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El planeta hambre

Garrincha con la camiseta de Botafogo, donde comenzó a jugar como profesional.

Fernando Araújo Vélez

“¿Pero de qué planeta viene usted?”, le preguntó, arrogante, el presentador de un show más en la Río de Janeiro de comienzos de los años 50 a Elza Soares, que acababa de cumplir 19 y se había vestido para cantar con un traje de su madre que tuvo que arreglar a punta de alfileres. Las luces eran opacas, y el público, un reguero de borrachos que fumaban y le lanzaban claveles y piropos con el cigarrillo pegado a la comisura de los labios. Ella miró al animador con odio, o algo cercano al odio, y le respondió: “Del mismo planeta que usted, señor Barroso, del planeta hambre”. Entonces se largó a cantar Se acaso você chegasse, y su voz ronca y arrastrada y su mirada lejana hicieron que cesaran los piropos subidos de tono, las miradas lascivas y los cigarrillos en la boca. Cesaron las sonrisas y las risas de burla y, por cinco minutos, el hambre.

La Soares, como la llamarían después, se había tenido que casar a los 12 años porque sus padres no tenían cómo alimentarla, y a los 13 tuvo a su primer hijo, y a los 15 vio morir a su segundo. El hambre, el hambre era su impulso, el hambre la llevaba a la rabia, al grito, a morder y arañar, a cantar para distraerse ella y distraer a sus hijos, a amar desde la entrañas con un amor que era necesidad, protección, miedo, muerte, nada que ver con los príncipes azules, nada que ver con Disney. Elza Soares amaba por necesidad, y así, por necesidad, se topó con otro necesitado como Manoel dos Santos, a quien en casa apodaron Garrincha, pues el garrincha era un pájaro que volaba y no servía para nada, como él. “Ahora es fácil ser la mujer de un futbolista pues son millonarios, pero antes… Me hubiera gustado verlas con un tipo como Garrincha, sin un peso en los bolsillos”, le decía ella años atrás a un periodista del diario argentino Página 12.

Garrincha y la Soares se conocieron y se enamoraron en la Copa del Mundo de 1962, en Chile. Una tarde, en plena concentración, ella se metió en el vestuario del equipo. Pelé estaba semidesnudo. Ella le conversó de dos bobadas. Entonces ingresó Garrincha. Hablaron con ella. Cuando se marchó, los dos se miraron, embrujados. “Lástima que esté casado”, dijo Mané. “Es sencillamente hermosa”, respondió Pelé. Por unos días fue adoptada por Louis Armstrong, quien no dejó de admirarla durante el Mundial. Le decía “mi hija”. Los dos habían sido invitados de honor para cantar en la inauguración del torneo y en una que otra fiesta más. Garrincha fue la gran figura del campeonato, y por aquellos años, el ídolo de Brasil.

Cuando trascendió el romance, la gente que amaba al futbolista la emprendió contra Elza Soares, pues ella, y sólo ella, aseguraban, había sido la culpable de que Garrincha hubiera abandonado a su mujer y sus hijos. La insultaron, le inventaron infinidad de historias en la prensa, la acosaron, e incluso apedrearon su casa. Elza Soares le había robado el marido a una mujer, y el padre a unos hijos, aseguraban. Sin embargo, la realidad era que no le perdonaban que le hubiera robado a Brasil su estrella. “Garrincha dejó a su esposa para estar con Elza y se casaron —recordaría Pelé—. Esto dio lugar a rumores de que me la había robado y que yo lo odiaba por eso. Obviamente, eso no era cierto”.

