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Donde termina mi nombre

* El Magazin publicará a partir de hoy, y todos los lunes, la novela Donde termina mi nombre, de la escritora argentina Patricia Stillger.

 

 

Donde termina mi nombre (Capítulo 1)

Eso que pienso sin decirlo
Lo guardaré para mí,
Simplemente,
Pues los hombres que sientan como yo
No existen.
 

Ariwara No Narihira (Cuentos de Ise)

Donde termina mi nombre

Patricia Stillger*

Mientras viva esta historia fue mía. Solamente. ¿Querrá decir que estoy muerta? Como cualquiera desconozco las causas y aunque tengo mis sospechas, ya no importa. Con suerte, ahora le importarán a otro. Sé también por lo que viví que sólo algunos son los selectos que recuerdan los otros, y esos, también mueren y cuando muere el último se lleva la memoria como el último libro de una hoguera.

No hay más. Aunque legiones de ingenuos se empeñen en la arqueología, en la fe de hurgar y festejar mudos hallazgos en cartas y en diarios. Y si esto resulta insuficiente, todavía queda la memoria de los demás; la osadía del recuerdo o de la afirmación del recuerdo, lo que resulta mucho más soberbio aún. Sostener la mirada mientras se dice “yo sé cómo sucedieron los hechos”; “tengo las pruebas suficientes para sostener que…” He conocido a esos descarados. Cada siglo tuvo legiones.  Indefectiblemente desnudadores de la periferia, arrebatarán una misiva, una foto y el resto es reconstrucción infiel siguiendo las reglas de la anatomía; reglas constantes, repetidas y permanentes con pocos cambios permitidos cada millón de años, mientras la vorágine y la velocidad de una incontrolable evolución  les come los talones. Entonces fabrican dinosaurios e imaginan sus vidas y te transformaron en uno. A mí, a la Historia me transforman en uno. Me vuelven a armar y hasta deciden el contenido de mi cerebro. Filósofos del instante. De mis infinitas contradicciones. Peregrinos de lo ajeno; no transitan, pisotean como en esas películas, la escena del crimen infestada de huellas repartidas por todas partes por un par de policías torpes. Así se mueven. Así los humanos me poseen.

Diré más, adelante. Por ahora, el silencio-

1

Hubiera preferido quedarme afuera. Me gusta dejar los misterios en paz y me vi obligado a las respuestas. Fue una estupidez. La primera de la serie, pero decidí responder “que sí, que voy a hacerme cargo de la deuda en el cementerio, de la tumba de mi abuelo” que había dejado de ser la tumba de mi abuelo y que ahora era un cadáver ambulante. Podía jugar al distraído. Lo había hecho con algunos más cercanos. No lo había conocido. Yo nací y él llevaría muerto varios años. El lugar quedaba cerca en Panamá, muy cerca de la frontera con Costa Rica. Una serie de islas; la mayor de ellas, Colón. El lugar específico del cementerio: Bocas del Toro. ¿Qué nombre era ese? ¿Cuántas bocas puede tener un toro?

Los de la embajada alemana insistieron en que era la única manera. Se habían terminado las opciones de los archivos. La variante de una búsqueda aséptica no era posible ya, y me sentía comprometido por los años de insistencia de mi parte con el propósito de conseguir la filiación alemana. Es increíble lo que una promesa de una jubilación había hecho de mí.

Días enteros y a veces no pensaba en otra cosa. Tenía frecuentemente la cabeza tan chata que no salía de ese solo pensamiento, muy lejos de un mantra y tan parecido a una obsesión occidental y criolla. Hubiera preferido esconderme, perderme. Estaba avergonzado. ¿Cómo decirles ahora “No es para tanto muchachos, olvídenlo”, si los alemanes no pueden olvidar?

Más o menos el cuento es así. Soy Matías Bölke. Huérfano o algo parecido. De padre. De padre desconocido, pero ese es el tema. No era un desconocido para mi madre. Es largo de contar, o de silenciar.

Pero Bölke es un apellido con cierto renombre y con cierta incomodidad para los alemanes cuando les mencionan algún héroe de guerra. Digo, de La Primera. “¿Puede deletrearlo de nuevo?”. “¿Es o con diéresis o es oe?”. “Es o con diéresis. ¿Y eso qué cambia?”. Parece que cambia. Parece que una forma es más antigua que otra. No sé cuál.

Se pusieron nerviosos.

El apellido –con la grafía del mío- desapareció de Alemania exactamente en 1916 y el último portador era Oswald Bölke que murió en plena guerra en un combate aéreo. El tipo era un gran piloto. Murió. 1916. “No se registra descendencia”.

Bien, hay otros Boelke, con grafía “oe” que se quedaron del otro lado del muro, en Dresden; otros en las profundas y centenarias granjas heredadas en Sajonia y cuyos dueños jamás habían salido de allí. Por generaciones, por todo el tiempo inmóviles. El lugar los posee. Conozco otros casos de arraigo extremo en los que el exilio ni siquiera puede ser contemplado. Sajones empedernidos,  como si esa tierra extraordinaria fuera Roma y no hubiera mejor lugar en el mundo; adheridos a ese territorio harto de guerras, y sin embargo tan propio y permanente como el olor de cada cuerpo que lo habita.

