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Arte, fútbol y tipos

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 Alejandra López González Ilustración: Libardo Restrepo

Hay dos cosas que me gustan mucho en la vida, como a William Vinasco Ch., una es el fútbol y la otra, el arte. Del fútbol colombiano me gusta el América de Cali, hoy olvidado, repudiado, burlado y correteado en la maldita B. Del arte colombiano, Beatriz González, Doris Salcedo, Miguel Ángel Rojas, Luis Alejandro Restrepo, Juan Manuel Echavarría, Óscar Muñoz y Eduardo Ramírez Villamizar. Muchos más, claro. Pero concretamente ellos. Los que hablan de lo efímero, de lo extinto, de lo fallido, del dolor y de la muerte. Esos son los artistas que me gustan. Y esa es la obra que quisiera comprar.


El Museo La Tertulia en Cali es quizás el recuerdo más remoto que tengo de mis primeros contactos con el arte. Mi mamá aún conserva fotos en blanco y negro en donde estamos mi hermana y yo jugando en la fuente junto al árbol que queda a la entrada del Museo. De las obras no tengo recuerdos muy concretos. Pero sí de los pasillos, de los salones y, sobre todo, de los jardines. Y de ese árbol.

En Londres, hace muchos años, un amigo fotógrafo me invitó a la galería en donde estaban sus obras. Había sido asistente de Richard Avedon en Nueva York y había fotografiado a Linda Evangelista. La tarde que me mostró su exposición se detuvo foto por foto, explicando quién era el personaje, dónde la había tomado y quizá la técnica que había usado. Esa fue la primera vez que tuve conciencia del trabajo de un artista y de lo feliz que se puede ser en una galería de arte.

Luego vinieron los museos y la identificación de los artistas favoritos. Igual que en el fútbol: uno va viendo y se va casando con algunos. Y sólo algunos se van quedando en el corazón. Jugadores y artistas que, para mí, son lo mismo.

A mí me gusta el América de Cali. Nada más. Pero veo algo de las ligas inglesa, alemana, italiana, española y argentina. Y claro, tengo –como en el arte– algunos jugadores predilectos. Lampard, Pirlo, Mascherano, Robben, Neymar, Forlán y Ortigoza. Y un lugar especial en donde están, ellos solitos e intocables, Willington Ortiz, Ántony de Ávila, Ricardo Gareca, Julio César Falcioni, Roberto Cabañas, Juan Manuel Bataglia y todos los que jugaron en el América de mi infancia.

El fútbol es una cosa de hombres, dicen. Casi todos los tipos saben de eso. Y en mi caso he ido al estadio a ver jugar equipos que detesto con hombres que hacen chistes cada vez que el América pierde y que pueden hablar de fútbol con mi papá una tarde entera.
Más difícil, en cambio, es dar con tipos que les guste el arte. “El arte es para maricas”, escribió Pedro Manrique Figueroa en un cartel que pegó en las paredes del Salón Nacional de Artistas al que no fue invitado. Y muchos están convencidos de eso. Así que cuando uno les propone el plan de ir a una galería o a un museo, les parece lo más ridículo del mundo.

Una vez fui a Cartagena con un tipo que no entendía nada de arte y lo más artístico que había visto eran las artesanías que venden los hippies en la Plaza Santodomingo. Otro me metió un regaño horrible cuando le conté que estaba ahorrando para comprar un Ramírez Villamizar o un cuadro chiquitico de la maestra Beatriz González. Dijo que antes de gastarme la plata en “maricadas” debería comprarme un apartamento en Cali. Y eso sin contar con aquel que decía que el arte es para “gente rica y esnobista”, que jamás quiso ir a una galería conmigo –ni siquiera a recogerme después de las exposiciones– y que lo más artístico que ha visto en su vida es la gradería oriental de El Campín en un clásico Millonarios-Santa Fe.

Pero, para ser justa, la verdad es que también he dado con hombres divinos que me piden ayuda para conseguir una obra de Pedro Ruiz; amigos que me llaman cada vez que ven algo de la maestra Beatriz, para ver si de pronto me alcanza la platica de los ahorros y puedo comprarlo. Hay otros que me invitan a subastas y cuando les cuento que por fin pude comprar un cuadrito, se alegran y dicen: “Hay que rodearse de lo bello”. Tengo amigos que de Navidad, de cumpleaños o de agradecimiento por algún favor me regalan fotografías, me llevan a marqueterías, negocian con los marqueteros y luego recogen los cuadros y se aseguran de que todo haya quedado lindo. Esos hombres son los que me animan y me hacen ver que comprar arte sí es posible. Y lo más importante, que quien compra arte “no se está gastando la plata en maricadas”.
Los puristas dirán que el arte, el fútbol y los tipos no tienen nada que ver. Y seguro tienen razón. Pero si yo tuviera plata compraría, sin dudarlo, un equipo de fútbol. Ojalá el América de Cali. Y compraría arte. Obras de Doris Salcedo, de la maestra Beatriz González, de Óscar Muñoz, de Juan Manuel Echavarría y una escultura de Eduardo Ramírez Villamizar. No compraría apartamentos en Cali. Compraría arte y un equipo de fútbol. Y buscaría un tipo al que le gusten ambas cosas.

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