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Alemania, aunque duela

 

k y L

Fernando Araújo Vélez 

Y aunque duela, uno tiene que aplaudir, más por el proceso que se atrevió a organizar Alemania durante 12 años, que por una victoria en 120 minutos; más por haber decidido cambiar luego de tres títulos del mundo y de otras tantas copas en Europa, que por un agónico gol. Cambió por una derrota, sí, la final de la Copa del 2002, pero esa derrota fue lo de menos. Se necesitaba algo más que la victoria por la victoria. Aquella derrota ante Brasil fue una especie de puntillazo a un sistema que comprendió que el fútbol era algo más que ganar, y mucho más que lanzar y lanzar pelotazos para que un par de tanques ganara en el área rival. “Si así hemos jugado siempre y así hemos ganado todo”, dijeron los eternos enemigos de las transformaciones. En el fondo, ellos mismos y los que propugnaban por el cambio, veían que los estadios alemanes no se llenaban, que aquel histórico producto fútbol ya no era tan apetecido.

Los directivos de la federación se reunieron con los de los clubes. Decidieron armar un plan. Con varios miles de dólares de por medio, organizaron varias escuelas de fútbol. La premisa: jugar bien, que era tener el balón, hacerlo circular hasta que se abrieran los espacios para profundizar, cambiar de ritmo y de estrategia dentro de un mismo partido, presionar al rival, buscar. Así educaron a los nuevos jugadores alemanes, y el fútbol de los domingos comenzó a transformarse. Tre años atrás, cuando Jurgen Klopp asumió la dirección del Borusia Dormund, por ejemplo, lo primero que pidió fue ir al estadio del club. Cuando vio aquella mole con capacidad para 80 ml espectadores, suspiró y exclamó: “vamos a tener que jugar muy bien para poder llenar este estadio”. El Borusia, y Klopp, pusieron sobre las canchas alemanas, fecha tras fecha, el fútbol que la federación y Jurgen Klinsmann, entrenador de la selección, habían presupuestado. Y la gente comenzó a llenar las graderías. Y el equipo, a ganar.

Klinsmann se fue luego de perder contra Italia en el Mundial del 2006. Dejó a su asistente, Joachim Löw, un tipo absolutamente distinto a los convencionales en el mundo del fútbol. Se vestía muy a su manera, hablaba muy a su manera, y entendía el juego muy a su manera. Los periódicos sensacionalistas la emprendieron contra él para vender más diarios, por supuesto. Y deslizaron el rumor de que era gay. Él calló y siguió con su trabajo. Alemania fue en la Copa de Sudáfrica el equipo que había soñado tiempo atrás. No ganó. Un gol de tiro de esquina de España lo eliminó de la final. Sin embargo, Löw, su particular manera de ser y su fútbol, continuaron. Nadie habló de crisis, nadie habló de tener que cambiar, nadie habló de retornar a la vieja usanza del pelotazo y la fortaleza. Löw fue consecuente con el proyecto surgido a comienzos de este siglo XXI, y consigo mismo.  Más fútbol que fortaleza, más inteligencia que imposición.  Con esas armas arribó a la Copa de Brasil.

En Brasil ganó, sufrió, estuvo al borde de la eliminación y la derrota ante Ghana y Argelia, jugó el partido perfecto contra Brasil, pasó a la historia por su juego, y en la final, ante Argentina, encontró la victoria en los últimos minutos de una prórroga en la que los dos equipos estaban más para desfallecer que para continuar.  Sin embargo, en cada uno de los minutos de sus partidos, le apostó a jugar bien, a poner sobre la cancha lo que Löw, y Kilinsmann antes, habían trabajado. Jamás se traicionó. Hubiera podido perder. A fin de cuentas, en la final, Argentina tuvo tres opciones absolutamente claras de anotar, tres mano a manos desperdiciados por sus delanteros (Higuaín, Messi y Rodrigo Palacio), y un penalti a su favor, no sancionado, que más que falta fue un intento de asesinato del potero alemán, Neuer. Cualquiera de esas situaciones habría podido sellar el resultado a favor del cuadro de Alejandro Sabella. Sin embargo, en la única opción clara alemana, Goetze acertó. Y fue 1-0.

Y fue celebrar los resultados de todo estos años de trabajo en un juego que, como el fútbol, tiene más de injusticia que cualquier otro deporte, pues el fútbol, en este caso el Mundial, suele definirse en un solo partido, por un gol, por un tanto, y ese gol, ese tanto, no da opciones de recuperación, ni refleja necesariamente la superioridad de un equipo sobre otro. En el baloncesto, gana aquel que hizo más puntos dentro de un abanico muy grande de posibilidades.  Los partidos se definen por más de 70 puntos, no por uno. Igual ocurre con el tenis, con el béisbol en menor medida, con el voleibol. Los triunfadores suelen merecer sus victorias. No hay tanto espacio para el azar ni para las decisiones de un árbitro. El fútbol, en cambio, se define por un tanto. Una jugada inspirada, solo una;  el error de un arquero o de un defensa, una equivocación arbitral son suficientes para que un conjunto gane. Es la magia del fútbol, dirán. Puede ser.

A largo plazo, sin embargo, se terminan imponiendo los trabajos concienzudos, ordenados, planificados. Los trabajos en los que importa más el fútbol que el dinero que pueda sacar un empresario con una transacción, los trabajos en los que todos los clubes que hacen parte de la familia fútbol están de acuerdo con el camino y la meta. Los trabajos en los que dirigentes, técnicos, jugadores, medio de comunicación e hinchas comprenden y avalan, sin triunfalismos, sin improvisaciones, sin apostarle al azar, sin echarle la culpa a los árbitros de los reveses. Los trabajos en los que, en últimas, todos ganan. Alemania obtuvo la Copa, aunque a mí, como hincha de Argentina de toda una vida, me duela. Y ganó porque fue fiel a un concepto y un trabajo.

 

Foto: Dpa

Klinsmann y Löw, los gestores del nuevo fútbol alemán.

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