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Emergentes XLV: Harrison Guerrero, el último romántico

Por: Nataly Jaramillo

Se sentó, tomó un sorbo de café, miró perdidamente al muro que teníamos en frente y articuló: “Amo la medicina, es decir, ayudar a la gente, pero cada día se me es más difícil, cada día siento que lo único que quiero hacer desde que me levanto hasta el acostarme es hacer música”.

Después de esto sonrió, tomó otro sorbo de café, miró hacia arriba como quien imagina o quiere revolcar los recuerdos, y de nuevo emprendió su monólogo.

Nació en Pasto (Nariño) hace 33 años, con el nombre de Stive Harrison Guerrero, en honor a George Harold Harrison, guitarrista de los Beatles de Liverpool, reconociendo con sonrisa amplia que ese nombre fue quizá locura de sus papás. Empero, asevera que las canciones de este grupo inglés mitológico son música que hasta hoy escucha con placer, gracias a ellos.

Se abrazó a la música con asiduidad después de los ocho años, siendo algo que surgió de manera espontánea, pues en ese entonces sólo jugaba a imitar a algunos cantantes como Leo Dan, Leonardo Favio, entre otros grandes románticos, atacando de nuevo con una sonrisa al decir que “era un niño de ocho años cantando música para viejitos”, pero eran los únicos discos que tenían sus tías en casa.

La primera canción que lo conectó con la música hasta llegar a penetrar por las venas fue Hasta ayer, de Marc Anthony, tonadilla que se hacía un eco constante en casa ya que le encantaba a su abuela. Hasta ayer también lo llevó a tener una experiencia memorable. Narra que un día estaba su profesor de guitarra —que en ese entonces no lo era— practicando con una chica la melodía. “La chica tenía que cantar pero nunca lo hizo”, y él, de chismoso, comenzó a hacerlo por ella. “Comprenda que no pretendo ofenderla, tampoco le estoy haciendo un reproche…”. El profesor se volvió para mirarlo pero sin parar de tocar. La canción llegó a su fin y él, después de esto, le propuso enseñarle a tocar guitarra.

Con el tiempo, Guerrero comenzó a trabajar en la afinación y demás, hasta participar en un concurso y ganarse una beca del departamento de Nariño llamada Talentos, dándole la oportunidad de ingresar a la academia musical Claro de Luna. Allí estudió un par de años guitarra clásica, guitarra popular y técnica vocal, al tiempo que cursaba sus estudios secundarios. Posteriormente viajó a Medellín a estudiar medicina en la Universidad de Antioquia. No obstante, antes de comenzar los estudios en esta ciudad anduvo unos cuantos meses componiendo.

La música, mientras estaba en la universidad entre los 17 y los 22 años, fue de gran ayuda para sostenerse económicamente cantando en bares.

Logró graduarse a los 22 años como médico y emprendió el ejercicio de su carrera, aunque la música seguía adquiriendo fuerza en su vida, su protagonismo era inevitable.

Nos hallamos sentados uno al lado del otro en un pequeño café que queda al fondo de unas escaleras. Él dice que disfruta ir allí, y lo hace seguido, para saborear un buen tinto humeante y desplegar por fin las alas de la mañana y sacudirles el menor rastro de pereza. Cuando habla, juega a enlazar las manos y soltarlas inesperadamente. Lo hace dependiendo de la escena de su vida que me esté narrando.

Una sonrisa siempre le adorna la cara redonda y leves carcajadas salen de su boca a cada segundo. Tiene ojos aindiados y encerados que transmiten una tranquilidad rara, de esas que desconciertan a las personas descontentas. Tanto que parece que caminara con nubes bajo sus pies, el suelo no le alcanza a rechinar en los zapatos. “Soy un soñador empedernido”, dice. Su vida no es angosta, las angostas son las mentes. El mundo sí se puede comer, pero a pedacitos.

Ya lleva diez años en su labor de médico, pero el Harry Guerrero músico nunca paró. Después de una crisis importante en el año 2009 —que prefiere reservarse—, llegó a sentir que no había muchas razones para concebirse pleno con la vida que llevaba. “Había un vacío que llenar”, dice, y ese vacío lo sació la música. Así que a partir de allí comenzó a trabajar en sus primeras canciones, sueño que cada año era aplazado por cuestiones personales ajenas, sin embargo, la idea seguía ahí, postergada pero a fin de cuentas impostergable.

La medicina es para él un arte, no la descarta por completo, pero siente que debe ir conectada con la música, por esta razón comenzó a pensar en la musicoterapia como una opción en la atención a sus pacientes. Cuenta entre los sorbos de café que esa idea existió desde siempre, pero en ningún lado le permitieron hacerlo, hasta que decidió intentar brindarla en sus servicios particulares, donde después de la revisión y el diagnóstico se ofrece para cantar. “La respuesta es maravillosa: que por un momento los pacientes se olviden de los síntomas y comiencen a hablar de otras cosas gracias a una balada es una sensación indefinida. La música se la lleva bien con la medicina, sobre todo la medicina del alma”.

En noviembre de 2015, Harry y su productor, el maestro Fernando Urquijo, director de la productora Electrolíquido, lograron sacar adelante su proyecto musical llamado La vida, por simbolizar para él un retrato de todas las experiencias hasta ahora asumidas, afirmando al tiempo que “la vida toma la forma de la música, y en esta vida es donde vale la pena morir”.

En el mundo de este soñador empedernido, todo el tiempo navegan las ideas. Él sólo quiere atraparlas como si lanzara una red de aire y plasmarlas en el papel, así tarden años en ser canción, como Ella, que se demoró alrededor de tres años y que ahora es una de sus composiciones más simbólicas. Ella, cuenta, nació después de un pequeño accidente de tránsito.

Manejaba por una cuesta en un carro de segunda que había conseguido en ese entonces, y éste se quedó sin clutch. Iba acompañado por su esposa y su madre. Era el mediodía de un día tremendamente soleado y había alrededor de diez carros detrás del suyo esperando a que avanzara. Mientras andaba aún confundido y pensando en qué hacer, miró por el retrovisor y notó que su mamá ya estaba dirigiendo el tráfico y pidiendo a los demás carros que se hicieran para atrás, para que pudiera también retroceder y salir del apuro. Esa imagen se hizo inolvidable para él y allí nacieron las primeras líneas de la canción: “Te puedo ver peleando al mundo cada mañana por verme sonreír…”.

¿Cuál es la esencia de Harrison Guerrero?, le pregunté, y él con sus ojos muy brillantes contestó: “Soy uno de los últimos románticos que quedan. El último romántico, como cantaba Nicola di Bari. Un artista que canta con la voz y el alma. Este que ves, le escribe al amor, a la familia, a la amistad, pero de manera poética”.

Sus melodías tienen un estilo sureño, la famosa música andina: zampoñas, quenas, guitarra, sumándole otros instrumentos, como el piano. Harry quiere caracterizar la música de su tierra con la influencia del pop. Para él, componer es como jugar a pintar, pero tiene claro que quiere conservar sus raíces y, asimismo, el romanticismo.

Son las once de la mañana y ya la conversación se va agotando. Me ofrece algo más de tomar, sonríe de nuevo. Su sonrisa es un gesto interminable. Suspira, extiende los brazos hacia adelante y acto seguido se deja ir hacia atrás. Su cara de serenidad absoluta es contagiosa. Las últimas palabras de Harry que quedaron grabadas, fueron: “Siempre estaremos a tiempo de cualquier cosa que soñamos”.

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