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Crear es adivinar

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Jose Daniel Fonseca

La forma más elevada de inteligencia consiste en pensar de manera creativa
K. Robinson

La creatividad puede componerse de dos elementos: el primero, concerniente a las dudas e inquietudes que forjan la curiosidad en estado puro, y el segundo, que puede entenderse como un accidente, una alineación de las estrellas, un fenómeno inexplicable que genera un gran descubrimiento durante las indagaciones sobre un tema particular.
Esto es consistente con las posturas de grandes pensadores a nivel mundial, que apuntan a que la creatividad es el centro del aprendizaje, acompañado del gusto, afinidad o destreza en ciertas disciplinas y objetos de estudio. Así las cosas, la creatividad es materia necesaria para formar a las personas en su relación con ellos mismos y con los demás, pero también, es la fuente de hallazgos científicos que trascienden la historia y reconfiguran nuestros hábitos y comportamientos. Pensemos ahora qué sería del mundo si los carros pudiesen volar y no consumir gasolina, o, también, qué acontecería si encontráramos la cura contra el odio. Es posible que no podamos dimensionar tales consecuencias, ni tampoco juzgarlas como benéficas o nocivas, pero sí podemos, al menos, realizar una conjetura personal acerca de lo que podría transformarse debido a tales avances. Sin creatividad, ni los grandes inventos, ni las conjeturas, podrían materializarse.
Volviendo a los elementos que creo son esenciales para hablar de creatividad, hay grandes ejemplos en la historia de la ciencia y del arte que confirman mi hipótesis. Uno de los más notables, se puede observar en la creación de la penicilina: hacia el año 1928, el bacteriólogo Alexander Fleming trabajaba en unas bacterias llamadas estafilococos dorados, y por accidente notó que un hongo producido por la degradación de ciertas sustancias, llamado penicilum notatum, las aniquilaba con eficacia. El hallazgo dinamizó el uso de la penicilina como herramienta contra-bacteriana, lo cual fue trascendental para el avance de la medicina moderna. Fleming no quiso encontrar la penicilina, pero la fue buscando, sin saberlo, explorando en sus curiosidades, hasta que ocurrió el imprevisto, la eventualidad. Ese es un claro ejemplo de la creatividad sustentada en las inquietudes y el conocimiento que trabajan mancomunadamente, sin saberlo, con el azar.
Parece mentira que inventos cotidianos, pero en su momento innovadores, como el microondas, las papas fritas y hasta el helado hayan sido creados de forma casual. Incluso el LSD (Dietilamida de ácido lisérgico), alucinógeno que generó toda una revolución cultural desde los años sesenta, fue descubierto por Alfred Hoffman, cinco años después de haberlo creado. Tratando de encontrar una sustancia que ayudara a llevar los dolores del parto, Hoffman sintetizó una que guardó en un contenedor por encontrarla inútil. En 1943, Hoffman absorbió un poco del compuesto, al tomarlo sin usar guantes, y vivió el éxtasis; alcanzó el Nirvana en bicicleta. A partir de allí, el LSD ha sido usado, incluso, como experiencia que acerca a las personas con su estado más puro de comprensión, o como medio para alcanzar una sensibilidad insospechada. Otros, niegan sus atribuciones curativas o alucinógenas, y lo tachan de ilegal y peligroso. En todo caso, Hoffman ya no tiene la culpa de esto.
En la creatividad también media un tercer elemento que, invisible, es transversal en el proceso de descubrimiento o invención de algo –o de nada, que también es algo. Charles S. Peirce, el semiótico, matemático, lógico (y un incalculable etcétera) estadounidense, desarrolló un método de indagación o acceso al conocimiento distinto a los tradicionales deducción e inducción, al cual llamó abducción o retroducción. Este consiste –aunque parezca una broma– en adivinar. Bueno, no es así de simple. Pierce sostenía que el proceso lógico-cognitivo de la mente humana le permite realizar conjeturas o hipótesis antes de comprobar en el ámbito fáctico sus sospechas, gracias al acompañamiento de un gran conocimiento y un descarte de hechos imposibles. Por ejemplo, si uno quiere descubrir a un ladrón, es posible que su olor o las manchas de sus zapatos evidencien unos elementos que me permitan conjeturar o adivinar que esa persona fue la que efectivamente robó algo. Es decir que ese olor puede decirme que estuvo en un lugar determinado y no en otro, lo cual reduce las posibilidades. Todo radica en el análisis lógico y consistente de lo que es posible o no, únicamente valiéndonos del ejercicio mental, nunca de un juicio moral o de una intuición irreflexiva e infundada. Sherlock Holmes se regocija con esto.
Lo anterior refleja que hay distintas maneras de explotar la creatividad y que ésta es un libro siempre reescrito, inacabado y casi mágico. Volar en sus aguas permite satisfacer las inquietudes y, si tienes suerte, ganarte la vida con ello. Sostenerse en unas condiciones dignas de vida es también un ejercicio de creatividad, por eso todos hacemos conjeturas que nos llevan a dudas, que posiblemente nos traen algo que no esperábamos. No callar la creatividad y sorprendernos con cada accidente del conocimiento es promover el pensamiento crítico y reflexivo. Yo no esperaba escribir esto, pero me senté, empecé a buscar cosas, una cosa llevó a la otra y aquí estoy. Todo por andar adivinando.

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