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Alquimia. Arte sagrado o charlatanería

 

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Leo Castillo

Durante siglos, sufriendo persecuciones, padeciendo tortura, incontables hombres y mujeres (entre los que se cuentan eminentes figuras del pensamiento y del arte de todos los tiempos, y desde reyes hasta lacayos) han sacrificado riqueza, familia, salud, llegando a morir de hambre en prisión, subir a la horca o ser quemados, siguiendo un arduo estudio, efectuando enigmáticas manipulaciones de la materia, sometiendo el espíritu a una agobiante disciplina tras la cristalización de la gran obra, llave que abriría el libro de las leyes secretas de la naturaleza y los pondría en posesión del supremo conocimiento, del aqua vitae o el elíxir de la vida, una revelación trascendente, inefable, por encima de toda experiencia y virtualmente intransferible. Hostigados en Roma como matemáticos, astrólogos, magos y fanáticos de una ciencia oculta, por esta causa fue condenado Plinio durante el reinado de Tiberio. Así, tanto Claudio como Vitelio promulgaron senatus-consultos sentenciando a castigos atroces a quienes se entregaban a estos ejercicios y se penalizó este conocimiento a tal extremo que la sola posesión de libros del género (que eran quemados públicamente, a veces en presencia de obispos -por orden de Teodosio, por ejemplo) significó para muchos la muerte. Diocleciano ordenó la destrucción de tratados, sin contar las bárbaras matanzas de los adeptos en Egipto. Dichas persecuciones atraviesan toda la Edad Media hasta el Renacimiento. Ya en el siglo XV, el arzobispo de Praga fue perseguido debido a esto por el mismo concilio que condenó a Juan Hus y en el XVI, un decreto dado en Venecia (1530) citado por el patriarca de Aquilea, prohíbe bajo pena de muerte el ejercicio de este arte; por esta causa fueron ahorcados Bragachino y tostada en una caja de hierro María Zigrerin. El número de los quemados vivos nunca podrá determinarse. Que hombres de la talla de Demócrito, padre de la teoría atómica, Cleopatra, Santo Tomás de Aquino, el Doctor iluminado Ramón Lull, Paracelso, Pico de la Mirándola, Newton o Goethe (la lista es interminable) se hallan entregado a estas prácticas pareciera avalar la especie que hace de éste el arte sagrado por excelencia: estoy hablando de la alquimia.

En el origen de la alquimia se yergue Hermes Trimegisto, según la tradición, autor de unos 20.000 volúmenes que disertan sobre medicina, astrología judiciaria, ciencia oculta y otros. Si bien no se conservaría de él sino su Tabula smaragdina (ver más abajo), la suma de su legado pudo bien pervivir transmitida de generación en generación entre los sacerdotes del Egipto, pasar a Grecia, de aquí a Roma y más adelante a Europa (desde luego, no cabe discusión respecto de la introducción de la ciencia de la llave en Europa por los árabes, siendo España la puerta de entrada), del mismo modo que hemos conservado La Ilíada, la Biblia o los fragmentos de Parménides. También se menciona al Keops del Egipto metalúrgico y místico como el más antiguo alquimista.

Ciencia de la letra M (por misam, balanza, otra de las maneras de nombrarla por los adeptos, pues mediante la alquimia se establece la pérdida o ganancia de los cuerpos sometidos a proceso), y también astrología del mundo interior, la alquimia, desde una época imposible de precisar, fue cultivada por los sabios musulmanes, entre los que se cuenta a Geber y a Avicena. Este Geber la sublimó al nivel de doctrina científica con el descubrimiento del aqua fortis y el aqua regalis; sentó la importancia que los gases (que llamó espíritus) desempeñarían en la composición de los cuerpos. El indeterminado autor de la Clave de la sabiduría habría poseído el elixir vitae (el oro potable o bien la quinta esencia de los elementos que conforman los tres reinos de la naturaleza.) Cabría agregar los nombres de Mahommet ben Zakaria, Khalid, la escuela de Saadia o la Academia cordobesa, entre tantos otros.

