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El naufragio

 

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Por: Marilyn Forero Olaya

Lo admito. Nado y nado y muchas veces naufrago por el mundo cibernético, especialmente en redes sociales, hasta que el sentimiento de culpa se apodera de mí y hace que me cuestione acerca de la clase de ser humano en la que me he convertido y más, cuando mi deseo ferviente es ser una acuciosa periodista. ¿No debería estar leyendo a Balzac, a Carpentier o a Camus? ¿Acaso no debería existir una regulación como las hay para drogas ilícitas? ¿No son las redes sociales una adicción?

Lo cierto es que no iba a escribir sobre esto, pero me azota el pecado. Meses atrás sentí librarme de semejante mal e inflé pecho, pavoneándome entre mi círculo de amigos aseguré que eso de las redes era una basura: quién puede invertir su valioso tiempo en una pantalla mientras puede estar follando, leyendo, acampando y todos los gerundios positivos que se les ocurra. Di cátedra de lo relevante que es alejarse. Pero no fue suficiente, días después un cosquilleo recorría mi cuerpo como cuando una hormiga se te sube por los pies y acaba en el cuello. Una voz interior me decía que yo tenía, que yo debía, que yo podía abrir Facebook una vez más, solo una. Nada pasará muñeca, hazlo. Y lo hice.

Caí, recaí. Entonces, para alivianar el peso de mi conciencia escribo este micro texto y es micro porque ahora mismo iré a bucear. Tal vez encuentre algo tan interesante que me ahogue.

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