Desde el 62, Garrincha fue cada vez más garrincha, el pajarito que no servía para nada. Se ahogó en el trago, en eternas depresiones, en el miedo y la adicción y la brujería. Fue una sombra que intentaba jugar fútbol, una sombra que a veces, en sus pocos momentos de lucidez, decía, como le dijo a Álvaro Cepeda Samudio en 1968, que “los futbolistas no somos más que payasos de circo”, o “yo vivo la vida, la vida no me vive a mí”. Terminada su gloria, pisoteado por todo y por todos, terminó en una comparsa de los carnavales de Río de Janeiro, gritándole a su viejo amigo: “Pelé, Pelé, soy yo: Mané, mírame, soy Mané, ¿ya no te acuerdas de mí? Peléee…”. El siete a la espalda, como en otros tiempos, el escudo en el pecho, las mangas a mitad de brazo. “Peléee”, gritó una vez más aquella noche a finales de los 70, impotente, desgarrado, agrio, vencido. Por un instante bajó las manos, bajó la vida, pero tenía que seguir con el show. Le habían pagado unos cuantos dólares para que fuera parte del show, y él aceptó, claro. Esos cuantos dólares le alcanzarían para llegar a fin de mes. Una vez más, desde que dejó el fútbol, o el fútbol lo dejó a él, llegaría a fin de mes apenas con lo necesario.

Ya las piernas no le daban para jugar partidos de barrio por Italia y España por unas cuantas monedas, como lo había hecho cinco años atrás, siempre guiado, conducido por un tipo de ojos azules que algún día, decía y repetía, se convertiría en el gran Chico Buarque, compositor de los desvalidos, cantante de los marginados, “llegó a la construcción como si fuese única…”. Sus hijos lo ignoraban. Su mujer, Elsa Soares, lo despreciaba. El público, esos cientos de fanáticos que incluso lo buscaban después de los partidos con sus hijas de la mano para que las hiciera madres, apenas alcanzaba a compadecerlo. Bajó los brazos. Se tambaleó. En su último intento volvió a decir, a gritar, “Pelé, soy yo: Mané, Garrincha”, pero Pelé estaba muy lejos, era un hombre importante y debía guardar la compostura. Dos años más tarde, el cuerpo de Garrincha terminó en la morgue de Río de Janeiro, marcado como N.N.

Como N.N. surgió en el fútbol, desde las inferiores de Botafogo, hasta que lo bautizaron Garrincha, como un pájaro que volaba muy rápido pero, en sus mismas palabras, “no servía para nada”. Y como Garrincha fue estrella, campeón del mundo con Brasil, ídolo. Manoel dos Santos se llamaba. Los amigos le decían Mané. Jugaba de puntero derecho, por eso el número siete en sus camisetas. Y amagaba y amagaba, y todos los rivales sabían que más tarde o más temprano iba a salir hacia su derecha. Sin embargo, no sabían cuándo. Él sí. Por sus desbordes hizo goleador a Pelé, por sus desbordes, Brasil obtuvo los títulos del 58 y el 62, pero él no se lo creía del todo. No le importaba tampoco. A fin de cuentas, su gran conclusión en el fútbol era que “los futbolistas somos como los payasos de un circo. Salimos a divertir a la gente. Si lo hacemos bien, nos aplauden y nos pagan. Si no, nos insultan”.

A él lo aplaudieron y lo insultaron, hasta que dijo no más, o hasta que le dijeron no más. El trago, las mujeres, las fiestas, o en últimas, su afán por alejarse de la realidad, lo acabaron. Unos dijeron que tenía problemas mentales. Incluso, en un informe psicológico, el médico de la selección del 58 había anotado que ese muchacho no podía jugar al fútbol por deficiencias mentales. De todas formas jugó. Fue uno de los salvadores de Brasil en aquella Copa, gracias a que los mayores, Djalma Santos, Didí, le exigieron el técnico Oswaldo Brandão que lo alineara. Y Garrincha amagó y amagó y fue al artífice de la gran victoria final, siempre desde la punta derecha, contra la raya y frente a dos rivales que jamás supieron cuándo iba a salir hacia al fondo. Tiempo después, muchos años más tarde, Buarque se aventuró a comentar que a Garrincha lo había enloquecido la soledad de la punta.

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