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Drogba, o la fuerza de la rebeldía

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Fernando Araújo Vélez 

Didier Drogba ingresó a la cancha el sábado pasado, más allá de los 50 minutos, cuando su equipo, Costa de Marfil, perdía 1-0 con Japón en el debut de la Copa del Mundo. Ingresó, habló, miró, ordenó, y su equipo cambió de actitud. Su presencia fue suficiente. Su liderazgo. En cinco minutos, los marfileños ganaban dos por uno. Drogba sólo había tocado dos veces la pelota, pero no necesitó hacerlo más. Su influjo fue más importante que su capacidad netamente futbolística. Su presencia, más que sus goles. Como el Cid, su nombre fue pánico para los rivales, y fuerza para sus compañeros.

Desde hace varios años, Drogba ha sido una especie de dios negro en Costa de Marfil. Fue él quien unió a las facciones enemigas del sur y del norte para firmar una paz cuarenta y tantos años anhelada y rechazada. Fue él quien se reunió con los líderes de esos dos bandos para ofrecerles sus victorias, la clasificación al Mundial del 2006, por ejemplo, a cambio de una firma de paz, de no guerra, de no muerte. Cuando habló de ello por vez primera en Abiyán, su ciudad, sus padres y la gente que lo conoció de niño le dijeron que no, que no se arriesgara, que no se metiera en la boca del lobo. Él sonrió con gesto de ironía. Ya había tomado su decisión.

Ya había decidido ser rebelde, rebelarse contra la comodidad, contra los millones que ganaba en el Chelsea inglés, contra los miedos, y sobre todo, contra el poder de los poderosos. Si él era ídolo, a él lo escucharían más que a ningún otro, decía. Si él se arriesgaba, a él lo seguirían. Así ocurrió. Drogba fue a Bouaké a llevarles la victoria a los combatientes del sur de su país, y esos combatientes lo recibieron y firmaron la paz en el que llamaron Estadio de la paz, el 31 de julio de 2007.  Un futbolista había conseguido el armisticio que los políticos no habían logrado, ni con la guerra ni con sus palabras. Un simple y llano futbolista. Un rebelde más, que saldrá a la cancha a enfrentar a Colombia en Brasil.

Un rebelde más, de esos pocos que han entendido que la idolatría va más allá de firmar autógrafos, sonreír y acariciar en la cara a los niños. Que estará alineado con los suyos, los marfileños, y con los otros suyos, los rebeldes. Los que se atrevieron a desafiar a los dueños del mundo. Los que se enfrentaron a los medios de comunicación que manejaban esos poderosos, y sin saberlo en algunos casos, cantaban como Serrat, “entre esos tipos y yo hay algo personal”.  Muchos años atrás, más de 80, fue un tal Mathías Sindelar, quien prefirió suicidarse en su departamento de Viena antes que jugar para el régimen nazi de la Alemania de Adolf Hitler. Con el paso del tiempo regaron su nombre, su imagen y su vida de flores y espadas. Había sido un héroe.

Algunas décadas más tarde fue Manoel dos Santos, a quien apodaron Garrincha pues según sus mismas palabras, el Garrincha era un pájaro muy veloz que no servía para nada, “como yo”.  Fue borracho, algo pendenciero, ingenuo, mujeriego, infiel, regó de hijos sin padre a Brasil, se enfrentó al paradigma de la perfección, Pelé, diciendo que “Pelé es como todos, ni más ni menos, no es ningún rey ni dios”.  Mientras fue grande, ídolo, Dios de piernas torcidas, la prensa lo crucificó.

Luego, cuando sólo provocaba compasión y, decían, recorría Italia para jugar partidos a cambio de unos pocos dólares acompañado de un Chico Buarque entonces adolescente, comenzaron a ser benévolos con él. Era poco humano, poco cristiano pisotear aún más a quien ya no podría salir del fango. “Los eternos benefactores” de la sociedad promovieron campañas para salvarlo, los líderes lo subsidiaron, los beatos rezaron por él, pese a que todos sabían que no tenía remedio. Cuando murió como un N.N., 31 años atrás, todos ellos limpiaron sus culpas, las tuvieran o no

Para entonces, 1985, parecía que los tiempos de los rebeldes habían culminado, o estaban por extinguirse. Los años 60 con sus melenas, revoluciones estudiantiles, rock, art pop, peace and love, camisas de flores, marihuana y psicodelia, Rayuela, The Rolling Stones, el Che y Cassius Clay, Suigéneris, Caetano Veloso, los recuerdos de Albert Camus y James Dean, Janis Joplin, Luther King y Víctor Jara  habían sido “ridiculizados” por los grandes emporios y sus representantes. “Una época linda y romántica repleta de fracasados”, dijeron.

