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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de El Magazín | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La carne deletrea</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/carnedeletrea/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cuento navideño</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Si me permiten, quiero examinar el odio, o mejor, la aversión que le tengo a las navidades pasadas. Además de la tontería que se percibe por todos lados, y que las canciones pregonan con: <em>“Año nuevo vida nueva”, “Son para gozarlas estas navidades, que el año que viene se acaban los pesares” </em>y las lucecitas monótonas que intentan abstraernos de la realidad con sus movimientos que acortan la vida de los ojos, puedo decir que mi antipatía se debe a tres acontecimientos que, aunque similares, sucedieron en diferentes momentos de mi vida</p>



<p>Recuerdo cuando, aún niño, bailaba con mi tía. Quizá la canción que intentábamos seguir sea la misma que suena ahora. La bailábamos y sonaron disparos. <em>Vampiro, vampiro, te chupa el vampiro.</em> Todos los que bailaban se metieron como hormiguitas oliendo lluvia. Sonó otro disparo y, mientras yo pretendía abrir la puerta, un cuerpo cayó a mis pies. Me fije en el hombre, era verde. <em>Para aquellos que nos contaminan, ¡buá!</em> Intentó subir por mi cuerpo, y cuando se dio cuenta de que no podía, me pidió ayuda. Yo sólo lo miraba. Tosió, y su boca arrojó una sanguinolenta bola de carne que, supongo ahora, era parte de su garganta. Poco después supimos que había sido una equivocación. No era él quien debía morir&nbsp;</p>



<p>¿Para quién iba la bala entonces? Las mujeres de mi familia lloraban pensando que podría haber sido para nosotros.</p>



<p>Algunos recordarán la fiesta de diciembre de 2003, con tamales, arbolito de navidad <em>que me vas a dar, </em>buñuelos y pesebre. Bailábamos frente a la casa, como siempre. Estábamos felices. Había trago, podíamos cambiar de parejas y quería bailar con la vecina nueva. Esta vez, no se escuchó ningún disparo, pero me di cuenta de que las mujeres abrían la boca aterrorizadas. Creo que gritaban, pero no pude escucharlas, era muy alto el volumen de la música. Todas miraban algo detrás de mí y, <em>al que se duerma lo motilamos</em>, volteé y vi la espalda de un hombre acercándose, su dueño intentaba detener a otro hombre con cuchillo. <em>Las campanas de la iglesia están sonando.</em> La espalda cayó y el cuchillo me cercó. Uno, dos, tres tajos en el hombro izquierdo me derribaron y<em> </em>en el suelo recibí miles, millones de patadas. Yo apretaba la boca para franquearle el paso a la carne de mi garganta.&nbsp;</p>



<p>Tardé tres semanas en recuperarme y, aunque me visitó la vecina, fue lo más doloroso que me ha pasado. Nunca me he lastimado, o me han lastimado, de esta manera; no me había roto ni un hueso cuando era niño.&nbsp;</p>



<p>El último evento fue hace poco. Aún recuerdo con pavor el arma apuntándome a la cabeza, el volumen de la música al extremo y yo esperando que el tiempo se termine. Vaya que fue larga la espera. A veces pienso que fui afortunado al no ser atacado con chuchillo. Conozco el dolor que produce. La bala entra y sale del cuerpo dejando solamente un pequeño orificio. No dudo de que cause dolor; pero imagino que no es tan traumático como recibir un millar de puñaladas en el mismo sitio.&nbsp;</p>



<p>Cuando el hombre apretó el gatillo, juro que vi, en cámara lenta, el trayecto de la bala. La imaginé desde todos los ángulos e intenté suponer cómo sería el dolor al entrar a mi cuerpo. No lo logré. La bala entró por el ojo y salió por la oreja. Mientras viajaba por mi cerebro comprendí, o quise comprender, que mi muerte había sido postergada inútilmente. Yo tenía que haber sido el hombre sin garganta que cayó a mis pies cuando era niño. Pienso que viví de más. Y por eso este odio. Siempre en estas fechas me entrego a reflexionar sobre el tema de mi muerte y me hago un desastre.&nbsp;</p>



<p>No si ustedes lo notan, pero a los lejos escucho música; no veo a la gente, pero escucho música. El volumen está más bajo pero las canciones decembrinas son reconocibles. ¿Por qué parar la fiesta? Me pregunto. Son tonterías mías. Dejen que me amargue sólo. Un muerto es un muerto. Que lo llore la familia, si le queda. Ella es quien debe llorarlo. El resto debe celebrar, o ¿Creen que todos los días se tiene la oportunidad de iniciar un nuevo año?&nbsp;</p>



<p>Publicado originalmente el El magazín de El Espectador el 24 de enero de 2012.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>El Magazín</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
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        <pubDate>Mon, 08 Dec 2025 12:51:57 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La carne deletrea]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>6025</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/seiscerodoscinco/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cuento.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Quizá se dio cuenta, como el general Aranda, de que sus manos podían igualar su espíritu; de que no eran una simple herramienta sino parte imprescindible de su ser. ¿Acaso leería la historia de Aranda? Prefiero pensar que sí; prefiero imaginar que la leyó antes de verlo en las calles intentando tocar las manos de los otros. Porque fue así como lo conocí. Lo sorprendí correteando a las jovencitas por el parque después de haberlas obligado a tomarle de las manos. Por qué me las quita si ahora son mías, gritaba mientras la joven desaparecía por la carretera. Después, casi lloraba. Lo encontré en el autobús intentando ayudar a los pasajeros a bajar del vehículo (hombres y mujeres), tomándolos de las manos, por el simple placer que esto le producía. Cuando alguno se negaba o las manos irremediablemente abandonaban las suyas, casi lloraba. Lo vi de lejos estrechar la mano a un desconocido arguyendo que se conocían; cuando el hombre notó su locura, él —casi lloraba.&nbsp;</p>



<p>Y así se pasaba todo el día, coleccionando roces de manos y aguantando las ganas de llorar. Hasta que un día, lluvioso por cierto aunque nada tenga que ver, lo hallaron muerto.</p>



<p>Después de hablarlo con mi amigo Navidad y de recibir su reprimenda por no haberme interesado en el tema desde el principio, al menos por simple provecho literario, decidí iniciar la investigación del hecho. Y a estas consideraciones me ha llevado.</p>



<p>Lo llamaré José, pues nunca supimos su nombre. Fue encontrado entre bolsas de basura. Muerto por estrangulamiento, con fuertes golpes en la cabeza y totalmente desnudo. Como es habitual no hay testigos. Lo encontraron los barrenderos del lugar, pero aseguran no haber visto nada. Acostumbrado a esto ni siquiera insistí. Revisé el cuerpo. Parecía estar vivo, sus ojos aun brillaban. Le miré las manos, los pies. Busqué heridas con objetos contundentes: nada. Sólo hallé golpes en la cabeza, cuello destrozado y un número escrito en su pierna derecha: seis mil veinticinco. Esto último me dio en qué pensar.&nbsp;</p>



<p>Los análisis fueron sorprendentes. Al parecer José se había asfixiado así mismo: se encontraron indicios en sus manos. ¿Había podido mantener su fuerza aún estando sin aire? Sin embargo, los signos de estrangulamiento encajaban perfectamente con el ángulo, la altura y muchas otras cosas que no es menester mencionar aquí. Pero esto poco me importó (con el perdón de Navidad). Seguía pensando en el misterioso número en el que, creía, se encontraba la explicación del misterio, que entre otras cosas ya se había resuelto.&nbsp;</p>



<p>Aunque me lo explicaran desde el principio, que mira las marcas del cuello, que los golpes se deben a la caída que siguió al estrangulamiento, que la ropa se la habrían robado… yo decía: ¿Y el número? Y ellos callaban un momento antes de volver a repetir la misma historia.&nbsp;</p>



<p>Esa noche, mientras salía del trabajo caminando, no sobre el suelo sino sobre mis furtivos pensamientos, me cruce con un compañero. Este se despidió estrechándome la mano y yo, sin razón, pensé en un número. Luego, llegando a casa, sin quererlo en verdad, toqué violentamente la mano de un desconocido que se disponía llamar al ascensor, me disculpé y pensé en otro número. Ya solo, comprendí cual era el significado de aquella cifra que José llevaba; y escribí en mi pierna, donde sabia que nadie lo iba a notar, el número dos, iniciando así mi propia cuenta.</p>



<p>Publicado origninalmente el 03 de octubre de 2010 en El Magazín de El Espectador</p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Magazín</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
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        <pubDate>Fri, 31 Oct 2025 13:00:07 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[6025]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>100 años de La Vorágine: Las mentiras de Arturo Cova</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/100-anos-de-la-voragine-las-mentiras-de-arturo-cova/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cómo leer una obra de la que, en apariencia, se ha dicho todo? ¿Cómo abordar una novela que ha madurado en cada nueva lectura desde la fecha de su publicación (1924)?</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>La palabra ha sido concedida al hombre para que éste disfrace con ella su pensamiento.</p>
<cite><em>Malagrida</em><sup data-fn="06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5" class="fn"><a id="06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5-link" href="#06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5">1</a></sup></cite></blockquote>



<p>Cómo leer una obra de la que, en apariencia, se ha dicho todo? ¿Cómo abordar una novela que ha madurado en cada nueva lectura desde la fecha de su publicación (1924)?<sup data-fn="f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830" class="fn"><a id="f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830-link" href="#f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830">2</a></sup> Desde esta perspectiva la lectura de la vorágine en el siglo XXI no es una tarea sencilla. Se corre el riesgo de no ahondar en su complejidad artística y seguir repitiendo las valoraciones de los críticos que nos preceden. Y desde luego empobrecer nuestra lectura.</p>



<p>Sin embargo, cuando se lee atentamente y se toman todas las consideraciones necesarias para comprenderla, es decir, analizando, en un primer momento, la novela sin necesidad de apreciaciones ajenas y comparando después nuestras reflexiones con las de los críticos; La vorágine del colombiano José Eustasio Rivera se convierte en una obra completa, brillante, llena de símbolos y de claves que la enriquecen y hacen que el lector formule infinidad de hipótesis a partir de cada elemento, por insignificante que parezca, que la novela le ofrezca.</p>



<p>Así pues, por ejemplo, no podría entenderse La vorágine sin saber cuáles son la razones por las que Arturo Cova, su narrador y escritor ficcional, la escribe, a quién, y cuándo. Esta clave la conoceremos ya terminando la historia: Arturo Cova escribe su texto para relatarle a su amigo Ramiro Estévanez su «Odisea» mientras están en las barracas del Guaracú, y es fundamental para entender a Cova como personaje, ya que podemos comprender el tono que usa y su intención primordial al escribir:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>No ambiciono otro fin que el de emocionar a Ramiro Estévanez con el breviario de mis aventuras, confesándole por escrito el curso de mis pasiones y defectos, a ver si aprende a apreciar en mí lo que en él regateó el destino.</p>
</blockquote>



<p>A partir de esta afirmación que hace Arturo Cova es indiscutible que el interlocutor de su relato es Ramiro; es a él, en principio, a quien quiere relatarle sus vicisitudes, sorprendiéndolo con su relato. Pero no nos detengamos, podemos examinar más y descubrir cuál es la relación psicológica que Cova tiene con este personaje. Arturo Cova cuando lo ve recuerda el afecto que siente por él, manifiesta querer ser su hermano menor y muestra la importancia que Estévanez tiene en sus actos: </p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>De tal suerte llegue a habituarme a comparar nuestros pareceres, que ya en todos mis actos me preocupaba una reflexión: ¿Qué pensará de esto mi amigo mental?</p>
</blockquote>



