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En átomos volando

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Bertha Lucía Estrada Estrada*

Son las cinco de la mañana. He dormido mal, ha llovido casi toda la noche y el agua se ha entrado al cambuche. Tengo hambre, aunque siempre estoy hambrienta. Es como una enfermedad. En casa la comida a duras penas alcanzaba para medio llenar el plato de cada uno. Así que repetir, lo que se dice repetir un plato, nunca. La diferencia era que si quedaba hambrienta siempre había frutas con las que podía embolatar al estómago. Pero en plena selva eso no ocurre. Aquí llevo cuatro años. Es una marcha forzada. Sin descanso. Cada día caminamos varias horas, o en la noche, todo depende. El arma me pesa una tonelada, sin contar las municiones, ni el morral. Es una vida muy dura la que llevo. Yo no la escogí. Ninguno de nosotros la ha escogido. Simplemente fuimos obligados a seguir a los muchachos al monte. Un día, un grupo de diez guerrilleros llegó a la casa, pidió almuerzo y luego me embarcó con él. Mi papá sabía que era inútil oponerse. Así es la vida en el campo.

Desde entonces me ha tocado ver de todo. Ya perdí la cuenta de los combates en los que he participado. Si llevara la cuenta, hace rato habría perdido la cordura. Con el delirio de la jungla ya tengo bastante. La selva me produce mucho miedo. Pero no puedo decir nada. Sobre todo en las noches. Los ruidos, la oscuridad, el no saber donde se pisa, ni qué se pisa. Le tengo terror a las culebras, aunque ya debería estar acostumbrada porque me las encuentro casi todos los días. Pero no lo he podido superar. Cada vez que veo alguna la boca del estómago se me cierra y me dan ganas de vomitar.  Pero me aguanto, nadie puede darse cuenta de la sensación que me producen. Aquí el miedo está proscrito. Cuando escuché esa palabra, pregunté qué quería decir, me respondieron: -Prohibido. Sólo tenía 14 años y me decían que estaba prohibido tener miedo. Desde entonces vivo siempre poco menos que aterrorizada. Tengo miedo de tener miedo.

Cuando los muchachos me obligaron a seguirlos, creí que era el fin del mundo. Atrás quedaba mi familia, el rancho, la tierra. Hasta Tony, el perro que me regaló mi papá cuando cumplí doce años. En realidad ha debido de ser el fin del mundo para mi familia. Los paras no perdonan, supongo que echaron a mi familia del predio apenas se dieron cuenta que yo me había ido con la guerrilla. Ellos se adueñan de todo. Aquí es igual. Si mi familia ya no está en el rancho, debe un número más de los miles de desplazados que ha dejado la guerra. Aunque yo no sé porque peleamos. No entiendo las explicaciones que nos dan. Lo único que tengo claro es que si no cumplo las órdenes, me castigan. Y el castigo aquí es duro, sin contemplaciones.

A los tres días de dejar mi casa supe cual era el principio de la obediencia absoluta. Tenía que acostarme con el guerrillero que dirigía el grupo. Yo no quería. Pero una bofetada me mandó al suelo y entendí que de todas formas estaba a su merced. De ahí a pasar a los brazos de otros no hubo sino un paso. Yo era la recién llegada. En otras palabras el fruto aún no maduro, deseado por varios de mis camaradas. Me sentía sucia, así me bañara en un río helado, seguía sucia; por lo que aprendí a evadirme de mi cuerpo cuando alguno de ellos me arrastraba detrás de un matorral. Aprendí que la evasión primero se hace con la mente, luego con el cuerpo. Aunque yo todavía no he podido evadirme físicamente. Esta vida no es para nadie. Al año de estar con la guerrilla encontré a Julián. Es el único hombre que he conocido, fuera de mi papá, por el que he sentido confianza. Estuvimos juntos un tiempo, pero hace ocho meses murió en un combate con el ejército.

Desde entonces me siento más sola que nunca. Julián y yo soñábamos con una casa para nosotros dos. Estábamos haciendo planes para escaparnos, pero fue cuando una granada lo hizo saltar por los aires, quedó “en átomos volando”, como dice el himno nacional. Yo no pude hacer nada, sino salir corriendo, evadirme, pero no de la guerrilla sino del sitio de combate. Desde entonces los deseos de dejar todo esto se hacen cada vez más grandes. Quiero escapar con vida. Pero hasta esa oportunidad me la negó la guerra. Hoy van a ajusticiarme. Ayer, mientras limpiaba el arma, se me escapó un tiro. El compañero que estaba a mi lado cayó al suelo, cuando me agaché para ver que le había pasado, ya estaba muerto. No hubo lugar a la defensa. Se me condenó a muerte. Me confinaron en el cambuche y apenas salga el sol me sacarán de aquí, leerán el veredicto y con el dedo escogerán al encargado de hacer justicia. No hubiera querido irme así. Quería vivir como lo hacen muchas mujeres, lejos de la guerra, del hambre y del frío. Lejos del miedo. Pero no fue posible. Mis compañeros han comenzado a despertarse, pronto vendrán por mí. Hace rato los espero.

*Autora del blog El Hilo de Ariadna:

https://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/

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