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El club del cómic

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Jose Hoyos

Llegamos muy puntuales a la primera jornada del Taller de Lectura que, seguro, nos daría luz suficiente para alcanzar el conocimiento literario. Nunca hubiera imaginado lo que estaba por descubrir. Éramos muchos. Como si estuviéramos de acuerdo, todos nos pusimos las gafas al mismo tiempo. En otras salas de la biblioteca tenían lugar actividades lúdicas menos importantes. La tallerista era una señora templada y elegante. Tenía unas gafas de marco grueso y había llegado cargada de libros muy gordos, era notable lo mucho que sabía. De entrada nos saludó sin mirarnos a los ojos y pronunció unas palabras difíciles de entender pero con seguridad muy inteligentes. Después de presentarse hizo un largo recuento de su amplia experiencia como profesora de literatura con muchos posgrados (es Magíster en maestrías y Doctora en doctorados), gestora cultural muy activa en el círculo literario de la ciudad y por consiguiente poeta, columnista, dramaturga, ensayista, editora, todo. Tardó veinte minutos exponiéndonos quién era y todo lo que hacía por las letras; también hablando por celular repetidamente, era una gestora incansable. Sobre una mesita rosada puso los muchos libros acerca de todas las vertientes de la literatura. Había ensayos, novelas, cuentos, poemarios (abundantes como mercancía de almacén), artículos, estudios críticos, todos los puso cuidadosamente ordenados, y siguió hablando.

–Para continuar sería bueno que nos conociéramos. Cada uno va a decir su nombre y cuáles son sus expectativas sobre este taller, y lo más importante, por qué lee, qué busca en la lectura y cuál es su visión más profunda sobre la literatura. Pero más que nada, espero que entre todos podamos dar respuesta al tema que nos convoca: qué es la literatura –dijo mientras bajaba la vista y suspiraba.

En ese momento empecé a reventar cabeza para dar con una respuesta sublime, qué sublime, ¡épica, espléndida, inigualable! Pude ver que la cara de pensamiento afanoso y  búsqueda desesperada que yo tenía, era la misma que tenían todos. El primero en presentarse fue un señor muy solemne que llevaba un largo gabán que había sido negro y siempre tenía una mano en la barbilla y la otra sobre su voluminoso vientre. Se notaba, como todos, ansioso por hablar.

–Amo los libros. Yo he leído desde niño, es más, no me recuerdo sin leer. Tengo muy claras las lecturas que me hacía mi padre. Sentado en sus piernas me trasportaba cada que me leía los cuentos de… de… en todo caso me gustaban mucho. Con decirles que mi padre tenía más de dos mil libros. La música, la pintura y todo el arte lo teníamos en mi casa. Los escritores que más me gustan son los… cómo es que se dice, ¿cómo es que se dice cuando alguien sabe mucho? –preguntó con aire desconcertado–, es algo parecido al que sale de una botella y cumple deseos. ¡Genio!, eso es, ¡genial!, se dice genial –y alzó la voz jubilosa como si hubiera descubierto el misterio de la muerte–. Los escritores geniales son los mejores. Con decirles que desde que los conocí me fascinaron, además la literatura es la forma más alta de… de… de todo. Ah, me llamo Sámuel y mis filósofos preferidos son Ortega y Gasset.

A ninguno nos importó no haberle entendido mucho, lo importante era que compartía con nosotros el amor por la literatura, qué amor, ¡la pasión arrasadora! Presumía, pero no importa, es mejor presumir de las virtudes que de los vicios, ¿o será al revés? Después fue el turno de una muchacha de gafas rojas y un sombrerito ladeado. Envidié la ropa que llevaba, parecía tan original. Se esforzaba por hacer notar su camiseta toda impresa de letras y palabras, parecía pasada por una rotativa de periódico, estaba llena de citas de escritores muy famosos, lo sé porque las he visto en una página de internet llamada Frases Célebres. Cruzó los brazos y miró al piso antes de hablar, como dándole expectativa a lo que iba a decir.

–Antes de decir mi nombre debo decir que amo la literatura. Dejo mi nombre para después porque la literatura es más importante que yo –cuando dijo eso todos abrimos los ojos celebrando su vocación profunda–. No puedo imaginar mi vida sin leer, sería como una cárcel. Leer es mi alfombra mágica, en ella puedo pasear por todo el universo. Sobre qué es para mí la literatura voy a hacerles un pequeño aporte tomado de mi tesis de pregrado, que recién terminé, sobre la semiótica e imaginación geográfica ontológico-lateral y su influencia ecléctica en el existencialismo de Sartre. Problematizo el abordaje a Sartre como una dicotomía que acaece en –la tallerista interrumpió de golpe diciendo que era muy interesante su aporte y que tal vez  después lo discutiríamos.

