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El tiempo y el amor

Energy and His Eye Made His Eventual Elec, Flickr, Derrick Tyson
Energy and His Eye Made His Eventual Elec, Flickr, Derrick Tyson

Andrés Felipe Sanabria (*)

Mi reloj digital se detuvo, como si supiera por qué suspiran las mujeres y por qué aman a la muerte. El camino que tenía en frente es el que hacía todos los días. Pasar por el puente de Transmilenio hacia una zona desconocida, porque en Bogotá no se sabe dónde terminan tus pasos y dónde comienza tu vida. Así que empecé a caminar por el andén norte que va de occidente a oriente por la 125, y aunque había una mujer que vendía jugo de naranja, le salía sangre por la boca. No me inquieté. Seguí mi camino recordando las canciones que más me gustan, hasta ver un negro alto, muy parecido al presidente Obama, saludándome con un sombrero de copa que tal vez le perteneció a George Washington. Me dio igual. Después vi a un expresidente que no hacía más que gritar y gritar, y enviar mensajes por Twiter, pero vendía minutos a celular. Cuando llegué a la diecinueve me encontré con un hombre canoso, con una camiseta amarilla que decía: “Me llamo Samuel” y estaba llorando delante de su mamá, porque no le había comprado un metro de juguete, y una avenida vuelta mierda, que él decía que se llamaba la 26.

Me fui por el laberinto, donde hay un parque lleno de árboles mansos, y flores irrepetibles. Trinaba un copetón. Trinaba otro copetón. Y más a lo lejos trinaba otro copetón. “Si así fuera la vida, y más la política”, pensé. Antes de llegar a la 15 hay otro parque, pero éste parecía la entrada a una de esas islas donde te puedes encontrar lo más sorprendente y asqueroso del mundo. Por suerte solo me encuentro con gente que no sabe para dónde va, ni de dónde viene, con gente que le gustaría saber si es de aquí, o si los trajeron extraterrestres, y con mujeres que se anticipan al tiempo, por ese gusto por el sexo que las hace esclavas de su propia lotería.

Pero hemos llegado, ¡oh Iglesia Católica! a Unicentro, el templo para comprar y pasar un rato divertido en familia, con la novia, o con los amigos. Pero a mi parecer, todas las personas que siempre andan apuradas no hacen otra cosa que ir en contra del tiempo, y por eso mi sorpresa al notar que eran viejos. Hombres y mujeres. Caminaban lentamente, y en el techo de la entrada principal estaba un reloj digital forrado con piel humana. Faltaban 59 minutos para algo que yo presentía, sería el final, pero como el final no es más que un verso perdido de Dios, fui a la Librería Nacional y a todas las personas que pude, les di un libro, y sus brazos empezaban a rejuvenecer, hasta que faltaba un minuto, y a muchas no logré salvarlas. El minuto pasó y mi reloj volvió a funcionar y toda la locura que conté quedó en algún cuento, que solo se escribió porque el tiempo podrá detener a la vida, pero no al amor.

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(*) Colaborador.

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