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Brasil: la historia no se borra

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Fernando Araújo Vélez

Hoy he comprendido con sentimientos y razón que el fútbol no es más que un juego, y que debe seguir siendo eso, un juego. He comprendido que Arrigo Sachi tenía razón, “es la cosa más importante de las menos importantes”, que Alfredo D´Stéfano lo había retratado a la perfección, “nunca un jugador es más importante que el equipo”. Hoy he comprendido la veracidad de aquellos sucesos que relataba Obdulio Varela sobre la noche del 16 de julio de 1950, cuando salió por Río de Janeiro a tomarse un trago y se sintió culpable de ver a tanta y tanta y tanta gente triste y llorando porque él, fundamentalmente él, había sido el artífice de que Brasil perdiera ante su equipo, Uruguay, la final de su Copa del Mundo en el Maracaná. Hoy he comprendido que la tristeza de unos puede ser la tristeza de todos, y que el dolor y el llanto de los niños en el Mineirao de Belho Horizonte, pueden ser los de cualquier colombiano, los de un boliviano o un uruguayo o un japonés.

Por curiosidad he repasado algunos titulares, y me he imaginado otros tantos. La tristeza no tiene fin, dirán. Vergüenza, dirán. Hablarán de humillaciones, sin tener en cuenta que la humillación sólo surge cuando el ganador pretende burlarse de su derrotado, y Alemania no pretendió mofarse de Brasil. Por el contrario, buscó y buscó, pues la mayor muestra de respeto por un rival es no demostrarle lástima, y enfrentarlo, hasta el final, con las armas más dignas. Brasil perdió. Sufrió la mayor derrota de su historia, pero jamás claudicó. Se desordenó, se desesperó, se abrió, pero no renunció a jugar. Lo del Mineirao fue un suplicio para su selección. Sus jugadores habrán pensado que se encontraban en el infierno. Y habrán contado los segundos, cada eterno segundo, que eran una cuchillada, un tic tac negro, de pesadilla sin fin, un tic-tac lacerante de preguntarse por qué, cómo, qué ocurrió. De imaginar a los hinchas en la tribuna, desolados. De pensar en sus hijos, en sus familias. De saber que serán recordados por años y años, siglos tal vez, por este día y esta derrota.

Así le ocurrió al portero de aquella final del 50, Moacyr Barbosa. Lo persiguieron y acusaron durante 50 años porque, decían, había sido el culpable de la derrota ante Uruguay por un disparo que se le coló por donde él no había presupuestado. “Por un asesinato, la ley de este país te da 30 años; a mí me dieron 50 por un supuesto error”, decía él antes de morir, 14 años atrás. Lo humillaron, a él sí, mostrándole los titulares de los periódicos del 17 de julio. Lo etiquetaron como el hombre de la mala suerte, y más de una vez le dijeron al portero del Maracaná que no lo dejaran ingresar cuando entrenaba allí la selección. La historia de Barbosa será la historia de Fred, de Scolari, de Paulinho, de Hulk, de Julio César, de Óscar, en fin, de los futbolistas que perdieron contra Alemania 7-1, y lo será porque aún hay miles de millones que no han comprendido que el fútbol no es más que un juego. No es la patria, no es la vida, no es la muerte. Es un juego nada más.

Que algunos nos hayan querido hacer creer que es la vida y la muerte y la patria, ese es otro asunto. Lo hicieron para vender, para soltar sus leyes e imponer reformas tributarias en medio de la algarabía colectiva, para ganar elecciones, para “demostrarle” al mundo que su raza era superior, y para hacerlo, compraron periodistas y opinión, compraron resultados, árbitros, sedes, dirigentes. Lo lograron, sí, pero lo lograron, fundamentalmente, porque nosotros les creímos y se lo permitimos. Nos arrebataron el fútbol, y nosotros nos dejamos arrebatar el fútbol, como si ellos y sólo ellos pudieran darnos una pelota. Nos impusieron la idea de que el fútbol era mucho más que un juego, y nosotros les seguimos ese juego. Brasil ha perdido un partido de fútbol por un marcador estruendoso, absurdo, doloroso, sí, pero nada más que eso. Brasil no dejó de ser cinco veces campeón del mundo ni se borraron de un tajo los recuerdos de Garrincha y de Pelé, de Ronaldinho y de Sócrates y de Romario. “Un mal siglo lo tiene cualquiera”, dijo hace años un hincha del Saprisa de Costa Rica, luego de la enésima derrota de su club. Eso es lo que habría que decirles a los brasileños para sacarles media sonrisa, o por lo menos, una mueca de sonrisa.

Foto Afp 

 

 

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