Dirección única

Publicado el Carlos Andrés Almeyda Gómez

Un ensayo desde y sobre el terror*

Foto: Sara Rojas para La Silla Vacía

Antropología de la inhumanidad
María Victoria Uribe Alarcón
Universidad de los Andes
Bogotá, 2018, 154 p.

Antropología de la inhumanidad, de María Victoria Uribe Alarcón resulta un necesario exorcismo al fenómeno de la violencia en Colombia, más allá de ser una suerte de «historia social del bandolerismo», o «un recuento exhaustivo de las dinámicas políticas y sociales de la guerra en Colombia», se trata de un escrutinio a las masacres y «los contornos de una inhumanización que ha alimentado las tecnologías del terror en Colombia». Antropología de la inhumanidad fue publicada originalmente en la Petite Bibliotheque des idées de la Editorial Calmann-Lévy en 2004 para luego ser reeditado por editorial Norma en 2004 en su ya extinta colección Vitral (extinta como todo lo bueno de este sello).

Desde el periodo conocido como la Violencia -1946-1964-, «partera de la historia reciente del país», Uribe Alarcón desentraña el común denominador de los brotes de animalización a los que han sido sometidas las víctimas antes y después de su asesinato; revisa de esta manera algunos elementos semióticos que rodean la escena de estas masacres, así como los pormenores de una carnicería plagada de códigos que corresponden a «un estadio social pre-simbólico que estaría señalando la existencia de un excedente que se niega a ser simbolizado», a una antropología de las significaciones: tortura, sacrificio y carnicería.

De esta manera, el presente estudio acude a documentos preexistentes, a testimonios, a la historia temprana de estas pugnas, en un país de «inquietante irracionalidad» (según las palabras de Gonzalo Sánchez), en el que las dos grandes fuerzas políticas de entonces se comportaban «no como partidos sino como una subcultura de la vida cotidiana»: pugnas que se finiquitaban someramente «mediante amnistías que pretendían definir el statu quo de los rebeldes derrotados», como se ve en las guerras civiles, la Violencia o los procesos políticos más actuales, el M-19 por ejemplo, todo como recurso extremo del Estado, hasta lo que ella llama «equilibrio catastrófico» que impide a las elites definir la guerra a su favor. Se hace claro aquí hasta qué punto la fragmentación política en el territorio y la escisión entre los poderes confrontados llevó a la población civil a defender luchas claramente definidas por su herencia o por el inconformismo sostenido desde la marginalidad, aquí la Violencia liberal-conservadora, «como evento crítico» y la violencia «como fenómeno consustancial a lo social».

Luego, el clima de antagonismo político que definió de manera trágica una relación «amigo-enemigo» y por la cual se agudizaron los contornos de dicha rivalidad, campesinos alimentados por ‘·los rumores. las antipatías, las pugnas y las intrigas», así como por las campañas de desacreditación, visiblemente maniqueístas. Por un lado, la ortodoxia conservadora y, por el otro, el populismo liberal , «masa amorfa, informe y contradictoria» como lo llamara Laureano Gómez, «basilisco que camina con pies de confusión y de inseguridad, con piernas de atropello y de violencia. con un inmenso estómago oligárquico. con pecho de ira, con brazos masónicos y una pequeña, diminuta cabeza comunista». Uribe Alarcón llega, además, al bandolerismo social de Eric Hobsbawm para demostrar cómo el bipartidismo o la resistencia campesina convivieron en forma paralela con este fenómeno para luego convertirse no en una consecuencia de la Violencia, sino en una de las enfermedades alimentadas por el desarraigo, el deseo de venganza o el acelerado juego por el poder.

El asunto etimológico en la designación de los miembros o comportamientos de una cuadrilla de bandoleros, constituye el común denominador de un libro que prefiere centrarse en esa suerte de lenguaje de la violencia, como ya se dijo antes, y que aclara lo concerniente a la animalización y los rituales en las ejecuciones. Desde las tres clases de cuadrillas que distingue la autora -una de gran tamaño dedicada a los ajustes de cuentas políticos y las venganzas, otra menor de carácter «justicialista» y una tercera, mucho más pequeña. dedicada al pillaje-, vienen a cuestión nombres de bandoleros como Chispas, Desquite. Sangrenegra, Súperman, Póquer, Almanegra o Mariposa, así como la designación de los papeles dentro de estos grupos conformados en su mayoría por campesinos. esto es, el «campanero». quien avisaba sobre imprevistos a la tropa, el «cuidandero», encargado de custodiar sus pertenencias, o el «sapo», el delator «volteado» que señala a unos u otros.

El problema del antagonismo político, estudiado en parte del capítulo inicial de Antropología de la inhumanidad, llevó a que liberales y conservadores sólo pudiesen validarse a través de la destrucción de su opuesto. La alteridad en este caso, según lo confirma Uribe Alarcón, viene de los estereotipos heredados de las guerras civiles del siglo XIX, cuando los dos grupos –cada uno envenenado contra el otro desde la murmuración y el odio prefabricado-, se vieron sesgados por el fanatismo y las leyes familiares que les endilgaba una filiación determinada, todo esto con un trasunto ideológico de naturaleza maniquea, rico en símbolos y representaciones culturales. La idiosincrasia y la superstición son el garante de una serie de códigos que fueron estandarte de dicha polarización, desde el color azul para identificar al partido conservador –el color de la Virgen de La Inmaculada Concepción– o la utilización de escapularios y medallas como «agüero»  por parte de los bandoleros, en su mayoría bautizados bajo el credo católico.