–Es un placer tenerte con nosotros –dijo la tallerista, y la miró de frente como preguntándole el nombre con los ojos.

–Me llamo Mariana, pero prefiero que me llamen Meir.

El siguiente en el orden de la mesa redonda era yo. Ya había pasado más de media hora y nada que empezábamos con los libros, pero entendí la importancia de hablar y disertar y hablar y disertar. Entonces me presenté diciendo lo más ingenioso que pude pensar para describir mi pasión por la literatura:

–Amo leer. Me llamo Dorancé y tengo 21 años. Estoy feliz de estar aquí rodeado de pensadores tan brillantes como ustedes. Estoy seguro de que en estos espacios se han formado los grandes de la literatura, como Paulo Coelho, uno de mis preferidos; podría hablar por horas sobre él, sobre cómo me ha ayudado a vencer mis temores y luchar por mis sueños, y vivir ebrio de literatura es mi gran sueño.

Todos se mostraron conmovidos con mis palabras y asintieron con la cabeza cuando mencioné a Coelho. El único que no se inmutó y hasta pareció más serio de lo que estaba al llegar fue un señor muy discreto que no pronunciaba palabra ni expresaba mayor cosa con sus gestos. Todo el tiempo estuvo sentado muy quieto, daba la impresión de analizar a cada persona, cada actitud, cada palabra. Era el único que no tenía gafas. En ese momento una empleada de la biblioteca entró en la sala trayéndonos café y todos celebramos la atención.

–El café es el gran néctar de los pensadores –dijo la tallerista y se quedó quieta esperando nuestra reacción, lógicamente todos aplaudimos su originalidad y precisión–, es que hasta sin pensar me salen los haikú.

A mi lado estaba una muchacha con uniforme de colegio y un bolso muy grande, parecía nerviosa para hablar en público. Pensé que era su primer acercamiento con pensadores e intelectuales de este nivel, claro, codearse con los grandes asusta. La imaginé como lectora de cuentos infantiles que apenas empieza a escalar. Como todos, sé que eso del cuento es para principiantes.

–Hola me llamo Andrea y bueno pues estoy aquí porque mi amor por la literatura es infinito –dijo mientras miraba a lo alto, como evocando, o buscando qué más decir–. Y bueno pues estar con ustedes me hace sentir apoyada para alcanzar mi gran sueño de ser poeta y hacerme famosa. A propósito, voy a leerles algunos de mis poem –la tallerista brincó presurosa y le cortó la voz:

–Nos encantaría escuchar tus… ¿son poemas?, pero lástima, el tiempo no nos alcanza.

Aunque no era su turno, en ese momento el señor sin gafas se dispuso a hablar. Nos miró muy sorprendido y habló con una voz muy calmada, sonaba como transparente.

–Disculpen que interrumpa, pero si este es un taller de lectura, ¿no deberíamos estar leyendo?

–Pues le recuerdo, caballero, que hablar de literatura también es hacer literatura –respondió la tallerista con un dejo de reprobación–. Además, los libros son tan sagrados que para acercarse a ellos primero hay que tomar conciencia de todo su poder, y esa conciencia se alcanza en las conversaciones de altura, como la que estábamos teniendo antes de su interrupción.

–Yo no sé tanto sobre literatura como ustedes, pero creo que para leer solo basta abrir el libro y empezar. Sin ceremonias, sin protocolo, y entre más soledad mejor –respondió el señor discreto, con una tranquilidad pasmosa.

–Entonces debo preguntarle –la tallerista se esponjó como una cobra y en la mirada se le vieron las ganas de empalarlo hasta las orejas–, con todo respeto, qué hace aquí. Le recuerdo que fui yo quien diseñó este taller, y fue mucho lo que al respecto aprendí en los estudios sobre teoría literaria que he realizado. Mi cátedra universitaria y mi amplia experiencia como escritora y gestora cultural reconocida me dan plena autoridad. Mire, justo aquí tengo un ejemplar de la prestigiosa revista Mentes Municipales en donde hay un artículo sobre mi obra y mi trayectoria cultural –y al hablar enarbolaba la revista y erguía el cuello–, y que fue escrito por el renombrado erudito Lunes Elías Pacheco, presidente de la Asociación Municipal de Escritores. La invitación que hizo la biblioteca fue abierta, lo sé, pero decía muy claro que es un espacio concurrido, por ninguna parte hablaba de soledad ni de esas cosas que se oponen a nuestros doctos círculos literarios.