Al alquimista griego nacido en el Alto Egipto (entre los siglos III y IV), Zósimo de Panópolis, cabe la distinción de ser el primer autor documentalmente reconocido, a quien se deben los libros de alquimia más antiguos de que se tenga noticia, conocidos por citas en griego original y traducciones en sirio o árabe. Una traducción debida a Tugra’i (Ibn Al-Hassa Ibn Ali Al-Tughra’i, alquimista persa del siglo XI) fue encontrada en 1995. Del papiro de Zósimo de Panóplis encontrado en Egipto se ha escrito: «La importancia de este papiro se encuentra en que es la más antigua receta de cerveza de la que se tenga constancia escrita.»

De los alrededores del siglo III d. C (mencionada por Zósimo) tenemos noticia de la matrona de los alquimista, María la Judía, a quien se debe el Balneum Mariae (Baño María. Se trata del llamado calentamiento indirecto por convección térmica del medio, y por conducción térmica de la substancia.) El cronista bizantino del siglo VIII Gorges de Syncelles la hace iniciadora de Demócrito, y es citada por el enciclopedista árabe Al-Nadim en su Catálogo del año 89 como uno de los cincuenta y dos alquimistas famosos. No cabe duda de su importancia en lo que respecta a la práctica operativa, sabedora de la preparación del caput mortum. Los filósofos, reunidos ante ella, habrían declarado: «Bienaventurada seáis, María, porque el Divino secreto escondido, os ha sido revelado.» Es conocida entre los árabes por Hija de Platón, bien que bajo esta denominación los textos alquímicos designan el azufre blanco, primer estado de la tintura al blanco salida directamente de la flor cuyos cinco pétalos se ven en cierto grabado. María pasa así (se ha dicho que en alquimia la metalurgia es simbólica; así mercurio, azufre y sal son respectivamente espíritu, alma y cuerpo. Las tres partes dichas deben someterse a la máxima alquímica solve et coagula, esto es, separarlas, purificar luego individualmente con régimen de fuego propicio, lo que conlleva mucho tiempo y vigilancia de los aspectos planetarios; las tres partes deben unirse otra vez para formar la substancia inicial entonces cargada de ciertos poderes) a ser identificada con la materia que trabaja. De hecho, algunos ven las substancias químicas, estados físicos y procesos materiales como meras metáforas de entidades, estados y transformaciones espirituales. Símbolos de la evolución desde un estado imperfecto, enfermo, corruptible y efímero hacia el estado perfecto, sano, incorruptible y eterno. La piedra filosofal, una clave mística que posibilitaría esta evolución.

En China hay una respetable tradición alquímica, relacionada con el taoísmo. Está estrechamente relacionada con la medicina y las prácticas espirituales ajenas a las artes marciales, acupuntura, el Tai chi chuan y el dominio del Qi. En américa, el Horóscopo maya habla de una percepción no convencional ni evidente entre fuerzas primordiales de la naturaleza, los astros, los animales, las plantas y los hombres relacionados en un plano que va más allá de lo físico. Basta leer los libros de Carlos Castañeda (las enseñanzas del brujo yaqui Don Juan) para entender que en estas latitudes las culturas precolombinas resultan nada inocentes en esta materia.