<p>Ahora bien, este sentimiento que une a Arturo Cova con Ramiro Estévanez se hace más significativo para entender la obra cuando, este último, en un primer momento se muestra «incólume ante la seducción de mis aventuras» (192) ante esto, Cova, para demostrar que lo que le ha pasado es aún más importante que el desamor y la pérdida de la mujer de Estévanez, afirma: </p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Quise tratarlo como a pupilo, desconociéndolo como a mentor, para demostrarle que los trabajos y decepciones me dieron más ciencia que los preceptores de filosofismo, y que las asperezas de mi carácter eran más a propósito para la lucha que la prudencia débil, la mansedumbre utópica y la bondad inane. </p>
</blockquote>



<p>Y más tarde:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Viéndolo inerme, inepto, desventurado, le esbocé con cierta insolencia mi situación para deslumbrarlo con mi audacia: –Hola, ¿no me preguntas qué vientos me empujan por estas selvas? –La energía sobrante, la búsqueda del Dorado, el atavismo de algún abuelo conquistador&#8230; –¡Me robé una mujer y me la robaron! ¡Vengo a matar al que la tenga!</p>
</blockquote>



<p>Cova menosprecia las circunstancias de la vida de su amigo para resaltar el valor de las propias, dándonos una vez más la clave para descifrar los excesos en su narración: </p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Su vida de comerciante en Ciudad Bolívar, de minero en no sé qué afluente del Caroní, de curandero en San Fernando del Atabapo, carece de relieve y de fascinación (…) En cambio, yo sí puedo enseñarle mis huellas en el camino, porque si son efímeras, al menos no se confunden con las demás. Y tras de mostrarlas quiero describirlas, con jactancia o con amargura, según la reacción que producen en mis recuerdos, ahora que las evoco bajo las barracas del Guaracú.</p>
</blockquote>



<p>Esta búsqueda de atención que busca Arturo Cova en Ramiro Estévanez, y la ostensible alabanza propia supeditan toda la narración de sus aventuras. El narrador en su afán de dar a su historia un tinte de majestuosidad y originalidad exagera los sucesos que acontecieron. Quizá la historia fue relatada para complacer a su amigo, lo que explicaría lo que dice Cova en la última parte de la novela, cuando la narración se lo peones, donde no nos conozcan ni persigan! ¡Con Alicia y nuestros amigos! ¡Esa varona es buena y yo la perdí! ¡Yo la salvaré! ¡No me reproches este propósito, este anhelo, esta decisión!</p>



<p>La única razón del posible reproche de Estévanez serían las incoherencias entre lo que narró Cova y lo que va a hacer ahora. Recuérdese que en el desarrollo de la historia Alicia era menospreciada, echada a menos. «Alicia me estorbaba como un grillete», dice Cova en las primeras páginas de su relato. Pero ahora, Arturo se decide a ir por ella asegurando que «Esa varona es buena».</p>



<p>¿Podríamos pensar, entonces, que Cova ha estado mintiendo y encareciendo su relato todo este tiempo? ¿Cómo podríamos averiguarlo si conocemos la historia únicamente por medio de su relato? Estos son algunos de los retos que propone Eustasio Rivera en su obra y que quedan a consideración del lector. El lector es aquí puesto a prueba: puede quedarse con la historia tal como la relata Arturo Cova, o puede pasearse, incrédulo, por la selva espesa, sopesando cada palabra, cada silencio y escudriñar qué hay más allá.</p>



<p>Esta reflexión, que no pasa de ser un primer acercamiento, es muy importante para comprender la obra. La vorágine aún despierta el interés en sus lectores y estoy seguro de que será analizada cada vez más desde diferentes puntos de vista. Es una novela completa, original y sugerente que debe ser leída y apreciada como el clásico que es</p>


