Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

La conexión noruega

A veces me gusta repasar la amplia panoplia de crónicas que estuve trasmitiendo durante un cuarto de siglo para la HJCK, y refrescar la memoria sobre personas y acontecimientos de los que hoy ya no existe ni la sombra de un recuerdo. Así, por ejemplo, esta crónica que rescato del 22 de abril del 2001, cuando el actual rey de España aún no conocía a su actual esposa y en los círculos monárquicos del país crecía la impaciencia por verlo casado pero, eso sí, no con cualquiera. Una historia que plasmé en este texto :

En el amplio abanico de la prensa española brilla con luz propia una revista semanal llamada El Jueves (que aparece todos los miércoles), la cual presenta lo que quizás sea el más desparpajado y divertido resumen satírico de la vida del país.

Una de sus secciones fijas es un cómic que se titula Pascual, mayordomo leal, protagonizado por ese Pascual a quien se presenta como el factotum de la familia real. Y uno de los temas recurrentes del cómic de marras es el calvario que sufre el monarca en ejercicio, Juan Carlos I, para lograr que se case su hijo, el príncipe de Asturias, Felipe de Borbón y Grecia.

Recuerdo el entusiasmo de Juan Carlos I y Pascual el día que se enteraron de la clonación que dio como resultado la oveja Dolly, en Escocia. «¡Manos a la obra!», se dijeron ambos. Y lograron clonar una media docena de Felipes. En la última viñeta del cómic, el rey le explicaba compungido a la reina Sofía, estupefacta y aterrorizada ante la sextuplicación de su hijo: «Bueno, es que al menos a uno de ellos sí que lograremos casarlo».

Los presuntos amoríos o noviazgos del larguilucho heredero de la corona de España han hecho correr más tinta que todos los restaurantes del reino especializados en calamares servidos en la suya propia. Y un desmentido siempre seguía al otro, hasta hace poco. Ahora ya se habla de que sí va a haber pronto un compromiso formal, con una joven, Eva Sannum, exmodelo de ropa interior (femenina, ça va sans dire!) y de quien en su día se publicaron fotos playeras que la mostraban en éso que en el viejo idioma de Castilla se conoce con el nombre de top–less.

Tales fotos parecen haber jugado un papel en la reticencia del entorno monárquico hacia la señorita Sannum, como si en estos tiempos de globalización (una palabra que les juro que la escribo sin segundas intenciones) no estuviéramos ya curados de todo espanto. Y a los que además somos republicanos acérrimos, quien nos curó de espantos fue la tatarabuela del rey actual, la reina castiza, Isabel II: basta con leer las novelas de Valle Inclán donde funge como protagonista para que ustedes consideren aburrida la vida de la mismísima Fanny Hill. A qué, pues, remilgos, por un destape torácico.

Si me pongo a comentar este tema, tan lejano de mis inquietudes, es tan sólo recordando que hay un precedente histórico de vinculaciones matrimoniales entre un príncipe español y una noruega, aunque ésta era de sangre real. Tenemos que remontarnos al siglo XIII.

Gobernaba Castilla el rey Alfonso X el Sabio, excelso poeta (dicho sea de paso), quien se hacía ilusiones de llegar a ser Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico gracias a su matrimonio con Beatriz de Suabia. Y para reforzar sus influencias en la Dieta que debía elegir al sucesor de Carlomagno emprendió una política de alianzas nupciales, entre otras con la casa reinante en Noruega. La embajada castellana a Cristianía, capital del reino escandinavo, concertó la boda de la princesa Cristina con uno de los cuatro hermanos del rey sabio: el que ella decidiese. Fadrique, Enrique, Sancho o, la historia se repite, Felipe.

Así es que la bella Cristina, de tez blanca, ojos azules y cabellera rubia, se puso en camino y arribó el año 1257, en vísperas de la Navidad (todavía no era el Día Internacional del Regalo), a la Soria que siglos después inmortalizaría en versos dignos del bronce don Antonio Machado. Y una vez llegada Cristina a la corte de Valladolid, dos semanas más tarde, de los cuatro hermanos de Alfonso se decidió por Felipe, que residía en Sevilla.

Sólo que esta historia tiene un end muy poco happy, porque la salud de la pobre Cristina, venida de la refrigeradora del continente, se resintió en el microondas del mismo. Del fiordo de Oslo a la orillita del Guadalquivir, ¡qué barbaridad!  La desdichada princesa sucumbió a los calores hispalenses y falleció en la flor de su edad, el año 1262, siendo enterrada (hoy podemos visitar allí su tumba) en la Colegiata de Covarrubias, en Burgos.

Ahora que lo pienso, la muerte de Cristina de Noruega también pudiera haber sido una nefasta consecuencia de que en la Edad Media no se conociera aún el refrescante top-less. Desde este punto de vista, el progreso es evidente.

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