El Magazín

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El día en que conocí el hielo

O variaciones en torno a un libro no leído

Alba Lucía Velasco Escobar

Me persigue. El libro me persigue.

Tratando de no verlo, escogía las calles más frívolas de la ciudad, donde los jóvenes suelen tomar sus cervezas baratas, recogiendo entre todos unos pesos suficientes para comprar el litro que luego tendrán que repartirse casi a gotas, riendo a carcajadas de su pobreza.

Pero aún así, el libro me perseguía. La otra noche por ejemplo, al pasar al lado de unos universitarios enfrascados en la discusión de las derechas o las izquierdas, lo vi. Retador y descarado, asomándose apenas en el morral desteñido de uno de ellos. Burlándose de lo tonto de mi ridícula escapada: un hombre de mediana edad que frecuenta los sitios donde sus hijos estarán en poco tiempo. Aguantando las miradas inquisidoras de las muchachas, que seguramente piensen ?equivocadamente-, que ando en búsqueda de una aventura prohibida con una Lolita de quince años, medio puta y excitante, que me haga revivir las maratones eróticas de mi hace poco, perdida juventud.

Si supieran. Si tan solo pudieran imaginarlo¡.

Al principio, se trataba nada más de un aparente capricho –o eso creía-. Aunque el libro había nacido, crecido y multiplicado antes de que mi conciencia pudiera entender los vericuetos de la memoria, sabía de su existencia simplemente, como creía en Dios o en el demonio. Sin reflexiones o conjeturas.

En la casa, la madre que hacía crucigramas, fue enseñándome sus claves misteriosas, intentando formar en mi espíritu infantil, el gusto eterno por las palabras, y aún en este instante, podría hacerle creer a cualquiera, que soy un experto en muchos temas que desconozco ?como el Libro-, y que a la postre tampoco me interesan llegar a dominar.

El hombre de las mariposas amarillas, preguntaba el crucigrama, sin duda Mauricio Babilonia. La que se elevó hasta las nubes, Rosario La Bella. El hacedor de pececitos, Melquíades.

Referencias sin hilvanar que sin embargo dieron frutos en las largas clases de español del colegio, cuando la profesora insistía en ponerme como ejemplo de buen lector, sin ahondar más allá de lo evidente.

Todo iba bien, y hubiera podido continuar sin contratiempos, hasta el aciago día en que lo tuve de frente.

El Libro, con ilustraciones de un famoso pintor, adquirido en la más importante librería de la ciudad, olía a caro y a nuevo. A inquietud. Para mis nueve años de edad, tenerlo entre las manos significó la iniciación a la exploración de los sentidos, pues sus hojas delicadas, parecían la piel de la niña que me gustaba mirar, blanca y tibia al tacto, dormida a la espera de ser poseída…

Me sedujo de inmediato con su silencio contenido. Esas mil palabras que se dibujaban, parecían suplicar ser desatadas por mi lectura, volverse aire en mi boca o historia para contar. Desde mi escritorio podía observarlo mientras hacía las tareas. Reposando en la mesa de noche, paciente y tímido, contando las horas sin prisa, con la esperanza de que me atreviera a abrirlo y comenzara a escuchar su voz.

Fueron muchos los meses que transcurrieron en ese idilio. El Libro era mío y al mismo tiempo ajeno. La próxima semana lo traen, nos dijeron en el colegio, pero la próxima semana tardaba en llegar… una reunión de urgencia, un refuerzo en matemáticas, una salida imprevista… la fecha fue aplazándose casi hasta el final de año. Hasta que llegó octubre, y con él, esta sensación de persecución que ha perdurado hasta el presente.

Esa mañana desperté temprano y previendo un olvido, lo primero que hice fue empacar con cuidado el Libro en mi mochila. Llegué al salón expectante, temiendo no poder leer correctamente en voz alta. Era seguro que me lo pedirían a mí, y no precisamente porque fuera el mejor lector de la clase -al contrario Ignacio Duque tenía fama por su extraordinaria manera de leer-, sino porque mi Libro era el más bonito de los que llevaban. Edición limitada, como había mencionado con orgullo mi papá.

Llegado el momento me sabía preparado. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había  de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Un punto y seguido, como una promesa.

Y no pude continuar.

La sangre se agolpó en mi cabeza, dejando sin trabajo a las venas y arterias de mi cuerpo: cómo conoció el hielo?. Por qué lo conoció?.