<ol class="wp-block-footnotes"><li id="06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5">Citado por Stendhal en <em>Rojo y Negro.</em> Libro I, capítulo XXII <a href="#06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota al pie 1">↩︎</a></li><li id="f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830">Su éxito fue instantáneo y ascendente. El New York Times la comentó con grandes elogios es su<br>sección de libros. Las ediciones se sucedieron incesantes y cuando Rivera murió en 1928, La<br>Vorágine ya había sido traducida a cerca de diez idiomas. Su aliento poético, el fuerte carácter de sus personajes, el halo de tragedia que los rodea y los consume, la perfección de la trama, hicieron de La Vorágine un hito literario y la situaron como una de las grandes novelas mundiales del Siglo XX.<br>SANTOS MOLANO, Enrique. La novela y los novelistas. En: Revista Credencial Historia. Bogotá. No. 31, Edición 203. (nov. 2006); p. 5 <a href="#f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota al pie 2">↩︎</a></li></ol>]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Magazín</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=100396</guid>
        <pubDate>Sat, 04 May 2024 18:00:40 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[100 años de La Vorágine: Las mentiras de Arturo Cova]]></media:description>
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                            </item>
        <item>
        <title>El (sin) sentido de la vida</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/sin-sentido-la-vida/</link>
        <description><![CDATA[<p>  Laura Pereira Seguro, en uno de esos días amargos en que ha caído en picada al hoyo negro que llamamos fracaso, en una de esas horas en que se siente miserable, se ha preguntado: ¿por qué vine al mundo?, ¿por qué yo y no otro?, ¿cuál es mi sentido? Y para impulsarse a la [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><strong> </strong></p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="aligncenter size-medium wp-image-61481" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2018/02/truman6-300x187.jpeg" alt="truman6" width="300" height="187" /></p>
<p><strong>Laura Pereira</strong></p>
<p>Seguro, en uno de esos días amargos en que ha caído en picada al hoyo<br />
negro que llamamos fracaso, en una de esas horas en que se siente miserable, se ha preguntado: ¿por qué vine al mundo?, ¿por qué yo y no otro?, ¿cuál es mi sentido? Y para impulsarse a la luz y seguir caminando, simplemente se ha inventado un motivo idealista, esotérico, altruista o materialista; o tal vez, ha llegado a la conclusión general de que su vida debe tener un sentido importantísimo, pero que aún no lo conoce o no lo alcanza…  Cambiar el mundo, llegar a la cima, crear un invento inolvidable, dejar de sentir un vacío.</p>
<p>Como humanos, es inaceptable pensar que no vinimos a nada más que a andar a la deriva y a morir.  Por eso filósofos, religiosos, antropólogos y pensadores llevan siglos intentando hallar el sentido de la humanidad, de la vida propia. Es tan importante para muchos encontrarlo, que todavía en 2018 se pronuncian estas preguntas en las clases de los colegios y las universidades, mientras otros revisan su Facebook.</p>
<p>Pero ¿qué tal si el sentido de la vida, que pensamos tan importante, no es más que miedo al absurdo?  ¿Ha pensado, alguna vez, que simplemente vino a nacer, comer, reproducirse, envejecer y morir, como cualquier otro animal?  Obvio, no quiero crear un debate filosófico ni insultar a los intelectuales con mi ignorancia y vacío existencial.  Pero, sí quiero plantearle que, quizás, las ansias que usted siente por encontrar un sentido a su propia vida no son más que una invención necesaria para no desvanecerse al obligarse a asimilar el sinsentido. Una salida para no restarle importancia a su devenir y por lo tanto, a su propio ser.</p>
<p>Somos una especie que razona, por eso no admitimos como una posibilidad que seamos iguales a otras especies y que, como ellas no tengamos un motivo único de existencia. Sería el fin. Imagínese descubrir que es una simple coincidencia de la evolución o el resultado de la unión de un cromosoma y un espermatozoide cualquiera. Que no tiene más sentido que ser parte de un ecosistema y que sus acciones no afectan tanto como podría pensarlo.  Aceptarlo significaría que el hombre no es superior, ni tiene un fin único impuesto por el destino o su Dios. Que usted no es diferente al resto de los humanos, que no tiene una meta impuesta desde su nacimiento, que no es el rey de la tierra, que el camino es recto del parto, a la reproducción y la tumba, aunque tome decisiones diferentes, que no tiene poderes para cambiar el mundo, que no tiene que esforzarse porque no es su destino. Pero, que por miedo a aceptarlo continúa buscando una razón.</p>
<p>¿Si no tiene sentido la vida, vale la pena vivirla?  Por temor a responderse no, deja abierta la pregunta, y decide mentirse asignándose un sentido, un fin personal y uno a su raza, para continuar, una meta que busca cada día para que lo llene y que seguramente, morirá sin hallar. Por ésta vive agotándose, pensando que al ser impuesta por algo más fuerte que usted, es irrompible.  Eso nos pasa a todos, que volvemos la búsqueda de sentido, el sentido mismo de la vida. Por eso mentimos, por eso creamos el pajazo del fin, del tengo que vivir por algo, de la unicidad, que nos obliga a buscar una meta y a trabajar para alcanzarla, a auto-explotarnos. Mentimos para tener un por qué levantarnos cada día.</p>
<p>Quizá solo los llamados flojos, sin metas o incrédulos, descubrieron que su día a día no debería ser más que cumplir sus necesidades físicas y morir, haciendo las paces con el sinsentido que es su existencia, dejándose llevar por el tiempo hasta la muerte, evitando el sinsabor y la angustia que genera no tener respuesta, pero abrazando el golpe de no significar nada, de no buscar nada. Quizá ellos son los únicos valientes que entendieron que vivir sólo es ir dando pasos sin razón, adaptándose, siguiendo los instintos, reptando, esperando el final.</p>
<p>El lado amable de todo este planteamiento es que puede elegir entre la búsqueda de sentido como salvavidas, como impulso para luchar por metas y ganar alegrías (a pesar de saber que el vacío continuará hasta su muerte), o abrazar el sinsentido y descubrir que, aunque venimos al mundo sin un fin, la búsqueda de éste y los sentimientos de vacío, desperdicio propio y de estancamiento que vienen con él, son necesarios para que vivir merezca la pena.</p>
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        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
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        <pubDate>Thu, 22 Feb 2018 22:42:00 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El (sin) sentido de la vida]]></media:description>
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        <title>Ese gol de cabeza fue de mi papá</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/ese-gol-cabeza-fue-papa/</link>
        <description><![CDATA[<p>Carlos Joaquin Silva Alvarez Eso fue ya hace varios años. Yo tenía por ahí unos ocho añitos. Todavía no me recupero del impacto. Y creo que no me recuperaré nunca. Es que fue un golazo. Un gol brutal. Un golazo que me golpeó en el alma, en el corazón y en la mente. Y se [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="aligncenter size-medium wp-image-60859" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2018/01/futbol-cuento-300x225.jpg" alt="Partido de fútbol" width="300" height="225" /></p>
<p><strong>Carlos Joaquin Silva Alvarez</strong></p>
<p>Eso fue ya hace varios años. Yo tenía por ahí unos ocho añitos. Todavía no me recupero del impacto. Y creo que no me recuperaré nunca. Es que fue un golazo. Un gol brutal. Un golazo que me golpeó en el alma, en el corazón y en la mente. Y se quedó incrustado en la valla de mi mente de niño de ocho añitos.</p>
<p>Usted seguramente se acuerda del gol de Zinadine Zidane en la final de la Champion league a los cuarenta y cinco minutos… ese fue un golecito sin gracia frente al que tuvo que meter mi papá, yo sé por qué se lo digo.</p>
<p>Todavía me sueño con ese gol –el de Zidane, no, el de mi papá- y me gambetean sus imágenes como si fuera hoy mismo. Mis hermanos menores, que no vieron el espectáculo esa tarde y los “psicólogos” que me tratan hoy día me dicen que ya debería olvidar esa experiencia y no insistir en recordar semejante golazo. Pero yo no puedo. Aún recuerdo a mi papá cuando yo tenía ocho años. Aunque hoy él sea puros huesos, para mí serán los más valiosos del mundo. Son para mí como huesos de oro o de plata. Porque son los huesitos de mi papá con quien también yo jugaba fútbol. Yo siempre le ganaba porque él jugaba era tejo y billar. En eso sí era un duro.</p>
<p>Ese día era sábado y yo me había escapado de la preparación de la primera comunión y no fui porque me dejé convencer de un amigo del grupo que me dijo que nos fuéramos a matar pájaros y a cazar mariposas y cucarrones para quitarles a éstos las alas y ver cómo se las arreglaban para volar. Así somos los niños.</p>
<p>Y llegamos a la cancha de fútbol del pueblo en donde iba a presenciar el inolvidable gol de cabeza de mi papá. Un cabezazo brutal, no como el golecito ese que metió de cabeza y mano Maradona en México ochenta y seis frente a la selección de Inglaterra. Yo sé por qué se lo digo de esta manera.</p>
<p>Como a eso de las dos llegaron los organizadores del tremendo espectáculo. Estaban en sus camionetas esperando a la entrada del pueblo desde muy temprano a que fueran llegando los campesinos de las veredas con el mercado para vender y volver con algo de plata a sus casas.</p>
<p>Papa, panela, carne de marrano, de cordero, gallos, gallinas, huevos campesinos de los de la yema roja, rojisa, rojosa, rojuda, queso, mantequilla, cuajada, papayas, ahuyama. Unas ahuyamas así de grandes.</p>
<p>Al comienzo los señores esos empezaron a ofender a nuestros paisanos diciéndoles que les jugaban un partido entre el equipo Vencedores versus Los Sapos. Que ellos serían los vencedores y nuestros papás eran los sapos. Uno de ellos cogió sin permiso una ahuyama de las que vendía mi tío Aristóbulo, la más grande, la metió en una lona, la amarró bien redonda y en medio de la cancha que en ese momento era puro barro seco, la puso en la mitad y gritaba que el espectáculo iba a comenzar – Sapos hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese… o sea, ¿usted me entiende, cierto? Es que como yo me estaba preparando para la primera comunión, pues no podía decir esa palabra.</p>
<p>Y mi papá, mi tío Aristóbulo, el viejito don Aníbal, don Ismael, y todos los demás les decían – Vean, señores, tranquilos, llévense todas las ahuyamas que quieran pero no nos metan en sus asuntos, nosotros no tenemos nada que ver ahí. – Pero ellos insistían en que tenían que jugar fútbol ya mismo.</p>
<p>Mi papá les dijo en un arranque de valentía, tratando de congraciarse con ellos y llevarles la corriente; que si jugaban billar, buchácara o tejo que listo. Pero ellos insistían en que era lo que ellos dijeran y punto. Que salieran a ver, equipo de Sapos hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese… o sea, ¿usted me entiende, cierto? Es que, como ya le dije, yo me estaba preparando para la primera comunión, pues no podía decir esa palabra.</p>
<p>Entonces como nadie quería por las buenas, así dijeron, el espectáculo no se iba a aplazar. Y trajeron sus camionetas y las pusieron alrededor de la cancha. En ese momento empezó a caer un aguacero el verraco –esa sí la podía decir aunque estuviera preparándome para la primera comunión – y se nos empezaron a mojar nuestras caritas de niños y las carpas del mercado y las vacas y los marranos y las ahuyamas de mi tío Aristóbulo.</p>
<p>La gente creyó que, con el aguacero, esos señores se iban a ir, pero nada. Con sus camionetas rodearon a toda la gente. Uno de ellos sacó un pito y dijo que el partido no lo iban a perder por doble u.</p>
<p>Y nos sonsacaron a nuestros papás, tíos, hermanos mayores y niños de doce años en adelante para un equipo, el de los sapos mojados, como nos decían ahora y el de ellos, los vencedores. Empezaron con la ahuyama que le habían quitado a mi tío Aristóbulo. Nuestros familiares, vecinos y amigos, o sea el equipo de los sapos, jugaban de mala gana y no lograban ningún pase. Ellos se los bamboleaban y cada vez que le quitaban la ahuyama se la pasaba uno a otro de los vencedores mientras les gritaban a los nuestros: &#8211; ¡ole!, ¡ole!, -¡ole!, ¡ole! como en la época de las corralejas.</p>
<p>Mi tío Aristóbulo, que era el más rabón hasta jugando en el tejo y en el billar, y se emberracaba por todo, cogió en un tiro esa ahuyama y se los bailó a toditos y les metió tremendo golazo. Parecido al que metió Messi ante el Getafe en la copa del rey.</p>
<p>–Un verraco ese man, decían los de los vencedores. Un sapo, re-sapo, contestaron los otros y de una le sacaron tarjeta roja. ¿Quién? Uno de ellos, de los vencedores, que dijo que él era también el árbitro.</p>