Aquellos “fracasados” no llegaron hasta la luna, pero delinearon el camino, y por ese camino surgió Diego Maradona, que reventó los establecimientos con sus palabras y groserías, sus propuestas y protestas, como aquella de armar una especie de sindicato en el Mundial del 86 para que los partidos no fueran a la una de la tarde, y el sol y la altura de México no perjudicaran tanto a los jugadores. Era un asunto de televisación, le dijeron. Horarios cómodos para Europa, como lo que ha ocurrido en la Copa de Brasil este año.

Después el presidente de la Fifa, Joao Havelange, lo mandó callar. “Dígale al bocón de Maradona que no hable más”, dijeron que le susurró a Julio Grondona, luego vicepresidente de la Fifa. Maradona no se calló. Ni en aquel instante ni después. Su única arma era y fue el fútbol. Podían negarle visas, espiarlo, amenazarlo, delatarlo por su adicción a las drogas y cuestionarlo, pero él, en un partido, obligaba a sus detractores a rendirse a sus pies. Cayó, mil veces estuvo al borde de la muerte.

Le rompieron las piernas, como dijo entre sollozos en el Mundial de 1994 luego de su segunda suspensión por doping. No obstante, siempre terminó por levantarse, y de pie continuó con su sarta de imprecaciones y denuncias. Incluso, con sus gestos solidarios invisibles, que por invisibles es preferible callar. “Cuántas veces me mataron, cuántas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucitando”, parecía ser su canción. Tal vez no le perdonaron sus resurrecciones. Nada más arrogante que un drogadicto que se levanta y acusa, nada más despreciable que un “cabecita negra” de Villa Fiorito-Villa miseria proclamando “sus” verdades.

Tanto ofendió Maradona a los aristócratas de barrio que hasta los intelectuales y políticos se dedicaron a rebatirlo en sus tesis y libros, como Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa en la segunda edición del Manual  del Perfecto Idiota  Latinoamericano. Ni a ellos ni a los poderosos de siempre y sus señoras les cuadraba que un personaje que salía todos los días en los medios luciera tatuajes del Che, visitara a Fidel Castro y hablara con Hugo Chávez.  Ninguno había podido sepultarlo.

Lo intentó Carlos Menem, cuando por tapar escándalos de narcotráfico en su gobierno lo mandó apresar a la vista de camarógrafos y curiosos, lo intentó Havelange y lo intentó Berlusconi como presidente del Milán. Lo intentaron cientos de miles de periodistas y fanáticos que llevados por el “deber ser” impuesto por los “santos” consideraban que él era un transgresor agresor.  ¿Un peligro por sus palabras?

Su rebeldía jamás declinó. Cinco años atrás, cuando Argentina clasificó al Mundial, les dijo de todo a varios periodistas. El triunfo, una vez más, como antes, era su venganza contra el mundo. La Fifa, una vez más también, lo suspendió y multó. En diciembre, durante una entrevista, a Joaquín Sabina un periodista de televisión le preguntó sobre ciertos personajes que le criticaban sus relaciones con funcionarios del alto gobierno. Respondió que les diría como el sabio Maradona y guardó silencio. El periodista volvió a interrogarlo. Entonces Sabina contestó que si lo decía lo podrían suspender, como a Maradona.

Sabina ha sido uno de sus “fans”, como Emir Kusturika, que hizo una película sobre él, como Andrés Calamaro o Rubén Blades, que le compusieron canciones, todos ellos, personajes salidos de la línea del Bien, desafiantes, rebeldes, hijos de los 60. Todos ellos, enemigos de lo establecido, dibujado, decidido.  Todos ellos, y Drogba, Sindelar, Garrincha, Carlos Caszelly, Eric  Cantoná, Higuita, Gerard Muller y Romario, destinados a la quinta paila del infierno.

 

 

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