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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Hundiendo teclas | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Cassiani: acción, suspenso y terror sobre las ruinas bogotanas</title>
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        <description><![CDATA[<p>Saber que estamos ante una novela distópica podría originar repelús entre cierto tipo de lectores, ante el temor de que la recreación de atmósferas y personajes alienantes pueda distraer la intención de que los personajes tengan profundidad y sean complejos, o que el personaje A siempre sea tacaño, el personaje B siempre franco y nadie [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Saber que estamos ante una novela distópica podría originar repelús entre cierto tipo de lectores, ante el temor de que la recreación de atmósferas y personajes alienantes pueda distraer la intención de que los personajes tengan profundidad y sean complejos, o que el personaje A siempre sea tacaño, el personaje B siempre franco y nadie sea un cúmulo de contradicciones, como las personas reales.</p>
<p>Pero pueden perder cuidado. En Cassiani todo está en la justa medida. Perfilación precisa de personajes, descripciones efectivas, diálogos verosímiles, sugestión, rapidez, suspenso, y una dosis de balaceras más generosa que en otras novelas de Octavio Escobar, no sin por ello abaratar el tenor sugestivo.</p>
<p>“Esquirlas de cemento y metal volaron en todas direcciones. Cassiani apuntó sin prisas y lo remató. Sin perder tiempo, recargó y descerrajó un proveedor contra el parabrisas de la camioneta negra”.</p>
<p>Todo en medio del empuje de la correine narrativa en la que seguimos la huida de Kike, el discreto narrador de la historia, quien en compañía de Cassiani, una suerte de Kill Bill morena y colombiana, lectora y de metralleta en ristre a toda hora, quienes deben emprender la fuga ante la arremetida del bando de los Conciliares, el grupo paramilitar que se enfrenta a los Bibliotequeros por el control del territorio, en una Bogotá – y se colige que una Colombia- al borde del colapso por efecto un virus apocalíptico.</p>
<p>“No había una amenaza real pero la apariencia de paz que nos rodeaba era artificial, pasajera. Muy pasajera…Segundos después escuchamos los helicópteros y el amenazante rugido de los aviones de guerra. Desde algún lugar cercano las ametralladoras reaccionaron”.</p>
<p>La generación que vio la serie Los X-Men o los que supieron de esta serie animada tangencialmente, podrán comparar a sus sexis mutantes con el papel de las insondables niñas sepia, un séquito de jovencitas unas, otras con más edad, que, inoculadas con una vacuna fallida, adquirieron, entre otras secuelas desafortunadas, el don de la mimetización. Ellas se han convertido en un mito en el distópico territorio nacional. Estas chicas jugarán un papel clave en los intereses de Kike, Cassiani y su círculo más cercano. Así lo cuenta Kike: “Me sentía en una película con heroína sexi y colaboradoras mutantes, que además corrían desnudas de un lado para otro, dispuestas a sacrificarse. Una de esas producciones cinematográficas de bajo presupuesto que apenas sirven para distraer el insomnio y masturbarse”.</p>
<p>Huelga decir que la rareza de estas mujeres no es óbice para la sensualidad.  “Mientras Selene permanecía integrada al mosaico de la pared, mirando con gesto de burla hacia donde yo me encontraba, Yahaira se movía alrededor de Cassiani, cambiando constantemente de aspecto, pasando breves momentos por algo que yo me atrevería a llamar desnudez. Su cuerpo era delgado y, para mi turbación, de senos firmes y caderas provocativas. El pudor que ella no parecía sentir lo sentía yo, así que evité mirar el nacimiento de los muslos”.</p>
<p>Pero no, Octavio Escobar dice no haber sido fanático de esta serie. Habrá que buscar, y quien bucee en este libro podrá sentir las aguas del género negro de las que ha bebido el autor: H. P. Lovecraft, Conrad y Poe (sobre el final hay apartes terroríficos que recuerdan a El Cuervo y demás lobregueces de Edgar Allan, el primer amor literario de Escobar). Pero también Proust, Tomás González, la Librería Leo, reciben generosos guiños; además: uno de los personajes es un donjuán de mujeres lectoras.</p>
<p>En esta obra vemos reflejado el aserto de que sólo el estudio exhaustivo de las grandes obras de la literatura, da al escritor una idea clara de la altura emotiva e intelectual que se puede alcanzar.</p>
<p>“Alto y robusto, sus manos, muy gruesas, siempre estaban apartando mechones de su cara de nariz grande y mentón partido”.</p>
<p>Es de subrayar la destreza del escritor del género negro para recrear las situaciones que permiten respirar la trama, como en el episodio en que un potencial antagonista, el enigmático señor Bosch-López, podría convertirse en ayudante, en momentos en que la acechanza de los perseguidores adscritos a los Conciliares amenaza liquidar a nuestros protagonistas.</p>
<p>“…rápidamente (las niñas sepia) se mimetizaron con los paneles crema del interior. La fugacidad de su paso llenó de turbación al guardia, que comenzaba a entender con quiénes estaba tratando”.</p>
<p>Desde luego que por más distópica que sea la historia, ni en ese futuro aparece el metro de Bogotá ni sus ruinas, de lo que se burlan mordazmente los personajes en una escena. Por lo demás, la atmósfera tétrica del ambiente capitalino no deja salir al lector sin una espeluznante nube de humo sobre su cabeza.</p>
<p>“A lado y lado había ventanas que miraban hacia centro de Santa Fe de Bogotá. Por una de ellas comenzaba subir una columna de humo que juntaba sus tonos grises con los de las nubes… Muchas calles estaban bloqueadas por rejas, neumáticos amontonados y montañas de escombros en las que siempre temí descubrir restos humanos…El centro nos recibió con un intenso olor a humo. En medio de la Avenida Caracas, una pequeña multitud rodeaba los restos de un bus…Cubiertos de manera improvisada, varios cuerpos humanos yacían sobre el asfalto…A lo lejos se escuchaban las sirenas. Unas pocas voces daban instrucciones, apuraban, mientras las personas que no participaban en la acción miraban atónitas, rezaban unas, lloraban otras, encogidas por el horror”.</p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=99010</guid>
        <pubDate>Fri, 12 Apr 2024 03:14:24 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Cassiani: acción, suspenso y terror sobre las ruinas bogotanas]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Mario Vallejo</media:credit>
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        <item>
        <title>Feliz cumpleaños a mi Laroussito verde</title>
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        <description><![CDATA[<p>Soy de los que aún intentan preferir, cada vez con menos éxito, el diccionario físico. Sé que me ahorraría tiempo valioso yendo directo al DLE punto com, pero me pasa lo mismo que con el periódico impreso: no solo leo el artículo en cuestión: también consumo breves, notículas, columnas secundarias, y demás subsecciones de la [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<figure style="width: 206px" class="wp-caption alignleft"><img fetchpriority="high" decoding="async" src="https://historiasdelascosas.files.wordpress.com/2020/04/92298303_527168287940771_8666396992827555840_n.jpg?w=840" alt="92298303_527168287940771_8666396992827555840_n" width="206" height="275" /><figcaption class="wp-caption-text">El diccionario, remendado en su lomo con tela y cinta Tesa por mi mamá, pasó de sus manos a las más hace 22 años.</figcaption></figure>
<p>Soy de los que aún intentan preferir, cada vez con menos éxito, el diccionario físico. Sé que me ahorraría tiempo valioso yendo directo al DLE punto com, pero me pasa lo mismo que con el periódico impreso: no solo leo el artículo en cuestión: también consumo breves, notículas, columnas secundarias, y demás subsecciones de la sábana… “Yo leo hasta las esquelas”, como dice la salsa Y no hago más na&#8217;.</p>
<p>De modo que al hojear y ojear las páginas amarillentas de mi Larousse veinteañero, el añadido estriba en el hallazgo de voces inéditas, que aparecen de arriba abajo, a diestra y siniestra de la búsqueda inicial.</p>
<p>Como minero que rastrea su oro tierra adentro, me veo buceando largo rato las aguas profundas del idioma en mi ya vetusto diccionario Larousse.</p>