<p>Y él mismo se lo llevó fuera de la cancha, hacia la quebrada en donde los niños nos bañábamos y las mamás y las abuelas y las bisabuelas lavaban la ropa. El jugador y juez a la vez regresó solo del rio, mi papá se quedó mirando hacia la quebrada y el agua de lluvia y las lágrimas se le revolvieron en su cara de campesino verraco para el trabajo. Luego volteó a mirar a mi tía Rita, mi tía política o sea la esposa de mi tío Aristóbulo, que también era mi madrina y le sonrió triste, pero le dijo –Un verraco, un verraco mi hermano Aristóbulo, les hizo tremendo gol, ¿no, comadre?</p>
<p>Mi tía madrina se cogió la cara con las dos manos y se agachó pero los niños no entendíamos por qué lloraba, si mi papá le estaba celebrando tremendo golazo. Mi mamá le dijo, camine comadre vamos a buscarlo a la quebrada. Y mi tía madrina como con una pequeña ahuyama atorada en la garganta le dijo, será quebrada abajo, comadre. Y se fueron las dos entre el barro que servía de alfombra a la cancha.</p>
<p>Uno cero, ganando el equipo de los Sapos hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese… o sea, ¿usted me entiende, cierto? Es que como, le repito, yo me estaba preparando para la primera comunión, pues no podía decir esa palabra. – dijo uno de ellos y continuó: &#8211; pero Vencedores son vencedores. Nos toca sacar a nosotros.</p>
<p>Y desde donde estaba, sin esperara a llegar al centro de la cancha, le dio un patadón a la ahuyama que servía de balón y con grandes zancadas se los fue sacando a todos los del equipo de nosotros o sea el equipo de los sapos, le dio luego con sus botas de comandante un canillazo a don Ismael lo dejó tirado en el barro en mitad de la cancha y siguió hasta el arco donde lo esperaba nuestro amigo “pate-cumbia” que también se estaba preparando para la primera comunión con nosotros y que lo pusieron a jugar porque ya tenía doce años. Y le decíamos así porque caminaba cojeando desde que una mina quiebrapatas casi le mocha el pié izquierdo.</p>
<p>“Patecumbia” quiso quitarle el balón, mejor dicho, se lo quitó pero el de las botas brillantes y embarradas se lo volvió a quitar con la mano rápida y después de hacerle zancadilla le hizo un gol que todos los de los vencedores celebraron con gritos y con una descarga de metralleta que hizo uno de los pelados que cuidaba las camionetas alrededor de la cancha.</p>
<p>Este vale por dos, gritó el Maradona éste. Se quitó su chaqueta de camuflado y le daba vueltas al aire mientras saltaba como un orangután furioso, gritando goooooooooooooooolllllllll!!!!!!!!!!! –Hijuep… la u, la te y la a, como ya le dije. Mientras tanto los niños desde el cercado de la cancha dentro de nuestra ingenuidad gritábamos que eso era mano, y llamábamos al juez, juez, mano, eso fue mano. Y el que hacía de árbitro, o sea el mismo jugador que había metido el gol se nos reía en nuestras caritas con su voz ronca y olorosa a aguardiente. Aguardiente del de verdad, no como el que preparaba mi tío Aristóbulo en la casa.</p>
<p>Cuando mi papá vio que otro de ellos que tenía bigote como de fique nos gritaba hijos de sapos hijuep… – usted ya sabe, lo de mi primera comunión – entonces se le vino con toda su furia y le dijo que con nosotros no se metiera. Que las criaturitas no teníamos la culpa tampoco; y para acabar, le rompió el balón de ahuyama en las botas. Entonces el otro se le encaró y le dijo que a él nadie lo mandaba porque él era de los altos mandos. Y que menos lo iba a mandar nada un sapo hij… la palabra esa. Y le dio un rodillazo a mi papá en el estómago que lo dejó tirado entre el barro revolcándose del dolor.</p>
<p>Y ahí sí se me olvidó lo de mi primera comunión y con mi vocecita de ocho años le dije más hijueputa será usted y todos sus vencedores. Y le escupí en su bigotico de fique. Entonces me alzó con sus tenazas como las de las maquinarias del municipio intentando lanzarme lejos, pero los otros de los vencedores le decían que se calmara, que si le hacía algo al chino éste, lo podían joder por la maricada esa de los derechos de la infancia. Ahí fue cuando el mismo bigotón cogió a mi papá del suelo y le dijo que el partido continuaba, que &#8211; y se reía – le tenía que responder por el balón. Que con qué iban a seguir jugando &#8211; y se reía – y mi papá trató de recomponer el balón que estaba a los pies del bigotón pero el jugo de la ahuyama junto con el barro se deshacía inmediatamente.</p>
<p>A una orden del bigotón otros de los vencedores cogieron a mi papá y se lo llevaron hacia la quebrada, cerquitica de la cancha y no dejaron pasar a nadie. Al ratico regresaron sin mi papá y con un nuevo balón envuelto en una lona. Tomaban aguardiente y gritaban sin darse cuenta que ahora estaban en la cancha jugando entre ellos mismos, porque nadie quería patear más ese balón.</p>
<p>El padre de la iglesia nos miraba a los niños con seriedad y nos decía que todo era por nuestra culpa, por no asistir a la preparación de nuestra primera comunión este sábado. Y que yo debía empezar nuevamente todo el curso por haber insultado a ese señor con semejante palabrota.</p>
<p>Mientras escuchábamos los reclamos del padre los vencedores seguían jugando con su balón de ahuyama nuevo, mientras seguían bebiendo y bailando, pues el de la ametralladora hacía sonar la música desde la camioneta que cuidaba, la del bigotón, que en ese momento tenía el balón de ahuyama &#8211; y se reía – en sus manos, sobre su cabeza para hacer un saque de banda &#8211; y se reía –.</p>
<p>Mire el gol que le manda dedicar su papá, chino – Y con toda su fuerza de vencedor ebrio, presuntuoso, ofendido y brutal, lanzó el balón encajándolo preciso en su propio arco, dejando manchadas las cabuyas de la valla de la sanguaza que soltaba el balón que aún creíamos era una ahuyama. Ese fue el golazo brutal e inolvidable de aquella tarde, fue de cabeza, me acuerdo tanto y era de mi papá.</p>
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        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
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        <pubDate>Tue, 16 Jan 2018 20:47:46 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Ese gol de cabeza fue de mi papá]]></media:description>
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        <title>Albert Camus y Jean Paul Sartre: la confrontación existencialista del siglo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/albert-camus-jean-paul-sartre-la-confrontacion-existencialista-del-siglo/</link>
        <description><![CDATA[<p>María Paula Lizarazo Cañón “Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Jean Paul Sartre. Albert Camus (1913-1960) y Jean Paul Sartre (1905-1980), dos franceses cuyas publicaciones los convirtieron en autoridades de la corriente filosófica existencialista, así mismo como en autoridades del pensamiento político de izquierda francés, protagonizaron una confrontación intelectual [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="size-medium wp-image-52670 aligncenter" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2016/11/Camus-Sartre-300x262.jpg" alt="camus-sartre" width="300" height="262" /></p>
<p><strong>María Paula Lizarazo Cañón</strong></p>
<p style="text-align: right;"><em>“Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Jean Paul Sartre.</em></p>
<p>Albert Camus (1913-1960) y Jean Paul Sartre (1905-1980), dos franceses cuyas publicaciones los convirtieron en autoridades de la corriente filosófica existencialista, así mismo como en autoridades del pensamiento político de izquierda francés, protagonizaron una confrontación intelectual mediante cartas que Jean Paul Sartre publicó en su revista <em>Temps Modernes</em>(fundada en 1945), luego de que  Albert Camus publicara su libro <em>“El hombre rebelde”</em> en 1951, donde rechaza el régimen stalinista y lo compara con el Nazismo, afirmando que así como se criticaron las atrocidades del Nazismo, también son criticables las atrocidades que consigo trajo el régimen comunista de Stalin. Esta postura lo torna inmediatamente como un enemigo para los intelectuales de izquierda, principalmente para Jean Paul Sartre, quien no sólo cuestiona dicho libro de Albert Camus sino que también ofende y cuestiona su inteligencia y su filosofía.</p>
<p>A continuación se hará una  contextualización  sobre el pensamiento filosófico de cada autor (que involucra sus posturas políticas y literarias, y la relación existente entre ellas dos), para así comprender la trascendencia de la confrontación mencionada en el párrafo anterior, teniendo en cuenta que ambos fueron existencialistas ateos, es decir, afirmaban que la existencia precede la esencia…</p>
<p><em>“No creo en Dios, me aburre”. Albert C.</em></p>
<p>Y luego, a modo de conclusión, se profundizará en cada postura según su forma de adoptar a la literatura, teniendo en cuenta que el rol que ella cumple es diferente y fundamental en cada filósofo.</p>
<p>[I]</p>
<p>Jean Paul Sartre, el hombre del compromiso político del ser y el arte, fue un hombre que pasó por el Lycée Henry IV  de París y  la École Normale Supérieure de la misma ciudad. Planteaba en sus libros <em>La trascendencia del ego </em>(1938) y <em>El ser y la nada </em>(1943), que hay dos tipos de seres: los seres en sí y los seres para sí. Los seres en sí, son siempre lo mismo (por ejemplo una roca, una mesa, un árbol). Mientras que los seres para sí no son estáticos, son proyecto, son una proyección hacia el futuro. La relación entre ambos es que el ser para sí proviene de un ser que dejó de ser en sí para empezar a elegir, es decir, el ser para sí se construye de elecciones pasadas que hizo libremente.</p>
<p><em>“El hombre está condenado a la libertad” Jean Paul S.</em></p>
<p>No obstante, el Ser es <em>nada, </em>pues en el presente aún no es el proyecto futuro satisfecho y ya dejó de ser las elecciones de su pasado. Esto se correlaciona con que sólo eligiendo es que un hombre se da un ser, es decir que cuando un hombre elige, está eligiéndose a sí mismo y volviéndose un ser para sí, pues el hombre es libre y no tiene otra opción que hacer elecciones: el hombre es siendo libre.</p>
<p><em> </em>Para Sartre (según su discurso <em>El existencialismo es un humanismo), </em>un hombre está comprometido políticamente, puesto que cada elección que haga afectará a los demás hombres. Por más de que se nazca en un mundo que enajena a las personas, Sartre afirma que hay un punto en el cual el hombre debe elegir bajo un compromiso político para con los demás; entonces, así como cada hombre está comprometido con el resto de hombres y al mismo tiempo es responsable de ellos, cada época está comprometida con la humanidad y es responsable de ella; la literatura también debe estar comprometida políticamente con los hombres y la filosofía debe estarlo con el barro de la historia pues esta  no existe para apoltronarse en las bibliotecas sino para sacarla a la calle.</p>
<p>Según Sartre, las ideas bajo las cuales cada hombre elige libremente pero comprometido políticamente, son primordiales a la vida humana. Por ejemplo, Sartre y Simone de Beauvoir, viajaron a Cuba con el fin de aprender cómo se estaba formando la revolución; ellos dos consideraban primordial la unión del pueblo cubano para alcanzar el comunismo  antes que el hecho de que la revolución traería violencia y asesinato entre las gentes.</p>
<p>[II]</p>
<p>Por su parte, Albert Camus, el hombre del absurdo que consideraba la libertad y la vida humana superiores a cualquier radicalismo e/o ideología, fue un argelino nacido en el seno de una familia de emigrantes franceses. Tuvo su formación académica en la Universidad de Argel, pero después llegaría a Francia y se haría amigo de Jean Paul Sartre en 1943, entre otros pensadores de la época. Su corriente filosófica también fue el existencialismo ateo, tal y como lo reflejó en su novela <em>El extranjero </em>(1942).</p>
<p>Esta novela es una narración en primera persona de un hombre condenado a prisión, cuya condena, absurdamente, fue a causa de la retroalimentación de algunos sucesos de su vida (tales como el hecho de no haber llorado en el funeral de la madre y sí haber tomado tinto y el hecho de no conmoverse ante la imagen que el juez católico le mostró de Cristo ensangrentado)  y no propiamente del crimen (haber asesinado a un árabe en medio de un ataque en la playa, nada planeado). Pero, en medio de lo absurdo de la situación y del pensamiento pesimista del personaje, dominado por el sinsentido de la cotidianidad, Camus, maravillosamente, plantea en este libro que la verdadera libertad se halla en el pensamiento y no en otra parte, por este motivo Meursault no se aburre estando en prisión: se dedica a recordar y reflexionar.</p>
<p><em>“Así, cuanto más reflexionaba, más cosas desconocidas u olvidadas extraía de la memoria. Comprendí entonces que un hombre que no hubiera vivido más que un solo día podía vivir fácilmente cien años en una cárcel. Tendría bastantes recuerdos para no aburrirse”. </em></p>
<p><em>Albert C.</em></p>
<p><em><strong>[III]</strong></em></p>
<p>Hasta el momento, se podría concluir que ambos filósofos coincidían en corrientes como el existencialismo ateo, su interés por la condición de libertad humana, además defendían las ideas políticas de izquierda (como la Unión Soviética ) y rechazaban el nazismo.</p>
<p>Solo hay una diferencia visible: para Sartre, la relación entre libertad y literatura, es que la literatura es un medio de compromiso político para con la sociedad (tal y como la existencia de cada hombre y su libertad). Para Camus, la literatura iría mucho más allá de un compromiso político y llegaría a un ámbito plenamente correlacionado con el cuestionamiento del humano en su ser y su pensar, tal como Meursault que encontró la libertad a través del pensamiento, por ejemplo, cuando se imaginó una mujer y se masturbó tras haber pensado que la cárcel le prohibiría placeres e instantes como las relaciones sexuales.</p>