La alquimia emplea indistintamente términos de la mitología bíblica y pagana, la astrología, la Cábala y de otros campos místicos y esotéricos. Está relacionada y entrelazada con astrología y la teurgia desarrolladas para complementarse en la búsqueda del conocimiento oculto. Para alcanzar la iluminación, amén de un maestro iniciático, laboratorio, paciencia, destreza y otros muchos atributos, se precisa de una milagrosa capacidad versátil de decodificación, o de intuición. Esto debido al carácter secreto, la terminología cifrada, como se ha dicho, que esquiva la denominación literal; de modo que no se llega a ninguna parte con la aplicación al pie de la letra de las recetas. También es imposible la elaboración sin un buen conocimiento de compuestos inestables. Las carencias deben a menudo suplirse con la experimentación, las tradiciones y muchas especulaciones hasta profundizar en el arte. Cuidarse de reactivos impuros, observar escrupulosas medidas cuantitativas y nomenclatura hermética. Si a esto agregamos precarias condiciones de seguridad, no resulta insólito encontrarnos con discípulos arruinados, sin resultados, maldiciendo de mil formas a la alquimia. Titus Burkhardt declara que Goethe fracasó al intentar la alquimia. Otro tanto podría afirmarse del desencantado Borges, a pesar de la asesoría del enigmático Xul Solar, según lo trasluce alguno de sus poemas. Un viejo amigo de García Márquez, Pepe Stevenson, me dijo una tarde en un restaurante en Cartagena de Indias que Ramón Vinyes habría iniciado al Nobel novelista en los rudimentos de la alquimia, que pues el llamado Sabio Catalán de Cien años de soledad tenía su laboratorio; también cabría pensarse en Melquiades, imagen idealizada del alquimista, y del Aureliano, su discípulo. Empero, la lectura de sus memorias Vivir para contarla, revelan una relación asaz superficial, distante entre el europeo y nuestro novelista, que no condice con la íntima de maestro-discípulo del modelo alquímico. En tal caso, no sería accidental que el presunto autor de Cien años de soledad, Melquíades, sea presentado por García Márquez como alquimista, iniciador del personaje protagónico de este bello libro, que para alguien «está escrito en clave alquímica.» No insistiré en esto: Quevedo se burla sin piedad de los presuntos alquimistas.

La alquimia aparece de improviso como un elaboradísimo cuerpo de doctrina a la caída del Imperio romano, y durante la Edad Media se enriquece de términos y misterio como doctrina oculta. Arrebata el interés tanto de sabios y filósofos como de charlatanes. Tiene que ver con especulaciones de filósofos griegos, visiones de gnósticos y alejandrinos. Pero su raíz práctica viene ya de los procedimientos metalúrgicos e industriales del antiguo Egipto.

El origen místico de la alquimia suele llevarse a algunos pasajes del Génesis. Incluso, no falta quien afirme que la Biblia sólo puede ser cabalmente entendida mediante la aplicación de las claves secretas de la alquimia, y que a los legos se les cuenta una historia, otra a los iniciados. Sin esta lectura, se dice, nunca es posible alcanzar el profundo sentido, los planos cifrados definitivos de la Escritura. Respecto del arte gótico y en general de las catedrales medievales, otro tanto afirma Fulcanelli: la catedral como un secreto libro de piedra que sólo pueden leer los adeptos.

La palabra alquimia (sigo de nuevo a Burkhardt) deriva del árabe al-quimiyya. Quimiyya, a su vez, del vocablo del Egipto antiguo Khemes, que vendría a significar la tierra negra. Esta «tierra negra», como todo en la alquimia, aludiría a una noción esotérica trascendente. Algo como la parakriti de India, substancia más sutil que el éter, de la que dimanarían tanto el universo físico como las almas.

«Las disoluciones de esta clase por ácidos o agua fuerte, no pueden considerarse como verdaderos fundamentos del arte transmutador de metales, sino únicamente como imposturas de alquimistas sofistas que creen poseer el secreto del arte sagrado», ha escrito Bernardo de Trevisa, y Nabi Effendi en Consejos a mi hijo Abul Khadir, para disuadir a su hijo que desea darse al estudio de la alquimia, dice que todos los alquimistas son charlatanes, el firmamento es un libro que sólo Dios sabe leer y que serán malditos los que se atrevan a imitar sus obras.

Tabula smaragdina (o Tabla esmeralda )
I. Lo que digo no es ficticio, sino digno de crédito y cierto.
II. Lo que está más abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno.
III. Como todas las cosas fueron creadas por la Palabra del Ser, así todas las cosas fueron creadas a imagen del Uno.
IV. Su padre es el Sol y su madre la Luna. El Viento lo lleva en su vientre. Su nodriza es la Tierra.
V. Es el padre de la Perfección en el mundo entero.
VI. Su poder es fuerte si se transforma en Tierra.
VII. Separa la Tierra del Fuego, lo sutil de lo burdo, pero sé prudente y circunspecto cuando lo hagas.
VIII. Usa tu mente por completo y sube de la Tierra al Cielo, y, luego, nuevamente desciende a la Tierra y combina los poderes de lo que está arriba y lo que está abajo. Así ganarás gloria en el mundo entero, y la oscuridad saldrá de ti de una vez.
IX. Esto tiene más virtud que la Virtud misma, porque controla todas las cosas sutiles y penetra en todas las cosas sólidas.
X. Éste es el modo en que el mundo fue creado.
XI. Éste es el origen de los prodigios que se hallan aquí [¿o, que se han llevado a cabo?].
XII. Esto es por lo que soy llamado Hermes Trismegisto, porque poseo las tres partes de la filosofía cósmica.
XIII. Lo que tuve que decir sobre el funcionamiento del Sol ha concluido.