<p>Recuerdo que en el colegio, armado de una grapadora y montones de hojas arrancadas de los cuadernos de matemáticas, fabricaba talonarios que iba llenando con novedades extraídas de mi infaltable Larousse verde, si bien las olvidaba una vez transcritas. Pero fue Lichtenberg quien dijo: “Olvido la mayoría de cosas que he leído, como olvido lo que he comido; pero sé muy bien, no obstante, que ambas cosas contribuyen al mantenimiento de mi espíritu y de mi cuerpo». Mario Jursich, empedernido lector del diccionario, recordó el año pasado en Facebook sus primeros romances con el gran libro. “Su solo sonido —el de la palabra curricán: una red, un aparejo de pesca— me transportaba hasta lugares magníficos del diccionario”. Si Bertrand Russell consideraba esencial que se enseñara a los jóvenes el arte de leer el periódico “para promover la capacidad de pensar libremente”, también debería cultivárseles el de leer el diccionario.</p>
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<div id="atatags-26942-711520" data-adtags-width="840">Y sí que han contribuido (o enturbiado) mis textos las palabras que logran sobrenadar en el estanque del olvido. Ah, pero siempre me han aparecido, como ladrido de perro funerario, blandiendo bolillos policivos, los defensores del lenguaje sencillo: “Ah, lo suyo es puro grecoquimbayismo, germanespinosismo, guillermovalencianismo, frustrado rococó”. Y han llevado la razón: mi rebusque de palabras ha estribado en el envanecimiento. En buscar impregnarme del estilo de estos autores. Pero también, y principalmente, por honrar a mi entonces juvenil Larousse verde. En mi defensa, siempre he recorrido a leguleyadas idiomáticas: “no no, lo mío es simple democracia lexical: ¡Todas las palabras tienen derecho a aparecer!».</div>
</div>
<p>Este grueso diccionarito es el de toda la vida, si bien he tenido mejores. Mi hoy veinteañero hijo, ha sobrevivido con un injerto de tela en el lomo con el que mi madre volvió a unir las partes que se habían despegado, como suele pasar, a la altura de la letra eme. Esto fue hace 18 años, cuando el texto llevaba dos bajo mi custodia.</p>
<p>Feliz cumpleaños a mi viejo, leal y cada vez más amarillento diccionario básico Larousse.</p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=98468</guid>
        <pubDate>Sat, 02 Mar 2024 06:03:08 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Feliz cumpleaños a mi Laroussito verde]]></media:description>
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        <title>La sombra de mi padre: saga de ira y reconciliación</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_98221" aria-describedby="caption-attachment-98221" style="width: 145px" class="wp-caption alignright"><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre.jpeg"><img decoding="async" class=" wp-image-98221" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-162x300.jpeg" alt="" width="145" height="269" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-162x300.jpeg 162w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-81x150.jpeg 81w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre.jpeg 334w" sizes="(max-width: 145px) 100vw, 145px" /></a><figcaption id="caption-attachment-98221" class="wp-caption-text">Martín Franco Vélez, en la portada acarreado por su padre en una carreta, escarba en este libro  a lo profundo de la vida de ambos.</figcaption></figure>
<p>Hace rato una lectura no me deparaba la satisfacción de terminar un libro en menos de tres sesiones, en dos días, trasnochada incluida. Al principio pensé que se debía a que sucede en Manizales, mi ciudad, donde se desarrolla gran parte de La sombra de mi padre. Pero luego, tras las reverberaciones de gozo que sobrevienen al cierre de un libro disfrutado, concluí que se trató de la fuerza auscultante de la catarsis, del intimismo, de la franqueza con que el autor nos comparte su historia familiar.</p>
<p>No es esta la historia del padre un poco unidimensional de Carta al padre de Kafa:  un sinfín de peros, sino la de un amoroso progenitor con más virtudes que errores, como el hijo, como el otro hijo, como el abuelo…como todos. Esta trenza generacional hila la narración.</p>
<p><em>“Atrás, muy atrás, quedaba para entonces esa imagen que me hizo tan feliz en la infancia: una llave que entra en la cerradura, el sonido de una puerta que se abre, un silbido rítmico que inunda la casa, y un niño que sale feliz, corriendo escaleras abajo, para tirarse en brazos de su padre cansado: el lugar más seguro del mundo”.</em></p>
<p>La historia la atraviesa entre otros temas, el modo en que la enfermedad del alcoholismo enferma a toda la familia (válganme la redundancia), y la constatación de que esto no tiene en el fondo qué ver con la ingesta alcohólica sino con el consumo de dolor y cómo este se ramifica, en el caso concreto, a través de las masculinidades. “Con el tiempo he logrado entender que el problema de fondo no es el trago. El licor es apenas un detonante de una situación muchísimo más profunda. El problema, la verdadera cuestión, es la rabia que se aloja en el corazón”, colige el escritor.</p>
<p>El narrador recorre a lo largo del libro sus facetas de hijo, de nieto (Martín ha digitalizado y vertido al libro las memorias de su abuelo, su determinador literario y quien se llama igual que su hijo: Emilio), y claro, su papel de padre.</p>
<blockquote><p><em>“A medida que lo veo crecer entiendo que ahora soy yo quien está al otro lado; que al fin, me he convertido en mi padre…En algún momento –seguro más temprano que tarde–, yo también seré juzgado; no tardará el día en que a mi hijo le parezcan desatinadas mis acciones y en el que pensará, tal vez con rabia, que no quiere eso mismo para su vida”.</em></p>
<p><em>“Todos pasamos por el tribunal de los hijos, quienes rara vez nos absuelven. Somos implacables como hijos y esperamos benevolencia como padres”. </em></p>
<p><em>“Hace un tiempo, en algunas vacaciones, me quedé observándolos subir por un potrero de la finca …estaban los dos solos en el mundo, abuelo y nieto en ese preciso instante, el primero asomándose al final de este camino, y el segundo apenas empezándolo, tan vacío de vida y de conocimiento, y no parecía que necesitaran nada más para ser felices”.</em></p></blockquote>
<p>La trama desde las primeras páginas, estriba en una necesidad inherente al ser humano: la de la reconciliación (si bien hay otro gancho: un suceso desastroso que desgarrará las vidas de la familia Franco Vélez).</p>
<p><em>“Mi padre abrió mucho los ojos, asustado, antes de levantarse de la cama de un brinco y apartar de un tajo las cobijas. “Ay –exclamó, abriendo mucho los brazos con las palmas de las manos extendidas–. ¡Qué felicidad!”.</em></p>
<p>Y ya el tratamiento literario, en esa personalísima voz que ha caracterizado la obra de Martín Franco, termina de hacer el trabajo de imantación con el lector.</p>
<p><em> “Esperé unos minutos y vi bajar a mi madre en piyama, con las llaves en la mano; desde hacía un tiempo había empezado a verla un poco más vieja, un tanto más dolida, notando cómo sus dedos habían empezado a torcerse y deformarse por cuenta de una artritis heredada, desordenados como las raíces de un árbol”.</em></p>
<blockquote><p><em>“Me acosté en la cama que me perteneció durante años, hasta que me fui de la casa luego de abandonar, aburrido, la carrera de administración de empresas que mi padre siempre quiso que estudiara”.</em></p></blockquote>
<p>A pesar de ser un libro doloroso, de amores e iras, hay espacio para el humor, aunque me excuso por la próxima larga cita porque no es el tenor general del libro. Es un periodo de hilarante pesadilla con un profesor de matemáticas que marcó, para fortuna de los lectores, el que Martín Franco cambiara la carrera de los números por la de las letras:</p>
<blockquote><p><em>“Todavía tengo fresco el día en que, en medio de una clase, (el profesor) acabó de explicar un tema cualquiera y pasó a escribir con tiza un problema matemático en el tablero. Volviéndose hacia la clase, señalando con sorna hacia la pizarra, preguntó desafiante quién era capaz de resolverlo. Una alumna tímida levantó la mano y se atrevió a salir al frente; se quedó un buen rato contemplando el acertijo repleto de x y y y z, garabateando números aquí y allá, hasta que, de pronto, comprendimos que estaba perdida: había naufragado y parecía buscar que alguien le tirara un salvavidas. No contábamos con que fuera el propio Fernando Pío quien se lo lanzara de la manera más obvia: ‘No hable mierda’, exclamó, furioso. ‘Si no sabe siéntese y no invente’”.</em></p></blockquote>
<p>A cada página de este testimonial, florece una profusión de asertos barajados con el cómo literario, en la que se conjuga el verbo ser –o el quizás no ser, siempre la duda– sobre este o aquel aspecto intemporal de la vida. Asertos muchas veces empalmados con una convocante primera persona del plural, que logra poner luz a los abismos más profundos de la condición humana, con una prosa amable pero tenaz.</p>
<blockquote><p><em>“…todo lo que hacemos, cualquier cosa, está inevitablemente teñido por el velo de la muerte: nuestras acciones, grandes o banales, van acompañadas por la silenciosa certeza de que ya no estaremos aquí…”.</em></p>