<p>Sin embargo, la amistad entre Camus y Sartre estaría marcada por una diferencia importante a causa de la reflexión justa de Camus en la que juzgaba tanto la derecha como la izquierda, acto que para Sartre fue tomado como una ofensa y una traición hacia los ideales de izquierda que Camus también defendía, y no como una crítica política contra la violencia y el menosprecio de la vida humana por parte de los radicalismos. En 1951, Camus publicó <em>El hombre rebelde</em>: el resultado de una investigación; la reflexión del autor en este libro lo condenó como enemigo de la izquierda intelectual de París. En el libro, se presenta un recorrido histórico de la noción de <em>revolución </em>y de la noción antitética de <em>rebeldía, </em>llegando así Camus a rechazar la revolución relacionándola con la violencia, pues, por ejemplo, considera que el régimen de Stalin, comparado con el régimen Nazi, también se apoya en una idea de absolutismos que engendra terror y violencia entre las personas.</p>
<p>Tras la publicación de dicho libro, Sartre y otros intelectuales de la izquierda publican artículos contra Camus; mientras que intelectuales de la derecha, repentinamente, publican elogios que el mismo Camus rechaza. Tras una publicación en <em>Temps Modernes</em> en su contra y en contra de su libro, Camus dirige una carta en su defensa a la revista. Sartre publica esa carta y en seguida le responde; luego, los dos examigos, inician una contienda mediada por letras.</p>
<p>Aquí la transcripción de la contienda (a partir de la respuesta de Sartre, cuando Camus ya escribió tras el artículo publicado en la revista):</p>
<p>Sartre: Yo condeno los campos de concentración. Pero condeno igualmente la explotación que los capitalistas y los burgueses procuran hacer con ello,</p>
<p>Camus: Señor Director, no se decide sobre la verdad de un pensamiento según si es de derechas o de izquierdas. Y menos aún según lo que la derecha y la izquierda deciden hacer con ello. Si finalmente la verdad estuviera en la derecha, yo estaré ahí.</p>
<p>Sartre: Mi querido Camus, nuestra amistad no era fácil, pero la echaré de menos. Dígame, Camus, ¿qué misterio hace que no se puedan discutir sus obras sin quitarle las razones para vivir a la humanidad?</p>
<p>Camus: Digo textualmente que Marx ha mezclado en su doctrina el método crítico más válido con el mesianismo utópico más contestable.</p>
<p>Sartre: Puede que haya sido usted pobre. Pero ya no lo es. Usted es un burgués como Jeanson y como yo. Le queda lejos su parecido con San Vicente de Paúl o con una hermanita de los pobres. Y la miseria no le ha hecho ningún encargo. ¿Y si su libro sólo fuera testimonio de su incompetencia filosófica? No me atrevo a recomendarle “El ser y la nada”. Leerlo le parecería inútilmente arduo.</p>
<p>Camus: Estoy un poco cansado, como los viejos militantes que nunca se amedrentaron ante las luchas de su tiempo, de tener que recibir sin tregua, lecciones de eficacia por parte de censores que nunca hicieron otra cosa que colocar sus sillones en el sentido de la historia.</p>
<p>Sartre: Era usted la admirable conjunción entre un hombre, una acción y una obra. En 1944, su personalidad fue el porvenir, en 1952, es el pasado. Ya sólo vive a medias entre nosotros. Espero que nuestro silencio haga olvidar esta polémica.</p>
<p>Estas contra respuestas entre Jean Paul y Albert, finalmente, demuestran una gran diferencia, aparentemente escondida, entre el pensamiento del uno y del otro: Sartre consideraba que las ideas son más valiosas que la vida misma, pues sólo se es cuando se elige, es decir, que la libertad del hombre está en sus decisiones y esta libertad es la que lo lleva a ser,  no obstante, cada quien es responsable del resto de personas en tanto que cada elección que toma cobra valor si solo si se opta por ideas comprometidas políticamente con la humanidad entera, por ello rechaza <em>El hombre rebelde</em>, pues cree más importante la instauración del comunismo (idea comprometida con la humanidad) que las vidas que se pierdan para lograrlo; así pues, para Sartre, la literatura configura un rol en el que está comprometida políticamente de forma exclusiva. En cambio, para Camus, prima la vida humana sobre las ideas, sean ideas burguesas o sean ideas comunistas, Camus considera  inaceptable e injustificable la violencia contra la vida humana por una ideología, por eso mismo no adopta que el rol de la literatura sea para un fin político, sino que más bien esta debe englobar aspectos humanos que involucren el ser y el pensamiento (donde está la verdadera libertad) y todo aquello que la literatura dice pero no dice y que sólo cada lector sabe descubrir, precisamente, desde su existencia y su pensamiento.</p>
<p>Nota final: quizás no sea tarde para que los seres humanos comprendan la trascendencia de las discusiones entre Albert Camus y Jean Paul Sartre: la personificación misma de las diferencias existenciales entre el ser y las ideas. Esta discusión es un ejercicio para cuestionar si las ideas  triunfan sobre la vida y se justifican para  que sigamos matándonos, como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad, o si tal vez sea mejor que entendamos que la vida debe triunfar sobre las ideas y así darle un <em>sí</em> a quienes no han tenido más opción que combatir guerras de ideologías representadas por armas.</p>
<p><em>Bibliografía</em></p>
<p><em>Jean Paul Sartre. (1938). La trascendencia del ego. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Jean Paul Sartre. (1943). El ser y la nada. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Jean Paul Sartre. (1946). El existencialismo es un humanismo. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Albert Camus. (1942). El extranjero. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Albert Camus. (1951). El hombre rebelde. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Datos bibliográficos de los filósofos</em></p>
<p><em><a href="http://www.biografiasyvidas.com/" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=es-419&amp;q=http://www.biografiasyvidas.com/&amp;source=gmail&amp;ust=1480195513194000&amp;usg=AFQjCNGrpBQZj7-berUxdY9RUEnz2h_OeA">www.biografiasyvidas.com</a></em></p>
<p><em><a href="https://www.youtube.com/channel/UCdkRPVgFToZolkvuTIULk0g" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=es-419&amp;q=https://www.youtube.com/channel/UCdkRPVgFToZolkvuTIULk0g&amp;source=gmail&amp;ust=1480195513194000&amp;usg=AFQjCNGhUzmksLHfYVRoBipnTrdYhq1v9A">https://www.youtube.com/channel/UCdkRPVgFToZolkvuTIULk0g</a></em></p>
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        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/?p=52668</guid>
        <pubDate>Fri, 25 Nov 2016 21:34:03 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Tres cuentos colombianos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/tres-cuentos-colombianos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Luis Carlos Muñoz Sarmiento* &#8211; Especial para El Magazín de El Espectador I – La desaparición Ese día, como siempre en los últimos nueve años, él se había levantado muy temprano, afeitado y bañado gracias a la colaboración de su hija menor y de su hijo preferido, desayunado y salido a la calle. Solo. Se [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center" align="center"><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter  wp-image-8043" alt="123" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2016/08/123.jpg" width="470" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: left" align="center"><b>Luis Carlos Muñoz Sarmiento* &#8211; Especial para El Magazín de El Espectador</b></p>
<p style="text-align: left" align="center"><b>I – La desaparición</b></p>
<p style="text-align: left" align="center">Ese día, como siempre en los últimos nueve años, él se había levantado muy temprano, afeitado y bañado gracias a la colaboración de su hija menor y de su hijo preferido, desayunado y salido a la calle. Solo. Se había dirigido a la tienda, donde le había pedido a don Jorge, ya que no cargaba dinero en sus bolsillos, que le fiara unos pielroja sin filtro, los únicos que fumaba desde que lo había perdido todo, desde aquellos lejanos días en los que podía escoger entre chester, picadilly, camel, todos también sin filtro. Cogió sus cigarrillos con la misma felicidad con que su nieta recibía un chocolate del papá o su nieto un favor de la mamá. Prendió un cigarro y echó a andar… Cogió por donde siempre lo hacía, por costumbre, es decir, por la carrera 13, desde la calle 45, hacia el sur. Su hijo, que a menudo lo acompañaba, esta vez no pudo hacerlo pues tenía que atender unos asuntos personales urgentes relacionados con su ingreso a la universidad. De manera que esta vez, solo, él, un hombre de 61 años que por un accidente automovilístico había pasado los últimos nueve enfermo, se dirigía ahora sin saber muy bien adónde pero, eso sí, seguro de que no había un camino sino de que se hace camino al andar, de que al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar… Lo que en este caso se habría de cumplir con estricto rigor, no a causa de la simple retórica poética. Que, a decir verdad, también en este caso, no era simple retórica poética pues se trataba de la del inmortal y bienamado por él, don Antonio Machado, a quien tanto debía… Pues como don Antonio, él podía decir que a su trabajo acudía, con su dinero pagaba, excepto esta vez, sí, que no había tenido para los cigarrillos, pero de todas formas con su dinero pagaba el traje que lo cubría y la casa que habitaba, el pan que lo nutría y el lecho donde descansaba. Como don Antonio había creado un mundo de poesía con sus manos, él había trabajado la tierra con las suyas. Como don Antonio, él tampoco sabía si era un clásico o un romántico aunque igual hubiera querido dejar sus versos como el capitán deja su espada: famosa por la mano viril que la blandiera, no preciada por el docto oficio del forjador. Igual que don Antonio conversaba con el hombre que siempre iba con él y cuyo soliloquio era charla con ese buen amigo que le enseñó el secreto de la filantropía. Eso sí, no de la que tanto se publicita y detrás de la cual se esconde el crimen, se agazapa la traición, se confiesa la carencia. Carencia de la que él, como don Antonio, valga la tautología, carecía… Todas sus carencias, mientras caminaba, se reducían a una, la falta de dinero. El que en otras épocas había tenido de sobra, pero de las cuales era mejor no acordarse, como se aconseja no acordarse de la juventud cuando se es ya viejo. Y aunque él no se consideraba viejo pues bien sabía que la edad no está en el cuerpo sino en la cabeza, de todas maneras no era tonto para no darse cuenta, como tantas veces se lo dijo a su vástago predilecto, que por su enfermedad ya era un viejo. Un viejo que caminaba por las calles de la ciudad que lo había acogido hacía muchos años y en la que había gozado y sufrido, levantado del suelo y caído al piso, forjado una familia de ocho hijos de los cuales a la postre le quedaron siete, todo, claro, gracias a la complicidad de una mujer fiel y leal que lo admiraba tanto como él a ella. Ciudad en la que muy bien sabía que cuando llegara el día del último viaje y estuviera presta a partir la nave que nunca ha de volver, se le encontraría a bordo ligero de equipaje, tal cual había venido al mundo, despojado de ropas, casi desnudo, como los hijos de la mar.<span id="more-8042"></span></p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	Tan ligero como iba ese día que se había levantado temprano, como siempre, para ir en busca de su destino, destino que sólo él conocía. Caminó y caminó sin tregua ni pausa hasta que ya cansado se detuvo… cogió el camino de regreso a casa pero al llegar nuevamente a la 13 con 45, antes de cruzar la calle, decidió subirse a una buseta de la ruta 127 y cuyo pasaje no se sabe cómo canceló pues ya se dijo que no llevaba dinero consigo. Atravesó en ella la ciudad, se bajó en el paradero de Boita, lugar al que por primera vez en la vida iba y, como es lógico, se perdió allí… Mientras tanto, al otro extremo de la ciudad y dado que no había vuelto a su casa, la familia en pleno se preguntaba dónde podría estar él. Luego de averiguar en todas partes por si alguien sabía dónde estaba, un hermano del hijo amado con voluntad honesta, salió a la calle, dispuesto a ir en su búsqueda. Cogió un taxi y lo primero que hizo al subirse al vehículo fue mostrarle la foto de él al conductor y preguntarle si lo conocía… lo que viene bien podría hacer parte del catálogo fantástico, aunque en la práctica sólo pertenezca al territorio de lo posible, no necesariamente de lo divino como tanta gente para su infortunio cree: el señor del taxi, luego de hacer una carrera en el sur, había visto en el parque de Boita al señor de la foto que el hermano del hijo dilecto le acababa de mostrar… “¿Qué hacer?”, se preguntó éste como tantos años antes lo había hecho Lenin con otros fines, no se sabe si más o menos altruistas. Pero, la cosa era más simple que política, así que rápidamente el chofer del taxi y el otro hijo de él se dirigieron al único objetivo no sólo posible sino probable de hallarlo. El trayecto, como podrá imaginarse cualquiera, fue tan tedioso como desgraciado a causa de los problemas de desplazamiento. Lo difícil no fue llegar a la carrera décima, vía obligada de acceso al lugar de destino, sino avanzar por ella… sobre todo a partir del momento en que el chofer del vehículo de servicio público perdió sus gafas a manos de un raponero. En medio de la barahúnda el señor persistía en continuar al volante, pero cuando se convenció del peligro, entonces decidió cederle su puesto al otro hijo del señor que buscaban. Sin embargo, aunque éste último era lo que se podría considerar un as del volante, las circunstancias no permitían demostrarlo. El taxi avanzaba a un promedio de diez minutos por cuadra, si es que existe una medida tal para vislumbrar lo que pasaba… De manera que para no darle largas al asunto el trayecto se cubrió en poco más de dos horas. Dos horas que dadas las circunstancias equivalían a una eternidad para los tres: para el taxista, para el hermano del hijo preferido y para…</p>
