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Carta a Carolina Ávila

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William Almonacid

Cuán difícil es escribir siempre las primeras palabras, en particular aquellas que de forma directa son para ti. Estas letras las envío hasta hoy como un esfuerzo por evitarte un mal momento el día de tu cumpleaños, y es que por más dolor que me cause admitirlo, he perdido incluso el derecho a decir cuán valiosa resulta para el mundo, y para mi mundo, tu existencia.

La pérdida de ese derecho está intrínsecamente ligada a otro hecho que duele más allá del cuerpo y los pensamientos; caminar por la vida con la certeza de haberme convertido en una presencia extraña, molesta y sujeta a ser olvidada, representa una de las peores facetas de la condena en la que he caído, condena que merezco por ser un cobarde, por haberte causado dolor. No me alcanzará la vida para arrepentirme de ello y pedirte disculpas, que a falta de tu presencia física, debo dárselas al viento y al cosmos, de esa manera al menos la naturaleza y la justicia cósmica, sí es que existe tal cosa, serán testigos de mi arrepentimiento y quizá un muy pequeño consuelo.

Me disculpo por las molestias que puedan causar estas letras, pero, aunque signifique mucho para mí y probablemente nada para ti, los 8 de octubre me serán significativos por lo que me resta de vida y, más allá de la tristeza que me embargaba al llegar la madrugada del día de tu cumpleaños, tuve que ver las cosas desde otras perspectivas y comprender que el mundo está mucho menos vacío gracias a tu existencia y que, para bien o para mal, cambiaste mi vida.

El día de tu cumpleaños opté por no molestarte con uno de mis mensajes, en cambio escribí las siguientes líneas, las mismas que espero leas, porque cierto es que en ellas va impregnada mi alma y porque también es cierto que van dirigidas a la persona que me ha regalado los mejores momentos de mi vida y de quien conservo los recuerdos más preciados, uno de los pocos vestigios que conservaré del Almonacid de antaño.

Bogotá 8 de octubre de 2015

¿Qué tanto puede cambiar un «alguien» como yo, después de haber conocido una persona como tú? ¿Cuán diferentes se pueden tornar nuestras vidas después de un año, después de encontrar y perder, al menos en mi caso, la piedra angular de cambios que definirán el resto de mi existencia? No dejan de agobiarme las disertaciones en las que procuro entender sí era atravesando por este dolor, la única manera en la que podría reformular y cambiar desde lo esencial lo que soy, lo que alguna vez fui.

A diferencia de otras personas, no conozco que es vivir en el aquí y el ahora, no sé cómo se puede vivir así. Es por eso que situado en otras orillas, soy de los que asume que los recuerdos nos pueden salvar la vida o por el contrario, empujarnos al vacío. Tus recuerdos, si bien son dolorosos, son a la vez lo único que realmente me queda.

En mis pensamientos son frecuentes dos colores rojos, uno fue un atardecer sublime del que pude ser testigo mientras viajaba, ese día el cielo se tornó de un rojo intenso que jamás mis ojos habían visto, que nunca pensé, la naturaleza sería capaz de ofrecerme. Aquel cielo rojo me hizo entender que uno de los secretos de la vida podría ser brillar de una manera tan bella y particular, que a pesar de nuestra condición efímera, como la de ese atardecer, seríamos dignos de ser recordados, dignos de ser grandes historias.

El otro color rojo que inevitablemente llevaré en mi mente durante el resto de mi vida, es sin duda alguna el de tu cabello, que brillaba como el fuego más mágico que mis fantasías han podido imaginar. Tu cabello como el fuego era una evidencia externa que decía al mundo que en verdad existen personas que no sólo viven, sino que arden. Tú eres la prueba que la magia existe y que se ha encarnado en mujer, la más hermosa musa que me ha podido regalar el universo. Las últimas dos veces que te vi, el fuego se había vuelto azul, un fuego para el que yo ya había muerto.