Temí que se notara el pánico que me invadía. Di vuelta con la mirada a  mis treinta compañeros, pero estaban impávidos, leyendo en silencio cada uno de sus ordinarios libros. Con la inocencia del que no sabe nada, pero tampoco le trastorna el no saberlo: la mayoría estaba a punto de terminar la primera página, y algunos volteaban a la segunda, sin que en sus rostros se adivinara ni el más mínimo asomo de desconcierto. En cambio a mí, me faltaba la fuerza para siquiera respirar.

Cerré entonces el Libro, asustado. Intentando con ese gesto, borrar de mi mente la imagen cuya posibilidad de darse, era a lo mejor, tan simple como cualquiera. Que sin embargo, representaba a mis nueve años, un infierno.

Algunos pensarán que el suceso fue ridículo. En la existencia ocurren situaciones que jamás llegamos a comprender: las mujeres, el grito que pronuncia nuestro nombre en la cocina cuando nadie distinto a uno mismo está, el desorden, las migrañas, el afán de otros por viajar… y la verdad, no se nos acaba la vida por no poderlos asimilar. Entonces, ¿por qué “el conocimiento del hielo”, se convirtió de pronto en un punto final?

Tal vez se trataba de mi frágil organismo que tiene la tendencia a sufrir con el frío extremo, o se debió a las atávicas costumbres de una familia que no soportaba las temperaturas bajas. Lo cierto es que nunca había tenido la oportunidad de conocer el hielo.

No es que no lo hubiera visto en las fotografías de la Enciclopedia Salvat que estaba en la biblioteca de mi padre, o supiera que los helados se hacían en las neveras, pero en casa la carne se salaba ?como en los viejos tiempos-, para que se preservara. Incluso podía relatar el hundimiento del Titanic en abril de 1912, en el mar del Norte, al chocar contra un iceberg (El extremo absoluto del hielo, con excepción del Polo Norte o Sur, según la geografía). Lo que sucedía realmente era que yo, este mismo que hoy lo narra, no había tenido la helada experiencia de observar ni la más diminuta partícula de hielo. Y eso aterraba.

Suponía que era lo normal. El hielo y yo no teníamos asuntos en común y apenas nos escudriñábamos a la distancia. Sin preguntas. Sin respuestas.

Entonces entendí que estaba errado. Todos conocían el hielo, menos yo. Lo intuía mi percepción, lo decían los mudos labios de mis compañeros que pasaban de largo las hojas de sus libros, sin que trasluciera ningún sentimiento de extrañeza o desconcierto: ellos lo habían experimento. Yo solo tenía referencias.

No voy a mentir, la segunda reacción fue un deseo incontenible de conocerlo. Tan fácil como comprar una paleta en la tienda de la esquina a la salida del colegio. Pero mis principios no lo permitían y aún en esa época, era un hombre de principios. Cómo violar los sagrados preceptos de mi hogar?. Cómo atreverme a desbaratar de un tajo la tradición cuidada y protegida de generación en generación, por bisabuelas montañeras en las cordilleras encumbradas de un pequeño pueblo con nombre de agua fresca?. Escondí el Libro en el último rincón de mi cuarto, y tome una decisión, por primera vez en mi corta vida; deshacerme de la idea casi pecadora, de llegar a conocer el hielo.

Me persigue. El Libro me persigue. No sirvió de nada esconderlo, arrancar sus hojas, quemarlo en la hoguera cual inquisidor, botar las cenizas en la basura, permitir que el tiempo pasara, llenar mi estudio ?de adulto-, con otros libros… El, el único y repetible, me perseguía.

Mi fama de lector creció a la par con la edad. Hasta el día de mi matrimonio, algún tío ingenuo, apareció en la fiesta regalándonos feliz, la última edición del Libro –con comentarios al margen del autor-. La cumbre de la literatura contemporánea. El Libro… y con él… el hielo.

Mi esposa dichosa se deleitó con su lectura y compró un atril igual al de la Biblia, para que los hijos que llegaran se acostumbraran desde la cuna a sus perfectas letras. Tuve que aceptarlo porque aún la amaba y el amor nos hace ciegos, pero tenía la prudencia de salir por el garaje, para evitar mirarlo cada vez que mis pasos me llevaban a la calle.

