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Casa vacía

Door Handle, Flickr, Kivanc Nis
Door Handle, Flickr, Kivanc Nis

Jorge Eliécer Pacheco*

Words are, of course,
the most powerful drug
used by mankind.
 
Rudyard Kipling 

Cecilia, con una sobriedad antinatural dadas las circunstancias, escuchaba los fuertes golpes en la puerta y decía: —No voy a abrir. Y esa palabra simplificaba todo su terror. —Ábreme la puerta, Cecilia; decía el hombre desde afuera. Y en su voz ella reconocía a su esposo, a su hombre. Pero al instante, como si despertara de un breve estado de confusión, repetía: —No voy a abrir.

Lo mismo sucedía cuando escuchaba a sus hijas. Elevaba los ojos, se sostenía lo que creía era el corazón, y ya cuando estaba a punto de pensar (de pensar) en que en realidad debía abrir, decía que no, que no podía.

Ella tenía sus razones.

Ese día, como todos los días, salió al mercado muy temprano. Tomó el mismo camino y saludó a las mismas personas. Cecilia, espíritu de un solo acorde, que siempre pisaba las huellas que había dejado el día anterior, descubrió como al descuido una pared manchada de palabras rotas. Primero las observó en conjunto. Vio cómo, entre todas y por grupos, diseñaban pequeños dibujitos, pequeños retratos. Ahí va uno que se parece a tu esposo, ¿no es verdad?, ¿y esa?, ¿se te parece? —Quizá cuando sea más vieja, pensaba. Vio menguar y aflorar la obra de su empolvada imaginación millones de veces. Pero se sabe que tal regocijo es insuficiente para el ser humano. Y Cecilia, que no era ajena a su naturaleza, percibió, poco a poco, conjuntos particulares de letras que empezaban a tener significado propio; no ya como caricaturas, sino como ecuaciones construidas con múltiples enigmas: palabras. Se detuvo en una.

Cuando la leyó hiló, tardíamente, su propia historia.

Ya no escuchaba los golpes en la puerta pero seguía diciendo lo mismo. Su esposo estaba agotado, e irritado decidió marcharse. —Me voy, gritó. Me voy y me llevo a mis niñas. Cecilia lo escucha, se saca la cara de las manos y se levanta; al parecer se ha dado por vencida y correrá a la puerta. Entonces, le pedirá perdón a su marido que sin duda se lo dará, para luego, en soledad, reprenderla. Pero no. Vuelve a sentarse y recuerda a su padre. Comprende su antigua preocupación. Los excesivos cerrojos, las celadas nocturnas, su escopeta, su estado de alerta constante.

Cecilia reconstruye su legado a la manera de los cubistas: —No eran de brujas esos ruidos, eran de ladrones, de cazadores. No eran temblores, eran intentos de invasión; no eran fumigaciones, sino reconocimiento de inteligencia; no eran mariposas, eran videocámaras; no eran hormigas, era la plaga; tampoco eran vendedores, sino espías; no era mi esposo, era el cabecilla; no eran mis hijas… mis hijas; no son lunares los de mi piel; no son estas mis uñas…

Y mientras Cecilia monologa, los vecinos, avisados por el grito de su esposo, se van acercando.

— ¿Usted la vio llegar?

—Sí, traía una bolsa; pero la dejó afuera cuando entró.

Después de entender la misteriosa palabra, con una increíble mesura de ánimo, Cecilia terminó de hacer sus compras. Volvió por el mismo camino y sacó sus llaves mucho antes de estar frente a la cerradura. Cuando estuvo frente al portón dejó el paquete en el suelo, abrió el cerrojo y, entonces, sintió tal vértigo que sólo acertó a cerrar la puerta tras de sí.

—Pobrecita.

—No sé qué pasó con sus compras.

—Pobre mujer.

Alguien entre la multitud dice: —Démosle algo de comer, que al parecer no ha probado nada desde esta mañana. Otro trae un plato con algo que parece arroz. Lo tiran por debajo de la puerta sin derramarlo. Cecilia ve el plato brotar por la rendija, lo toma y hunde su mano en él.

Cuando está a punto de comerlo dice: — ¡Veneno! Y lo tira lejos.

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(*) Colaborador.

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