Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

América Latina y los alemanes

En 1998, una amiga y colega colombiana, al regreso de unas interminables vacaciones en su país, me trajo de presente un ejemplar del Boletín del Instituto Caro y Cuervo, concretamente el tomo L, de 1995, que reaparece al cabo de los años ahora, en un polvoriento rincón de mi cuarto de trabajo.

Pero regresemos a 1998 : Después de sopesar en mis febles manos semejante mamotreto de 688 páginas, no tuve más remedio que acordarme de que «el boletín» es el diminutivo natural de «la boleta», y hube de concederle un mérito: haberle salido acromegálico a una madre tan comedida. Sea.

De todos modos, y como a fuer de bibliómano empedernido suelo leer casi todo objeto impreso que aluniza en mi biblioteca, me enfrasqué para comenzar en la lectura del índice de tan descomunal diminutivo de «la boleta». Y allí descubrí un artículo de Werner Altmann, titulado “Entre barbarie y paraíso. La imagen de América Latina en la literatura alemana”, que me hizo buscar inmediatamente la página 478 y ponerme a leerlo.

Es de lectura fácil, y lo pude concluir en menos que canta un gallo. No tiene pretensiones eruditas, ni exhaustivas, pero informa de que ya en 1509 apareció en idioma alemán la primera publicación referente a nuestro continente, y que no era otra cosa que la traducción de las Cuatro navegaciones de un tal Américo Vespucio. La imagen que se tiene en Alemania de los habitantes de América, a partir de ese libro y por mucho tiempo, casi puede homologarse con la del caníbal.

Cambia un poco la cosa luego con el Siglo de las Luces y, sobre todo, con Alejandro de Humboldt, pero es para transformar al caníbal en el buen salvaje. Y un talento de la categoría de Hegel, en su Filosofía de la Historia, no tendrá ningún empacho en escribir lo que sigue: «América siempre se ha mostrado física y mentalmente incapaz, y sigue mostrándose así hasta hoyBajo todo punto de vista se nota la inferioridad de estos individuos, incluso en lo que refiere a su tamaño».

Vienen luego algunos ejemplos más contemporáneos del acercamiento de la literatura alemana a América Latina, entre ellos los de la novelista Hedwig Courths-Mahler (una especie de Corín Tellado alemana de los años de entreguerras) y, claro está, la monumental obra de Alfred Döblin, Das Land ohne Tod [La tierra donde no existe la muerte]. El autor del artículo termina diciendo que los escritores alemanes de las últimas décadas –cita por ejemplo a Hans Magnus Enzensberger y Uwe Timm– han descrito a los latinoamericanos sin propagar una nueva imagen, sino sólo variando la imagen del buen salvaje, y concluye: «El hombre latinoamericano verdadero y auténtico aún no ha sido descubierto por la literatura alemana».

Tuve la tentación de pedirle al Instituto Caro y Cuervo la dirección del autor del artículo, para escribirle preguntándole si le decía algo el nombre de B. Traven, un escritor alemán que escribió en idioma alemán, en México, y que vivió y murió allá, y cuya obra es uno de los mejores y más profundos acercamientos a la realidad y a los hombres de América Latina. Su trilogía sobre Chiapas no puede ser más lancinantemente, más desgarradoramente actual. Sin ir más lejos.

Pero ¿quién se pone a discutir con un alemán dizque experto en cualquier materia? Resistí la tentación.

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