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Cuando llegue el final

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Andrés Ramírez

El viejo restaurante de Calais no había cambiado desde la última vez. Sus viejas y desgastadas mesas resultaban confundirse con un más bien novedoso exterior. Por años atendió a los mayores empresarios y políticos de la ciudad, pero ahora los meseros sonreían si acaso una pareja de universitarios pedía dos tazas de café al día. Otro de esos lugares corroído por la historia que se construyó sobre sus propios cimientos.

Megan  propuso que la cita fuera allí, en el Calais. No la había visto desde que aquella vez descubrió una de mis aventuras y sin decir una sola palabra cambió de residencia, de teléfono y de recuerdos. Jamás intenté buscarla por una cuestión de principios y de orgullo aunque ella seguía allí, oculta entre las sombras creadas por su ausencia. Al llegar, saludé con un ademán de mano a los camareros y entré a la oficina de la octogenaria fundadora; amiga entrañable y benefactora de uno de mis fracasados libros. Sin mucho que decir, me asignó una mesa y repitió la misma frase que me dijo la primera vez que la vi hace ya casi 10 años: “Quédate tranquilo. Ella llegará o cenarás con su recuerdo”.

Tomé la mesa designada y pedí un café sin azúcar como siempre. Un ejército de camareros salieron de la cocina y los baños. Mientras algunos llevaban la tasa, otros alistaban la ya empolvada máquina del café y otros más escribían en lo que parecía ser un folio de recibos totalmente nuevo. Acto seguido, tomé el periódico y acomodé mi cuerpo en la apretada y antigua silla de madera mientras un mesero al cual no conocía me entregaba la taza designada para satisfacer mi pedido. Luego de tomar unos sorbos y revisar un encabezado, alcé la vista y la vi.

Llevaba un sobretodo color morado que resaltaba sus curvas y daba más dinámica a su andar. Tenía el cabello más corto que la última vez que la vi y la frente mucho más alta. Creí reconocer sus zapatos pero también parecían ser nuevos y caros, algo totalmente salido de mi rango de compresión. Sus labios parecían más carnosos e, incluso, el resto de su cara parecía rejuvenecida, con una nueva luz en los ojos, con la mirada mucho más profunda y un lenguaje hasta ahora, para mí, desconocido.

Sin siquiera saludar, tomó el asiento justo al frente del mío y pidió el mismo café sin azúcar pero esta vez junto con un pastelillo que se había incluido en la última actualización de la carta, según averigüé. Sobrevino un silencio casi paralizante. Mientras ella me miraba fijamente, yo intentaba reconocer aquella mujer que convivió conmigo tanto tiempo y que ahora, a duras penas, lograba localizar en algún rincón de mi mente. Por fin abrió la boca para proferir una sonora carcajada. Algo en mi pareció darle volumen a su risa, cosa que confirmé cuando dijo: “Pareces más viejo ¿qué te ha sucedido?”. Ella sabía que su nuevo aspecto reflejaba años menos de los que yo le conocía y aprovechó esto para exaltar el dolor que por tanto tiempo albergué y que, sin lugar a duda, refleja mi descuidado rostro. En definitiva eso es separarse de alguien: que el tiempo se parta en dos, uno continúa y el otro queda estancado en los haberes del devenir diario.

Sin darme cuenta, de manera progresiva y lenta, el restaurante empezó a llenarse de jóvenes y viejos dispuestos a gastar algo de su tiempo y dinero en el azaroso establecimiento. El tintineo de las copas y el estrés propio del trabajo llenó el espacio que circundaba a nuestra extraña reunión. Ya los meseros no podían dar abasto y los cocineros tuvieron que, por primera vez en décadas, prender todos los fogones de todas las estufas.

Cuando volví a concentrarme en Megan, hablaba de lo que había sido su vida luego de la ruptura que parecía ser más una escapatoria. Ya existía alguien nuevo en su vida, había viajado, estudiado, conseguido grandes trabajos, visitado más y mejores restaurantes, tenía un nuevo departamento, recibió un cachorro de pastor alemán en su cumpleaños y, sobre todo, me había pensado más bien poco en todo ese tiempo. Sus recuerdos eran tan cristalinos que podía leer las historias y experiencias en sus ojos. Así, cuando hablo de sus vanas remembranzas sobre mí vi en ella un gesto de total sinceridad y convencimiento. Fracasar como humano es simplemente no dejar ni siquiera un solo recuerdo en otro.

Cuando acabó su perorata llena de felicidad y júbilo solo pude preguntar acerca del motivo de la incómoda e innecesaria reunión.  Ella, sin más, continúo hablando de su nuevo novio, su trabajo y los años de madurez que me llevaba. Volví a perder el hilo de su conversación y noté al Calais abarrotado de familias con bebés en los brazos, abuelos esperando en una fila justo en la entrada del restaurante, madres e hijos discutían qué pedir mientras la anciana dueña mandaba por más comida y materiales al mercado más cercano. Estaba tan abarrotado el local que muchas personas pedían mi mesa dado que el café de ambos ya estaba en los últimos sorbos.

“No quiero saber nada de ti. Espero entiendas que no quiero volver a verte ni oírte” dijo ella sacándome de mi atención a los recuerdos. Hice un gesto de total compresión y logré articular un par de frases sugiriendo que eso pudo ser expresado mediante un mensaje al teléfono personal o a en un correo. Es más, creo haber dicho que ni siquiera era necesario citarme pues cuando ella se marchó jamás traté de buscarla. Solo era necesaria la inercia para cumplir sus designios.

Después de un par improperios y gritos, Megan se despidió sin decir nada y lanzando una servilleta en el centro de la mesa caminó rápidamente a la salida. No recuerdo muy bien lo que sucedió después, pues pedí otra taza de café y un pastelillo para que no me desalojaran del aun abarrotado establecimiento. Mire de nuevo el periódico y tome la servilleta que había sido víctima de la ira de Megan. Para mi sorpresa tenía algo escrito en ella lo cual hizo concentrarme en las azules letras mientras que el establecimiento de pronto se llenó de silencio y de vacíos. Las mesas volvieron a su natural estado inerte y los meseros de nuevo esperaban desesperados algún cliente. Al abrir la servilleta encontré escrito, de manera clara, su nuevo número de teléfono y una dirección no muy lejana al Calais que parecía ser de su nueva residencia.

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