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De pinceles, letras y otros demonios: un recorrido por la relación entre el arte y los libros en nuestro país

Grau

«In Memoriam», de Enrique Grau.

Por: Juan Camilo Rincón*

Once años duró Pablo Neruda erigiendo su gran obra maestra. Corría el año 1949 y el nobel chileno ejercía como cónsul general en México; para entonces ya tenía en sus manos el manuscrito con más aliento, extenso y ambicioso en cuanto a contenido que había creado hasta el momento, en el que narraba su visión sobre nuestro continente y expresaba de manera única su amor por cada una de las culturas latinoamericanas.

El parralino sabía que debía sacar a la luz su Canto general –así lo tituló- de forma fastuosa; por ello lo publicó en 1950 en dos ediciones. La primera, bastante ostentosa, estuvo a cargo del Comité Auspiciador, conformado por algunos amigos que hizo en el país azteca; esta llegó a unos cuantos suscriptores de prestigio como la pintora mexicana Frida Kahlo, el escritor brasilero Jorge Amado, la poetisa Gabriela Mistral, el poeta cubano Nicolás Guillén, el escritor venezolano Miguel Otero Silva, el novelista Miguel Ángel Asturias, el pintor Pablo Picasso y el director de cine Luis Buñuel, entre otros. La segunda es una versión facsimilar, de menor tamaño, impresa bajo el sello de Ediciones Océano. Ambas tienen algo en común que las embellece de forma sutil: sus guardas, con imágenes que representan algunos fragmentos de los poemas de Neruda, fueron producidas exclusivamente para el poemario de manos de los más grandes muralistas mexicanos del momento: Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros

La relación profunda entre pintura y literatura era bastante común en Latinoamérica y Colombia no fue la excepción. A finales de la primera mitad del siglo XX llegó a Cartagena un joven español de padre colombiano que había viajado por Europa y deseaba dedicarse a la pintura. En nuestras costas conoció al pintor Guillermo Wiedemann, alemán que se mostraba encantado con nuestro país; al muralista bogotano Santiago Martínez Delgado, destacado por hacer una edición exquisita del facsímil de los manuscritos de El libro de versos de José Asunción Silva en 1945 acompañado con alguno de sus grabados; y al artista panameño nacionalizado colombiano Enrique Grau. “Muy rubio, de piel cuarteada por la intemperie, los ojos de un azul misterioso y una cálida voz de armonio”… así describió Gabriel García Márquez a Alejandro Obregón. Se conocieron en la librería Mundo de Barranquilla, lugar de tertulias de los intelectuales costeños de las décadas de los cuarenta y cincuenta. Años más tarde este espacio fue reemplazado como centro de reunión por La Cueva, lugar mítico para la cultura de nuestro país. Gabo decía de su compañero de arte y parrandas que, desde que lo conoció, “no sólo era desde entonces uno de los grandes pintores de Colombia, sino uno de los hombres más queridos por sus amigos”. Entre las historias descabelladas de sus encuentros está aquella que ocurrió en un bar de mala muerte donde se hacía un espectáculo de domesticación de un grillo como acto principal; allí, el insecto seguía las instrucciones de su entrenador, quien le había enseñado algunos trucos. Al final de la función y en medio del calor de los aplausos del público embelesado, Obregón se comió al animal y “lo masticó vivo con un deleite sensual” dejando atónita a la concurrencia.

Además de estos dos intelectuales también hacían parte del Grupo de Barranquilla Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Orlando Rivera -conocido como Figurita-, Julio Mario Santo Domingo y Álvaro Cepeda Samudio. Este último, uno de los grandes escritores colombianos del siglo XX, también alimentó una amistad muy cercana con Obregón. Evidencia de ello es que La casa grande, la obra más importante de Cepeda, publicada en 1962 por ediciones Mito, está dedicada al pintor. Además, en sus últimos años Cepeda escribió Los cuentos de Juana, libro que fue ilustrado por Obregón y publicado en 1972, luego de la muerte del autor.

Obregón, denominado padre del arte moderno colombiano por el crítico de José Gómez Sicre, tuvo otros afortunados encuentros con la literatura. Esto se debió en buena parte a la revista Mito, fundada por Hernando Valencia Goelkel, Jorge Gaitán Durán y otros intelectuales como Eduardo Cote Lamus, quienes buscaron impulsar a través de sus páginas el arte y la literatura en nuestro país en los años cincuenta y sesenta. Una muestra es la portada de la edición 37 – 38 de 1961 hecha por el pintor Wiedemann, o la número 30 de 1960 con una creación de Obregón y un análisis de su obra hecho por Marta Traba. Mito no solo era revista sino además un sello editorial cuyas obras se caracterizaban por ir siempre acompañadas por alguna ilustración. Sade. Textos escogidos y precedidos por un ensayo: El libertino y la revolución de Jorge Gaitán Durán tiene una ilustración del pintor colombo-español. De igual manera, este se encargó de la portada del libro póstumo La muerte en la calle, obra de otro amigo suyo también integrante de La Cueva, José Félix Fuenmayor, como una forma de agradecimiento por tantos años gratos de tertulias y compinchería. Tan mágico fue, que su presencia en las letras no se dio solo en la vida de personajes reales de la literatura; en su novela Tríptico de mar y tierra, Álvaro Mutis habla del encuentro de su personaje Maqroll el Gaviero con Obregón.

