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El ombligado

 

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Por: Óscar Seidel

El día que Cipriano Castillo se fue a vivir con su prima, todos en el pueblo vaticinaron que alguna maldición les iba a caer. A los nueve meses de estar conviviendo, la madre dio a luz a un robusto niño, que para asombro de la partera apareció con una protuberancia en el ombligo. Asustada la partera  observaba cómo el oráculo popular había acertado en el vaticinio. De manera rápida tomó la placenta y el cordón umbilical, y los mandó a enterrar debajo de la semilla de una palma de coco, que tiempo atrás la habían escogido siguiendo el ritual de sus ancestros.

Preocupada la parturienta porque notaba que ya llevaba su hijo veintiún días y nada que se le caía el muñón, hizo  llamar a la partera para que ejecutara la segunda parte del ombligamiento de manera eficaz. Ésta de manera diligente atendió el llamado, mandó a buscar la telaraña de tarántula utilizada para desinfectar la cortada del cordón umbilical, y que le trajeran el animal cuyas cualidades le formarían en un futuro el carácter  al recién nacido; dado que en su presencia le esparcirían los polvos de la telaraña, para que le diera bienestar y lo alejara de maleficios, y con ello cumplir con la segunda y ultima ombligada. Todo estaba dado para que las cosas no salieran bien, puesto que para el rito le trajeron una telaraña doméstica, y como no encontraron un gallo le proporcionaron un burro. Enojada la partera porque esto representaría males terribles no solo para el niño, sino para ella y toda la comunidad, punzó como pudo el ombligo, pero ese apéndice no disminuyó.

En su infancia Crìspulo Castillo no tuvo problemas para cubrir ese cartílago pegado a la barriga, dado que su mamá lo fajaba para que no se notara. Los inconvenientes empezaron a mostrarse en plena juventud, cuando se le despertó la pasión por Teodomira. La primera vez que salieron a bailar, Crìspulo tomó sus precauciones; solo echaba paso de lejos sin acercarse a ella, pero el mundo se le vino encima, cuando al calor de los tragos, Teodomira lo invitó a bailar un bolero, que para ella  representaba su propia esencia. Al ritmo del primer amacice, Teodomira palpó que su parejo estaba bien dotado pero de una manera particular, puesto que sentía como punzadas de dos miembros que le subían hasta arriba del ombligo, causándole un malestar inusitado; razón por la que le dio una cachetada por atrevido, y le pidió explicación por tamaña desmesura. Apenado Crìspulo no musitó palabra alguna, se retiró del baile, y nunca más la volvió a cortejar.

 

Alejado de las mujeres, Crìspulo se dedicó al estudio por completo, con tan mala fortuna que no pudo pasar del primer semestre de Medicina, a pesar de haber intentado dos veces culminar con éxito. Preocupados los padres por la racha de mala suerte de su hijo, trataron de encontrar la razón para tanta desventura. Fue entonces cuando la partera que ya estaba muy anciana, les recordó el momento del nacimiento, y la ombligada que le mandaron a hacer. Comentó con detalles lo de la maldición por casarse entre familiares; les dijo que todo lo que sembraran en la parcela no cultivaba por aquello de haber enterrado la placenta; que el muñón acompañaría a Crispulo toda la vida, y el por qué  era bruto el muchacho se debía a la presencia de un burro y no un gallo en la segunda ombligada.

Al cabo de unos años Crispulo murió, cuando un falso cirujano plástico que andaba de correría por el pueblo le hizo la umbilicoplastia; le arrancó la protuberancia de una, y no pudo detener el torrente de sangre que se generó con dicho procedimiento.

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