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<p>	Al llegar al sitio, el hermano del hijo predilecto agradeció a la vida que no fuera él quien hubiera perdido las gafas a manos de los ladrones, aunque al verlo ya no estaba seguro de si él era su padre. Y no estaba seguro pues éste se encontraba calcinado por el sol, sin el saco de paño con el que había salido y que no se sabe cómo había perdido, en definitiva, casi desnudo, como los hijos de la mar. Perplejo por la conciencia de saberse perdido, al encontrarse con uno de sus otros hijos, él, que era tan locuaz, no pronunció palabra alguna, aunque pudiera decirse que en ese momento, más que nunca, adquirían inusitada vigencia las palabras del poeta según las cuales qué bueno es estar triste y no decir nada… Aunque bien podría decirse que para entonces decir algo tampoco serviría de mucho. En ese instante, las palabras sobraban, como sobraron para explicar los pormenores del “milagroso” evento cuando él regresó a casa. Pormenores que, no obstante, debido a la elocuencia implícita del relato hecho por el taxista a los familiares del protagonista, terminaron por convencer a todos de que, en efecto, se había tratado de un milagro, un milagro, eso sí, causado por las leyes de probabilidad de Hume, según las cuales todo es posible por el cruce de múltiples variables que al cabo determinan el cumplimiento de un hecho, o por la ley del azar de Buñuel, según la cual primero está eso, el azar, luego viene la necesidad. Y la posibilidad de recuperarlo a él, dependía del azar más que de aquella. Tras su muerte el 20 de junio de 1999 en la ciudad que lo había acogido, en la que había sufrido, gozado y se había reproducido, a la vez empezaba a dormir un sueño profundo, tranquilo y verdadero. Larga paz a sus huesos. No obstante, el día que el hermano de su hijo dilecto lo había encontrado, había comenzado la desaparición del padre del autor de este relato…</p>
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<p>	<b>Bogotá, 13 de mayo de 2009</b></p>
<p align="right"><b><i> </i></b></p>
<p align="right"><b><i>A mi padre, como siempre, no a su memoria…</i></b></p>
<p align="right"><b><i>A mi madre, su Chatita, por su lealtad hacia él.</i></b></p>
<p align="right"><b><i>A mis hijos, Santiago &amp; Valentina, dignos herederos de las virtudes de aquéllos…</i></b></p>
<p align="right"><b><i>Y a Lisandro Duque, por su lealtad hacia Fernando, su hermano.</i></b></p>
<p align="right"><b><i> </i></b></p>
<p align="center"><b>II – El juego del olvido</b></p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	Todavía recuerdo el día, y no solo porque fuera mi cumpleaños, en que la Viejita se desgonzó en mis manos, mientras desayunábamos con placidez junto a la bella, lúcida e inteligente Marthica. La cosa venía de tiempo atrás, de cuando empezó el juego del olvido, el que por fortuna se prolonga hasta hoy. Al principio, para tratar de recordar, ella armaba todos los días sopas de letras que su hija le compraba. Cuando empezó a olvidar las letras, recursiva, se inventó su propio alfabeto, porque había olvidado el otro, el de siempre: volvió a coger una por una de las 28 letras y las guardó de nuevo en su cabeza. Pero, como nadie recuerda a voluntad y todo el mundo es esclavo de su memoria, cada una de esas letras se le iba disolviendo cual solución, en este caso problema, en su mente. Aun así, la Viejita no se daba por derrotada y, decía, tengo que <i>volver a empezar</i>, sin acordarse, desde luego, del melodramático y oscarizado filme español. En efecto, cada mañana, cual Sísifa, por aquello del género, del que tampoco es que se acordara mucho, arrancaba desde cero y esto era terriblemente cierto porque tenía que reconocer que, pese al esfuerzo, no daba con ninguna de las 28… ¿qué? Bueno, no importaba, porque al tener uno de los libros de sopa de letras entre sus manos, al instante volvía a recordar las letras aunque no pudiera, de momento, precisar el número. Y, entonces, descubría que el lugar donde venden drogas es “droguería” y no “drogueríayperfumería”, como cuando le preguntaban a Turbay por un sinónimo del prefijo <i>hiper</i>. Y perdonarán Ustedes, pero la Viejita, al recordar el chiste, naufragaba de nuevo entre aquellas pequeñas cosas de las que hablaba Serrat y se perdía de cabeza entre Turbay y Serrat y decía chistosa “no más turbay, voy a cerrat este libro, jodet”. Y lo cerraba y agregaba “me voy pa’ la calle”, pero olvidaba que su hija le había tenido que secuestrar la llave (sí, porque hoy se secuestra cualquier cosa, ya ni siquiera cualquier persona…) porque, recordaba, que un día que se había salido sola a Carulla, casi no regresa a casa. Y mientras olvidaba el secuestro de la llave seguía vistiéndose como quien se alista para casarse, porque quién quita que en la calle me encuentre un galán y me vaya con él y así no tengo que volver a esta casa donde aunque no me canse empiezo a sentirme un poco restringida y con principios de estreñimiento, jaja, no, más bien, de diarrea… así que salió directo pa’l baño sin haber terminado de vestirse, pero por el camino ya no sabía si estaba vistiéndose, si iba a salir o si iba para el baño. Entonces, de repente, por el esfuerzo, se dio cuenta de que se había cagado en los pantalones, como solía hacerlo a menudo, pero a ella no le importaba porque estaba convencida de que el mundo no valía la pena, pero tampoco era una mierda, como su hija y su querido yerno decían no sin razones desde su punto de vista. A causa de las circunstancias, se quitó los calzones, los pantalones, todo, pero tuvo la suficiente lucidez de no seguir al notar que si seguía quedaba empelota y de pronto la vería alguien, máxime si tenía que bajar a depositar la ropa en la canasta, así que con todo pudor se tapó con la toalla y, de paso, olvidó que tenía que vestirse de nuevo si quería salir a la calle. Pero, eso no ocurrió porque de pronto la asaltó un ataque de memoria y recordó que no podía salir a la calle porque su llave seguía… ¿qué? Y se le olvidó el participio del verbo que más usan los medios cuando se refieren a la guerrilla y el que jamás utilizan al referirse al Gobierno, pese a que este le tiene al pueblo secuestrada toda su capacidad de disentir, de organizarse, de luchar, a punta de física represión por vía del Esmad y sus <i>robocops</i>. Palabra que en ese momento se le aparecía en la sopa de letras y con la cual daba por terminada, de momento, su tarea de engañar a la cabeza y continuar en el juego del olvido. El que no termina aún y eso que han pasado 15 años, con lo cual ya a la Viejita sólo le faltan tres para llegar a los 103 años, edad que desde hace rato, aunque no recuerde el tiempo exacto, fijó para su muerte. Pero, esto último la tiene sin cuidado porque hace rato que olvidó del todo el juego del olvido y ahora sólo se acuerda de que no puede bañarse sola, vestirse o salir a la calle. “¡Puf, qué nos importa!”, dice, como cada vez que un destello de memoria alumbra su sendero de la rutina por el que cada día aún se desplaza esperanzada en seguir el juego del olvido. El que, eso sí, no se olvida de contraponer a la implacable seriedad del recuerdo que se les impone cada día a su querida hija Marthica y a su siempre agradecido yerno, el autor de este relato que jamás sufrirá de <i>alpiste</i>, entre Alzheimer y despiste, felizmente condenado como está a recordar a las dos personas que siempre estuvieron ahí cuando más lo necesitó para poder seguir haciendo parte del doble juego del olvido y de la memoria, de Sísifo y Sísifa, de Caín y Abel. Pareja que recuerda otra sopa de letras, muy difícil, en la que preguntaban por Caín como “homo faber, herrero que castiga a su hermano con el arma que él mismo elabora”, y la Viejita casi desfallece pronunciando el enunciado, y por Abel como “homo ludens, pastor que vive tranquilo en el campo y muere al recibir el golpe de su hermano”, lo que ya no pudo seguir leyendo la Viejita, al entrar en ese terrible fin del juego del olvido que es la siempre indeseada parca.</p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	<b>Bogotá, 5 abril 2016 (2:59 p. m.)</b></p>
<p align="center"><b> </b></p>
<p align="center"><b>III – Del campo a la mayor fosa urbana</b></p>
<p align="center"><b> </b></p>
<p>	Salí de la ciudad al campo y no como es habitual del campo a la ciudad con lo que de hecho me convertí en un desplazado al revés pero no por haber salido de nalgas sino porque adquirí al instante la figura de desplazado y de contra-desplazado después cuando en realidad mi único propósito era recuperar la libertad esa que me habían confiscado en la ciudad la misma en que resultaba ya imposible vivir perdón qué digo sobrevivir y por eso había vuelto a mi casita de campo a la que denominé con el nombre de mi hijita de mi bella hija Valentina con el fin de encerrarme primero a terminar de escribir mis libros también dedicados a mi otro hijo el gran Santiago y luego intentar publicarlos con el anhelo de empezar a recuperarme económicamente para poder llevar una vida digna como todos deseamos en cuanto seres humanos pero no tardé en darme cuenta que estaba no sólo fijándome en el horizonte ese punto que se nos corre a medida que avanzamos hacia él sino que al tiempo me planteaba una de las más inalcanzables utopías si consideramos la calidad de país que tenemos en el que no se respeta la vida humana mejor dicho en el que no se respeta porque como dijo Mayolo seis meses antes de morir Colombia es un país de muertos y en el que la vida es un hecho excepcional aunque más excepcional quizás sea seguir con vida mientras se escribe una historia en la que la mayoría no reparará en lo más mínimo quizás porque lo más mínimo es el sueldo entonces no hay lugar para maricadas para quejas para lamentos sólo para seguir peleando así nada se resuelva pronto ni a mediano plazo ni tal vez nunca pero no importa porque mientras haya vida hay esperanza decía Esperanza delante de todos sus muertos y su marido mientras tanto apenas pensaba en cómo se deshacía de la Esperanza para ir a echarse un polvito por ahí con cualquier otra campesina a la que ya le había puesto el ojo mientras las autoridades empezaban a realizar las exhaustivas investigaciones de siempre para saber por qué en ese día de elecciones habían aparecido tantos cadáveres en la cabecera del municipio vallecaucano que quedaba como por fuera del país de lo lejos que estaba aunque no era que estuviera lejos sino que dada la desidia del gobierno todo parecía no quedar en ninguna parte todo parecía un simple <i>no man’s land</i> un territorio de nadie en el que nadie era el rey porque nadie no es nadie así alguna vez hubiera tenido el atrevimiento de firmar un grafiti en el que afirmaba que nadie es perfecto y lo firmaba él mismo es decir nadie pero a nadie le importaba esto porque al fin y al cabo nadie es nadie y al mismo tiempo es todos de manera que no hay por qué preocuparse con estos detalles semánticos sino más bien poner de nuevo la atención en lo fundamental es decir lo que no hacen los medios jamás ocupados como están no en divulgar noticias sino en encubrirlas para que todo el mundo pueda seguir tranquilo pensando en que estamos en el segundo país más feliz de la tierra y ahora para colmos en el primero así digan que este es el tercer mundo y que ahora vamos para el primero por los caprichos del presidente de turno de presentarnos a la OTAN/OCDE para darle contentillo al pueblo y hacerle creer que estamos en un país poderoso económicamente mientras lo que sucede es que cada día estamos más mal y como prueba de ello bastaría pensar en esos catorce mil niños que han muerto en La Guajira por falta de agua y de comida pero a través de los medios nos dicen que no hay que alarmarse porque lo que nos tiene jodidos no es la injusticia ni el despilfarro ni la corrupción sino el fenómeno del niño cuando la verdad es que el problema es el fenómeno de los niños grandes políticos pero también de los pequeños que mueren en Chocó lo mismo que los indios en Cauca o Putumayo y a nadie le importa que la verdadera razón estribe en el desvío del río Ranchería por cuenta del Gobierno y los políticos y sus socios los paracos así como tampoco importa a nadie que el IVA haya subido al diecinueve por ciento porque entretanto la desgracia mediática es que nuestra reina fue miss universo por tres minutos y luego el negro ese que fue puesto a propósito para que dijera que se había equivocado agregara que qué pena la reina es la de Filipinas ese país tropical asiático que no se sabe si ha tenido más desgracias naturales que desgraciados y naturales hijos de la chingada que lo han gobernado casi peor que los políticos a Colombia así que nada ha pasado ciudadanos a guardar compostura y nada de tirarle tomates ni huevos ni limones al negrito que fue puesto a propósito en vez de un blanquito para así confirmar que los de su color son brutos y estúpidos y casi seres humanos cuando para nadie es un secreto que la peor peste es la alta suciedad blanca la misma que ha armado todas las guerras desde un solo país ese en el que muchos aún tienen la pretensión infundada de poder realizar su sueño pero donde como se ve en ese bello filme titulado Nebraska el campo está tan muerto como si se tratara de cualquier Colombia país que ya no necesita descertificación porque mientras tanto sus políticos lo han convertido en un desierto y al mismo tiempo en un campo abonado para la locomotora energético-minera y para los muertos que brotan silvestres de la tierra en cada remoción de escombros como en La Escombrera, de Medellín, lugar donde está el siniestro record Guinness de la mayor fosa común urbana de la historia de Colombia.</p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	<b>Bogotá, 15 marzo 2016</b></p>