                                                                                   (Hermes Trismegisto, Preceptos)

 

El sueño del infierno
(…)-¿Cómo es posible que por ningún camino se halle virtud en gente que anda siempre soplando?
-Alto-dijo un demonio-;que me he enojado; vayan al cuartel de los porquerones, que viven de lo mismo.
Fueron, aunque a su pesar; y yo bajé otra grada para ver los que Judas me dijo que eran peores que él, y topé en una alcoba muy grande una gente desatinada, que los diablos confesaban que ni los entendían ni se podían averiguar con ellos. Eran astrólogos y alquimistas.
Estos andan llenos de hornos y crisoles, de lodos, de minerales, de escorias, de cuernos, de estiércol, de sangre humana, de polvos y de alambiques. Aquí calcinaban, allí lavaban, allá apartaban, y acullá purificaban.
Cuál estaba fijando el mercurio al martillo; y habiendo resuelto la materia viscosa y ahuyentando la parte sutil, lo corruptivo del fuego, en llegándose a la copela, se le iba en humo. Otros disputaban si se había de dar fuego de mecha, o si el fuego de Raimundo había de entenderse del de la cal o si de luz efectiva de calor, y no de calor efectiva de fuego.
Cuáles con el signo de Hermete daban principio a la obra magna, y en otra parte miraban
ya el negro y blanco, y le aguardaban colorado; y juntando a esto la proporción de naturaleza, con naturaleza se contenta la naturaleza, y con ella misma se ayuda, y los demás oráculos ciegos suyos, esperaban la reducción de la primera materia, y al cabo reducían su sangre a la postrera podre; y en lugar de hacer del estiércol, cabellos, sangre humana, cuernos y escoria oro, hacían del oro estiércol, gastándolo neciamente.¡Oh, qué de voces que oí sobre «el padre muerto ha resucitado», y tornarlo a matar!¡Y qué bravas las daban sobre entender aquellas palabras tan referidas de todos los autores químicos:»¡Oh!¡Gracias sean dadas a Dios, que de la cosa más vil del mundo permite hacer una cosa tan rica!»Sobre cuál era la cosa más vil se ardían. Uno decía que ya la había hallado; y si la piedra filosofal se había de hacer de la cosa más vil, era fuerza hacerse de corchetes.
Y lo cocieran y destilaran, si no dijera otro que tenían mucha parte de aire para poder hacer la piedra, que no había de tener materiales tan vaporosos. Y así, se resolvieron que la cosa más vil del mundo eran los sastres, pues cada punto se condenaban, y que eran gente más enjuta.

                                                                          Quevedo, El sueño del infierno; Obras Escogidas, Clásicos Grolier, Grolier Internacional, Editorial Cumbre, México, 1978.

 

 

El alquimista
Lento en el alba un joven que han gastado
la larga reflexión y las avaras
vigilias considera ensimismado
los insomnes braseros y alquitaras.

Sabe que el oro, ese Proteo, acecha
bajo cualquier azar, como el destino;
sabe que está en el polvo del camino,
en el arco, en el brazo y en la flecha.

En su oscura visión de un ser secreto
que se oculta en el astro y en el lodo,
late aquel otro sueño de que todo
es agua, que vio Tales de Mileto.

Otra visión habrá; la de un eterno
Dios cuya ubicua faz es cada cosa,
que explicará el geométrico Spinoza
en un libro más arduo que el Averno…

En los vastos confines orientales
del azul palidecen los planetas,
el alquimista piensa en las secretas
leyes que unen planetas y metales.

Y mientras cree tocar enardecido
el oro aquel que matará la Muerte,
Dios, que sabe de alquimia, lo convierte
en polvo, en nadie, en nada y en olvido.

                                                                                    Jorge Luis Borges, El otro, el mismo

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