<p><em>“&#8230;los recuerdos son así, caprichosos, y aparecen como fogonazos atemporales que casi siempre situamos mal porque los caminos de la memoria son retorcidos”. </em></p>
<p><em>“Eso es la vida, después de todo: una constante sucesión de hechos que a veces no nos dan tiempo para para pensar en ellos, ni en sus consecuencias, aunque calen hondo y se aferren en lo profundo”. </em></p>
<p><em>“Durante años creí que la fe era cándida, que creer en algo que no conocemos resultaba inútil y absurdo, y, sin embargo, no podía evitar sentir cierta envidia por la confianza que ella le brinda a los creyentes: siempre es mejor tener algo a lo que aferrarse”.</em></p>
<p><em>“…solo el amor y la risa nos salvan…vivir es duro pero maravilloso, porque en medio de la tristeza y del dolor diarios se puede encontrar belleza: solo hay que saber verla”.</em></p></blockquote>
<p>El autor es capaz de sacar filo a la llanura de las certezas, diciendo lo que pareciera, solo pareciera, innecesario. El mismo Martín Franco citó en Facebook a Michael Pollan hace poco: “un cliché es, precisamente, lo que queda de una verdad después de que se la haya vaciado de toda emoción…”. Franco se las ve con los lugares comunes, cuya reivindicación ha de ir llegando con la madurez.</p>
<blockquote><p><em>“Sería otra vez cuestión de tiempo, sin embargo, para que yo acabara condenándolo; a fin de cuentas, pocas cosas son tan implacables como el juicio de un hijo. Un padre es un padre y no un amigo cercano, como él espera que seamos”.</em></p>
<p><em>“Esa soledad del tenista y el hecho de que cualquier decisión que tome lo afectará a él mismo y a nadie más me han hecho entender cosas sobre mí mismo y sobre él. Una de ellas, aunque suene obvia, es que somos producto de las decisiones que tomamos. Nada más. Aunque lo practiqué durante años, nunca fui un jugador ambicioso ni avancé demasiado de categoría. Mi padre, en cambio, empezó a jugarlo tarde y aun así ganó varios trofeos que exhibía orgulloso en casa. Antes de dejarlo por completo me enseñó, sin palabras, que nunca es tarde para empezar algo”.</em></p></blockquote>
<p>Hay un aspecto sociológico con el que quisiera terminar: en esta obra el autor le responde a la sociedad, se responde a sí mismo y nos responde, en especial, a los manizaleños juzgadores, esos que hemos señalado con dedo implacable a los residentes del barrio Palermo. Muchos crecimos batiendo el gastado molinillo de resentimiento social de “ah, esos ricos vergonzantes de Palermo”, “ah esos estudiantes de colegios gomelos”, “ah, esos dueños de”, “ah, esos de tales apellidos”. Franco dice que sí. Que entiende y que también le da rabia:</p>
<p><em>“La lógica de lo que ha sido mi vida, enmarcada por privilegios innumerables, debería conducir a lo contrario: educado en un colegio privado excluyente, con amigos cuyos padres manejaban –para bien o para mal- las riendas públicas y privadas del departamento de Caldas en los años noventa, y formado, luego, en una de las universidades privadas más prestigiosas del país”.</em></p>
<p><em>“Quizás la respuesta a esas preguntas se encuentra en lo despreciable que me resulta ahora esa clase alta en la que crecí, en su profunda falta de empatía y en lo mucho que se esmera por preservar a cualquier precio esos privilegios que ha tenido durante años, o siglos, sin preocuparse nada más que en seguir alimentando su codicia … cada vez que veo eso, que lo vivo, siento más ganas de huir y de apartarme, aunque sé lo difícil que al final resulta”.  </em></p>
<p><em> “…montar (a caballo) me ha resultado incómodo y por eso nunca lo hago. Una más de las tantas cosas que me separan del lugar donde nací. Y, sin embargo, durante una época monté bastante junto a mi padre”.</em></p>
<blockquote><p>&nbsp;</p></blockquote>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
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        <pubDate>Wed, 14 Feb 2024 22:22:06 +0000</pubDate>
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        <title>María Virginia y Viviana: el Quehacer Cultural que no para</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/maria-virginia-viviana-quehacer-cultural-no/</link>
        <description><![CDATA[<p>En esta charla María Virginia y Viviana Santander se refirieron al proyecto que durante décadas ha transmitido al público manizaleño la vida cultural. Tres periodistas fundaron el periódico Quehacer Cultural en los ochenta. Ahora madre e hija capitanean el buque. Lo que a mediados de los años setenta el afamado escritor y periodista de La [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><em>En esta charla María Virginia y Viviana Santander se refirieron al proyecto que durante décadas ha transmitido al público manizaleño la vida cultural. Tres periodistas fundaron el periódico Quehacer Cultural en los ochenta. Ahora madre e hija capitanean el buque. </em></p>
<hr />
<figure id="attachment_97976" aria-describedby="caption-attachment-97976" style="width: 378px" class="wp-caption alignleft"><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/QUEHACER-EJE.jpg"><img decoding="async" class="wp-image-97976" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/QUEHACER-EJE-1024x1024.jpg" alt="" width="378" height="378" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/QUEHACER-EJE-1024x1024.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/QUEHACER-EJE-150x150.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/QUEHACER-EJE-300x300.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/QUEHACER-EJE-768x768.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/QUEHACER-EJE-1200x1200.jpg 1200w" sizes="(max-width: 378px) 100vw, 378px" /></a><figcaption id="caption-attachment-97976" class="wp-caption-text">María Virginia y Victoria Santander trabajan día a día para llevar la actualidad cultural a los manizaleños. Foto: Hundiendo tecas.</figcaption></figure>
<p style="text-align: left">Lo que a mediados de los años setenta el afamado escritor y periodista de La Patria, Jorge Santander Arias, hizo con su hija María Virginia: conducirla a esta redacción a propósito de la edición especial de los 50 años (“fue una edición bellísima”), esto mismo llevó adelante María Virginia con su hija Viviana Santander hace seis años: sumergirla en las aguas apasionantes del periodismo cultural con Quehacer Cultural, la vitrina más activa y duradera de la región en materia de arte, cultura y academia.</p>
<p>Ambas se dieron cita con este blog para rememorar cuatro décadas de vida del Quehacer, la figura tutelar de Jorge Santander, las transformaciones del periódico y para refrendar el augurio de muchos años más de esta aventura periodística. “No había la tecnología de hoy, por lo que era muy emocionante. Era escribiendo a máquina, pegando papelitos, corrigiendo y corrigiendo, y haciendo a mano la sección a color como también se hizo el primer logotipo”, había recordado Santander en entrevista con Gloria Luz Ángel para el suplemento cultural Papel Salmón en 2016.</p>
<p>María Virginia, la mayor de nueve hermanos (Jorge Eduardo, Beatriz Elena, Matilde, Pablo, Natalia, Guillermo, Federico y Enrique), heredó el fervor paterno por la prensa escrita. “Yo digo que ese periódico tiene más o menos cuarenta años y quiero que siga vigente tanto para adultos como para jóvenes”, dijo la cultora manizaleña, acodada a una mesa redonda en el Juan Valdez de El Cable, de bluyín, blusa bordaba de flores y cruzados los dedos sobre su mochila de lana. Su hija y coequipera Viviana Santander, experta en <em>márketing,</em> cabello hasta media espalda, los ojos entre sonrientes y analíticos, hace acotaciones, precisiones e incluso se entera algunos detalles inéditos sobre la vida intelectual de Manizales en la voz de su madre. Cuestionada sobre sus inicios como periodista, María Virginia refirió que “mi papá murió siendo subdirector de La Patria y luego yo duré 10 años trabajando allí. En la redacción trabajaba el recordado periodista José Fernando Corredor y colaboraba el escritor Óscar Jurado, muy polifacético; era pintor, poeta, fotógrafo, dramaturgo”.</p>
<p><strong>Y ahí empezó todo…</strong></p>
<p><strong>María Virginia Santander (M.V.S.):</strong> Sí. Yo trabajaba en la parte cultural, pero igual que hoy, en los medios en general de la ciudad la información sobre arte y cultura era muy escasa. Cuando salí de La Patria les propuse a Óscar y José Fernando que creáramos un periódico. Y así hicimos. Al tiempo José Fernando enfermó y murió, y seguí trabajando con Óscar. El nombre Quehacer Cultural, que me parece muy lindo, fue invención suya. Luego él se retiró y seguí sola con el periódico todos estos años; muchos me dicen que es una empresa quijotesca.</p>
<p><strong>Jorge Santander era casi una estrella de rock, como muchos periodistas de prensa de hace años. ¿Eso facilitó su vena cultural?</strong></p>