<p>	<b><i> </i></b></p>
<p>	<b>*(Bogotá, Colombia, 1957) Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector.  E-mail: </b><a href="mailto:lucasmusar@yahoo.com"><b>lucasmusar@yahoo.com</b></a></p>
<p>	<b> </b></p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=8042</guid>
        <pubDate>Tue, 02 Aug 2016 19:54:08 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Tres cuentos colombianos]]></media:description>
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        <title>Cómo suicidarse un lunes festivo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/como-suicidarse-un-lunes-festivo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Jessica Leguizamón Si está pensando en suicidarse, los lunes festivos definitivamente son los días apropiados, ya que son el reemplazo de los domingos y recordemos la mala reputación que tienen los domingos, como decía Benedetti en la Tregua: “Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso”. Y [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center" align="center"><b><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter  wp-image-6731" alt="suic" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2015/02/suic.jpg" width="454" height="302" /></a></b></p>
<p style="text-align: left" align="center"><b>Jessica Leguizamón</b></p>
<p>	Si está pensando en suicidarse, los lunes festivos definitivamente son los días apropiados, ya que son el reemplazo de los domingos y recordemos la mala reputación que tienen los domingos, como decía Benedetti en la Tregua: “Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso”. Y es que los lunes festivos son días en los que uno recuerda todo lo que quiere olvidar, como por ejemplo, que se encuentra completamente solo, que no tiene con quién compartir un día más de descanso y que al otro día es el desalentador inicio de semana, en donde comienza la eterna rutina y en donde, probablemente, usted debe levantarse a asistir a primera hora a un lugar que no le gusta, a hacer un trabajo que detesta, a ver gente que odia, a sonreír por cortesía y a hacer lo mismo que ha hecho quién sabe hace cuántos millones de años; años en los cuales la rutina ha acabado con su juventud y sus sueños.<span id="more-6730"></span></p>
<p>	Entonces ahora que ya sabemos el por qué es adecuado suicidarse un lunes festivo, empecemos a buscar la forma.</p>
<p>	El tema de la cuerda, aunque es un cliché, tiene su ciencia, pues hay que conseguir una cuerda resistente capaz de soportar su peso, saber hacer el nudo que cegara su miserable vida, pero ¿cómo se hace un nudo de esos? o ¿en dónde va a colgar la cuerda? En mi casa, por ejemplo, no encuentro en dónde colgar la cuerda. Entonces, opción descartada.</p>
<p>	El tema de los venenos siempre me ha generado desconfianza, porque y ¿si uno no muere? y ¿si queda mal? Es mucho el riesgo, porque si es difícil vivir con toda la salud, imagínese sin ella, y peor aún, probablemente sin la posibilidad de poder intentar de nuevo suicidarse. Descartado también.</p>
<p>	Otro cliché bastante hollywoodense y muy de moda es la  sobredosis de tranquilizantes, a lo Marilyn Monroe, Amy Winehouse o Whitney Houston, entre otras luminarias. Tendría que hacerse en una bañera para darle dramatismo al asunto, esta opción no está del todo mal, porque si hablamos de las escenas sangrientas, habría que tener una dosis extra de valentía, aun más de la que se necesita para suicidarse, y dejar el reguero como cual escena de un crimen. ¡No es demasiado!.</p>
<p>	En lo personal, he pensado que la mejor forma sería la famosa muerte dulce, abrir la llave del gas, los fogones, cerrar en su mayoría las ventilas, acostarse cómodamente en su cama y morir mientras entra en un profundo, aunque no sé qué tan placentero sueño, y es que, ¿A quién no se le ha pasado por la cabeza, aunque fuese una vez en la vida, la idea de suicidarse? Por lo menos a mi sí. Otra cosa que debe tener en cuenta es estar plenamente arreglado para su muerte, no podemos dejar al azar ningún detalle, hay que arreglarse como para ir a una cita, de hecho es una de las citas más importantes de su vida, la última, y hay que estar a la altura, entonces asegúrese de estar bañado, bien depilado, con ropa interior bonita, lo mismo la exterior. Si es mujer, bien maquillada, y si es hombre y se maquilla también, piel hidratada, accesorios adecuados, que las medias no estén rotas, manicure, pedicure, etc. Recuerde que van a revisar su cadáver y lo mejor será dejar una buena impresión, que digan que usted fue una persona pulcra y dejó un hermoso cuerpo.</p>
<p>	Bueno, para darle orden al asunto, hagámoslo por pasos.</p>
<p>	1. Escoja la forma que más se adapte a su personalidad a la hora del suicidio: pastillas, muerte dulce, tranquilizantes, veneno, etc.</p>
<p>	2. Consiga todos los implementos necesarios.</p>
<p>	3. ¡Prepárese! Baño, maquillaje, ropa, etc.</p>
<p>	4. Asegúrese de que no haya nadie en su casa. Si vive con alguien, espere a que todos salgan a almorzar o algo así y se demoren. Invéntense  una excusa creíble para quedarse solo en casa.</p>
<p>	5. Asegúrese, antes del deceso, de haber hecho por última vez la cosa que lo haga más feliz en el mundo.</p>
<p>	6. Elabore una carta de despedida, si así lo desea.</p>
<p>	7. Piense bien, por última vez, si está seguro de dejar de vivir.</p>
<p>	Y es que uno se pone a pensar ¿por qué se quiere suicidar? y entonces aparece una lista interminable de cosas, mala situación económica, falta de empleo, de oportunidades, amores no correspondidos, decepciones de todo tipo, etc. Pero en realidad la gente se suicida porque no es feliz, y es que estamos tan ocupados buscando ser “exitosos” y en tener todo lo que requiere el “éxito” en nuestra sociedad, como las cuentas bancarias llenas de billetes, que no nos damos cuenta de que lo que hay que tener lleno es el corazón y el alma, eso es lo que es prioridad enriquecer, o entonces ¿por qué creen que se suicidan las estrellas?, si al parecer tienen todo lo que se necesita para ser feliz, dinero, talento, fama, reconocimiento, ropa de diseñador, el último carro, las joyas más brillantes. Uno debería todos los días levantarse preguntándose si realmente es feliz, y si no lo es, sentarse dos minutos en la cama, lo mismo que hace a diario, pero no para lamentarse, no, si no para responderse esa sencilla pregunta. Entonces, encuentre lo que lo hace feliz, un jardín con flores, un helado, un color, caminar bajo la lluvia, ver a alguien sonreír, y hágalo, así sea una vez en el día o en la semana, o mínimo en el mes, o si es un proyecto, dedíquese a trabajar en el. Por ejemplo, a mí me gusta escribir banalidades. ¿Qué le gusta a usted? Sepa y entienda, que si uno no es feliz, no puede hacer feliz a nadie y la vida entera se le va haciendo cosas que lo envejecen sin sentido, y cuando llegan las canas y las arrugas también llegarán los remordimientos.</p>
<p>	Es decir, para nadie es un secreto que la vida es dura, y sí que es dura y hay momentos difíciles y a veces uno piensa que puede llorar noches enteras y aún así no secar toda el alma, como dicen por ahí. Pero vivir es un complemento de todas las increíbles sensaciones que uno es capaz de percibir. Amor, odio, rencor, esperanza, ilusión, nostalgia, llorar de tristeza y de alegría también y entonces uno se tiene que dar cuenta de que vivir es un regalo, y que no tiene propósito, tan solo vivir. El propósito se lo da uno cada día al despertar. Vivir no tiene que ser tan complicado como parece, el que se complica es uno mismo. Tan solo hay que aprender a disfrutarlo y llenarse de las mejores cosas que uno puede recolectar por el camino.</p>
<p>	8. Haga caso omiso a todos los pasos anteriores y viva muy feliz.</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=6730</guid>
        <pubDate>Thu, 19 Feb 2015 18:01:49 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-3.jpg" type="image/jpeg">
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        <title>Signos y símbolos en la pintura de Manuel Hernández</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/signos-y-simbolos-en-la-pintura-de-manuel-hernandez/</link>
        <description><![CDATA[<p>Por Eduardo Márceles Daconte* eduardomarceles@yahoo.com Así como Marino Marini, el pintor y escultor italiano, dedicó un buen trecho de su vida al tema del jinete sobre su caballo, de igual modo Manuel Hernández (Bogotá, 1928-2014), después de una primera etapa figurativa, hacia la década del 60 se dedicó a investigar las ilimitadas posibilidades visuales de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><figure id="attachment_6392" aria-describedby="caption-attachment-6392" style="width: 573px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class=" wp-image-6392 " alt="Manuel hernández" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2014/10/Manuel-hernández.jpg" width="573" height="384" /></a><figcaption id="caption-attachment-6392" class="wp-caption-text">&#8216;Piña cortada&#8217; (1960) por Manuel Hernández. Colección del Banco de la República.</figcaption></figure></p>
<p>	<strong>Por Eduardo Márceles Daconte*</strong></p>
<p>	<a href="mailto:eduardomarceles@yahoo.com" target="_blank">eduardomarceles@yahoo.com</a></p>
<p>	Así como Marino Marini, el pintor y escultor italiano, dedicó un buen trecho de su vida al tema del jinete sobre su caballo, de igual modo Manuel Hernández (Bogotá, 1928-2014), después de una primera etapa figurativa, hacia la década del 60 se dedicó a investigar las ilimitadas posibilidades visuales de sus signos y símbolos personales.</p>
<p>	La aparente simplicidad de sus formas y grafismos son en realidad el fruto de una larga meditación sobre los valores del silencio, la quietud o el equilibrio, con los que propone una simplificación o depuración de sus enunciados visuales exentos de cualquier alusión naturalista.</p>
<p>	Su obra resume una experiencia que se alimenta de numerosas fuentes —conscientes o inconscientes— que remiten a las pictografías indígenas, la caligrafía ideográfica oriental con sus numerosos estilos en China y Japón, el grafiti de los artistas vanguardistas en las principales ciudades del mundo e incluso el expresionismo abstracto de pintores como Mark Rothko y sus campos de color o las manchas contrastantes de Robert Motherwell en su Elegía a la guerra civil española. De primera impresión, su pintura parecería monótona; sólo introduciéndose en sus connotaciones técnicas y conceptuales puede el observador llegar a una comprensión más acertada de su propuesta visual.</p>
<p>	Su pintura se construye con base en capas superpuestas de acrílico o técnicas mixtas aprovechando todo tipo de medios, sobre papel o lienzo, de colores mesurados que saturan la superficie hasta conseguir esa profundidad atmosférica y monocromática sobre la cual imprime esas familiares formas de bordes difusos como si flotaran sobre la tela. Hernández prefería las combinaciones de figuras ovaladas y rectangulares para proyectar una energía de relajada consistencia que recuerda la obra del italiano Giorgio Morandi, el pintor que a través de su vida se dedicó, como Marini, de manera casi exclusiva, a pintar bodegones intimistas despojados de contenidos literarios o simbólicos, con una calidad poética derivada de su reducida gama de tonos. La pintura de Hernández reúne esas cualidades para catalogarla entre las más sobrias y líricas de la pintura abstracta del siglo XX en Colombia.</p>
<p>	*Escritor e investigador cultural, licenciado en humanidades de la Universidad de Nueva York.</p>
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        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
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        <pubDate>Tue, 07 Oct 2014 21:04:33 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Signos y símbolos en la pintura de Manuel Hernández]]></media:description>
