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Ántimo y su grafoscopio

Hernán Torres-Iregui

El profesor Ántimo Castellanos por fin logró cumplir la aspiración de retirarse a vivir sus últimos años a la orilla del mar. Con la cesantía y gran parte de sus ahorros se compró un apartamento con vista a la ?bahía más hermosa de América?. Él y su mujer suponen que el entorno caribeño les ayudará a mitigar la soledad que ya empieza a acompañarlos. Pero Ántimo no se imagina que allí, precisamente en ese paraíso, tropezará con la realidad.

Conocí a Ántimo y a su esposa Gertrudis –o como ella se presenta: ?Guertrude Guerdmuler?–, allá mismo en ese apacible lugar para solitarios (o para bañistas), cuando viví con mi esposa un par de años en un apartamento alquilado, en el mismo edificio en que vivían los Castellanos – Guerdmuler.

Cuando llegaron a su nueva vivienda, Guertrude dispuso los enseres que les dejaron unos rateros de Bogotá, en la misma forma como los tenía ordenados cuando vivían en la capital. Los muebles europeos que los han acompañado desde hace como un siglo, los tres cuadros que se salvaron del robo, la vajilla Meissen y las figuras Bavaria que estaban escondidas. No olvidó los cubiertos de plata con el monograma G y A, ni los retratos en sepia de oma y las fotografías de cada uno de los tres nietos, ni siquiera la condecoración que le otorgó a Ántimo el honorable Concejo municipal de Salamina a su regreso de Alemania. ¡Tampoco iba a olvidarse del reloj cucú VdS genuino de la selva negra! Ese mismo que se encontró alguna vez en un mercado de antigüedades en Bohn, cuyo trino se escucha hasta en los rincones más escondidos de la casa. Pero, naturalmente, lo que primero desempacó Guertrude, colocándolo con milimétrica precisión en los anaqueles de cedro, fue el más valioso tesoro de ambos: su biblioteca. Las infinitas hileras de libros empastados en cuero e identificados con letreros dorados, que los dos filólogos han venido leyendo y conservando a lo largo de sus vidas y de cuyas letras se ha nutrido su entendimiento.

Todo, absolutamente todo, ahora ocupa un lugar preconcebido y rigurosamente inmodificable. Los cientos de volúmenes, inclusive los incunables amarillentos y apolillados, descansan alineados en estricto orden temático y alfabético. Así lo exigen las limitaciones físicas de Ántimo y la rigidez luterana de Guertrude. A causa de la artrosis de la columna y la carcoma de los cartílagos que ya le entiesó las rodillas, cualquier libro que pueda requerir Ántimo deberá encontrarse dentro de un radio de máximo diez pasos; y la poquedad de su visión, resultado de una desatinada operación en el ojo izquierdo, sumada a la decadencia del derecho, resultado del rutilante sol tropical y el transcurso de los años, lo ha obligado a exigir que cada volumen se encuentre esperándolo en un lugar predefinido e inmodificable. Pero Ántimo insiste en leer y leer. Para lograrlo, tiene que valerse de un invento providencial de la óptica moderna, una especie de grafoscopio que proyecta la imagen de un párrafo corto en la pantalla del ordenador. Con ese aparato arrastra su ojo lisiado en pos de ristras de palabras, mientras escudriña cada renglón moviendo la página en sentido horizontal y vertical. De esta manera, el filósofo, filólogo, librero y pedagogo, consigue leer y mantener el hilo de la lectura con suficiente agilidad. Es capaz de mandarse de un solo empujón un pesado ladrillo de quinientas palabras de la muy kantiana Kritik der reinen Vernunft, o todo un capítulo de las soporíferas novelas pedagógicas de Goethe. No obstante, ese ojo turbio que le queda no le alcanza para leer el reloj. Así que se pasa las horas aguardando los campanazos inexorables del vetusto cronómetro.