<p><strong>M.V.S.: </strong>Mi papá era tan buen escritor y tan reconocido que la gente pensaba que yo era como él. Que tenía esa capacidad para escribir, que tenía esa memoria. Él escribía los editoriales, tenía una columna que se llamaba Subrayados. Fue un peso que tuve, pero también me sirvió en otros sentidos. Mi papá tenía una biblioteca muy grande. Había gran ambiente cultural en la casa. En el hogar aprendimos el amor por la lectura.</p>
<p><strong>Se ven muchos periódicos que dejan de publicarse y más si son culturales. ¿Cómo ha hecho para no decaer?</strong></p>
<p><strong>M.V.S.: </strong>Toda la vida he hecho el periódico prácticamente sola. Consigo la plata, voy a tocar puertas, y cuando estaba circulando en papel, iba a las diferentes oficinas a dejar el periódico. Es una pasión y me gusta. Ver el trabajo publicado es realmente emocionante. En esto la constancia es fundamental.</p>
<p><strong>Me contaba que la llegada de la pandemia precipitó el paso del papel a la virtualidad…</strong></p>
<p><strong>M.V.S.: Y</strong>o era muy reacia a dejar el papel, soy muy romántica. Me encanta el papel. Mucha gente nos dice: “vuelvan a sacar el periódico en papel que hace mucha falta”. Pero es un camello. Yo lo repartía en todas las universidades y me reclamaban que no siempre llegaba a tiempo.</p>
<p><strong>Viviana Santander (V.S):</strong> Es una lucha. Además, nos estaban quedando mal las imprentas. Si había retrasos no nos servía entregarlo ya. Unas veces había demoras, o tenían otras prioridades, era un estrés.</p>
<p><strong>M.V.S.: </strong>Como empezaron las redes sociales y he sido muy reacia a eso, y yo quiero que el periódico no pierda vigencia, Viviana Se encargó de esa parte. Me gustaría que el día que yo no esté ella pueda seguir con el periódico.</p>
<p><strong>V.S.:</strong> Yo vivía en Bogotá. Trabajaba en el sector de mercadeo. Me regresé a Manizales y me vinculé al periódico en el 2018. Todavía estaba el papel. Había programación, pero solo cultural. Después salió la parte académica y otra sección de turismo. Mi mama me dijo “soy muy mala para las redes sociales” así que le dije: ‘yo las manejo&#8217;. Me involucré con esto y estudié márketing digital para ir más allá de lo básico. El periodismo en digital es un sector que cambia todos los días.</p>
<p><strong>¿Cómo ha sido el cambio con la financiación de papel a virtual?</strong></p>
<p><strong>M.V.S.: </strong>Pensé que iba a ser más difícil.</p>
<p><strong>V.S.: </strong>En la pandemia empezó a haber un boom digital, entonces las entidades que nos apoyan empezaron a entender la importancia de la parte virtual.</p>
<p><strong>M.V.S.: </strong>Nos va bien, no nos podemos quejar.</p>
<p><strong>V. S.:</strong> ¡Nos va muy bien! Porque nos da para vivir.</p>
<p><strong>M.V.S.: </strong>Pero es difícil. Nosotros vendemos el periódico como un proyecto de ciudad. En Manizales los medios de comunicación no publican información cultural. Si publican algo es porque es un relleno. Y Manizales tiene una oferta cultural muy rica. El sello de Manizales es la cultura.  Eso ha sido a través de toda su historia. Y siempre ha sido así: yo empecé con el periódico por eso, por la falta de información cultural y todavía me puedo quejar de que los medios de comunicación no le dan la importancia a la actividad cultural de Manizales que es riquísima, es muy nutrida, todos los días.</p>
<p><strong>Y los creadores y los públicos no faltan…</strong></p>
<p><strong>M.V.S.: </strong>Hay mucho interés de jóvenes y adultos. Hay muchos jóvenes artistas que están creando y haciendo cosas: el auge de las universidades con las carreras artísticas diseño visual, música, artes plásticas, artes escénicas… antes todos los artistas eran empíricos, hoy ya se están profesionalizando. Todo el mundo necesita trabajar: son artistas, tienen emprendimientos, buscan su trabajo.  Esa información es relegada, así como es relegada la financiación para la cultura. A todo eso le dan la espalda. Por eso yo digo que el periódico tiene que seguir vigente.</p>
<p><strong>¿Se puede vivir del periodismo cultural?</strong></p>
<p>Sí. Es difícil pero sí. Aparte de la información cultural también nos importa la parte académica.  Porque las universidades hacen eventos muy importantes: congresos, conferencias, eventos científicos, encuentros, que están abiertos al público. El Quehacer cultural ahora lo hacemos nosotras dos. Tenemos un ingeniero de sistemas y un diseñador.</p>
<p><strong>También es una vitrina para los nuevos autores …</strong></p>
<p style="text-align: left"><strong>M.V.S.: </strong>Además de la programación en Quehacer Cultural también tenemos la sección de los artículos. Tenemos espacio para personas</p>
<figure id="attachment_97977" aria-describedby="caption-attachment-97977" style="width: 262px" class="wp-caption alignright"><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Santander-Jurado-Corredor.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-97977" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Santander-Jurado-Corredor.jpg" alt="" width="262" height="262" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Santander-Jurado-Corredor.jpg 3264w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Santander-Jurado-Corredor-150x150.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Santander-Jurado-Corredor-300x300.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Santander-Jurado-Corredor-768x768.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Santander-Jurado-Corredor-1024x1024.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Santander-Jurado-Corredor-1200x1200.jpg 1200w" sizes="auto, (max-width: 262px) 100vw, 262px" /></a><figcaption id="caption-attachment-97977" class="wp-caption-text">María Virginia Santander, Óscar Jurado y José Fernando Corredor, fundadores del periódico Quehacer Cultural.</figcaption></figure>
<p style="text-align: left">que quieran escribir porque esa es otra falla de Manizales: no tienen dónde publicar. Autores importantes que tiene Manizales hoy en día han pasado por Quehacer Cultural, como Octavio Escobar, Flobert Zapata, Uriel Giraldo, quienes han colaborado con suplementos. Adriana Villegas, Adalberto Agudelo, Wilson Escobar, Juan Carlos Acevedo, Andrés Rodelo, incluso Orlando Sierra, han publicado en nuestras estas páginas.</p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=97975</guid>
        <pubDate>Tue, 23 Jan 2024 21:25:54 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[María Virginia y Viviana: el Quehacer Cultural que no para]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Mario Vallejo</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La hazaña editorial de Cronopio: ¡Cien números! … y caminando</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/la-hazana-editorial-cronopio-cien-numeros-caminando/</link>
        <description><![CDATA[<p>La Revista Cronopio ha logrado llegar a su edición número 100, tras más de una década de trabajo ininterrumpido. La historia en la voz de sus gestores, todos colombianos, en charla con Blogs El Espectador. Ya han corrido más de 15 años desde que un rechazo editorial notificado al entonces comunicador social y periodista Juan [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>La Revista Cronopio ha logrado llegar a su edición número 100, tras más de una década de trabajo ininterrumpido. La historia en la voz de sus gestores, todos colombianos, en charla con Blogs El Espectador.</em></strong></p>
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<figure id="attachment_97509" aria-describedby="caption-attachment-97509" style="width: 3264px" class="wp-caption aligncenter"><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/cronopio-edicion-100-hundiendo-teclas.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-97509 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/cronopio-edicion-100-hundiendo-teclas.jpg" alt="" width="3264" height="3264" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/cronopio-edicion-100-hundiendo-teclas.jpg 3264w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/cronopio-edicion-100-hundiendo-teclas-150x150.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/cronopio-edicion-100-hundiendo-teclas-300x300.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/cronopio-edicion-100-hundiendo-teclas-768x768.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/cronopio-edicion-100-hundiendo-teclas-1024x1024.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/cronopio-edicion-100-hundiendo-teclas-1200x1200.jpg 1200w" sizes="auto, (max-width: 3264px) 100vw, 3264px" /></a><figcaption id="caption-attachment-97509" class="wp-caption-text">(Izq. A der.) Juan Manuel Zuluaga Robledo, director; Juan Andrés Alzate Peláez, jefe de redacción; Gloria N. Ramírez Oliveri, columnista y editora auxiliar; Andrés Álvarez Agudelo, web máster; Sara Serna Loaiza, ilustradora.</figcaption></figure>