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        <title>Alfredo Molano Bravo: Palabras Honoris Causa</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/alfredo-molano-bravo-palabras-honoris-causa/</link>
        <description><![CDATA[<p>Palabras de Alfredo Molano Bravo en el acto de entrega del título Doctor Honoris Causa que la Universidad Nacional de Colombia le otorgó el pasado jueves 25 de septiembre. &nbsp; Vaya, mire y me cuenta &nbsp; Señor Rector de la UN Miembros del Consejo Académico, Profesoras y profesoras Señoras y señores Compañeros de Sociología. 500 [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Palabras de Alfredo Molano Bravo en el acto de entrega del título Doctor Honoris Causa que la Universidad Nacional de Colombia le otorgó el pasado jueves 25 de septiembre.</p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	<figure id="attachment_6329" aria-describedby="caption-attachment-6329" style="width: 448px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class=" wp-image-6329 " alt="Alfredo Molano Bravo. /Archivo" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2014/09/MOlano-foto-2.jpg" width="448" height="298" /></a><figcaption id="caption-attachment-6329" class="wp-caption-text">Alfredo Molano Bravo. /Archivo</figcaption></figure></p>
<p style="text-align: center"><strong>Vaya, mire y me cuenta</strong></p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	<i>Señor Rector de la UN<br />
	</i><i>Miembros del Consejo Académico,<br />
	</i><i>Profesoras y profesoras<br />
	</i><i>Señoras y señores<br />
	</i><i>Compañeros de Sociología.<br />
	</i><i>500 palabras un minuto</i></p>
<p>	&nbsp;</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-6328"></span>La distinción académica que recibimos de la Universidad Nacional nos llena de una sincera y profunda alegría. Aquí nos formamos, aquí se caldearon nuestros sueños, aquí aprendimos a encarar el futuro. Estamos agradecidos con la universidad por lo que nos dio y por lo que hoy nos otorga. Volver a estar aquí es revivir aquellos días en los que el hoy estaba tan lejos.</p>
<p>	Permítanme hablar ahora en primera persona porque es en ella en la que yo he contado lo que me cuentan.</p>
<p>	No es, claro está, de mi vida de lo que quiero hablar, es la historia personal de una mirada.</p>
<p>	No puedo evitar –aunque lo intente– recordar mi primer día de universidad, quizás un 8 de febrero. Lo viví como entrando al panteón de los héroes porque había ganado una gran batalla: estudiar sociología en lugar de cursar derecho, la profesión de mis tíos y de mis abuelos, y porque había aprobado los exámenes de admisión sobre bases académicas muy endebles habiendo hecho, como hice, mi bachillerato entre mesas de billar y salas de cine. Había, además, pasado la entrevista con Orlando Fals Borda, Camilo Torres Restrepo y Eduardo Umaña Luna, tres de las personas que más han influido en mi vida y en mi generación. Orlando nos abrió la puerta al país real; Camilo, al país posible, y Umaña Luna, al mundo de la ética. Materias todas que seguiríamos cursando en la facultad con otros profesores y bajo distintas cátedras: Tomás Dukay, republicano exiliado; Chucho Arango, torrente de historia; Juan Friede, estricto, exacto, crítico; Virginia Gutiérrez, Ernesto Guhl, Enrique Valencia, sólo para nombrar aquellos que recupera esta memoria que ya comienza a hacer aguas. Lo que en las aulas oíamos, en los prados digeríamos y en la 26 o en la 45, a piedra, defendimos. Teníamos que entregar intacto el legado de las luchas estudiantiles del 28 contra la Hegemonía conservadora; las del 54 contra la dictadura de Rojas Pinilla, y afirmar la nuestra contra el Frente Nacional, contra la agresión norteamericana a Cuba, contra el asalto a Marquetalia. Para ninguno fue fácil dejar la universidad. Se sale del campus, pero no muy lejos; la vida real da miedo. Me desprendí de la Nacional a duras penas.</p>
<p>	Héctor Abad Gómez, el mártir, nos llevó a varios de los nuevos sociólogos a trabajar en la reforma agraria. Me mandó sin preámbulo al alto Sinú: “Vaya, mire y me cuenta”, me dijo. Córdoba andaba revuelta: los campesinos pedían las tierras que los terratenientes les quitaban desecando las ciénagas, corriendo cercas, quemando escrituras. El Incora se entretenía construyendo un distrito de riego que con el tiempo terminaría fertilizando las tierras de los grandes hacendados. En la cabecera del río Sinú, que es también la del San Jorge, había colonos arrinconados por el Ejército. Se trataba de poner en práctica el operativo norteamericano en Vietnam de las Aldeas estratégicas. O mejor dicho, de sacar a los colonos de sus tierras para concentrarlos en sitios determinados y poder bombardear las nacientes guerrillas. Yo regresé a Bogotá con el credo en la boca: el gerente habló con el presidente; el presidente, con el general, y la operación se suspendió. Fue en Juan José, un pueblo donde después entregaría armas el EPL, donde yo oí por boca de un campesino hablar por primera vez de los “años del tropel”, años de sangre.</p>
<p>	No me era extraña la violencia, a pesar de haber nacido en un área rural donde no la hubo. Sin embargo, el 9 de abril Bogotá ardía y desde mi casa veíamos el resplandor de las llamas que consumían la ciudad. Tres días después la Policía se llevó a unos forasteros que, se dijo, habían dejado salir de La Picota, y el general Amadeo Rodríguez, jefe civil y militar de La Calera, los fusiló, sin juicio, en el alto de las Tres cruces. Según él, “eran nueveabrileños”. Mi casa quedaba en un páramo apacible desde donde se oía pitar el tren de la sabana a las 5 de la tarde, hora en que los trabajadores alzaban la mano de obra y llegaban a mi casa a comer: entonces hablaban, contaban su día, su historia, se reían, se burlaban unos de otros y a veces hasta tocaban tiple. Yo los oía embelesado, eran mis héroes.</p>
<p>	En algún veraneo en Chicoral, en la plaza del pueblo vi descargar dos cadáveres que traían a caballo; les vi los ojos horrorizados y secos. El alcalde dijo que eran bandoleros. En Tocaima, en otro veraneo, vi las calles de la plaza llenas de mujeres y de niños durmiendo en las aceras. Oí decir que eran gente que no quería trabajar.</p>
<p>	Cuando leí <i>La Violencia en Colombia</i>, el libro de monseñor Guzmán, Fals y Umaña, supe que se trataba de esas historias que quedaron grabadas en mi alma. La facultad de Sociología era un hervidero de ideas. Los periódicos hablaban mal de ella y nosotros, de ellos. Buscábamos la verdad en algún barrio del sur de Bogotá y en alguna vereda de Boyacá donde hacíamos prácticas de campo para contrastar las tesis de la sociología académica, un poco densa, a decir verdad. Una distancia que fue aumentando al ritmo en que me reencontré con la mirada campesina, ese agujero por donde sigo mirando el país.</p>
<p>	Al regresar de estudiar en París –donde aprendí poco y divagué mucho–, quise hacer mi tesis de grado sobre la renta de la tierra, un tema de moda entre los intelectuales. Opté por hacer el trabajo de campo en Granada, un pueblo lejano en el río Ariari que yo había conocido de niño con el nombre de Boca de Monte y donde me habían mostrado de lejos al temible “Tuerto” Giraldo, un guerrillero liberal. El Ariari era una tierra arrancada a la selva por colonos de Tolima y de Cundinamarca. Busqué ansioso información para mi tesis. La gente me respondía con una mezcla de generosidad y desconfianza, hasta que, viendo mi torpeza, la primera le ganó la partida a la segunda y entonces me contaban su vida: Unos habían llegado de la guerra remontando la Cordillera Oriental con sus hijos y sus corotos a cuestas, otros habían llegado en bus con el “solo encapullado”. Todos huyendo, todos buscando tierras nuevas. Sus historias apasionadas, enriquecidas con sueños, adoloridas por la persecución, me hicieron olvidar la tesis y las caras doctorales de mis calificadores franceses. Fue en Bogotá donde, a cambio de una historia, cedí a la tentación de tener un cartón. No me cupo duda, era demasiado lo que me habían contado los colonos, era muy grande mi compromiso. Opté a conciencia por contar lo que me habían contado, diría mejor, lo que me habían confiado. Lo escribí en primera persona como si ellos, los colonos, lo hubieran escrito. Tal subjetividad –dictaminó la doctrina– reñía con la naturaleza objetiva y aséptica de la ciencia. No se podía distinguir entre la verdad y la fantasía. Para mí, la cuestión no era de método sino de ética. Se produjo entonces un rompimiento a ciencia y conciencia, una “ruptura epistemológica” con lo que parecía más un juez que un maestro.</p>
<p>	Y sobre este rompimiento eché a andar.</p>
<p>	Los colonos de El Pato, que se habían tomado Neiva después de un bombardeo infame, me enseñaron a oír sus reclamos históricos; en el Valle del Cauca, en Caldas, en Tolima, las víctimas de los pájaros en Ceylán y de los chulavitas en Sevilla, y los huérfanos de los crucificados en Rovira, me hicieron arte y parte de su tragedia. Seguí las huellas de los levantamientos de Guadalupe Salcedo y del Tuerto Giraldo en el Llano; de Isauro Yosa y de Charro Negro en Tolima. Pero, sobre todo, recogí el eco del dolor de hombres y mujeres que una mina de oro en el Naquén, en un manglar del Pacífico, en un río de Chocó rebuscaban lo que la selva les diera, lo que las aguas les llevaran, ante la indiferencia suprema del Estado. Así, de costa a costa, de río en río, de camino en camino, hice lo que un negro viejo en el Charco, Nariño, me dijo: “Para conocer, señor, hay que andar”. Un consejo que ha sido el itinerario de mi vida.</p>
<p>	Oír las voces de las gentes no fue suficiente. Para no usurparlas, había que escribirlas en el mismo tono y el mismo lenguaje en que habían sido escuchadas. No fue fácil desembarazarme del idioma conceptual que me impedía ver y hablar. Un afortunado día escribir se me volvió obligatorio, incluso apasionante. Pero todavía faltaba saber si sería útil. Poco a poco esta condición abrió camino al constatar que la gente llana entendía lo que yo escribía con su voz. Los colonos, los aventureros, los guerrilleros, los despojados y hasta los desaparecidos adquirían así vida textual. Entendí que los relatos podían servirles de espejo para que se reconocieran y recabaran en la fuerza que, sin saberlo, cargaban. Comprendí que la aceptación de los textos –mi aspiración más secreta– me satisfacía no porque me justificaran, sino porque por ahí el conocimiento encontraba objeto, cumplía su razón de ser. Oír a la gente reírse de sí misma, discutir sus propios testimonios, volver a sufrir sus dolores, interrogarse, aceptarse, era el sentido vital que yo podía reclamarle al conocimiento. Ya no era la curiosidad de oírlos y de gozar su lenguaje y sus maneras particulares de entender el mundo, ahora era la gratísima sensación de que lo que uno había hecho era acogido. El conocimiento es una especie de hijo pródigo que sólo encuentra suspiro cuando regresa a su fuente. Escuchar –perdónenme el tono– es ante todo una actitud humilde que permite poner al otro por delante de mí, o mejor, reconocer que estoy frente al otro. Escuchar es limpiar lo que me distancia del vecino o del afuerano, que es lo mismo que me distancia de mí. El camino, pues, da la vuelta.</p>
<p>	Escuchar es casi escribir. Pero pregunto: ¿Cómo puede uno guardar lo que ha encontrado cuando ese hallazgo es un instante de plenitud? La verdadera relación con otro ser humano es jubilosa porque ha logrado romper la trinchera del miedo. Pienso que guardar esa emoción podría ser dañino. No es sólo una responsabilidad, sino también un asunto de vida o muerte. ¿Cómo seguir viviendo aislado cuando uno conoce al vecino y sabe, además, que vive tan solo como uno? Más aún: ¿Cómo no comunicarle que uno existe? ¿Cómo no mandarle un papelito diciéndole: “aquí estoy”? Eso es escribir. Se tiene miedo de escribir porque se tiene miedo de escuchar, porque se tiene miedo de vivir. Quizá por eso son más seguros los conceptos y los prejuicios.</p>
<p>	Escuchar y escribir son actos gemelos que conducen a la creación. El conocimiento no es el resultado de la aplicación de unas reglas científicas sino un acto de inspiración cuyo origen me es vedado pero cuya responsabilidad me es exigida. Uno no escoge los temas, dice Sábato, los temas lo escogen a uno. La creación esconde la utopía, la aspiración a un mundo nuevo y distinto que puede ser tanto más real cuanto más simple. Las cosas suelen no estar más allá sino más acá.</p>
<p>	Permítanme terminar diciendo que la creación es el movimiento de la vida. Por eso todo esfuerzo encaminado a conocer debe aspirar a crear, no a descubrir. Crear es, al fin y al cabo, un acto ético. Por eso, entre otras cosas, me honra recibir este doctorado Honoris Causa en compañía de ustedes y sobre todo, del poeta Juan Manuel Roca, quien sin saber para quien escribe, sabe que lo hace en la madrugada:</p>
<p style="text-align: center">“<em>Desde una nación donde alguien proscribe el sueño,</em></p>
<p style="text-align: center"><em>donde gotea el tiempo como lluvia envilecida</em></p>
<p style="text-align: center"><em>y la risa es condenada por traición a los espejos</em>”.</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=6328</guid>
        <pubDate>Mon, 29 Sep 2014 17:12:07 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Alfredo Molano Bravo: Palabras Honoris Causa]]></media:description>
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