Pude también ser testigo de la más bella poesía, porque si bien eres magia, también eres poesía. Conocerte fue como tomar a uno de esos hombres encadenados y condenados a las penumbras de la caverna platónica y llevarlo a ver el atardecer más bello, y rojo, que sus ojos y pensamientos han podido observar; tu partida significó tomar a aquel hombre después de ver dicho atardecer y obligarlo a volver a las cadenas y la penumbra. El inevitable resultado es haber sido testigo de una de las cosas más bellas de la vida y por tanto, la condena es aferrarse a los recuerdos y extrañar para siempre dicho atardecer. Mi condena es aferrarme a tus recuerdos y extrañarte para siempre.

Sólo alguien como tú podría haberme enseñado que los pispirispis existen. Sólo la magia podría dar vida a camarones con patitas rotas urgidos de la atención y ayuda de alguien como yo. Ahora en mis fantasías te ubico sentada en los bellos paisajes que pintó Van Gogh; William Kentdrige pasó a ser uno de mis artistas favoritos y al parecer Mercedes Sosa escribió Canción de las Simples Cosas viendo desde la cortina del tiempo a alguien como yo. He vuelto innumerables ocasiones a los viejos sitios donde amé la vida, para comprender cómo están de ausentes las cosas queridas y ahora no me queda más que partir y soñar un regreso, con la certeza de ser una cosa simple que se olvida con el tiempo.

No tuve más opción que tomar el camino de la soledad. Poco después de tu partida entendí dos cosas: una, que no tenía sentido seguir engañando y engañándome, por lo que dejé todo de lado; caminar en soledad es menester para aprender a no hacer daño. No quería venir al mundo a hacer daño, no quería dejar cicatrices, asumir esa culpa es otra de las pesadas cargas que debo llevar.

Cuánta vergüenza me da recordar mis frases y comportamientos poco profundos. Cómo quisiera tomar en mis manos a ese Almonacid y hacerlo consciente de sus errores, decirle que jamás en la vida debía causarte daño, que nunca se permitiera perder la oportunidad de verte y ser visto por ti, que nunca se alejara de tus pasos y tu voz, porque encontrar la magia y dejarla ir, lo dejaría vacío y las culpas serían la tempestad que definirían su vida.

El dolor sin duda nos hace cambiar, nos envejece, y en mi caso, nos hace silenciosos, nostálgicos y melancólicos. Casi que una carta de recomendación.

La otra cuestión que entendí era porqué he manifestado tanta resistencia al amor. Ahora soy consciente que me he enamorado dos veces en mi vida, un umbral que al ser atravesado no da posibilidades de regreso. Muy tarde comprendí que en realidad te amaba, que te amo y que por más que trate de razonar sobre eso, es algo que sencillamente escapa de mi voluntad.

Al menos me ha quedado un amor diferente y con claros matices trascendentales, puedo salir a descubrir el mundo sin tener el corazón vacío, aunque también con dolor. Puedo decir que tengo una musa que me ha regalado muchos silencios y mejores letras y, pese a quedar al margen de las grandes historias, la vida me ha dado la posibilidad de conocerte, quien sin duda será una gran historia. Te perdí, pero paulatinamente te hago inmortal, es lo menos que puedo hacer, así no lo pidas, así no lo desees.

William Ospina dijo una frase que me ha llegado a lo más profundo, «sí el hoy es bello, entonces todo el ayer está justificado». Deseo que todos tus ayeres estén justificados y que continuamente se sigan justificando, no hay cosa que desee más en la vida. Te deseo una vida hermosa, llena de las felicidades más sublimes e inolvidables.

Posdata:

Sin importar el lugar del mundo en el que me encuentre, siempre habrá un lugar para ti, será el mejor lugar del mundo porque continuamente lo construyo pensando ti. Si alguna vez tan sólo lo piensas, no dudes en buscarme, me harás la persona más feliz del mundo y prometo que serás la mujer más feliz del mundo…

 

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