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Diómedes y otras islas del fin del mundo

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Por Paul Brito

Existen dos islas separadas por apenas 4 kilómetros pero por un día en el tiempo: las islas Diómedes, ubicadas en medio del Estrecho de Bering. La más grande de las dos y más cercana a la orilla de Siberia pertenece a Rusia. La menor y más cercana a Alaska es de Estados Unidos. Por medio de ellas entraron presuntamente los primeros habitantes al Nuevo Mundo, después de que la última glaciación creara un puente de hielo entre ambos continentes.

Entre esos dos islotes se encuentra la frontera que separa a Rusia de Estados Unidos, a Asia de América, al Este del Oeste, al fin del mundo del comienzo de otro. Por entre las dos pasa, además, la Línea Internacional de Cambio de Fecha, una línea imaginaria que atraviesa el océano Pacífico tomando como referencia el Meridiano 180°, también conocido como el antimeridiano principal. Esta línea le otorga a las islas Diómedes un día diferente a cada una, a pesar de que comparten la misma hora solar.

En el colegio nos hablaron siempre de la Cortina de Hierro, de su frontera entre dos mundos, el capitalista y el comunista; entre dos bloques, la OTAN y el pacto de Varsovia; entre dos filosofías de la libertad y de la vida. Pero casi nunca escuchamos hablar de la otra frontera, más concreta y específica entre las dos superpotencias que ejercían de líderes de sus respectivos bloques: la llamada Cortina de Hielo.

En aquella época, el mundo temía escuchar el zumbido de los misiles intercontinentales recorriendo miles de kilómetros de un extremo al otro del mundo, cuando en realidad los soldados de los dos países podían haberse atacado a puño limpio en el canal de hielo que se forma entre las dos islas Diómedes. La Unión Soviética decidió desalojar la población que había en la suya para instalar una pequeña base militar que hoy está abandonada. De esa forma evitaría cualquier relación o intercambio entre ellas.

En 1987 la norteamericana Lynne Cox, en un intento por bajarle la tensión a la Guerra Fría, cruzó nadando los cuatro kilómetros de agua que separan las dos islas en los meses menos fríos. Su audacia fue celebrada tanto por el presidente Gorbachov como por el presidente Ronald Reagan. Pero para muchos lo más sorprendente no fue eso, sino enterarse de que Lynne había comenzado a nadar a la 1 de la tarde del 7 de agosto y había llegado a la otra orilla a las 12 del mediodía siguiente, a pesar de que solo había nadado durante dos horas y seis minutos.

Suponiendo que Diómedes Mayor todavía estuviera habitada, una persona que festejase el año nuevo en este lugar podría caminar durante 10 minutos por el tramo de mar congelado, llegar a la isla menor (esta sí habitada por una población de 140 personas), dormir, superar el guayabo y prepararse todo el día para otra celebración de año nuevo. En esta zona del mundo tendría sentido lo que el trasunto de Charlie Parker dijo en un cuento de Julio Cortázar, si se le diera por pasar de la isla pequeña a la grande tocando su saxofón: “Esto lo estoy tocando mañana”.

Las convenciones humanas siempre dejan un remiendo por algún lado. El hombre al fin y al cabo es eso: una fisura en el universo, una pieza que no encaja del todo en su rompecabezas. Hasta las ciencias más exactas, como la matemática, están llenas de paradojas y contradicciones. Modelos y sistemas nos han permitido comprender más el mundo y adueñarnos de él, pero siempre queda un margen inaprensible donde el mundo mantiene su pureza, su fidelidad irrestricta a sus propias leyes.

Esa misma brecha es la que existe, por ejemplo, entre el lenguaje y los objetos. El escritor siente ese abismo cuando llega al fondo de una idea que quiere trasmitir. Algo siempre se escapa a la red de sus palabras, una voz secreta queda susurrando sin idioma en su interior. Mientras tanto, el mundo sigue inmerso en su propio silencio, indiferente a nuestros afanes, aislado, fiel a sí mismo.

