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De incita-asaltantes, busca-puñaladas y otros criminales

 

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Por Ludwing Cepeda Aparicio

Vivimos en una sociedad que nos exige ser paranoicos, estar en constante alerta y zozobra. Sea dicho, entonces, que fuera de casa nos esperan los peores crímenes.

Hace algunos años, recién llegado a Bogotá, reparé en un hecho que para mí resultó novedoso: la desconfianza natural de las personas hacia los desconocidos. Una desconfianza que con el tiempo aprendí y ejercité hasta convertirme en alguien muy “prevenido”. Si embargo, es claro que, por ejemplo, si me asesinan o hacen daño no es mi culpa; no podría serlo, por su puesto. ¿O sí? ¡No me crean tan pingo!

¿Desde cuándo la paliza, la violación, la tortura —o todas juntas— son culpa de quien transita por una calle, de quien salió de su casa a ver las estrellas? Si esto es delito, que por favor nos avisen a todos. Porque en las noches me cruzo con muchas personas en cada esquina. Nos encontramos ante un nuevo “giro copernicano”, modelo sigloXXI. ¡Quién nos manda a resistirnos, a transitar por cierto callejón, a salir en horas poco luminosas, o apenas empezando el día! Como quiera que sea, somos victimarios de los infortunios que puedan causarnos otras personas. Eso nos merecemos por no prever que hay criminales con perversiones de lo más canallas, por no reparar, por ejemplo, en que la mayoría de “pequeños cleptómanos” —así, para no ofenderlos— tienen unos hijos y hermanos y padres y tíos y amigos y mascotas a los cuales llevarles un inocente pan. Quién nos manda a posar de “chicaneros”. A usar nuestro dispositivo móvil a la vista de nuestros congéneres. ¡Eso está muy mal! Entonces, eso es lo que nos merecemos, nosotros, los incita-asaltantes, los llama-violadores, los busca-puñaladas.

El sentido común nos ha jugado una mala broma. Pero pongamos la lógica en su sitio: un atraco no es más que un descuido e imprudencia ¡del tamaño de Júpiter y sus anillos!; una puñalada, el signo de una resistencia civil mal enarbolada; un manoseo o tocamiento por aquí y por allá, culpa de tener senos grandes; una violación, consecuencia del uso de minifalda, ¡ocurrencia bellaca!… del exhibicionismo que supone ¡ser mujer!, ¡u hombre, o niño… o anciano! Culpa de los discípulos de estas vilezas, jamás.

Nuestro delito es no andar armados, no llevar escoltas, no tener con qué aplacar la ira del ladrón, que nos encontró sin un peso y con una baratija de celular. Nuestro delito es ser los genuinos criminales. Y nuestra culpa, esa imperdonable falta de sentido de la inseguridad, pues damos por sentado que no estamos en un estado de guerra de todos contra todos. Lo que deben hacer estos gobiernos, por ende, es fortalecer ese instinto, fomentar el delirio de persecución, ese exacerbado sigilo instintivo que conservan las criaturas en plena selva. Un instinto de cucaracha de no asomar si quiera las antenas si se detecta la más mínima presencia humana.

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