Cierra el capítulo «EI antagonismo social durante la Violencia», un interesante estudio de iconos y sobrenombres relacionados con elementos de la naturaleza y de la cultura popular, algunas veces como símiles y otras como forma de hacerse a los atributos de los nombres que eran utilizados. Parte Uribe Alarcón de los sistemas significativos que corresponden a la relación de los bandoleros con su entorno:

«…el primero de ellos era la manera como concebían su propio cuerpo. El segundo correspondía al uso que hacían de determinados nombres de animales como alias, y el tercero, los mecanismos mediante los cuales animalizaban a sus enemigos».

Se muestran aquí -al igual que en un breve diccionario que se incluye al final del libro- los nombres que recibían ciertas partes del cuerpo según rasgos propios de sus animales domésticos –como «tuste», «guacharaco», «buche» o «chocosuela»–, o el porqué de los alias propios de los bandoleros)’ de sus víctimas, en un perverso sistema de ··representación y auto-representación». Varios de estos nombres mutaron luego en verbos como «pajarear». » pavear» o «palomiar» y muchos bandoleros los tomaron como suyos en aras de granjearse un estatus dentro de sus cuadrillas. acudiendo también a palabras del folclor popular, héroes de la Biblia o simplemente adjetivos que destacaran un atributo particular.

El capítulo que sigue, «Las masacres como síntoma social», revisa detalladamente las masacres y su injerencia o relación con las patologías propias a actores del conflicto, conduce entonces la lectura a uno de los puntos más importantes del estudio: » la necesidad de incorporaren el análisis teoría relacionada con la impureza y la contaminación, con la semiótica, con el simbolismo cultural y con el sacrificio». Su estudio habla de la falta de terceros que mediaran en los conflictos anteriores a los rituales de carne, dada la polarización bipartidista, y empieza por revisar el escenario que precedió las masacres, la venganza, los ejercicios de poder an te vecinos y familiares. o los procedimientos propios a cada grupo, la violación de las mujeres, el asesinato de los hombres y la manipulación post mortem de sus cuerpos. Se describen algunas prácticas como el llamado corte de franela –»inaugurado por la policía chulavita y replicado posteriormente por los bandoleros liberales»–, que consistía en «cortar los músculos y tendones que sostienen la cabeza. con el objeto de que está se desplazara hacia atrás, dejando ver un profundo agujero en la zona del esófago», el «corte de mica», en que «se decapitaba a la víctima y su cabeza era reubicada entre sus manos o sobre la región del pubis», o cortes que establecen analogías con la culinaria como «bocachiquiar» –zanjas oblicuas con el machete hechas en la espalda para causar una muerte por desangramiento–, o el llamado «cortar para tamal», esto es, descuartizar el cuerpo de la víctima como si fuera la carne cruda de un animal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Victoria Uribe desarrolla luego una investigación comparativa sobre los mitos fundacionales de los grupos insurgentes Liberation Tigers of Tamil Eelam de Sri Lanka , las Farc de Colombia y el Ira de Irlanda del Norte, En el curso de este libro, Antropología de la inhumanidad, el objeto de dicho trabajo le sirve como apoyo para fijar un modelo que encuentra a Colombia como un caso aparte en cuanto a la historia y desarrollo de sus problemas internos, Por ello, el capítulo final, «El síntoma en la era de la globalización» que habla de la polarización como factor constitutivo de las guerras en el país desde el siglo XIX,. hasta encontrar en la violencia actual no una guerra ejercida por «personas ordinarias en contra de otras personas ordinarias» , sino una guerra de «ejércitos irregulares que está n integrados fundamentalmente por habitantes rurales» y que nacieron tras disfunciones políticas y sociales.  Examina aquí los análisis de Arjun Arpadurm y Liisa Malkki sobre la violencia entre Hutus y Tutsis en Ruanda y habla de las masacres en Colombia para aseverar lo contrario, que en ellas «las personas anteceden a los hechos violentos. y es a partir de éstos que terminan convertidas en un ‘montón de carne».

Las consideraciones finales traen de nuevo a colación el tema de la animalización, ejemplarizada desde un bello episodio de la obra de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, en la cual se ‘humaniza’ a un animal antes de su sacrificio y se crea la analogía en reciprocidad a las masacres en las cuales los asesinos animalizan a los seres humanos con el fin de borrar su cara, suspendiendo e l tabú que prohíbe aniquilar a sus semejan tes, pues «quien ejecuta la masacre sólo tiene ante sí a un extraño que no pertenece a su mundo., un extraño que es el arquetipo de lo indecible» .

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*La reseña original fue escrita  para el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República a propósito de la edición de este estudio publicada en la Editorial Norma en 2004, puede leerse aquí.

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