 

Sucesión y engaño

Antes de ponerse de acuerdo con la aplicación de los husos horarios, las poblaciones usaban la hora media solar para fijar el horario local. Sólo hasta 1884 se decidió en una convención geográfica realizada en Washington establecer como origen, tanto para la longitud geográfica como para los husos horarios, el meridiano de Greenwich o meridiano 0°, que pasa por un observatorio en un municipio de Londres. Así quedaba establecido también el antimeridiano o meridiano 180° como la Línea Internacional de Cambio de Fecha.

La razón para elegir este meridiano como el empalme final del mundo es que atraviesa zonas oceánicas prácticamente despobladas. En la práctica, sin embargo, la línea zigzaguea para esquivar las tierras emergidas y también para adaptarse a las decisiones horarias de algunos estados. Esta es la razón por la que hay 26 y no 24 horas de diferencia entre el primero y el último huso horario.

Después de esa reunión en Washington, el meridiano de Greenwich comenzó a ser reconocido como la marca de referencia para la mitad del día y el meridiano 180° como la señal principal para la mitad de la noche. Se dividió el planeta en 24 bandas verticales de 15º de longitud partiendo del meridiano 0. Hacia el Oriente se restaría una hora por cada meridiano y hacia Occidente se iría sumando una. Así, por ejemplo, mientras en Londres son las 12 de mediodía, en Colombia, a unos 75° longitud occidente, son las 7 de la mañana (GMT-5).

La idea de la línea internacional del cambio de fecha no era tan nueva cuando se hizo el acuerdo. Ya los textos talmúdicos a finales del siglo XII se referían a la necesidad de que hubiera una. Los académicos sirios y franceses analizaron la «paradoja del circunnavegante» en el siglo XIII. Tres personas se encontraron en el mismo lugar a lo largo del Ecuador; una viajó alrededor del globo hacia el este, otra viajó alrededor del mundo hacia el oeste, y el tercero permanece en el lugar donde los tres estaban. Los dos viajeros regresan al punto donde el tercero espera y cada uno cree que ha pasado un número diferente de días.

“Sucesión y engaño es la rutina del reloj/ El año no es más vano que la vana historia”, decía Jorge Luis Borges. El reloj, el calendario y demás esquemas humanos son espejismos o engaños voluntarios. El hombre ha elegido transar con el mundo bajo sus propios términos, pues sabe que entregarse sin condiciones a él sería perder los contornos de su propio universo.

Su impulso por ordenar, sistematizar y catalogar el mundo lo ha llevado a privilegiar la precisión y el rigor del detalle, al tiempo que lo ha hecho perder su conciencia de la totalidad. El vertiginoso desarrollo científico, tecnológico e industrial de los últimos dos siglos ha apostado por abarcar minuciosamente el mundo, pero en la misma proporción nos ha hecho desatender la visión del conjunto.

El hombre vive desde hace siglos en un mundo redondo, pero todavía necesita asumirlo como una extensión plana para poder pensarlo y administrarlo. Si se atreviera a asumirlo redondo e infinitamente rico en niveles y planos, tendría que aceptar que vive en un día continuo, en un espacio siempre más grande que su mente, en una realidad que escapa a sus métodos y medidas.

Dando vueltas sobre sí mismo, el planeta nos transmite la sensación de que cada día es uno nuevo, pero en verdad transcurre bajo el mismo día solar. No hay un lugar en el sistema solar en que efectivamente sea mañana o ayer. Para el sol, siempre es de día. Pero en cambio para nosotros, breves y parpadeantes criaturas, el mundo no siempre es de día, no siempre está lleno de luz y materia, nos toca rellenar las partes vacías con sombras y abstracciones.

 

La línea de cambio de mundo

En el año 2011 una isla muy cercana a la Línea Internacional de Cambio de Fecha y ubicada en el Pacífico Sur, Samoa, realizó un cambio drástico en su calendario. Se saltó un día para acercarse al horario semanal de Nueva Zelanda y Australia, países con los que tenía más relaciones comerciales que con Estados Unidos. Antes de hacer su traslado en el tiempo se solían perder dos días de negocios, pues cuando en Samoa era viernes, en Nueva Zelanda y Australia era sábado. Y a las horas del domingo en las que los samoanos iban a playa o se quedaban haciendo zapping en sus casas, en Sídney y Wellington ya era lunes y sus habitantes estaban de vuelta al trabajo.