–Tiene razón, son ideas personales –respondió el señor discreto todavía sin inmutarse–. Nunca he estado en espacios como este, me llamó la atención la invitación porque supuse que a un taller de lectura se viene a leer. Bueno, no puedo negar que lo que he visto hasta ahora me sorprende. Seguramente leo mal –ironizó–, porque lo hago como escuchando una melodía a la que toda explicación sobra.

Todos estuvimos atentos a la conversación, al tiempo que nos mirábamos desconcertados preguntándonos quién se creía ese tipo para venir a desafiar el conocimiento de la tallerista, toda una eminencia, mientras que de él no se sabía nada, y sus palabras eran tan escasas y reguladas que no parecía ser un gran conocedor de nada. Todos sabemos que el que sabe, habla. Me parece una falta de respeto eso de que el que sabe sabe y el que no sabe es profesor. El título de Doctor, contrario a lo que piensan irrespetuosos como el señor discreto, no es solo una denominación de rango académico, no, es una distinción que señala sabiduría ¡cómo puede alguien ponerlo en duda!

Algunos otros asistentes se presentaron rápidamente, entre ellos un mechudo que tenía una camiseta del Che Guevara y los ojos muy chiquitos; habló de la liberación de los pueblos y de la revolución a través de los poemas panfletarios. Intentó leer un poema que había acabado de escribir titulado Te lo advertí, burgués, pero la tallerista le dijo que no había tiempo. También había una señora de falda larga que mantenía una biblia apretada contra su pecho. Dijo que el verdadero conocimiento consiste en detectar qué libros fueron realmente inspirados por el Espíritu Santo. Cerraba cada frase con un “¿Sí me hago entender?”. Al hablar sonreía sin sonreír. Antes de ser interrumpida por la tallerista, se le alcanzaron a oír palabras como responsabilidad, familia y pérdida de valores.

En ese momento alguien tocó la puerta de la sala. Era una niña de unos diez años algo perdida. Nos preguntó si esta era la sala del club del cómic. Le respondimos que no, y mientras se alejaba murmuró: «Parece».

Por último fue el turno del señor discreto:

–Soy Emilio. Estoy aquí por la lectura, nada más. Yo leo porque no entiendo la vida de otra manera.

Cuál lectura, yo no le creí nada, si ni siquiera dijo amar la literatura. Además, si leyera realmente habría hablado más.

La tallerista ocupó casi tres horas con un largo monólogo en el que publicitaba un importantísimo evento a realizarse la próxima semana: el celebrado poeta Dandino Peralta lanzaría su nuevo libro titulado Maleza, y estaría en conversación con ella. Alcanzó a leernos uno de los versos más modernistas del libro: “Ódiame, castígame, pero no me borres de tu lista de contactos”. En la charla los acompañaría el eminente poeta Alejandrino Cojo (Premio Nacional de Poesía). El discurso de apertura estaría a cargo del ilustre Ególito Subiría, quien por estos días pregonaba la publicación de su primer libro, aunque se me hizo raro no hallarlo en ninguna librería. ¡Esta ciudad está plagada de poetas, qué maravilla! Habría un coctel, firma de libros, fotos y entrevistas. Estuvimos felices de que nos invitara. Ya me sentía en el centro del centro del mundo literario, estaba pleno. Y lo mejor, yo podría hablar algo sobre la obra del maestro Dandino Peralta porque ya conocía dos de sus libros, los había visto en una librería, en la mesa de saldos, sosteniendo la pata más corta.

Si algo descubrí es que la literatura está es en los lugares concurridos, en los círculos de gente culta, en los talleres de escritura creativa, en los alrededores de la biblioteca, en los volúmenes gordos que se llevan en la mano para que todos vean, en las presentaciones de libros, en las conferencias, en los festivales literarios, en las ferias del libro (“ferias”, como donde se vende el ganado), en las jugadas editoriales, en las contratapas escritas por el mismo autor, en las redes y los foristas, en las páginas sociales de los periódicos, en las reseñas que ayudan a vender más libros, en la figuración y las amistades notables, en el continuo pregón sobre lo mucho que la amamos y, desde luego, en los salones de la universidad. A lo largo del Taller de Lectura pude confirmar todo eso. Cuando nos despedimos alcancé a ver que los muchos libros seguían quietos y cuidadosamente ordenados en la mesita rosada, ahí, olvidados durante todo el Taller de Lectura.

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