<p>Ya han corrido más de 15 años desde que un rechazo editorial notificado al entonces comunicador social y periodista Juan Manuel Zuluaga Robledo, no solo hizo poca mella en su espíritu combativo, también coincidió con un momento propicio para echar a andar “una revista que publicara todo tipo de géneros, ilustración, fotografía, que tuviera libertad temática”, recuerda, sentado ante la sala de Zoom el ahora doctor en literatura de la Universidad de Missouri y profesor del Columbia College, en su casa familiar, desde donde agita la batuta de la Revista Cronopio y su robusta y asidua oferta cultural.</p>
<p>Eran tiempos en que revistas como El Malpensante, Número, y los suplementos de los diarios iban al mando de los impresos culturales, pero carecían del complemento digital que Zuluaga y su <em>staff</em> se traerían entre manos. “Muchas felicitaciones para todo el equipo. Veo que casi todas y todos son egresados de la UPB … más preparados que un yogurt”, se lee en el comentario del internauta Álvaro en el portal revistacronopio.com.</p>
<p>Su actual equipo, con la afabilidad característica de la conversación antioqueña y el número 100 de la revista rebrillando en sus rostros, también se presentó a la estancia virtual: Juan Andrés Alzate Peláez (jefe de redacción), filósofo y, doctor en filosofía; Andrés Álvarez Agudelo (editor web), diseñador gráfico; Gloria N. Ramírez Oliveri, comunicadora social y periodista y magíster de la California State University; Sara Serna Loaiza, ilustradora, diseñadora y arquitecta en formación.</p>
<p>“Escribí un ensayo sobre Amor en los tiempos del cólera con la versión de Mike Newell y lo mandé al suplemento Generación de El Colombiano. No le prestaron atención, así que me dije: ‘qué bacano buscar un espacio para los que no tenemos renombre’. Le dije a Santiago Cárdenas (ahora está como periodista) y dijo que estaba pensando en algo parecido. Así que me puse a contactar”, explica Zuluaga.</p>
<p>Un amigo en común entre Juan Manuel Zuluaga y Juan Andrés Alzate, Esteban Galeano, fue crucial para el ingreso del jefe de redacción. “Me contó del proyecto, me gustó y les dije sí de una. Pasamos un año entero solo en la planeación de la revista”, explica Alzate Peláez.  Zuluaga recuerda que había tres nombres posibles en el sonajero:  La Miscelánea, La Escafandra y Cronopio. “Hicimos un sondeo y ganó Cronopio”.</p>
<p>Una primera pesquisa sobre el asunto digital arrojó una cifra imposible, así que rondaba el temor de que una segunda opinión, la de Andrés Álvarez Agudelo, fuera económicamente devastadora. “Antes de la llegada de Andrés nos juntamos con diseñadores y nos cobraban 7 millones de la época. Yo era pensando: ¿cuánto nos irá a cobrar?”, recuerda Zuluaga. Pero el ahora jefe de diseño, que se ha encargado de subir al ciberespacio el centenar de ediciones, se demoró poco más que Alzate en aceptar unirse a la empresa. “Estando en (la universidad) Bolivariana teníamos una amiga en común que me recomendó y fuimos a reunirnos. Me demoré dos minutos en decirle que sí. Al rato ya estábamos rayando en una servilleta cómo pensábamos hacerlo”.</p>
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<p><em><strong>El director destaca la edición especial sobre Julio Cortázar y la publicación de la nouvelle inédita de Walter D. Mignolo en la edición 94.</strong></em></p>
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<p>Comentó que cuando nacieron aún existían muchas revistas impresas. Y si bien refirieron sus primeros amores con los más diversos impresos, la nostalgia del papel no los embarga. “Nunca pensamos imprimir. Siempre fue un enfoque digital. Podríamos subir los contenidos que quisiéramos sin límite de artículos. Esto nos iba a dar una libertad muy importante. Luego fue mirar qué plataforma utilizar, en esa época el WordPress fue la elegida, ahora es de las más grandes y ha crecido con la revista a medida que fue cambiando, como en el acceso a la multiplataforma: computador y celular. Esa transición la tuvimos. Hoy estamos posicionados con tanta riqueza y tanta variedad. Nos leen de muchísimos países. Nos sorprende tener lectores y que ya podemos saber dónde están”, detalla Álvarez Agudelo.</p>
<p>La respuesta de Gloria Ramírez Oliveri a un comentario de Juan Manuel Zuluaga en el Facebook de un amigo en común, provocó que ambos se entrevistaran largamente, lo que desembocó en una muy necesaria membrecía: la de alguien preocupada también por la reportería gráfica, “por la fotografía de interés humano”, recalca desde su casa en Norteamérica la fotógrafa y periodista, con amplia experiencia en docencia universitaria y medios nacionales y extranjeros. “Siento que soy beneficiaria de Cronopio. Ansiaba una revista donde pudiera soñar. Escribir como me gusta, y donde no tuviera una censura. Sin los intereses que se ven en otros medios. ¡Estoy tan agradecida con todos los que me abrieron las puertas! He desarrollado una especie de cronopiofilia digital -he inventado esa palabra-”, comenta Ramírez, quien trabajó por años en El Colombiano. “La fotografía ha sido parte del desempeño. Eso me permitió escribir con más soltura.  Todo lo que yo recibo de ellos tiene autoridad, no hay capricho. Todo se toma con criterio editorial”, dice en referencia al resto de la plantilla.</p>
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<p><em><strong>“La revista es sin ánimo de lucro, por amor al arte. Un proyecto de resistencia cultural, todos lo han hecho por el amor a esto. Cada edición es como publicar un libro. Además de que tenemos ese espíritu de publicar personas que están empezando y escritores que ya tienen reconocimiento. Contamos con un promedio de 15 mil lectores”, Juan Manuel Zuluaga, director</strong>.</em></p>
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<p>La ilustradora Sara Serna Loaiza, recuerda que participó por primera vez en Cronopio como artista invitada. “Gloria conocía mi obra a través de su hermana. Estuve como artista invitada y me invitaron a participar en la revista”, expresa, mirando alternativamente a la cámara de su celular y al detalle de unos cristales de nieve que transformará una vitrina en navideña. “El ejercicio de hacer ilustraciones de un texto me construye bastante como artista. Siento que ha aumentado mi repertorio”.</p>
<p><strong>“Los trabajos de edición son un completo deleite”: Gloria Ramírez Oliveri</strong></p>
<p>Para el contenido reciben propuestas de los más diversos rincones. Hay colaboradores fijos de trayectoria, así como autores incipientes. “Todo está sujeto a una ingeniería de procesos”, explica Juan Manuel Zuluaga. Y va al pormenor: “primero llegan artículos solos, de gente que no conocemos. Algunos no pasan los criterios de calidad. Buscamos que en cada edición haya dos o tres escritores destacados. Nos reunimos por las tardes. Empezamos la lectura en voz alta Gloria, Juan Andrés y yo. A la par vamos comentando sobre la gramática. Juan Andrés revisa diccionarios para chequear palabras, por los lados hablamos de la realidad del país, y todo se convierte en una tertulia entre amigos. Luego viene la ilustración de los artículos; estamos saliendo cada dos meses o dos meses y medio”.</p>
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<p><em><strong>“Hacer una revista de una calidad como esta no es fácil. Todos acá tienen una responsabilidad inmensa que exige inversión.  Si le pusiéramos precio no habría cómo pagarla. Acá nadie da poco, no damos poco, todos damos el cien por cien”. Gloria Ramírez Oliveri. </strong></em></p>
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<p>Es poco habitual que sea vean entre ellos, pues los consejos de redacción los adelantan vía Skype y solo con audio. “Los procesos de edición son muy conversados. La revista está cuando terminamos de organizarla todos. Salíamos cada mes religiosamente y era una carga muy grande. A veces hay que hacer devoluciones. O devolverlos porque está publicado en otra parte. A veces se lucha con muchos egos”, indica Alzate Peláez. Y agrega que hay que vérselas con fotógrafos con pintores. “Una vez llegó un niño de Uzbekistán que escribió textos muy buenos. ¿Cómo no lo íbamos a publicar? Hemos tenido fotógrafos muy interesantes”. Acá el director Zuluaga activa su micrófono: “un señor de un pueblito alejado de la Patagonia nos escribió; otro de Puerto Limón, Putumayo: un maestro de escuela con unos ensayos impecables; le publicamos los poemas a un poeta ucraniano: unos textos sobre la guerra. Cosas mágicas…”.</p>
<p>A su turno, Gloria Ramírez anota que cierto misticismo que les da el solo escucharse les confiere un aura especial a los encuentros. “Nos conocemos por las casas: sus sonidos las identifican en cada época del año.  Y algo muy especial es que parece que las ediciones se sincronizan todas en los temas. Empiezan a salir estas casualidades que otorgan una gracia oculta. Ah, y por ejemplo Juan Andrés es especialista en humor negro. Casi siempre tenemos problemas por mi horario cambiado por estar en Estados Unidos, esto exige una mayor flexibilidad. Pero acá ninguno tiene pereza de nada. A veces, en invierno, les digo: ‘espérenme que me estoy congelando’”, expone y sus ojos se convierten en dos rayitas.</p>