Durante más de un siglo, Samoa estuvo 5 horas por detrás de Washington, 10 de Londres y 21 de Sídney. Pero con la reubicación de la Línea Internacional de Cambio de Fecha al otro lado de la isla, Samoa saltó de la medianoche del 29 de diciembre a la del 31. De ser, junto con Hawaii, uno de los últimos lugares en recibir el año, se volvió uno de los primeros. Con esa maroma sus habitantes perdieron un día de vida.

Suena a broma, pero muchos samoanos lo tomaron mal, aun cuando el gobierno demostrara que la medida tenía más beneficios que desventajas. A quienes peor le cayó fue a los fieles de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Según ellos, el nuevo horario atentaba contra el ciclo de la creación de Dios en una semana. Tanto esta comunidad como la judía celebran ahora el Sabbat el domingo y no el sábado como dicen las escrituras. Antes de Samoa, otras poblaciones como Tonga y Fiji habían cambiado ya de hemisferio y de día, realizando igualmente el viaje al otro extremo del mundo sin moverse de su sitio.

Otra población que también había dado el salto al futuro fue Kiribati, un archipiélago ubicado en la zona central oeste del océano Pacífico, al noreste de Australia, y que hoy es el primer lugar poblado en darle la bienvenida a cada año nuevo. Pero el fin del mundo parece empeñado en seguirle pisando los talones y ya no de forma simbólica: el archipiélago actualmente corre el riesgo de desaparecer debido a la subida de nivel del océano Pacífico provocado por el cambio climático. El presidente, Anote Tong, anunció incluso que la isla desaparecerá y ha empezado a buscar por varios países de la región una patria de adopción para sus compatriotas. Lo que significa que les tocará pasar una vez más por el desbarajuste de un nuevo cambio de horario.

Nosotros en Colombia también tuvimos nuestro propio viacrucis con una variación desacostumbrada en el reloj. Para los que vivimos aquella época oscura entre mayo de 1992 y febrero de 1993, la hora Gaviria fue uno de los mayores traumas y trastornos que hemos sufrido los colombianos. El objetivo de ese nuevo horario fue aprovechar más la luz del sol y ahorrar más la eléctrica, para afrontar así el fenómeno climático del Niño que había disminuido el nivel de los embalses y represas de las hidroeléctricas. Pero esa medida para potenciar la luz del sol ocasionó más bien un racionamiento de luz en el fondo de nuestras cabezas. Los relojes públicos tardaron cuatro semanas en sincronizarse con la nueva medida y más de 1.000 municipios de los 1.024 que tenía el país se negaron a modificar sus relojes.

Me aventuro a pensar que la razón de esa profunda desorientación que nos lanzó a las calles como sonámbulos, con las medias de distinto color y mal afeitados, y que a otros tantos los hizo rebelarse contra la autoridad como nunca antes lo habían hecho, a pesar de la larga fila de leyes, impuestos y decretos aun más arbitrarios de los que siempre hemos sido víctimas, es que los seres humanos vivimos menos en la realidad que en el ámbito de nuestros signos y convenciones; menos en el mundo real que en marcas y sistemas de referencia tan arraigados a nuestro ser como las costumbres (ni hablar de los prejuicios). Y esto lo que viene a demostrar es lo afincados que estamos a la dimensión cultural y a la herencia simbólica de nuestra especie.

Para cambiar el mundo, el ser humano no necesita transformar la realidad, no requiere moverse ni siquiera un centímetro de donde está; basta con cambiar un poco sus esquemas o ampliar los símbolos con que representa el universo… Basta con trazar una línea imaginaria entre una isla y otra. O simplemente borrarla para darle paso a un nuevo mundo.

 

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