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El atormentador de sí mismo

 

254, Flickr, d3b
254, Flickr, d3b

En medio de la confusión

El diablo propuso un trato

Él me ayudaba a morir

Si yo no le seguía pegando

Anderson Benavides *

No vacilo en reconocer que por un instante me había vuelto a interesar por los recovecos de mi pesada y angustiosa vida, que a pesar mío me había enfundado en un traje que no estaba hecho para mí, que quizá aquel estado de ánimo era solo producto de una maligna irreverencia para conmigo mismo, que la enervante monotonía del hospital en que me encontraba me arrastraba medio dormido a tales desvaríos de la imaginación, que estar tieso como un poste en una cama durante más de una semana en esa fosa asfixiante volvía a hacer de mí el remiendo de hombre que había buscado inútilmente alivio en las penumbras del suicidio.

Sobra decir que “el patas” y la narcosis moral con que se había aparecido – porque, créanme, el diablo moraliza tanto que a veces parece estar pontificando- no eran la causa de la amortiguación momentánea de mis resentimientos. Es más, personalmente no tenía idea de qué hacía allí ese diablejo fracasado e inútil que meses atrás no había tenido remilgo alguno en proponerme el negocio de una muerte práctica a cambio de irme a vivir con toda su parentela.

Llegó de repente a mi lecho de sufrimiento como quien acude a las desgracias ajenas en calidad de comadre cotillera, vestido como el más afeminado entre los afeminados, con el ramplón soniquete de siempre en la pronunciación de las palabras más corrientes y tomándose el derecho de tratarme otra vez como su semejante, pensando quizá que iba a volver a caer como un idiota en sus redes.

Quise responderle con todo el desprecio que aquel engatusador divorciado del mundo merecía, solo para ver cómo se descomponía su rostro informe de bromista rematado tan pronto le aclarara lo fastidiosa que me resultaba su presencia.

Sin embargo, tan pronto me disponía a hacerlo, mi despistado médico irrumpió en la habitación a recitarme sus venerables trabalenguas, a plantear sus elucubraciones medicinales y a recordarme que poseía todos los títulos excepto el de la entera competencia. Su desinterés por mi estado de salud, que de hecho era superior al mío, sumado a su afán por disimularlo, me confirmaban que estaba en manos de un completo olvidado de la medicina; de un hombre que únicamente quería enriquecerse peso a peso a costa de la salud de sus pacientes; de un charlatán empedernido nacido para llenar su panza en detrimento de la humanidad.

Entonces,  por quién sabe qué razón, el “maligno” supuso conveniente dirigirse al galeno y preguntarle las cosas más estrafalarias que se le ocurrieron sobre mi salud, él siguió enjaretando por doquier sus lecciones científicas y yo me quedé ensimismado en mis cavilaciones, maldiciendo ante todo el vertedero de basuras al cual había ido a parar.

El hedor insoportable de ratonera, la sopa de tripas sobre la mesa, los nutridos grupos de desocupados transitando por el pasillo, las enfermeras entrando y saliendo en manada con su espíritu de subordinación, y uno que otro enfermo terminal luchando en balde contra su calvario: ver ese horripilante y repulsivo cuadro era mi mayor ruina y el punto culminante de mi desesperación.

Una vez terminaron de parlotear, el patas volvió a mí bañado en un patético raudal de lágrimas que me dejó perplejo, me insinuó que nadie distinto a él era mi único consuelo tanto en la muerte como en la vida y con una fría audacia agregó que lamentaba todos los inconvenientes que sus descuidos habían acarreado, pero que nuestro fracaso se debía a que habíamos minusvalorado los intereses de su rival. Yo no pude contener la risa y con mi voz desfallecida me limité a gritarle al médico, que iba de salida:

 

–       ¿Ya casi me sacan de este torturante estado de conciencia?

  

Él soltó a su vez una carcajada seca de hombre bien alimentado, creyendo quizá que lo que le acaba de decir era fruto de una alegría reprimida durante mucho tiempo. ¡De mi alegría por haber quedado vivo –sería-! ¡Qué cosa tan atroz! Luego se largó como había llegado: como un manso y triste formalista hundido en el fondo de su mediocridad.

La tumba se había vuelto atractiva para mí desde el instante en que me empecé a cansar de deslomarme trabajando a diario como un notable criado oficinesco; de no ser más que un autómata de palo aunando fuerzas para no convertirme en un senil esqueleto forrado de piel una vez llegara a viejo; de sobrevivir con la sorda esperanza de librarme algún día de las deudas que me abrumaban y no dejaban de crecer; de la exacerbada malicia de los mercachifles de toda laya y su desmesurada altanería; de tener que agachar la cabeza ante la indigencia mental y el espantoso amor propio de mis patronos para ganarme el derecho a producir y consumir; y, más que nada, de mantener la boca cosida como un simio amaestrado y ponerle coto a mis impulsos y deseos para recibir como paga un mísero mendrugo de pan.

Todo esto había arraigado en mi espíritu llagas indelebles, crueles tormentos y una profunda indignación, a los que únicamente les podía poner fin tomando de una buena vez el cuchillo por el mango. El mejor descanso, sin género duda, era la sepultura.

Así fue como una noche decidí seguir el consejo del farsante aquel de seccionarme la garganta y esperar que mi cuerpo perdiera el peso de su sangre. Y aunque valor no me faltó para pasarme el afilado puñal  lenta y profundamente por el cuello, en un rapto de entusiasmo que todavía no comprendo decidí arrojarme desde el balcón del quinto piso en el que vivía para que el impacto con el asfalto me desbarajustara hasta dejarme bien muerto. Pero, para colmo de males, el suicidio dechado de perfección que esperaba se frustró por completo cuando aterricé justo dentro de una alcantarilla de aguas negras que casual y calamitosamente para mis esperanzas estaba en ese momento sin tapar. En resumidas cuentas, no terminé haciendo más que el ridículo como un vulgar juerguista al que tienen que recoger del suelo para desembriagar a la fuerza.

De ese modo terminé en el hospital y, a decir verdad, puedo concluir que el enigma de mi “tranquilidad” no significaba más que el reflejo exterior de una sonrisa sardónica inevitable, fruto de mi ingénito instinto de fracasado de toda índole. En efecto, a la postre acabé por comprender que ni de edificar mi propia muerte era capaz. ¡Ni siquiera con la ayuda del mismísimo “señor de las sombras”!

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(*) Colaborador.

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