El Hilo de Ariadna

Publicado el Berta Lucia Estrada Estrada

LUDMILA OULITSKAÏA

 

LUDMILA OULITSKAIA 

En el 2013 leí El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, con un verdadero interés estético e intelectual,

https://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2013/07/18/el-hombre-que-amaba-a-los-perros-de-leonardo-padura/

es uno de los libros que más me han impactado en los últimos años. Pues bien, ahora acabo de leer otro en el que me sumergí con igual deleite e interés, Le chapiteau vert, Editions Gallimard 2014, de la escritora rusa Ludmila Oulistkaïa (1943); no conozco su título en español, tampoco sé si ya ha sido traducido. Es una escritora a la que no dudo en comparar con Marguerite Yourcenar, así de grande es.

Es un libro de largo aliento, denso, erudito, con esa erudición de las novelas rusas. Oulitskaïa nos pasea por los senderos del arte, por los de su música y los de su literatura; nos sumerge en un refinado tratado de sociología e historia rusa. Nos pasea por la época estalinista y pos estalinista, pero también por el época de los zares y del grupo de oposición llamado Los Decembristas.

Es uno de esos libros que nos ponen retos y a veces se tiene la impresión  que se está leyendo a Dostoievski o a Tolstoi. Yo ya había leído un libro de cuentos de dicha autora, Mensonges de femmes (Mentiras de mujeres) Gallimard 2008, pero es este libro el que me sedujo completamente.

Ludmila Oulitskaïa comenzó a ser traducida y publicada en Francia antes de Gorbachov, pero es solo a partir de los años 90 que su nombre comienza a ser reconocido en Occidente; y por supuesto solo en ese momento comienza a ser leída y publicada en su propio país. Inicialmente sus obras, como las de muchos otros grandes autores rusos, entre ellos Boris Pasternak con su monumental obra Doctor Zhivago, o la del disidente  Aleksandr Solzhenitsyn, me refiero a Archipiélago Gulag, así como la de muchos otros poetas, entre ellos Iossif Brodsky (Premio Nobel de Literatura 1987), hicieron parte de la larga lista de la siniestra KGB o de la institución que la precedió.

Ludmila Oulitskaïa conoció en carne propia la persecución del régimen comunista. Al ser docente universitaria, había escogido la biología como profesión, poseía una máquina de escribir, un verdadero privilegio en la época estalinista y pos estalinista; y como muchos intelectuales, científicos, artistas, músicos, escritores, poetas o historiadores, que poseían una, la prestaba para las labores de la samizdat. En otras palabras, hacía parte de la red que publicaba los libros de la disidencia rusa en una especie de editorial subterránea que llevó a muchos de sus miembros a sufrir las purgas, o el exilio, o la prisión, o el anonimato, o a ser internados en hospitales psiquiátricos, solo por pensar diferente al establishment. La samizdat tenía un círculo muy amplio de dactilógrafos que copiaban libros. En cada tiraje podían hacer hasta diez copias de un solo ejemplar, lo que significaba que al utilizar papel carbón las últimas hojas eran prácticamente ilegibles. Muchos de estos libros viajaban por redes ocultas que los distribuían en territorio soviético, y por supuesto en Occidente, donde eran publicados y dados a conocer por las mejores editoriales; como es el caso de Gallimard, la casa editorial de Ludmila Oulitskaïa desde que ella fuera considerada enemiga del pueblo soviético y privada de su cátedra en la universidad donde laboraba. Sin embargo el país que mejor acogió y difundió su obra, cuando aún era una autora desconocida, fue Alemania. En 1996 gana el Premio Médicis a la mejor obra extranjera con su libro Sonietchka. En el 2001 el Prix Booker ruso. En el 2005 le otorgan el premio de la Academia de Letras Juveniles de Alemania y en el 2011 el Premio Simone de Beauvoir por la libertad de las Mujeres. En el 2012 obtiene el galardón Park Kyung-ni, entre otros premios.

 

Otro de los aspectos que resalto en el libro Le Chapiteau vert es el estilo con el que ha sido escrito. Es una obra que podría leerse como si fuesen cuentos, ya que cada capítulo cuenta una historia diferente, pero todos se entrelazan entre sí; bucean en el inconsciente colectivo y en la memoria colectiva e individual. Y es que ese es otro de los grandes méritos del libro, ya que rinde homenaje a la memoria. Nos recuerda que si bien somos individuos, también formamos parte de un círculo social y político; y que por ende todas las manifestaciones artísticas, culturales, sociales y políticas, deben ser conocidas y reconocidas por nuestros contemporáneos y por nuestros descendientes. Nos recuerda que no somos islas sino continentes, y que no somos nada sin los otros. Nos recuerda que somos producto de la lengua y de la cultura que nos ha alimentado desde antes de nacer; que sin ellas no existimos, no somos nada; sin ellas viviríamos en el limbo.

En el caso específico de Oulitskaïa, Le chapiteau vert es un magno homenaje a la cultura y lengua rusas. Es un inmenso homenaje a su pueblo, al pueblo que se negó a desaparecer en las purgas de Stalin y sus secuaces. Con esto quiero decir que también es un tratado de sociología; tal y como lo había enunciado anteriormente. Este libro me ha llevado a entender un poco más al pueblo ruso; pero sobre todo me ha llevado a creer lo que por mucho tiempo creí que era propaganda anticomunista, como lo es la denunciación de una persona en particular, aún por miembros de su propia familia, ante la KGB o el departamento que la precedió, donde se inventaban cualquier cosa con tal de hacer hundir a alguien que los molestaba o que les impedía hacer lo que a cada uno de ellos le interesaba en un momento determinado. Pero sobre todo muestra el ambiente gris e inhóspito de un régimen autoritario y dictatorial. Es un libro que se sumerge en el miedo, en el mismo miedo que sentí con la lectura del libro de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros. Es el miedo que nos han hecho sentir tanto las FARC y el ELN,  como la extrema derecha colombiana en estos últimos años en la que ha sido liderada por ese personaje siniestro que es Uribe.

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