Otra artista relacionada con el grupo de Barranquilla fue Cecilia Porras, discípula y amiga del pintor, artista cartagenera de gran calidad infelizmente olvidada. Participó en la exposición “Three Women Painters of Colombia” llevada a cabo en Washington, así como en varios escenarios nacionales. Fue ella quien diseñó la portada de la primera edición de La Hojarasca de Gabriel García Márquez e ilustró el libro Todos estábamos a la espera de Álvaro Cepeda Samudio.

Otro gran colaborador de la revista Mito fue el pintor y escultor Enrique Grau, quien hizo ilustraciones para los libros Parábola de Ganimedes de Eduardo Mendoza Varela, Muestras del diablo de Pedro Gómez Valderrama y La tortuga: símbolo del filósofo de Andrés Holguín. Posteriormente el maestro participó en otras obras, ya por cuenta propia, como Iluminaciones de Arthur Rimbaud (1962) y la más conocida de todas, la portada de Zoro (1977) de Jairo Aníbal Niño.

Aquí un dato curioso: Grau se vinculó a otros asuntos también relacionados con el arte a través de sus amigos escritores. En los años cincuenta Cepeda Samudio soñaba con hacer algo de cine; en una velada con Gabo se le ocurrió hacer un cortometraje y pidió ayuda a su amigo Grau, quien en ese momento trabajaba como escenógrafo para televisión. Así empezó el rodaje de La langosta azul, una de las obras más importantes de la cinematografía nacional.

Mito recibió aportes no solo de creadores nacionales sino también internacionales. Tal es el caso de los pintores Juan Antonio Roda, español, quien ilustró para el libro Literatura y sociedad de Hernando Téllez, y el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, quien elaboró un retrato de Eduardo Cote Lamus para su poemario La vida cotidiana. Incluso Los hampones, opera de Jorge Gaitán Durán publicada en estas ediciones fue llevada al teatro con escenografía de David Manzur.

Las décadas de los cincuenta y sesenta fueron prolíficas para los grandes artistas que hoy son casi una leyenda y que para ese entonces estaban comenzando. Bogotá era el punto de encuentro de los intelectuales emergentes quienes veían en la capital la posibilidad de darse a conocer y establecer contactos con aquellos a quienes admiraban. Por ejemplo, el gran fotógrafo Leo Matiz ayudó en la realización de la primera exposición de Fernando Botero y tuvo una relación profunda con Gabo y Álvaro Mutis. Este último, encantador como era, trabó amistad con casi todos los escritores y artistas de su tiempo, tanto así que, luego de dejar la capital colombiana, se estableció en México y residió durante algunos meses en la casa del pintor Omar Rayo. Posteriormente, cuando fue encarcelado en la prisión de Lecumberri fue visitado por el artista colombiano Eduardo Ramírez Villamizar. En sus cartas a la escritora Elena Poniatowska, Mutis le comentó sobre la visita: “Ha llegado uno de mis mejores y más entrañables amigos. Se trata del pintor colombiano E.R.V. (…). Es un pintor extraordinario, muy serio y en mi concepto uno de los mejores abstractos que conozco. Además  una persona llena de admirables cualidades personales, bueno, noble y con una sensibilidad como rara vez se da”. Ramírez Villamizar tuvo otros contactos con la literatura, también fue portada de Mito e ilustró el primer libro de poemas de Gaitán Durán Insistencia en la tristeza.

Otro genio del arte que se vinculó al mundo de las letras fue David Consuegra, fundador de las revistas Nova en 1964 y Acteón en 1968. Entre los colaboradores de estas publicaciones se cuenta a Marta Traba, Manuel Hernández, Juan Gustavo Cobo Borda, Ernesto Guhl y Orlando Fals Borda, entre otros. Consuegra creó el “Concurso de Cuento Nova”, en una de cuyas ediciones resultó ganador Óscar Collazos. Este publicó en 1967 uno de sus primeros libros, Son de máquina con el apoyo de David, quien además diseñó la portada.

Un gran colaborador de las revistas de Consuegra fue su amigo, el poeta Jorge Zalamea, con quien sostuvo una relación de profundo cariño y admiración. Este pidió al diseñador gráfico que creara la portada de Las aguas vivas del Vietnam, una antología hecha por el poeta. La primera edición, que data de 1967, guarda una bella ilustración entre blanco y negro con fondo rojo con sello del autor.

Todos estos artistas, desde Obregón hasta Consuegra, pasando por Grau y Porras, dieron a cada obra literaria un toque que la embelleció, llenando con sus trazos y dando forma a los espacios vacíos. Las imágenes que acompañan a estas letras magistrales son testigo fiel, sustento y complemento perfecto de obras creadas por genios que se unieron en su búsqueda de lo magnífico.

*Periodista de la Universidad Externado de Colombia. Publicó en 2007 el libro Manuales, métodos y regresos con Arango Editores; en 2014 Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia con la editorial Libros & Letras, libro reseñado en varias publicaciones nacionales e internacionales; y en 2015 Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas, también editado por Libros & Letras, y presentado en Colombia, México y Argentina. 

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