<p>“Siempre me sorprende y disfruto mucho recibir el artículo de cada edición que debo dibujar. El hecho de que el trabajo de uno sea recibido por alguien insospechado da una vitalidad especial”, indica Sara Serna. Entre sus trabajos en Cronopio, destaca las ilustraciones de Érase que era (texto de Alba Lucía Ángel sobre Virginia Woolf), la del avance del libro La lengua de Cicerón (Álvaro Pineda Botero) y los dibujos del cuento Si me ves por el camino (Jaime Manrique). Todos disponibles en el portal de la revista.</p>
<p>“En cada edición nos estamos asombrando, estamos criticando. Los trabajos de edición son un completo deleite”, destaca Ramírez Oliveri.</p>
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<p>Los lectores opinan</p>
<p>“He podido percibir un estilo fresco. Riguroso. Y aunque es inevitable pensar en Cortázar cuando uno lee la palabra cronopio, la labor informativa de la Revista Cronopio es quijotesca. Los invito a que persistan en su terquedad de echar a andar la palabra verdadera en este mundo de ruidosas mentiras. Algún maestro del periodismo dijo que «la prensa no es la empresa». Eso es cierto. Aunque llegaran a quedar con un solo lector en el mundo, sigan adelante”. Fernán Medrano.</p>
<p>“Notable, magnífica; vuestra labor -tan bienhechora como apasionada- es digna de la mayor admiración. Y es por ello que la disfrutamos tanto.</p>
<p>Con sumo aprecio</p>
<p>Raúl Silverio López Ortego, desde Limaclara, Buenos Aires, Argentina”.</p>
<p>“Otra vez enhorabuena por vuestro excelente trabajo, ejemplo de originalidad y de ganas. Una alegría y un honor haber colaborado de nuevo en la revista”.</p>
<p>Carlos Mellizo</p>
<p>“Queridos Cronopios, desde la enorme ciudad de México y como profesora de Literatura en Bachillerato, agradezco enormemente el artículo sobre Carta a una señorita en París. Llevo años leyendo con las generaciones este cuento, entre otros del mayor Cronopio y ahora sí entiendo a Julio C, más que a su propia historia. Mis alumnos cada año dibujan los conejitos con todo el colorido y simbolismo desenfrenado que te deja el vomitar conejos.<br />
Felicidades y enhorabuena por tan hermosa revista cronopiana”.</p>
<p>Lourdes Aguilar Salas</p>
<p>“Los felicito por ser tan jóvenes y entusiastas. Sigan, tienen un camino largo por recorrer. Cordialmente, Chente”.</p>
<p>Vicente Sánchez Bonilla</p>
<p>“Realmente felicitarlos por una gran puesta en la cultura y el arte, siendo hoy casi imposible encontrar publicaciones de buen nivel.<br />
Una ventana a lo que actualmente se hace en literatura y arte, un espacio valioso para los nuevos sin haber dejado de lado lo clásico nuestro”.</p>
<p>Darío Navia Pohl</p>
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<p><strong><span style="color: #333399"><em>En redes:</em></span></strong></p>
<p><a href="https://www.facebook.com/revistacronopio"><strong><span style="color: #333399"><em>Facebook: Revista Cronopio</em></span></strong></a></p>
<p><a href="https://twitter.com/revistacronopio?lang=es"><strong><span style="color: #333399"><em>X: @revistacronopio</em></span></strong></a></p>
<p><a href="https://www.instagram.com/revista.cronopio/?hl=es"><strong><span style="color: #333399"><em>Instagram: @revista.cronopio</em></span></strong></a></p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=97508</guid>
        <pubDate>Sat, 09 Dec 2023 06:39:05 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La hazaña editorial de Cronopio: ¡Cien números! … y caminando]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Mario Vallejo</media:credit>
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                            </item>
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        <title>Histórico: abrieron una librería en La Dorada</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/historico-abrieron-una-libreria-la-dorada/</link>
        <description><![CDATA[<p>Los libreros Vanesa Aguirre y Diego Otálora llevan adelante la librería La Otra Realidad, un espacio sin precedentes en La Dorada. Blogs El Espectador habló con ellos para conocer sobre este oasis cultural. &nbsp; La semana pasada el país cultural celebró el nacimiento de la primera librería en la historia de Arauca, en Arauquita, erigida [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><em><strong>Los libreros Vanesa Aguirre y Diego Otálora llevan adelante la librería La Otra Realidad, un espacio sin precedentes en La Dorada. Blogs El Espectador habló con ellos para conocer sobre este oasis cultural.</strong></em></p>
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<figure id="attachment_97447" aria-describedby="caption-attachment-97447" style="width: 3264px" class="wp-caption alignleft"><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/eje-1.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-97447 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/eje-1.jpg" alt="" width="3264" height="1468" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/eje-1.jpg 3264w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/eje-1-150x67.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/eje-1-300x135.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/eje-1-768x345.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/eje-1-1024x461.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/eje-1-1200x540.jpg 1200w" sizes="auto, (max-width: 3264px) 100vw, 3264px" /></a><figcaption id="caption-attachment-97447" class="wp-caption-text">Una amplia oferta de textos recibe al visitante a La Otra Realidad, en zona central de La Dorada. Vanesa Aguirre y Diego Otálora, pareja de libreros. Fotos: Carlos Mario Vallejo/Hundiendo teclas</figcaption></figure>
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<p>La semana pasada el país cultural celebró el nacimiento de la primera librería en la historia de Arauca, en Arauquita, erigida con el músculo financiero del Fondo de Cultura Económica. A 780 kilómetros de allí, en La Dorada, Caldas, en la calle 14 No. 7-14, funciona hace tres meses La Otra Realidad, la única librería de la ciudad y la primera al menos en la historia reciente del segundo municipio más importante de Caldas.</p>
<p>Luego de comenzar con el proyecto en los barrios Aranjuez y La Sultana de Manizales, Vanesa Aguirre y Diego Otálora –administradora pública de la ESAP y escritor y antropólogo de la Universidad de Caldas– decidieron ubicar su emprendimiento en la primera planta de su casa, donde ahora comparecen ante el blog Hundiendo teclas, iluminados por una cuidada disposición de bombillas ambarinas -óptimas para el regodeo libresco- bajo la fragancia de un manojo de eucaliptos que envuelve la estancia. En el lado opuesto de la salita de estar, la estantería de cinco niveles, dispuesta en ele, flanquea este espacio sin precedentes.</p>
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<h1><strong> “Esta librería es una oportunidad muy grande. Los invito a que se acerquen”. Andrea González, Secretaria de Cultura de Caldas.</strong></h1>
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<p>En La Otra Realidad se pueden hallar tanto libros de segunda mano como novedades editoriales. Los libros están ordenados por géneros y van desde los 7 mil pesos en adelante. Tienen fuerza especial los clásicos, la literatura infantil y claro, los libros de autoayuda. “Se vende muy bien ese género, sin duda”, comenta Vanesa, para quien es fundamental tener un punto físico. “Cuido mucho este espacio. Amo estar acá. Pero tenemos claro que en esto hay que buscar a los lectores, no quedarnos esperándolos. Llegamos con muy pocas expectativas a La Dorada, pero estuvimos en una feria en la que quedamos sorprendidos con la respuesta de los lectores. Empezamos a ver algunos lectores frecuentes”.</p>
<figure id="attachment_97444" class="wp-caption alignleft" style="width: 194px" aria-describedby="caption-attachment-97444"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-97444" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_191737-3.jpg" alt="" width="194" height="432" /><figcaption id="caption-attachment-97444" class="wp-caption-text">La primera vez que se vieron Diego y Vanesa fue hace 10 años en la iglesia del  barrio Fátima en Manizales, luego de haber sabido la una del otro vía Facebook. Es el tercer cambio de sede de la librería, ahora en La Dorada.</figcaption></figure>
<p><strong>“Hay muchos lectores, pero toca llegar a ellos”: Diego Otálora</strong></p>
