la literatura, que lo había acompañado desde sus años de infancia, estaba resurgiendo cuando parecía haber muerto para siempre. “Esa experiencia surrealista fue muy importante para mí, porque me llevó al polo opuesto de la ciencia, del mundo de la razón pasé al mundo de la irracionalidad; del mundo diurno, de los conceptos puros, pasé al mundo nocturno de los mitos y de los símbolos”.

En una situación que él relacionaba con la novela de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hide, Sábato frecuentaba a los surrealistas al mismo tiempo que escribía una novela que no llegó a ser publicada, y que llevaba por título La fuente muda. El nombre estaba inspirado en un verso del poeta español Antonio Machado, quien para Sábato era uno de los poetas máximos de la lengua española.

Según el autor, ésta era una novela muy inferior a las que publicaría posteriormente. Sin embargo, varias de las páginas e ideas de este texto resucitaron y fueron materia que él mismo empleó en dos de sus obras más importantes, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador, ya que en aquel escrito estaban plasmadas muchas de las grandes obsesiones de su niñez y de su juventud.

Una experiencia importante que empezó a sellar su volcamiento de la ciencia hacia el arte fue en 1938, cuando se dio, estando Sábato en París, la escisión del átomo de uranio, germen de la bomba atómica. Allí, él entendió que la física y la tecnología iban a dominar el mundo. “Me aterró, filosóficamente hablando, este momento. Ahí es cuando comencé a comprender que la física iba a dominar el mundo, y que la tecnología iba a arrasar con el hombre”. Allí se confirmó el paso, la transición.

El hombre y las letras

Además de su deseo casi innato por escribir, Sábato cumplía el papel de crítico y a la vez constructor en una sociedad cada día más dependiente de las máquinas creadas por las nuevas tecnologías que fueron apareciendo vertiginosamente a lo largo del siglo pasado. En ese sentido, sus letras estuvieron encaminadas a construir a un ser humano más emocional y menos racional. “El hombre no es razón pura, como ha creído el pensamiento ilustrado y como cree la ciencia. Es razón pura, pero además es sin razón, como lo hubiera dicho Cervantes, es mito, es símbolo, es sueño, es pasiones y sentimientos, todos los elementos irracionales. La parte más importante del hombre es irracional”. Esa era la definición del hombre por Sábato. Definición que venía, por demás, de una persona que había experimentado y vivido los dos mundos, el de la ciencia y su opuesto, lo irracional y emocional.

Para lograr aquella construcción del ser humano que podríamos llamar “menos mente, más corazón”, Sábato entendió que existía un arma con un poder incalculable para tal empresa: el arte. “El arte, de todas las actividades del espíritu humano, es la única que permite no sólo la expresión de esta crisis total del hombre del siglo XX, sino que también es tal vez la única posibilidad de salvación del hombre, porque en el arte el hombre está totalmente”.

No se puede ignorar la racionalidad, cualidad única que hace que el ser humano lo sea, pero el arte debe ser entendido como la comunión entre esta cualidad netamente humana y la irracionalidad, los sentimientos. Y Sábato era consciente de eso, y lo aplicaba en su oficio de escritor, ya que la novela, según él mismo, tiene ideas, siempre pertenecientes al mundo de lo racional, de la ciencia, de la filosofía, pero también tiene mitos, pasiones, símbolos, y el hombre, el ser humano, es la totalidad, es la agrupación de ambas concepciones del mundo. “Estamos sufriendo en esta época las consecuencias de una filosofía estrictamente racionalista y tecnológica que ha llevado a la cosificación del hombre”, afirmaba.

Sábato escribió sobre ese sufrimiento y esa crisis global que él identificaba en la sociedad, siendo de esta forma coherente con sus ideas: el respeto por la vida, la formación de una sociedad plural, la no cosificación del ser humano. “Todo lo que yo he escrito, tanto en la novela como en el ensayo, es a propósito de la crisis del hombre de hoy”, decía el autor, quien con los años y las décadas se afirmaba como otra luz de conciencia, entre las tantas que dio el siglo XX en el campo de las letras, luz que pareció extinguirse en abril de 2011, pero que en realidad no se apagó, sino que tomó forma de libro, de letra, de reflexión, de pensamiento para un ser humano de quien Sábato pensaba, citando a Pascal, “es un gusano y es un héroe, es una porquería y es una hermosura, es un ser dual y trágicamente dual. Es la suma de las perfecciones y la suma de las imperfecciones”.

Como toda flecha, y como todo elemento que va impulsado, la vida de Ernesto Sábato también se detuvo un día. Ya le faltaba poco para llegar a ser centenario. Se fue sin previo aviso, y sin oportunidad de que muchos de sus seguidores le hicieran sentir o saber que su literatura fue digna de la belleza de la lengua española. Pero la vida es así y, como él mismo diría, “cuando tenemos posibilidad de saber cómo son ciertas personas, ya han muerto, y no podemos retribuirle de alguna forma nuestro afecto”.

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