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El concierto que yo viví

Paul McCartney en su concierto en Bogotá. Crédito: EFE
Paul McCartney en su concierto en Bogotá. Crédito: EFE

Luis Felipe Barrios (*)

Si bien el 8 de Diciembre de 1980 fue una de las fechas más devastadoras de mi vida, el 19 de Abril de 2012 fue una de las más felices, una especie de renacer. En aquél ya lejano y poco soleado Diciembre de mi recuerdo, no solo viví la tristeza, la nostalgia, la frustración porque alguien llamado Mark David Chapman me arrebató para siempre la muy remota posibilidad – aunque posibilidad al fin y al cabo – de ver y oír a John Lennon en vivo en algún lugar del mundo, sino que me uní de corazón a una cadena infinita de llantos y flores blancas con las que despedimos a aquel hombre genial que habló de paz y  murió en la violencia, ese que nos dio esperanza, que se desnudó de cuerpo y alma, que llego a ser tal vez el más humano de los hombres después de haberse creído más conocido que Jesucristo y que tras su inesperada muerte que lo convirtió en leyenda, dejó una  hermosa e indeleble estrella sembrada en Central Park, nos puso a imaginar sueños a todos y gracias a él somos muchos los que seguimos pensando que la paz siempre merece una oportunidad.

Entré en contacto con el Rock and Roll y particularmente con los Beatles hace muchos años, más de treinta y cinco, con los míticos álbumes rojo y azul que compramos junto con mi hermana en Codiscos de El Lago. Me pareció música apta para niños – no debía tener más de 12 años en ese entonces – aunque mi papá, melómano amante de los grandes clásicos, miraba con cierto desdén y preocupación a esos músicos mechudos y barbados que producían estridencias casi ininteligibles para una mente conservadora en materia de gustos y armonías. El caso es que los acordes ciertamente infantiles de Yellow Submarine me sedujeron y solo fue cuestión de meses para empezar a conocer, entender y sobre todo disfrutar de himnos inmortales como Hard Day’s Night o Help! solo para mencionar dos íconos. Desde entonces Sir Paul McCartney y sus tres compañeros se convirtieron en un mito. Sargent Pepper fue una revelación que me introdujo en el mundo del Rock and Roll, mundo del cual ya no salí. Pink Floyd, los Rolling Stones, Jethro Tull, el virtuoso Eric Clapton cuyas legendarias ejecuciones de ese delirio de George Harrison llamado While My Guitar Gently Weeps son un alimento para el alma y el recuerdo, Genesis, Led Zeppelin y su escalera sideral, en fin, todo ese mundo de genialidad, sicodelia, colores, composiciones y ejecuciones magistrales nació de las creaciones de Lennon y McCartney, ellos son las figuras centrales, los dioses del olimpo del rock que fundé en mi imaginación.

El fanatismo por Los Beatles llegó a extremos inverosímiles de conocimiento de fechas, anécdotas, interpretaciones e historias, muchas de las cuales fueron comentadas por estos días, la mayoría ya publicadas en los muchos documentales, artículos y libros que se han publicado sobre el grupo y sus miembros. Pero en mi caso particular los Beatles también marcaron un modo de vida, una forma de ser. Aprender desde pequeño que la vida es muy corta para andar perdiendo el tiempo en peleas y discusiones, o que cuando está uno enredado puede tomarlo con calma, dejarlo pasar, que no tiene que cargar el mundo en los hombros, no solo fueron letras de hermosas canciones, han sido señales orientadoras en mi vida.

Por todo esto un tipo como Paul McCartney se convirtió en mi imaginario juvenil que afortunadamente todavía conservo o por lo menos hago lo posible por conservar, en una especie de ser soñado, parte ficción y parte realidad, alcanzable solamente vía DVD o costoso tiquete de avión. Que ese ser mítico se pudiese convertir en alguien de carne y hueso que iba a respirar, caminar, mirar, tocar cantar, en fin, existir durante algunas horas en el estadio de la 57 con 30, a pocos kilómetros de mi casa, en la lluviosa Bogotá del alma y muchas veces del olvido, parecía más bien una broma.

Reconozco, sin vergüenza alguna, que en la noche 19 de Abril de 2012, en las graderías del Estadio El Campín no grité, no salté, casi ni siquiera aplaudí. Quedé atónito, extasiado y mudo. Cuando después de mucha espera sonaron los primeros acordes del misterioso y mágico viaje al que se nos invitaba a las más de treinta mil almas que vibramos a partir de aquél momento en la misma frecuencia, solo abrí mis sentidos para que cada segundo quedase grabado en mi memoria con mayor nitidez, color y potencia que en mi aparato celular. Y valió la pena, pues el guía en este viaje fue un inmenso joven de 69 años, repleto de vitalidad, de energía, de calidez, de amor por su público, por la música, por la vida.

Que el autor de Hey Jude nos invitara a cantar con él al unísono, que Let It Be se deslizara como un bálsamo hipnótico por el aire hasta nuestros oídos, que Yesterday en vivo tuviese el mismo encanto de la primera vez que la escuché en aquel viejo acetato, que cuando menos tres generaciones estuviesen unidas por la misma música, por el mismo genio en tarima, fue algo sencillamente mágico y legendario.

Fue un concierto sin mácula, fue una noche perfecta. En algún momento miré hacia la boca de uno de los accesos a la gradería y observé a las niñas vendedoras de refrigerios extasiadas con el espectáculo junto a fanáticos de todas las edades, junto a agentes de Policía de brazos cruzados y mirada relajada, junto a jóvenes que cantaban todas y cada una de esas viejas canciones como si hubiesen crecido con ellas, como si hubiesen vivido en los sesentas. Entonces tuve la certeza de que, en ese preciso instante, todo de pronto cobraba sentido, todo realmente había valido al pena, que finalmente allí, en sintonía con miles de almas desconocidas, nos sentimos amigos, iguales,  identificados, unidos. Que sin duda, Love is All You need.

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(*) Colaborador.

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