<p>Afuera, un tráiler que instalan a la moto espera con sus estanterías de madera un nuevo arreglo mecánico. Hace poco Diego tuvo que devolverse de una de sus excursiones bibliotecarias, que en Manizales efectuaban en un Mazda 3 del que tuvieron que deshacerse. Fieles a su ideal de “llegar a los lectores”, este proyecto de librería móvil complementa la propuesta de La Otra Realidad. Se inspiraron en la Kombi (la vagoneta hippie de Volkswagen) del uruguayo Luca Caro con la que recorre su país.</p>
<p>Desde las paredes, vigilan a mano izquierda Fernando Vallejo, Mario Mendoza, Virginia Woolf, Charles Bukowski y Gabriel García, en retratos a blanco y negro. Y a la derecha penden caricaturas del dibujante Fertrazos de Poe, Cortázar, otra vez Bukowski, y otra vez García Márquez. No es gratuito: el autor de cabecera de Vanesa es Mario Mendoza, y en Bukowski Diego encontró el amor por los libros. “Me impresionaron Factótum, La senda del perdedor, Mujeres”, comenta Diego Otálora, autor de la novela Entre sábanas y demonios, de la Editorial 531, de la que le quedan pocos ejemplares.</p>
<p>Sabedores de la gesta que están haciendo en un municipio necesitado de vida literaria como La Dorada, nuestros libreros aceptan que si bien en un local aparte el negocio inicialmente no daría, y se han puesto manos a la obra para sacarlo adelante. “Ah bueno: el tino ayuda”, explica Vanesa, pero se apresuran a aclarar que se cuidan de desviar el foco de los libros. “Nos han dicho que vayamos más allá del café libro. Pero no. No somos pastelería”.  El espacio llega a complementar la conocida carretilla de libros que se aparca en el parque principal del municipio, que era la única oferta amplia de libros hasta ahora.</p>
<figure id="attachment_97448" aria-describedby="caption-attachment-97448" style="width: 4000px" class="wp-caption aligncenter"><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_193238-2.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-97448 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_193238-2.jpg" alt="" width="4000" height="1800" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_193238-2.jpg 4000w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_193238-2-150x68.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_193238-2-300x135.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_193238-2-768x346.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_193238-2-1024x461.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/12/20231130_193238-2-1200x540.jpg 1200w" sizes="auto, (max-width: 4000px) 100vw, 4000px" /></a><figcaption id="caption-attachment-97448" class="wp-caption-text">La niña Luciana, primera en escrutar los pedidos de literatura infantil, en las piernas de su madre, la librera Vanesa. El librero y escritor Diego Otálora sostiene a Amy, la terrier bautizada en honor a Winehouse.</figcaption></figure>
<p><strong>“Se cubre una necesidad como sociedad”: Andrea González, Secretaria de Cultura de Caldas.</strong></p>
<p>“Como Secretaria de Cultura de Caldas y gestora cultural de La Dorada tener una librería en el municipio cubre una necesidad tan sentida como sociedad, que es la de acercarse a los libros. Tenemos grandes dificultades de accesibilidad a la lectura”.</p>
<p>“Esta nueva librería es una oportunidad muy grande para las familias y todos los que quieren descubrir un espacio para la lectura. Me parece un acierto que tenga una sala de lectura”.</p>
<p>“Hay que agradecerle s los libreros por su iniciativa porque están supliendo de manera privada lo que tendríamos también que estar cubriendo en lo público. Invito a todas las personas a que se acerquen a este espacio, busquen un libro o lleven uno para leer y disfrutar de un café”.</p>
<p>***</p>
<p>“Me alegra mucho la noticia de esta librería. Nunca conocí una librería en La Dorada. Puedo asegurar que nunca la hubo, tal vez algún almacén donde vendían útiles escolares”. <strong>Luis Ángel Hernández, gestor cultural y pintor.</strong></p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=97446</guid>
        <pubDate>Sun, 03 Dec 2023 05:40:57 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Histórico: abrieron una librería en La Dorada]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Mario Vallejo</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Cada oscura tumba, no tanto el qué sino el cómo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/oscura-tumba-no-tanto-sino/</link>
        <description><![CDATA[<p>Es habitual que los lectores despistados comulguen con la idea de que el tema es lo más importante en la ficción literaria. Los verdaderos literatos tienen siempre presente el tema, que en esta novela aborda uno de los miles de casos de asesinatos de jovencitos a manos del ejército para hacerlos pasar por guerrilleros. Pero [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Es habitual que los lectores despistados comulguen con la idea de que el tema es lo más importante en la ficción literaria. Los verdaderos literatos tienen siempre<br />
presente el tema, que en esta novela aborda uno de los miles de casos de asesinatos de jovencitos a manos del ejército para hacerlos pasar por guerrilleros. Pero esto no basta para garantizar que se escriba bien, que es para mí la sencilla solvencia de Octavio Escobar (qué difícil es hacer ver sencillo lo que no lo es: la buena prosa). Privilegiar el cómo sobre el qué.</p>
<p>El qué: la víctima del ejército, Anderson, es un joven con retraso mental, cuyo breve retrato es conmovedor sin caer en el patetismo. Profunda herida para su tía Melva Lucy, la protagonista justiciera que se va a topar con la oportunidad de hacer justicia por mano propia. Acá el autor, como no se le ha visto en otras ficciones, salda una deuda con la Historia nacional, a guisa de los vengadores de Tarantino ametrallando nazis en Bastardos sin gloria, en el sentido de la reivindicación que el arte puede hacer de las injusticias sociales.</p>
<blockquote><p>“Ánderson entrecierra los ojos porque no sabe qué tan duro van a sonar los disparos de mentira y piensa en cómo se va a dejar caer para ser un muerto convincente”.</p>
<p>“Trata de colgar su camisa a un clavo que sobresale de la pared de tablones, pero se cae una y otra vez”.</p>
<p>“Se queda en pantaloncillos. Son rojos y le quedan anchos en los muslos, y se pone el uniforme que le entregaron”.</p></blockquote>
<p>Así que el escritor le hace citar a Cuadrado, abogado defensor de derechos humanos, la frase que quedó para la Historia universal de la infamia: “(Con los falsos positivos) ganaban los soldados que los capturaban y los mataban, ganaban los oficiales que se hacían los de la vista gorda. Y el presidente mostraba resultados, y su ministro de defensa… ‘De seguro esos muchachos no estaban recogiendo café’, fue la frase de Uribe cuando el escándalo comenzó”.</p>
<p>Pero en Escobar, y ahí vamos al cómo, la sangre y el fuego ocupan apenas algunos párrafos: lo suyo es la sugestión, la descripción sin recargas, la acotación vivaz en los diálogos.</p>
<p>“Tanto el tema como el mensaje (es decir, el asunto y la manera concreta de exponerlo), probablemente destacan más en una novela corriente del Oeste que en En busca del tiempo perdido de Proust”, escribía Jhon Gardner en Para ser novelista. Quien se detenga en la prosa de Escobar percibirá ese tipo de inteligencia del narrador que se compone de varias cualidades, la mayoría de las cuales son, en la gente normal, señal de inmadurez o frivolidad.</p>
<p>La otra vez, al reseñar Mar de leva, comparé el estilo de Raymond Carver con el de Octavio Escobar y recibí una amable reprimenda en un audio vía Messenger del profesor Alejandro Agudelo, doctor en letras, quien alegó que, si bien no negaba las altas cualidades del colombiano, del que es lector y estudiosos, el parangón resultaba desproporcionado. (Ahora sabemos que parte del éxito de Carver se lo debe a Gordon Lish, el editor que le capaba cientos y miles de palabras). Con los libros de Escobar sus lectores creemos que todo está en la extensión que corresponde. Creo que he de mantener mi parangón, pues las descripciones del colombiano y su perfil de los personajes, abandonan toda aspiración heroica o excepcional, como en el norteamericano, para dedicarse a la pesquisa de las situaciones cotidianas que, pacientemente esperadas, nos sumergen en el asombro literario cuando aparecen.</p>
<blockquote><p>“Cuadrado tenía que hallar la manera de regalarle un par de vestidos sin humillarlo, y unas corbatas discretas, diferentes de los rezagos chillones de su época dorada, que entonces, y acompañados de pañuelos del mismo color, parecían audaces y cosmopolitas, pero que ahora solo empayasaban su pobreza”.</p>
<p>“Madrugaba con la cocinera a vender desayunos y preparar albóndigas y empanadas, y se quedaba allí, tomando café sin azúcar, maldiciendo la rutina que amaba”.</p>
