Dirección única

Publicado el Carlos Andrés Almeyda Gómez

Escribirse a sí mismo bajo el volcán


La mujer roja y otras lucubraciones prosaicas
Daniel Rodríguez-Loaiza
Ed. InkSide Poesía
270 páginas
Medellín, 2018

¿Qué es exactamente una lucubración prosaica? ¿Qué, un libro dividido en capítulos a manera de islas que denotan un flujo de conciencia cargado de cansino barroquismo? Tras una relato metafísico y sin género específico que va de la autoficción a la prosa poética, este libro es precisamente un compendio experimental de relatos a manera de cuentos que configuran en sí un proceso escritural homogéneo en donde su autor, Daniel Rodríguez-Loaiza pretende meditar vertiginosamente mientras teje un relato convulso y a ratos reflexivo desde la urbe y la anécdota pausada, otras desde una ciencia ficción también atravesada por la psicosis de un narrador omnisciente pesa de una larga pesadilla, «universos fluctuantes» esperando el acabose,  «las elevadas torres de una catedral, húmeda y gris, semejantes a descomunales agujas», embarcaciones dejadas a la nada cósmica o autobuses girando en medio de la noche como estrellas muertas.

Tratamos de hilar con él una suerte de largo paisaje onírico escrito a modo de antología, acaso como una declaración de intenciones, un ars poética o una confusa novela pero sin el efectismo de una narración que quiera ser lineal en cuanto discurso cronológico. Se trata de una suma de relatos en los que siempre se respira el vaho de un narrador que va del terreno íntimo a esa otra esfera que parece la de quien nos cuenta de otras historias «lunáticas» a manera de intermezzo. Que va de la ciencia ficción y de relatos como “El juguete” -¿cyber punk?– («Una mañana inesperadamente hubo silencio. Todos estaban allí. Las excavadora con sus patas de araña, los camiones-oruga, los cargueros movidos por la propulsión de las turbinas y las grúas de incontables brazos como octópodos mecánicos…») a relatar situaciones cercanas, ir de la estela lunar a un cruce vehicular frente en la noche roja de Medellín  o de cualquier ciudad inventada.

Se trata de una “prosa centelleante” con la que no estamos seguros si entender este libro como un rara avis lleno de florituras que quieran fundar una poética, toda vez que su estratagema más visible es el uso desmedido de imágenes y adjetivos como quien reescribe una lacónica vorágine en medio de una calle cualquiera de Medellín, ciudad de la cual es oriundo Rodríguez-Loaiza. Para hablarlo con claridad, se trata de 21 textos más o menos breves unidos por un narrador grandilocuente cuya característica esencial es la de nombrar el entorno en un tono siempre exultante. Algo de oscurantismo, de sanguinolento gesto draculeano, algo de romanticismo que lleva a su protagonista a hablar en modo de confesión. Escritos entre 2002 y 2010, se trata de islas que configuran un autorretrato de su autor, antropólogo de la Universidad de Antioquia y amante confeso de autores como Poe, Bradbury y Stoker, como aquel que quiere servir de nombre de la compilación, ora de cuentos, ora de relatos personales, “La mujer roja”, un relato lleno de pasiones encontradas en donde el lugar común nos pone al tanto de la celada: la noche, el deseo, los pecados de la carne y la prostitución, el arrepentimiento, la duda, la sordidez y el sexo. El leit motiv de todo el libro puede leerse entre líneas: “Deambulo en soledad. Más que un solitario, soy un condenado (…) soy un sensible un nostálgico”.

El libro de Rodríguez-Loaiza debe ser visto como un volumen experimental que quiere a toda costa jugar con el lenguaje desde el arrebato poético y la constante obsesión por la reiteración de estas ideas marcadas a lo largo del retrato personal que configura La mujer roja y otras lucubraciones prosaicas, puede ser por un lado inocente pero a fuerza de serlo es sincero y denota el ejercicio de la catarsis constante, sobre todo por volver siempre al lugar de todos sus desencuentros. Aunque aparezca el tono libresco y nos encontremos en algún paraje ucraniano, en lugares celestes, imaginados o hurtados al sueño profundo bajo el sol de Antofagasta, siempre reaparece el personaje-narrador que hace un poco de Bela Lugosi, de poeta desheredado y maldito y que nos pone de vuelta en Colombia cuando se nos narra la vida agreste de un fantasma citadino o se nos cuenta de las rutinas de cualquier desconocida.

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