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El fanático país del absurdo

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Por: Pablo Enrique Triana Ballesteros

Muchas cosas absurdas han sucedido por estos días en Colombia, pero sin duda alguna lo más absurdo y ridículo de todo esto es que un país que se jacta de seguir las enseñanzas de Jesús, parece desconocer que su principal mensaje es el amor, el perdón y la reconciliación. Pues esa misma Biblia con la que tanto persiguen homosexuales y guerrilleros les dice en las propias palabras de Jesús:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente.” 39 Pero yo les digo: No resistan al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. 40 Si alguien te pone pleito para quitarte la capa, déjale también la camisa» (Mateo 5:38-40).

Entonces, si supuestamente votaron por el “no” porque no era justo que los guerrilleros no fueran a la cárcel ¿dónde dejan lo que enseña ese Jesús al que supuestamente tanto siguen?  Las víctimas de Toribío, Bojayá y las demás regiones azotadas por la violencia parecen ser los únicos en este país que comprenden con humildad este mensaje que a lo mejor ni siquiera han leído y repasado tanto como los “los buenos cristianos uribistas” que asisten puntualmente cada domingo a misa o a culto y que el pasado domingo gritaron con el puño erguido un rotundo y contundente ¡NO!

¿O acaso ignoran que es el mismo Jesús el que les dijo lo siguiente?:

 »Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados: “No mates, y todo el que mate quedará sujeto al juicio del tribunal.” 22 Pero yo les digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal. Es más, cualquiera que insulte a su hermano quedará sujeto al juicio del Consejo. Pero cualquiera que lo maldiga quedará sujeto al juicio del infierno.

23 »Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda»  (Mateo 5:21-24).

Por si no lo saben o no lo quieren saber cuando Jesús se refiere a “su hermano” en este, su principal mensaje (el sermón del monte), no se está refiriendo solo a sus hermanos de sangre o quienes les caen bien; se está refiriendo a toda la gente que comparta su condición de humano. Sí, incluyendo a los guerrilleros. Así que si usted, alguna vez se ha enojado o insultado a algún guerrillero, indio (indígena), negro, pobre, prostituta, marihuanero u homosexual, ya es culpable de juicio ante los ojos de ese Dios al que supuestamente sigue.

Pero eso seguramente a usted, señor o señora cristiana, no le importa, porque la Biblia solo le sirve para adornar la entrada de su casa sobre un atril empolvado. Seguramente la única palabra válida para usted es la palabra de Uribe, su verdadero mesías. Ese que ahora sale hasta mal pintado en cuadros como si fuera el sagrado corazón, no de María, sino de Paloma, pero no la Paloma del Espíritu Santo, ni mucho menos la de la paz, sino de esa que encarna y representa a la perfección la locura y el fanatismo que promueve el odio y que juega con el miedo al que da cabida la ignorancia.

Un fanatismo que recuerda al de los seguidores de un Laureano Gómez que por allá en los años 50 se abría un velcro en el escudo de la banda presidencial para mostrar el sagrado corazón bordado como si fuera un rostro que se devela al correrse la máscara, como si eso lo hiciera el portador de la verdad y la justicia, como si eso le permitiera señalar con su dedo cadavérico quién podía vivir y quien no.

Es completamente absurdo que hoy, en pleno siglo XXI y luego de todas las enseñanzas de la historia, la vida de los pobres vuelva a quedar en manos del estúpido y abyecto fanatismo de la irracionalidad.

Es absurdo que a un país se le pregunte si desea que 15.700 fusiles dejen de disparar y derramar sangre en el monte. La respuesta se supone obvia.

Es absurdo que la opinión se divida entre unas mitades casi iguales entre los que responden sí y los que responden no a esa pregunta.

Es más absurdo que al final gane el no. Incluso sin importar que los que sí han sufrido de verdad las consecuencias de la guerra irregular que desde hace más de 50 años se da en Colombia, como los pobladores de Toribío y Bojayá hayan respondido que sí, que sí querían que la sangre de sus padres y hermanos dejara de teñir sus ríos, que sí querían que sus hijos dejaran de ser reclutados por los diferentes actores beligerantes (incluyendo el Estado), que sí querían dejar de pisar minas, que sí querían que los que sembraron una parte de esas minas ayudaran a quitarlas, que sí querían poder mandar a sus niños a la escuela sin miedo a que no volvieran, que sí querían poder ir a una iglesia sin temor; en definitiva, que sí podían hacer lo que quienes no han sufrido esto, al parecer no pueden: perdonar.

Es absurdo que luego de la masacre de las bananeras, del asesinato sistemático de todo un partido político (la UP) y de los rehenes del Palacio de Justicia la gente de este país no sepa que su Estado es igual de criminal a las Farc. Ah, e igual de narcotraficante, pues hasta el avión presidencial sirvió para transportar toneladas de cocaína, por si se nos olvida.

Es absurdo que a más del 60% de las personas que pueden votar, todo esto no les importe.

Es absurdo pretender que un grupo armado que no ha sido derrotado militarmente se someta a unas penas punitivas en vez de a una justicia transicional por el simple hecho de que sus contrincantes así lo desean o tienen miedo de que algún día los puedan acusar de tú a tú. Es absurdo preferir que estén 40 o más años en una cárcel como la Picota o la Modelo sin hacer nada más que engordar y aprender nuevas formas de delinquir, en vez de estar confinados en los municipios y veredas que hostigaron, sirviendo de algo y contribuyendo al desminado de esas zonas.

Es absurdo, por no decir, ridículo que las razones para decidir un asunto tan serio y tan importante como este sean venganzas particulares en las que se mezclan diferentes temas como que “el actual gobierno va a implementar una reforma tributaria dentro de poco” o que “el gobierno no reglamentó lo de las tarifas y circulación de Uber”.

Es absurdo no entender la diferencia entre abrir unas curules de participación política y elegir automáticamente a un presidente o un senador. Contemplar si quiera la idea de que por votar que sí queríamos que las Farc dejaran las armas y entraran el debate político, el país se iba a volver una nueva Venezuela o que automáticamente todos nos íbamos a contagiar de homosexualismo, es tan ridículo como creer que un país tan godo, tan clasista, machista, homofóbico, racista y esnobista como este podría elegir alguna vez a un candidato guerrillero para el congreso o la presidencia de la República.

Es absurdo dar por cierto cualquier estupidez sin sentido alguno que mandan por whats app y tomárselo como un argumento serio, sin si quiera verificar en lo más mínimo las fuentes o la información que allí se envía en tono alarmista.

La doctrina cristiana dice: “No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos.  Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás” (Filipenses 2:3).

Aun así, y a pesar de que Gutenberg inventó hace cientos de años la imprenta en la que el primer libro que se imprimió fue la Biblia, parece que aquí nadie la lee, pues miles de “buenos cristianos uribistas” se creyeron superiores a todos los argumentos de miles de intelectuales, líderes políticos de todas las naciones, analistas y expertos que consideraban una completa insensatez votar por el “no”. Sin hablar de que les importó cinco el dolor del otro y solo primaron sus intereses egoístas… ¿Y todo por qué? Porque al parecer las voces de pensadores como Habermas, Chomsky, Barbero, o Mattelart, que por décadas han advertido sobre los peligros de la desinformación y la manipulación mediática del miedo no han tenido la oportunidad de ser escuchadas en un país en el que el único sonido posible parece ser el de las balas que ensordecen la educación.

Hemos asesinado el «Sí» en las urnas, podemos sepultar de una vez junto con él, la insulsa esperanza de creer que los violentos son otros. El espejo de la sangre ajena será nuestra condena.

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