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Publicado el Grupo Juncal un colectivo de autores

DEMIAN, los DIOSES y la GUERRA…by L.Z

En una NOCHE donde el PAMPERO… ese viento musical de notas armoniosas y maravillosas que hacen del encuentro en que rememoran los cincuenta años de emociones compartidas; en algunos casos y  un aparte para degustar sensaciones…

 

Tendrán en nuestro cuentista de la BUENA PIPA…Dn LITO ZANARDI un exponente multifacético de un BIOQUÍMICO, BATERISTA y el ESCRITOR  que HOY nos trae…

“DEMIAN, los DIOSES y la GUERRA

Hermann Hesse era un escritor alemán que se hizo famoso, especialmente, por una novela, Demian. No fue lo único que escribió ni, tal vez, su mejor obra, pero Demian logró convertirse en una especie de best seller en una época en donde todavía esa palabra, que designa al libro más vendido, no se había instaurado para calificar el éxito económico de un suceso editorial.

Cuando Demian fue publicado por primera vez enel año 1919 —la primera edición en castellano es de 1930—, al ser el relato una historia de adolescentes muchos creyeron que su mismo autor debía serlo. En aquellos tiempos, si bien empezaba a insinuarse la publicidad como un método inapelable y fructífero para la difusión de casi cualquier cosa, todavía no se había convertido en un procedimiento ineludible, de modo que bien podían el rostro y la historia personal de alguien permanecer en un discreto anonimato a pesar de ser exitoso. Las fotos de los autores no abundaban en las páginas de los periódicos, y, a lo sumo, se los podía conocer por las fotos en blanco y negro que, a veces, se incluían en las contraportadas. No era el caso de Hesse, en realidad un casi desconocido para el gran público.

Hesse tenía, cuando escribió Demian, más de cuarenta años, demasiados para un hombre de la década del veinte, y, también, de cualquier otra. Sin embargo, como era un gran escritor, podía escribir sobre personajes que gozaban una juventud que él ya no tenía pero de la cual conservaba, como suele pasar, los mejores y más precisos recuerdos. Porque los buenos escritores consiguen desprenderse de sus deseos o miserias personales para relatar historias porque en ellas habita el territorio de la ilusión. Por eso, a veces, nos pasa que cuando conocemos a ciertos autores nos desconciertan porque no se parecen demasiado a lo que dicen. Eso no debería defraudarnos ni mucho menos empujarnos al desdén porque, después de todo, nada obliga a que un autor, como cualquier persona, deba parecerse a sus ilusiones. Alguien puede ser despreciable pero no por eso lo han de ser sus sueños.

Aquella novela se había vuelto a poner de moda en los años setenta, cuando ya Hesse había muerto. Pero las buenas novelas, como ocurre en general con las buenas obras de arte, suelen perdurar, y, si lo hacen por un buen tiempo, consiguen ingresar a la noble y a veces temible categoría de los clásicos. Demian fue un clásico y todavía lo es. Sigue habiendo lectores para aquella historia de adolescentes que trataban de vivir una vida en un territorio hostil, como el que había inducido el estallido de la Primera Guerra Mundial en Europa.

Por supuesto leí esa obra cuando yo mismo era un adolescente en medio de tantos otros. Aquel libro nos conmovió a muchos. No es extraño cruzarse hoy con jóvenes que se llaman Demian. Como suele ocurrir, los padres eligen para los hijos un nombre que está relacionado con lo que más quieren y por eso aparecen de tanto en tanto los Juan Domingo, María Eva, Fidel, Ernesto y Camilo y, por supuesto, muchos Demian. Como es natural, no necesariamente los individuos que llevan el nombre de un personaje deben parecerse a él. Finalmente las personas hacen de su vida lo que pueden y con independencia de lo que sus padres imaginaron para ellas. Sin embargo, no puedo dejar de pensar, cuando conozco a un Demian, que algo sé de quién le puso el nombre.

Aunque el libro toma el nombre de uno de los personajes, el joven Demian, el relato cuenta la historia de Emil Sinclair y de su amistad con él. Demian adquiere el rol de tutor intelectual de Emil, a quién contagia sus aspiraciones morales y una profunda religiosidad, inspirada en el budismo, algo que efectivamente compartía con su autor.

Demian se presentaba como una especie de ser angelical, dotado de una profunda inclinación hacia la bondad y a la vez de una romántica sensibilidad. En el final de la novela, Demian y luego Sinclair sonreclutados por el ejército y enviados al Frente del Oeste, durante la Primera Guerra Mundial. Una noche, Sinclair está apostado en el parapeto de una trinchera pestilente y cree ver en el cielo una deidad maravillosa —la madre de Demian, brillando como un astro ynavegando entre las nubes. En cierto momento, de esa diosa se desprende una estrella candente. No se trataba de ningún estrella sino de un obús de 88 milímetros enviado por la artillería enemiga para acabar con otros tantos muchachos, más o menos angelicales, que abundaban en los ejércitos de la época. La noche siguiente, en el hospital, durante el sueño incendiado por la fiebre, Sinclair recibe la última visita de Demian, ya convertido en un fantasma, quien se despide de una vez y para siempre.

La imagen definitiva de Sinclair y el encuentro con aquella deidad, permite varias opiniones, que no necesariamente deben coincidir con la inspiración original de Hesse. Tal vez esa forma del dios maravilloso que se anuncia con una corona de colores por sobre el territorio yermo de un frente de batalla y le cae encima, sea un engaño. O que, si bien los sueños son maravillosos es arriesgado creer que pueden dejarde ser sueños porque la realidad es otra cosa mucho más pedestre y peligrosa. También puede leerse ese final como una advertencia pesimista que indica que lo que percibimos como más bello y querible puede encubrir una traición. Puede que también contenga una advertencia: no es posible sustraerse a lo que pasa a nuestro alrededor porque siempre, de un modo u otro, nos obliga a participar de ello.

Los dioses son exigentes y, como finalmente están en alguna parte para hablarles a las personas que creen en ellos, se trata de productos de uso personal. Los soldados alemanes que pelearon durante la Segunda Guerra Mundial llevaban desde 1937 en las hebillas de sus cinturones la leyenda Gott mit uns, que significa, Dios está con nosotros. Los soldados de todos los ejércitos cuentan con argumentos por el estilo porque de otro modo sería intolerable la comisión de actos atroces. Cualquier barbaridad es más aceptable si hay atrás una autoridad mayor que lo sustenta y edulcora el trago amargo de cargarla en el recuerdo. No hay nada mejor que comprometer en esas empresas a los dioses personales de cada uno, que siempre estarán cerca, sea en las hebillas, en los consuelos, o en el granizo de muerte que cae del cielo.

Las imágenes que llegan de los frentes de batalla incluyen siempre jóvenes dispuestos a morir por su dios y también por su patria, elementos que la propaganda bélica suele relacionar para despertar entusiasmo. Las que llegan ahora desde Ucrania y Rusia son elocuentes al respecto. Imagino que entre esos muchachos abundan quienes se parecen a Demian y a Sinclair. Tal vez algunos hayan soñado con ellos. Sospecho que, también, son traicionados día a día por alguna deidad luminosa que los arranca de la vida en un sueño de fiebre.

Agrego, entonces, una frase elocuente de Demian.

Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos.”

Y COLORÍN COLORADO…

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