Afortunadamente Ántimo se defiende con sus otros sentidos. Su nariz no perdona olorcillos sutiles. Nació con un olfato de perro sabueso. Cuentan que recién nacido encontró con los ojos cerrados el pezón de su madre y que nunca se dejó engañar con biberones de leche de vaca y agua de panela. Ni siquiera con las tetas suculentas de la negra Petrona, nodriza de la familia. Además, a medida que han ido pasando los años, Ántimo ha perfeccionando su olfato hasta un grado infinito. En Europa, estando todavía joven, por pura necesidad, tuvo que refinar aún más su curiosa habilidad. A tal extremo, que llegó a poseer el record olfativo que no hubiera soñado ostentar ni siquiera el mismo Jean Baptiste Grenouille: distinguir con envidiable precisión la fragancia estrogénica de las hembras. La venteaba inclusive entre la infinidad de aromas y almizcles que adornan a las inmutables mujeres europeas. Recién casado, con sólo atravesar el portón del piso en que vivían, ya percibía el vaho inconfundible de los recónditos lugares de Guertrude, que en ciertos días especiales le indicaban que era el momento de poseerla hasta en los lugares menos pensados. Precisamente fue por ese olor que Ántimo se enamoró de Guertrude. De otra manera nunca hubiera podido encontrar en la cara wagneriana de aquella desteñida mujer ninguna emoción que la delatara. Pero ahora, que ya no puede darse esos lujos, ni ha vuelto a percibir el sutil aroma porque Guertrude sufre la menopausia, se resigna con ventearle el almizcle agrio y fermentado de valkiria marchita.

Pero lo que más les impresiona a sus contertulios, es la agilidad mental que conserva Ántimo. No solamente no muestra ningún síntoma de la demencia senil que uno podría esperar a su edad, sino que aparentemente ha desarrollado una inconcebible retentiva. Una memoria prodigiosa del pasado, en cuyos anaqueles y gavetas sin fondo ha conseguido archivar todos los datos de las enciclopedias, textos científicos y obras literarias que ha leído en su vida de lector insaciable. ¡Y es capaz de ubicar en ese maremágnum de recuerdos precisamente aquel que necesita, con sólo pulsar una tecla milagrosa! ¡Prácticamente no ha olvidado nada de su vida! Irónicamente, a cada rato se olvida de dónde dejó sus audífonos.

Porque desde hace meses, Ántimo ha venido perdiendo también la audición. Ahora se ve obligado –excepto cuando le conviene—a utilizar los audífonos. Ya no es capaz de capturar la sutileza de las palabras, ni de percibir los murmullos; y se pierde el doble sentido de los gestos imperceptibles de los amigos y el significado de los silencios. Por eso se siente cada vez más aislado del mundo. Recibe pocas visitas. Cree que los escasos amigos que le quedan no lo comprenden, que subvaloran sus méritos y que se mofan de sus limitaciones. Para participar en una conversación utiliza el viejo truco de sentarse sobre la palabra y no prestársela a nadie mientras termina de redondear totalmente sus argumentos. Simplemente porque duda de conseguir que lo escuchen sus interlocutores. Por eso, sus charlas se han convertido en monólogos eternos.

A pesar de las expectativas que lo acompañaban cuando llegó a este paraíso, Ántimo Castellanos ha tenido que enfrentarse al inexorable avance de sus achaques. En los últimos tiempos le ha empezado a molestar la brisa por el temor de pescar un resfriado y porque le trae el polen de las flores de la Sierra Nevada que lo obliga a estornudar sin remedio. Le teme al sol por miedo al cáncer de la piel, a la humedad por la artritis, al azúcar por el colon irritable y a los perros y a los gatos y a muchas otras cosas… A pesar de que fue un buen bebedor de vino y cerveza, ahora sólo puede tomar agua de panela, y con dos píldoras de acetaminofen de 500 para el lumbago y una infusión de hojas de sen contra la estitiquez. Pero a pesar de que se ha acostumbrado a la compañía de la soledad y a la incapacidad de la depresión, Ántimo todavía no se rinde. Aún se esfuerza por seguir al pie de la letra las rutinas trazadas por ?frau doctor? Guertrude, su única compañía de verdad. Rutinas prusianas que ella ha concebido con la esperanza de preservar la salud de los dos.