Sobra decir que el Libro fue la causa de nuestra separación, cuando insistió en querer compartirlo conmigo, después de hacer el amor.

El Libro me perseguía: en los lugares más remotos, traducido a todos los idiomas, en la tele, los periódicos, el puesto de dulces o las busetas que prefería tomar, pensando estúpidamente que los pobres no tenían dinero para gastar en libros, cuando el hambre les quemaba las entrañas. Donde fuera, donde estuviera… hasta en mis propios sueños que arrasaba sin tregua ni caridad.

Ayer encontré una mujer. Simple y elemental. Que no sabe mucho de libros y menos del Libro, en particular. Su amor fue un torbellino de emociones, una orgía de placeres, una utopía carnal.

Quiero verla de nuevo, perderme en sus caricias, volverme un gemido con los suyos…, es que me pesa la soledad y me quiero enamorar.

Pero tengo miedo. Un miedo que es el mismo pánico de mis nueve años, de un pasado que creía superado con creces, a pesar de la persecución.

En un momento de la noche se quedó callada  y yo, sin pensarlo se lo advierto, dije por decir, rompamos el hielo –una frase suelta nada más- Ella se levantó de la cama, trajo una bolsa mojada y un martillo de cocina, y riéndose a carcajadas me lo entregó: rómpelo mi amor, rompe el hielo…  ¡tuve que enfrentar la realidad!.

Lo peor fue que esta mañana, al atreverme a abrir los ojos, estaba allí. En actitud triunfante y vengadora. Era El, el Libro, que no dejaba de observarme desde la pila de libros viejos que ella tiene arrumados en la esquina de su habitación…

Corto tiempo después, frente al espejo, el abogado Alvaro Ramírez, había de recordar aquella madrugada cercana en que una mujer lo llevó a conocer el hielo. Y aquí estoy, intentando sobrepasar el punto y seguido de este destino que me pertenece, parece…sin querer.

* Este texto surge como consecuencia de Un libro, un cuchillo, publicado en la edición de domingo de El espectador, y que reproducimos a continuación.

Un libro, un cuchillo

Fernando Araújo Vélez

La primera vez que oyó su nombre, Nietzsche, fue porque un compañero de estudios de Zipaquirá lo citó en una enrevesada discusión de universidad que tenía que ver con la compasión y las ataduras del amor, pero él no comprendió mayor cosa.

Luego se lo encontró en algunos de los libros de Hermann Hesse y en una cita de Fernando González Ochoa, pero huyó de su nombre. Le tenía pánico. Su miedo a Nietzsche era como un miedo a aceptar su ignorancia y su estupidez, pues Nietzsche le sonaba a profundidad, a verdad, y sobre todo, a que le podía romper su vida cómoda y tranquila para siempre. Nietzsche, en últimas, le sonaba a pecado.

Con los años, el temor-obsesión aumentó. Una tarde de viernes, distraído, buscó en la biblioteca de la universidad algún libro de él o sobre él. No halló nada. Cuando le preguntó al asistente del director, tuvo que conformarse con un escueto “está agotado”, que, más tarde comprendió, era en realidad un “está prohibido acá”. Revisó en su casa y en las casas de sus vecinos. Nada. Esculcó en la librería del barrio. Nada. Cada “nada” era un aguijón más de curiosidad que se le clavaba. Cada “nada” era un paso más hacia el infierno que temía. La última mañana del año de 1992, un amigo de eterno abrigo azul le llevó de regalo una edición de calle de Así hablaba Zaratustra, las hojas medio sueltas, la tapa amarillenta, las letras parcialmente impresas. Él se sumergió en Zaratustra. Leyó, subrayó, gritó, deliró, comprendió, lloró, sonrió, provocó. Celebró que alguien hubiera dicho lo que él no podía decir. “Romped, rompedme las tablas”, “Esto es lo único que he aprendido hasta ahora, que el hombre necesita para sus mejores cosas lo peor que hay en él”. Celebró la vida, las pulsiones, el arte. Maldijo las herencias, el interés de ciertos buenos, las recompensas. Y leyó de nuevo. Dos, tres veces. Una noche se encontró con una actriz que le contó las penas de su vida. Su desdicha, el desamor, el sinsentido. Él le regaló aquella edición callejera de Zaratustra, con sus tachones y sus frases y sus líneas.

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