Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

La felicidá ja ja ja

Ahorita que recién estamos recuperándonos de la nueva epidemia de deseos de felicidá por el año nuevo, me acuerdo de que ese inconfundible periodista que se llama Oscar Domínguez, con quien mantengo una luenga relación epistolar hasta el altiplano santafereño, por la vía del correo electrónico, me dijo cierta vez en un email: «Estoy proponiendo a mis amigos que cuenten una pequeña historia de gente que es feliz».

Confieso que estuve muy tentado de responderle: ¡Ay, Oscar, claro que tiene que ser pequeña cualquier historia de gente que es feliz, claro! ¡como si eso no fuese, en nuestros tiempos luctuosos, una petición de principio! Pero me mordí la lengua a tiempo, dejé el dedo sin apretar en ese gatillo tentador que es el teclado de la computadora, con el que solemos disparar los indignados hijos de nuestro siglo.

Por supuesto que sí existe la gente feliz, basta con no pensar, y es tanta la gente que no piensa… Me he parado delante de la ventana de mi despacho y he mirado a la calle de este pueblito renano en el que vivo, una calle que termina en el río padre de los alemanes, en el Rhin, y he visto pasar a la gente camino de la parada del bus, pedaleando con sus bicicletas camino del bosque, deteniéndose a conversar a la sombra del gran magnolio que hay a la entrada del sendero que llega hasta mi casa; y he tenido la convicción de que muchos de ellos son felices.

Recién en ese instante me ha asaltado la duda de si yo sé qué es la felicidad y en virtud de qué parámetros también puedo decir de mí mismo que soy un hombre feliz. ¿Me lo sabría decir el diccionario?  Me puse a la tarea. En el de la Real Academia, la felicidad queda definida como «estado del ánimo que se complace con la posesión de un bien». El Casares es más lacónico: «estado placentero del ánimo, goce completo». El Martín Alonso, además de repetir las acepciones del Casares, define como acepción psicológica lo siguiente: «Felicidad: término supremo de la posesión del amor, conquista de bienestar». El Seco, haciendo honor a ese adjetivo, se limita a constatar que la felicidad es, o «cualidad de feliz» o «cosa que hace feliz». El Diccionario de Autoridades recurre a la vía enumerativa: según eso, la felicidad sería «dicha, buena fortuna, suceso próspero, que redunda en utilidad y provecho de alguno».

Y en séptimo y último lugar, para no hacer excesiva la enumeración, consulto el impagable Covarrubias, ese Tesoro de la lengua castellana o española que viene inspirándonos, desde fecha tan lejana como 1611, a todos quienes escribimos en este idioma. Para empezar, don Sebastián de Covarrubias no le da entrada en su sancta sanctorum a la palabra felicidad, y la más afín que encuentro es «Felicitas», definida de esta guisa: «Santa Felicitas. Tres deste nombre y las tres padecieron martirio». Vaya por Dios. A renglón seguido, eso sí, viene el adjetivo «feliz» y don Sebastián  lo registra diciendo que así «llamamos al dichoso». No nos queda pues más remedio que ver como el buen hombre define al dichoso. Le basta una palabra: «desdichado». Vaya por Dios, una vez más; tal parece que en los tiempos de Don Covarrubias no corrían buenos vientos para los humanos.

Pero a punto ya de tirar la toalla recuerdo que me queda un diccionario, y nada menos que el hecho a mano y en solitario por una mujer, la impar doña María Moliner. Quien no me desilusiona. Ella define la felicidad de una manera inequívoca: «situación del ser para quien las circunstancias de su vida son tales como las desea». Esa poca cosa, esa poquita cosa, esa ínfima cosa, que las circunstancias de nuestra vida sean tales como las deseamos, éso, ay, es la felicidad.

Me recuerda un viejo chiste de la más lúgubre época del stalinismo. Un francés, un gringo y un soviético platican acerca de la felicidad. El francés la cifra en la buena comida y las mujeres, y el gringo en el éxito y el dinero. El soviético se ríe y les dice: «Ustedes no tienen ni la más remota idea de lo que es la felicidad. Imagínense que yo estoy en mi casa, durmiendo, bien entrada la noche, y de repente me despierto con el ruido de unos pasos inconfundiblemente policiales subiendo por la escalera, un escalón tras otro, el corazón se me mete en un puño, se me sube a la garganta cuando por último los pasos se detienen ante mi puerta y una mano la golpea. Pero no tengo más remedio que abrir. Y los policías me preguntan: “¿Eres tú Karel Cullasovich?” Y yo les digo sonriendo: “No, Karel Cullasovich es el vecino de la puerta de enfrente”. Y cuando los policías se dan vuelta hacia esa puerta, entonces, ESO es la felicidad».

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