Muy temprano, Guertrude y Ántimo salen a bañarse en el mar. Ella lo conduce hasta donde él pueda hacer los ejercicios para la artrosis, ayudándose con el sube y baja del oleaje. Después, los dos buscan la sombra. Y, allí, se sientan a escucharse en silencio, como si solo conversaran sus pensamientos. Sólo dialogan sus recuerdos porque Ántimo siempre olvida el audífono sobre la mesita de noche (no vaya a dañársele con el agua marina) y Guertrude, para variar, tampoco es muy ágil que digamos con el oído. Por las tardes, los dos se sientan en la terraza a contemplar el ocaso, pero sólo ella consigue distinguir los detalles y la nitidez del crepúsculo caribeño. La rutina es cruel. Todas las mañanas hay que hacer ejercicios y todas las tardes, imaginarse el atardecer… Sí: mirar con los ojos de la nostalgia el ocaso de su existencia que se aproxima. ¡Qué dura realidad!

Contrariando sus anhelos, Ántimo no ha encontrado la felicidad. La campana del reloj del recibidor cada vez demora más en tañer. Las horas son eternas. Durante una de esas noches sin horas, Ántimo empezó a soñar con La Nada. En un principio, la alucinación lo visitaba rara vez, pero aquella no-visión, al contrario de su carencia de vista, se vino haciendo cada vez más nítida y persistente. Ahora lo llena de zozobra porque la distingue aunque no esté dormido. A medida que sus ojos se nublan y de que ese velo gris lo va separando cada vez más del entorno, Ántimo percibe con mayor nitidez una sombra amorfa que no se convierte en ninguna otra cosa que en el vacío de La Nada. Ese fantasma sin espíritu, sin densidad… Esa pared sin ventanas lo acosa sin compasión desde hace meses. Lo persigue esa amenaza vaga, inexplicable e indeterminada…

Desde que Ántimo se leyó las obras de Kierkegaard y Heidegger, lo ha contagiado el concepto de la angustia: ?el temor a la nada?. Ahora, en su vejez, aislándose del mundo, siente que La Nada lo amenaza en la oscuridad y por eso lo embarga la melancolía, el terror y la angustia.

El destino se ceba con Ántimo. Últimamente su ojo ?bueno? ya no es capaz de leer ni siquiera con el grafoscopio electrónico. Y, tal como van las cosas, ni con el más poderoso audífono será capaz de escuchar a Guertrude cuando ella le lea los clásicos alemanes. Ésos que le ha escuchado cientos de veces y que ella goza leyendo, porque están escritos en germánico gótico.

El doctor le diagnosticó a Ántimo una catarata avanzada y, sin ningún compromiso de éxito, se propone extirparle ese cristalino opaco y enmohecido. Ántimo comprende el riesgo: podría morir en la operación, o en el mejor de los casos quedar definitivamente ciego. No obstante, podría volver a leer con ese nuevo lente que el médico intentará acomodarle en el globo ocular. Tal vez con ese cristalino de plástico consiga releer la filosofía de la angustia: La Nada de sus amigos Heidegger y Kierkegaard.

Y !vigilar a Guertrude! Pues lo asedian también los celos. A pesar de que no le ha vuelto percibir la excitación, el viejo sospecha que su mujer intenta ponerle los cuernos de vikingo con el negro ese que le trae el mercado a domicilio, el que arregla la lavadora, el del correo, en fin… el ?todero?. !Qué tal que Ántimo se percatara de que también está perdiendo el olfato!

Ántimo ha ido pasado de la depresión al delirio, ha empezado a desconfiar de todo y de todos. Aquel almizcle que rezumaba el cuerpo de su esposa, ese aroma nórdico que lo excitaba, ahora no lo percibe y eso le preocupa casi tanto como no poder leer un trozo de Kant.

Hoy tienen otra vez cita con el oftalmólogo. Tal vez muera en la sala de cirugía: podría ser la solución…

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Santa Marta, 2006

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