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El escritor del parque El Retiro

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Por: Juliana Muñoz Toro

Escritor: gracias por la invitación. Me siento muy honrado de estar en este recinto y de que hayan venido a escuchar mis tonterías.

Moderador: el honor es nuestro. Es un gusto tenerlo aquí después de que publicara su libro…

Escritor: El Retiro, que espero que sea mi primera novela de muchas. ¿Por dónde empiezo? Usted sabe, como muchos escritores cuando tenemos el ‘llamado’, hubo un tiempo en el que sentí, por así decirlo, el pozo seco. Veía en esta ciudad los mismos rostros, las mismas calles. Ya nada me sorprendía. Y, amigo, la sorpresa es el impulso vital de un artista.

Moderador: en ese entonces era usted un…

Escritor: un abogado, sí. Conocedor de todas las leyes y también de todas las trampas. Pero ¿sabe qué? Esta fue una disciplina que me acercó a la filosofía, a la semiología. Que me dio el tesón para sentarme en las noches, después del trabajo, y escribir lo mío. Escribir porque no se puede vivir sin escribir. Porque escribir duele y a la vez es necesario ese dolor.

Moderador: ¿por qué…

Escritor: por eso decidí ir a Europa, a la cuna de Maupassant, de Baudelaire. Me autoexilié. Fui condenado por mis propios impulsos, pero ¿qué le iba a hacer? Los escritores somos seres apasionados, de sangre caliente, de vidas turbulentas.

Moderador: ¿Cómo fue qué…

Escritor: entonces, si me permite continuar, después de un descanso corto en París, llegué a Madrid por cosas del azar y conseguí un pequeño estudio, algo nada ostentoso, cerca al Parque del Retiro. Y día tras día tallé en mis zapatos como en mis manos la rutina de caminar y escribir, de escribir y caminar, de caminar escribiendo, de escribir que caminaba. Y de eso se trata esta historia, de un escritor que busca su camino, su trasegar por ese parque que puede ser cualquier parque, que incluso puede no ser un lugar físico sino una metáfora de la condición humana, de ese hastío incesante.

Moderador: sí, sí. No debió ser fácil escribirla, como tampoco publicarla…

Escritor: no hubiera sido posible de no ser por la constancia. La terquedad, para ser precisos. Y a mi buen amigo Ernesto Salavarrieta, que creyó en mí desde el comienzo y cuando terminó de leer el primer borrador de El Retiro me llamó a las dos de la mañana y me dijo, ¡vamos a publicarla! Yo, que todavía soñaba con los Tapices de los Unicornios le dije, hermano, de esas cosas no se hablan después de medianoche, es de mal agüero.

Moderador (ríe diplomáticamente): así es, así es. Alguien del público quiere hacer una pregunta, allá atrás, sí, usted.

Persona del público: dice que era abogado. Me interesa saber, además de lo que usted nombró como ‘el llamado’, por qué quiso ser escritor.

Escritor: gracias. Y gracias por esta aquí… ¿cómo es su nombre?

Persona: Rafael Menéndez.

Escritor: Rafael. ¿Sabe? Yo empecé a tener esta ilusión, esta imagen en la que estaba yo, desprevenido, paseando por una librería cualquiera, acariciando los lomos, fantaseando con las letras de Focault, Deleuze y el imprescindible Dostoievski, cuando alguien de lejos me ve, sin yo notarlo, por supuesto, y dice para si mismo: ahí está él. Ahí está él.

(Escritor se queda estático, sonriente, con la mirada perdida en el reflector más alto del auditorio)

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