El Hilo de Ariadna

Publicado el Berta Lucia Estrada Estrada

III PARTE – LA SHOAH EN CLAVE DE ATENEA DE CLARA SCHOENBORN

III OFICIOS DE LUCIÉRNAGA

 

Oficios de luciérnaga, tercera parte, es un oasis entre tanta tragedia, es el sol que sale en cada amanecer o cuando termina la tormenta. Es un sándalo que hace huir el hedor de los hornos crematorios y que le permite a esa voz colectiva respirar y seguir perpetuándose sin ser ahogada en el lodo del olvido.

En Gitana reaparece nuevamente la viajera que somos, allí “todos los caminos rezan/ en la longitud de su falda”. En ella lleva oculto el “libro de agua (donde) tiemblan los paisajes” y en él escribe uno a uno los secretos de su pueblo milenario, y en él imprime “letras en la sombra” y su lengua llama al “génesis”. Tal vez por eso en Hada, Clara Schoenborn dice: “qué fácil es descifrar/el reflejo de un horizonte”. Y en el de Artista, “su idioma está hecho/de caleidoscopios”. Y la  Maestra “anula el vacío de los interrogantes/y transforma esos vidrios en ventanas”. Y luego se transmuta en Poeta, “sé que el horizonte/también es enigma,/pero quiero/-irremediablemente-/mirar/y mirar”. Por eso tal vez en Bella la poeta nos habla nuevamente de “las ventanas/las que miran por tus ojos”, y su “atuendo/es un coro de tulipanes”. Y la Pintora se enfrentó a “la noche” y “ni la niebla/(pudo)ganarle al puntal de los reflejos”.

En Musa: “De todas las mujeres estoy hecha,/como las capas de la tierra/de donde brota el milagro.    //   Nada más búscame en tu memoria/-en ese punto de fosforescencia-y yo te prestaré mi canto de fertilidad/….//…. “en mí cantan en voz alta/todas las hembras/centrifugando los sentidos,/entretejiendo corales,/que luego acomodo en tu cuello,/una/y otra vez”.

La voz colectiva, a la que hacía alusión anteriormente, se convierte en una sola voz, la voz de todas, la voz de la memoria, el “canto de la fertilidad”.

 IV PARTE

OFICIOS BAJO EL ÁRBOL DE INVIERNO

 

Oficios bajo el árbol de invierno, es el capítulo del exilio, del desarraigo, de la pérdida de identidad, es la brújula extraviada para siempre, el camino sin norte y sin sur, el deambular perpetuo, sin rumbo fijo, ni meta determinada.

La Mendiga nos recuerda que “No hay hambre/más hambrienta/que el silencio”, y yo añadiría, más hambrienta que la indiferencia. La incomprensión es otra forma de hambruna, la incomprensión que nace de la indiferencia y de la ignorancia.

La hambruna es vista en el poema Vieja como una profunda cicatriz, símbolo de la debacle humana, de la aridez de la tierra que hemos sembrado como especie que todo devora. Este poema es un enorme espejo de aumento que nos muestra “esa cicatriz que cuelga/ de su última arruga” y hace metástasis en Lapidada:

“¡Silencio!/Silencio en el silencio/Silencio antes del silencio/Silencio después del silencio/¡silencio!    //    para ella el silencio, con su silencio de piedra,/antes de la muerte,/antes de la vida/   //    Mujer,/piedra,/muerte/ y silencio/   //   Silenciamiento   // Silenciada   /   Silencio.”

Este poema bien podría acompañar a la Adúltera. Recordemos como en La Biblia se condena la infidelidad femenina con la lapidación, práctica que aún se lleva a cabo en algunos países del África de confesión musulmana; sin que el hombre sea nunca castigado. Para los musulmanes incluso la violación a una mujer es considerada adulterio, por lo que la condena oscila entre la cárcel o su vida; eso depende del país donde la víctima resida.

La Prostituta se conduele en el “sótano donde atrapó la niebla”.

En Mutilada la diáspora es vista como una mutilación. ¿Qué es sino la migración obligada una mutilación de nosotras mismas? Cuando se cercenan los orígenes, se cercena lo que más amamos, o sea la esencia que nos hace seres humanos:

“En dónde queda/la huella del esqueleto/ si ni siquiera hay cenizas/ en esta demolición?”

Otra diáspora humana, pero invisible, como todas las diásporas la escondemos detrás de los espejos para no contemplar nuestras propias cicatrices. Y si hablo de mutilación es porque pienso en la pérdida de la identidad, de la lengua, de la cultura, en el alejamiento obligado de nuestros orígenes, familia, poblado, casa; es decir, todos los aspectos que nos hacen seres humanos.

Es el caso de Divorciada, otra forma de exilio, de exclusión, del dolor de ser y no ser, la negación del espejo que rechaza nuestra propia imagen para devolvernos la máscara que no tiene astrolabio, ni bitácora; por eso leemos:

“No sé como desaprender/el retroceso de los labios/… //… siempre supe/que la suerte no tiene identidad”.

Por eso en Fea “apela a la oscilación del reloj/la misma que carcome/las campanillas en los espejos”. Y en Discriminada levanta la cara y dice: “Camina entre ese mal olor omnipotente/… // … Confía en los párpados abiertos/y en el giro de la mareas”.

Pero es tal vez en los dos últimos poemas, Ciega y Esclava, donde vemos la condenación eterna que le fue imputada a Eva:

Ciega:

“En esta caja me he vuelto compañera/de mis monólogos:/Con ellos descifro/el vuelo del águila, le arrebato/sus tatuajes negros”. No tenemos a nadie, apenas si somos compañeras de nosotras mismas.

Y en Esclava:

“¿Que vives de la sed/ y que no tienes espejos?”

El espejo que antes deformaba se torna en este poema en una sed ancestral, y la carencia del agua impide el reflejo del rostro que desea mirarse a sí mismo, evita por lo tanto el reconocimiento como especie y nos condena al ostracismo perpetuo:

“No vigiles más/ a esos soles siempre esquivos,/recuerda el collar de ágatas que te arrebataron.   //   El futuro está hecho/de mucho más que tiempo/ y es por algo que tu roca/suda hoy el estaño”.

Estos versos, de contenido altamente metafísico, nos recuerdan que como especie que hemos creado Leonardos y Miguel Ángeles o Sor Teresas o Yourcenares, también hemos creado el horno crematorio, la Shoah, pozo oscuro que nos aniquila como especie.

 

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