Todos esos Boelke me negaron. Era imposible. Yo no les pertenecía. Idiotas. Ahora sé que las autoridades alemanas hubieran preferido “ubicarme” en alguna  rama de esas  familias. Idiotas, ahora el muerto que no me interesaba a mí, que es una momia, que está en Panamá, que murió en 1964, podría estar peligrosamente emparentado conmigo. Idiotas, que si resulto consanguíneo de un héroe,  hubiera sido mejor mantenerme en el olvido y ante todo, fuera de Alemania. Si un muerto incomoda, imagínense al vivo. ¿Cómo tratarme ahora? En fin. Idiotas. Y yo que lo único que pedía era cobrar una jubilación.

Donde termina mi nombre

Adivinanza:

¿Qué pasa en el próximo capítulo con tal personaje?

¿Bölke resulta o no ser el hijo de O. Bölke?

 

Donde termina mi nombre

Me quiere o no me quiere:

¿Cuál es el personaje que  le genera antipatía o simpatía? ¿Por qué?  

 

 

 

*De la autora

Mi nombre es Patricia, lo que en buen latín significa ser hija del padre. Simplificando: Dicen que el padre es la patria y viceversa. Mentira. No tengo una. Digo, patria. Muchas veces me siento como un travesti geográfico. No es que no esté cómoda con mi país. Amo gran parte de esta superficie y su gente, pero no me alcanza. ¿Por qué no me voy? Porque no me gusta viajar y me horroriza el desarraigo. Argentina es todo lo que tengo, para bien y para mal. En la realidad.

Virtualmente puedo habitar otros mundos,  tomar riesgos y exponerme a miradas aún más peligrosas por desconocidas. Como ahora con ustedes.

Aventurera de puertas adentro, fui profesora de colegio secundario, asistente en un laboratorio de la Facultad de Medicina: resucitaba ratas después que la intervenían para volverlas hipertensas y probar fármacos; estudié Sociología, me gradué con el título de Licenciada en Letras en la Universidad Nacional de Cuyo, antes trabajé de periodista en el diario UNO de Mendoza y fui Coordinadora Académica de un Holding de Universidades estadounidenses que enviaban a sus estudiantes a la ya mencionada Universidad. Todo esto, y  al menos una veintena de ATMR  (actividades temporarias mal remuneradas). Trabajo desde los dieciséis.

Eso puertas afuera. Hacia adentro tengo una familia sagrada (no la sagrada familia). Por ellos puedo narrar.

Puertas adentro, escribo desde los seis años sin errores de ortografía. Me jacto de ello. (¡Oh, la ex gloriosa educación argentina!) Eso habla de mi edad. Pero yo no hablo de mi edad.

Desde los seis años escribo. Desde hace cuatro, solamente, escribo muy, pero muy, pero muy sola.

Dejé rumiar y por una serie de sucesos afortunados, conocí elespectador.com; al editor de  El Magazine y entre ambos diseñamos esta propuesta que tiene mucho de botella al mar.

Mi intención es interacturar con los lectores desde el respeto, el mutuo (re) conocimiento (los lectores SON escritores, Borges dixit), desde sus deseos y expectativas: “¿Cómo seguirá el relato?” o “Adivino que este personaje hará …” o “Destesto tal o cual personaje porque…”

También espero de parte de ustedes que aporten desde su propia historia, desde el profundo conocimiento que tienen de su patria ya que una parte del relato se desarrolla en Colombia. Entonces, ya que no la ortografía (no cuentan los llamados errores de tipeo), pueden corregirme en  Geografía e Historia. Y, por qué no, reescribiremos juntos un paseo por más de cien años de historia; por un poco más de doscientas páginas; por unas ilustraciones gloriosas, obra de mis hijos; por el gusto en la comunión de leer.

Desde ya agradecida, Patricia Stillger

 

De la novela

Para los curiosos, para los reticentes, he aquí un brevísimo resumen de la novela Donde termina mi nombre

Matías Bölke es un hombre que ronda los 45 años al momento de la narración (2003 aprox.). Huérfano de padre, ha padecido durante toda su vida la negativa de su madre de darle dato alguno acerca de su progenitor.

Es maestro, pero trabaja en una oficina del Ministerio de Educación de una provincia. Ha buscado también en la Embajada de Alemania, dada la única evidencia, el origen de su apellido.

Sin muchas expectativas, un día lo llaman de la Embajada de aquel país en Panamá y le sugieren que viaje, puesto que han encontrado, después de una gran lluvia, un cadáver momificado flotando en un cementerio de Bocas del Toro. La inscripción en la cruz corresponde a un tal Oswald Bölke – únicamente conocido por ser uno de los más destacados héroes de la aviación alemana durante la Primera Guerra Mundial- Este hecho desata por cierto muchas contradicciones dado que Oswald murió en combate y entonces, la verdadera identidad y la determinación de las fechas exactas de su nacimiento y muerte dependerán de exámenes de ADN contrastadas con las del protagonista.

Matías Bölke emprende entonces, un viaje pensando exclusivamente para determinar su identidad y terminará envuelto en una trama compleja que incluye el recorrido por cien años de historia y que se desarrolla en un itinerario, en un escape, en una búsqueda de una patria para los personajes implicados. Un recorrido desde Europa hacia América; específicamente a Colombia, Panamá y Argentina.

Para asistir a Bölke, narrador en primera persona, aparece un personaje más, ya que los “baches” o agujeros en la información solamente pueden ser mostrados por la Historia misma, que encarna una deidad imperfecta, un demiurgo que ayudará al personaje a reconstruir, no la Historia canónica, pero al menos, una versión personal de los hechos en función de cubrir los huecos o inventar un pasado posible.

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