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Elogio al pie

Feet fetish, Flickr, Chris Stromblad
Feet fetish, Flickr, Chris Stromblad

Isabella Portilla (*)

Cuando nace, el pie no sabe que es pie. Parece ave o cometa. Revolotea sobre el pecho de mamá. Se eleva en los brazos de papá. Aletea en los cambios de pañal. Es limpio, diáfano. Plano como una tabla, pero flexible como el vuelo de un águila.

En los primeros años, le aparece un arco. En su planta hay una montaña rusa, un tobogán de piel. Es el perfil del mismo pecho de mamá avisándole que es pie, que no es ave ni cometa.

Cuando empieza a caminar, se resigna a ser pie. Ya está condenado a ocultarse dentro del zapato. A vivir como un preso hacinado, abochornado entre pedazos de tela, esos a los que llamamos medias. Pero las medias no son buenas ni en los pies.

Con el tiempo, el pie conoce el mundo. Enfrenta el barro, el polvo y la lluvia. Siente el hueco en el asfalto. La piedra en el zapato. El pasto. El estiércol de perro. La baldosa fría. Las botellas rotas. Las alfombras. El cemento. Las cuestas. Los escalones. Los altares. La arena roja. Entonces, inexorablemente, sabe que su lugar es la tierra.

La mujer lo maltrata. Lo encarama en tacos altos, tacos de aguja que desgastan su talón. Lo somete a la tensión del equilibrio. Camina, baila y trabaja empinada. Se vale de su fuerza para parecer una garza alta, para verse mejor y conquistar.

El hombre lo atosiga. Lo hace correr y sudar noventa minutos en la cancha para conseguir un gol. Lo desafía ante una pelota que a la vez, es su amiga. Lo lesiona. Le produce callos por la presión de otro pie. Le crea hematomas, lo ampolla y lo hiere debajo de las uñas por el punteo del balón.

En invierno, descuidado, sin atención, no encuentra otro refugio que los botines aterciopelados, esos que le dan calor; en cambio, en verano refulge en sandalias, presumiendo el cuidado de su desnudez.

La sociedad lo prostituye. Lo convierte en fetiche por medio de la moda. Lo vuelve erótico. Le chupa los dedos, lo masajea, le pinta las uñas de rojo. Le pone sandalias coquetas y anillos podales. Le saca una foto, lo hace portada de Cosmopolitan y lo vende.

Sin otro remedio, sigue soportando el peso del cuerpo. Resiste situaciones que exigen pies de plomo: filas de bancos, conciertos por la paz, caminatas de solidaridad, expediciones al África, y marchas pacíficas o revolucionarias.

A pesar de todo, sigue en pie.

———————————————————————– (*) Periodista de El Espectador.

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