<p>“Los clientes del final de la tarde ya se habían acostumbrado a que limpiara por encima de ellos, obligándolos a que levantara los pies cuando pasaba la trapeadora. En su mayoría mecánicos, pequeños comerciantes y jubilados, desde un principio se sintieron atraídos por la madura exuberancia de sus formas, por los ojos grandes con fondo de tristeza y la boca muy pintada”.</p>
<p>“El portero del edificio Alcázar, que siempre le coqueteaba, sostenía la aparatosa caja del televisor nuevo de una de las residentes, así que solo le pudo dedicar su sonrisa seductora, reprimiendo el piropo. Melba Lucy correspondió levantando la mano. Consciente de su retraso, dedicó apenas unos instantes a los futbolistas que perseguían un balón amarillo en la cancha múltiple, el aquero con el uniforme del Santa Fe, que empujaba a su equipo a punta de gritos, los muslos muy delgados para la corpulencia del tórax”.</p>
<p>“La mirada femenina combinaba el reproche y la coquetería”.</p></blockquote>
<p>***</p>
<p>Como es usual en la escritura de Escobar, las descripciones y la inmersión en la psicología y la proxémica femeniles, puntean en un refinado baremo, como quiera que desde Saide, su primera novela, el protagonismo en su novelística se lo llevan ellas. El lector se sorprenderá con la aparición de Paula Cristina, la protagonista de Destinos intermedios, que aparece en esta historia, logrando zurcir algunos hilos en el entramado del universo literario del autor, recreación de algunos lugares entre Bogotá y el Magdalena medio.</p>
<blockquote><p>“Pequeña pero proporcionada, la ‘seño’ Amalia legó a su hijo una consistente formación ética y la miopía. Todo lo demás en Cuadrado procedía del padre: la cabeza grande y chata, los huesos fuertes y anchos, estatura mediana y mandíbula de borde horizontal”.</p></blockquote>
<p>Las escenas que pinta Escobar de Bogotá, ora del Parkway de Teusaquillo, ora del Transmilenio, ora de la Caracas, o de los vientos llegados de los Cerros orientales, demuestran que, si bien el autor es visitante consuetudinario de esa ciudad, caminante de la calle, el <em>flâneur</em> baudeleriano, no pierde su capacidad de asombro, no permite que el derredor se le vuelva paisaje de tan caminado. Balzac describió la <em>flâniere</em> como gastronomía para los ojos. Lo mismo sucede con Manizales, Buenaventura, España, Aguasblancas (La Dorada), escenarios recurrentes en su obra, y con los espacios interiores en que actúan los personajes.</p>
<blockquote><p>“Un sol efímero, muy de tierra fría, enfatizó el contraste entre Belalcázar y Galerías”.</p>
<p>“Simulando prisas, saludó a los vendedores del negocio vecino –materiales para la construcción, eléctricos y de fontanería–, y entró decidida, percutiendo la baldosa del piso con sus tacones”.</p>
<p>“El ulular de una sirena se metió a la habitación, la recorrió, y salió con la misma rapidez con la que había llegado”.</p>
<p>“Por alguna razón le había quitado los bolsillos a su camisa, por lo que dos zonas rectangulares más oscuras marcaban sus senos, de proporciones considerables”.</p>
<p>“Subió los peldaños y se quedó mirando la virgen con ropas doradas, las bellas manos unidas sobre el pecho, bandas azul desvaído en los bordes del manto. La aureola la formaban las palabras: “Yo soy la inmaculada concepción”. A sus pies, el sagrario proyectaba rayos metálicos en todas direcciones. Se sentó en una de las bancas de atrás y elevó la mirada hacia la bóveda estrellada, sostenida por nervaduras de filigrana, Y oró con una concentración que pocas veces había tenido…”.</p></blockquote>
<p>Esta prosa se transparenta con el anhelo de Milán Kundera en el sentido de que “la ambición de mi vida ha sido unir la máxima seriedad del contenido –las ejecuciones extrajudiciales– con la máxima ligereza de la forma”.</p>
<p>En la página final de cada oscura tumba, vendedor de comercio “hablaba en exceso, indeclinable su sonrisa, mientras trataba de que un niño, en apariencia su hijo, no importunara mucho con su pistola de plástico verde. Los disparos, una onomatopeya que incluía el silenciador, los dirigía contra su propia silueta, repetida por los espejos del almacén&#8230; Después de algunas dificultades, la cajera consiguió que el datafono funcionara. Gabriel Álvarez Cuadrado firmó el recibo y contempló con desconsuelo al hijo del vendedor, que prorrumpía en una nueva ráfaga de disparos asordinados”.</p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=95908</guid>
        <pubDate>Sat, 12 Aug 2023 17:10:10 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Cada oscura tumba, no tanto el qué sino el cómo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Mario Vallejo</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>El muchacho que soñaba con que su pelo conquistara por él</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/muchacho-sonaba-pelo-cortejara/</link>
        <description><![CDATA[<p>Mis crespos cilíndricos a los diecisiete años se armaban con tan solo centrifugar la cabeza bajo la ducha Bocherinni caliente. Lo siguiente era embadurnar las palmas de crema Sedal de tarro verde, untar la guedeja, y repetir el tornado: primero circular, luego lateral y por último transversalmente. Ya bajo el cielo, mi gran sueño consistía [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Mis crespos cilíndricos a los diecisiete años se armaban con tan solo centrifugar la cabeza bajo la ducha Bocherinni caliente. Lo siguiente era embadurnar las palmas de crema Sedal de tarro verde, untar la guedeja, y repetir el tornado: primero circular, luego lateral y por último transversalmente.</p>
<p>Ya bajo el cielo, mi gran sueño consistía en que el jugueteo que las personas que me gustaban practicaban con algunos de mis rizos colgantes de la frente o del mentón o de las orejas –estiraban un bucle, lo soltaban y la madeja se enroscaba de nuevo con el automatismo de una boa-, mi sueño, decía, era que este jueguito, por sí solo, reemplazara mi inopia de verbo, mi incapacidad total de ligar. Que con solo yo mirar través de mis rizos a la persona gustada, soñaba yo despierto, con solo mirar con este amor antidemocrático y esteta, ya la persona solo tuviera que lanzarse al país de mis labios o pronunciar las palabras “¿cuándo nos vemos?”, “¿tiene lapicero y papel?,” “si no tiene papel venga le apunto mi teléfono en la mano”, “vamos a bailar ese nuevo género, el reguetón, y mientras parchamos*”), o el “le marco” o “márqueme” cuando la persona era ya conocida.</p>
<p>Han pasado 19 años desde que uno de mis sueños capilares iba dedicado a La Caleña. El apodo lo tenía una niña de hermosura vallecaucana, creo que de noveno grado de un prestigiado colegio de monjas (nosotros ya estábamos en décimo u once): la piel bañada de un perfecto canela, ambos labios con idéntico y generoso grosor, los ojos a fuego, y un lacio castaño casi líquido circunscribían la plenitud de su adolescencia. Desde luego que nunca supo que yo estaba enamorado de ella, como sí lo sabían mis amigos Ánderson y D. Ricardo, a quien correspondían los suspiros de La Caleña, suspiros que no eran correspondidos por él, que también me gustaba a mí, no correspondido tampoco. Faltarían algunos años aún para que el tautológico tropipop El problemón, prescribiera el viejo canto del desamor: “de qué me sirve, ay, que me quiera, esa persona que yo quiero que me quiera, si la que quiero, ay, que me quiera, no me quiere como quiero que me quiera”.</p>
<p>La tengo de amiga en Facebook hace ya algunos años, ya cada uno cabalga el potro de los 30 y del profesionalismo: ella médica, yo periodista. Lo último de Messenger habían sido algunas brevedades sobre la pandemia y antes de eso, algunas promesas incumplidas de reencuentros de amigos colegiales.</p>
<p>Pero su aparición ayer en mi pantalla, más bella que nunca en el esplendor de su consultorio, sus dedos gráciles enterrándole una jeringa a la calva de un hombre, avivaron mi utopía de recuperar el esplendor de mi pelo, o al menos algo de pelo, ¿aquel pelo donjuanesco?   Y ahí estaba yo, próximo a los 36 años, solicitándole información a La Caleña sobre el tratamiento, vía Messenger. Los resultados, me respondería luego, en medio de generosas tarifas especiales en nombre de la amistad, y garantías de que el proceso es indoloro, serían eficaces.}</p>
<p>Desecho la iniciativa.</p>
<p>Soy un educador de bachillerato con corona de cardenal y entradas laterales al que algunos estudiantes suelen cantar: “brilla la luna, brilla el sol, brilla la calva del profesor”.</p>
<p>Mi próxima cita es con la máquina de motilar en graduada en nivel cero.</p>
<p>*En la jerga manizaleña, la primera acepción de parchar es besarse. La segunda, la más extendida, es reunirse o departir con alguien.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=95214</guid>
        <pubDate>Fri, 23 Jun 2023 05:12:46 +0000</pubDate>
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